Blas el chaná


Blas el chaná, tató olle nden (*)

 

Blas Wilfredo Omar Jaime junto a su esposa e hijo

Blas Wilfredo Omar Jaime (73) es el chaná tató olle nden (hombre que guarda la memoria). Nació en Nogoyá. Hasta los 5, 7 años no tuvo nombre, según las costumbres de su raza (era “el hijo de…”). A esa edad, cuando ya se perfila un carácter, algunas virtudes y algunos defectos, los chanás solían recién poner el nombre. Y lo bautizaron “A-totó”, “pícaro”.o


Por Verónica Toller

vtoller@eldiadegualeguaychu.com.ar

Tataranieto de Nicasio Santucho, indio ermitaño de Nogoyá, su padre era don Linu. Murió cuando Blas era pequeño. “Mis abuelas hablaban el chaná entre ellas, por lo que supongo que él también era chaná. Ellas, materna y paterna, llamaban de la misma forma a las tortas, eso recuerdo. Decían: “hice un ibi-nado para los chicos”. O sea, torta dulce. “Nado” es dulce”.

Fueron 5 hermanos,. Las dos mujeres fallecieron siendo pequeñas, una, antes de que Blas naciera. La otra, menor que él, a los 6, de tifus. “Mi padre ya había muerto, por lo que mi madre no iba a tener más hijos – cuenta hoy -. La cultura chaná se transmitía de mujer a mujer. Así que cuando mis dos hermanas murieron, mi madre me consultó si yo aceptaba cargar con esa responsabilidad de preservar la historia, las reglas de convivencia. Porque mis otros dos hermanos ya se habían ido de la casa”.

Aceptó.

Durante 14 años, él se sentó a su orilla para escucharla. La madre le hablaba cuando caía la tarde, y el hijo escuchaba y absorbía. Blas afirma ser el último descendiente de los chanás. Claro que puede haber otros, pero… no se conocen.

Tal vez, por esta cuestión que cuenta el nativo: “nosotros vivíamos ocultando siempre el origen. Por la discriminación. Por la burla. Porque en la escuela era imposible decir que uno es un indio; todos le pegan, lo juzgan, le hacen cosas… A nosotros nos prohibían terminantemente que lo dijéramos. ‘Usted, la boquita cerrada, no tiene que hablar eso ni con el mejor amigo, porque el mejor amigo mañana es peor enemigo’, nos decían. Vivíamos en silencio sobre nuestro origen; únicamente en la familia se hablaba chaná, principalmente entre las personas mayores”.

No era por vergüenza, destaca, sino por autodefensa. “Creo que era una medida inteligente. Para no tirar los niños a los perros”, sostiene. “Hoy ya no es así. Hoy se está revalorizando al aborigen o los restos que quedan del aborigen”.
A los 9 años, Blas, la madre y los hermanos se trasladaron A Paraná. “Había fallecido mi padre. Así que mi madre se fue con sus “timó”, o sea, pichones. Primero vivió del seguro de mi padre que era empleado del telégrafo y murió a causa de un accidente. El seguro, para esa época, era bastante importante y sobrevivimos un tiempo. Pero la plata se terminó porque era muy generosa ella. Yo heredé eso”, dice Blas.
Sin fondos, la madre debió trabajar como sirvienta, lavar ropa, cocinar para otros. Y él dejó la escuela en 4to grado y empezó a trabajar a los 10 años. “Hasta los 70, cuando mi señora, mi esposa nueva me hizo dejar de trabajar”, cuenta. Fue cadete, se desempeñó en una librería que se transformó en editorial. Tuvo casa, lancha, caballo, auto, terreno… Puso su negocio. La inflación lo dejó sin nada. Trabajó como viajante, remisero y entró a Vialidad. Hasta que se jubiló.
Hoy, está casado con su segunda mujer, descendiente de tobas: Guillermina Alcaraz. Juntos, tuvieron a Guillermo (6).

Según el último censo nacional, hay en Entre Ríos descendientes de charrúas y chanás. Y Blas, además, sería un hablante de la lengua original. Los chanás habitaron en tiempos de la colonización toda la Mesopotamia, norte de Buenos Aires, parte de Santa Fe y de la República Oriental.

La raza que vino del norte
“Ella comenzó con la historia de mi pueblo. Historia muy larga, desde la venida de Timucó o Timujó, una zona al norte que nadie sabe bien dónde es. El pueblo chaná era gobernado por mujeres, tiranas, a tal extremo que hacían matar a los varones que se amancebaban con ellas. No querían que sus hijos tuvieran padres, de tal modo que cuando tenían necesidad o deseo de tener un hijo, juntaban los varones que ellas querían, 4 ó 5, y se amancebaban con todos para que nadie reclamara la paternidad. Luego, hacían matar a los de clase baja; si eran de la misma alcurnia que ellas los dejaban vivos. Pero tuvieron graves problemas con epidemias, especialmente de langosta”.

Así comienza el relato de Blas. La tikita é (langosta) comió sus cosechas y hubo  rebeliones. Fueron desplazadas del gobierno y los sabios les dijeron que debían marcharse porque ese lugar estaba maldito. Que siguieran los ríos corriente abajo hasta encontrar un lugar donde pudieran habitar y ser felices. Hubo un viaje y hubo deserciones, guerras, lucha por el metal brillante que traían y que al final, terminaron tirando en el lugar donde las aguas rugen (cataratas). Hasta que encontraron el sitio deshabitado del que hablaban los sabios. Había caza y pesca abundante, fertilidad en la tierra y espacio para todos. Se quedaron allí, se organizaron como clanes familiares de la misma sangre y vivieron por más de 2 mil años.

Tenían una forma de contar el tiempo. Una joven, ollandá olle nden (muchacha inteligente hija de los tató tá, hombre superiores), muy instruida en historia y reglas de convivencia, decidía los casos de controversia. Era una especie de juez. “La niña tenía que saber con exactitud quién tenía razón y decidir en caso de castigo o inclusive de guerras con una tribu u otra. Mi chozna me contó eso; era adá olle nden, la mujer que guarda la memoria”.
Adá es mujer, dice, y ollé: guardado, escondido. Olle y nden es todo, memoria, historia. “Acá vivieron unos 2 mil años. “Porque ellos llevaban un registro, donde estaban las lunas grandes o luna llena, marcaban los meses lunares y cada 11 lunas llenas era un Aratá Umbolé. Aratá es la luna (ará: brilla tá: arriba). Contaban también los tiempos para establecer citas para los compus o canjes con la gente del oeste que traía sal y se llevaba cueros y pieles, un comercio bastante bien establecido. Llevaban ese registro en cañas marcadas. Cada cinco marcas, una perforación. Ya por el 1700 y pico, los jesuitas hicieron un recuento de ese tiempo y establecieron que para esa época eran casi 2 mil años los que llevaba mi pueblo”, cuenta Blas.

– ¿Hay registros o restos arqueológicos que prueben esta historia?

– Si. En alfarería hay registros, y antropólogos han determinado que esos restos tienen mucho más de mil años.

– ¿Y en qué dioses creían?

– Ti  jui  nen era su único Dios. Es el padre-espíritu. Ti jui nen son tres palabras. Era el único dios a quienes semi-adoraban. Por respeto, siempre se dirigían a él con su brazo en alto. Le pedían; agradecían, cuando iban a tener un niño la madre cantaba y agradecía porque le había dado la oportunidad de que saliera un ser vivo de su cuerpo. Le pedía que tuviera ciertas cualidades, que fuera buen guerrero.

– ¿Organizó usted este saber en algún libro?

– No hasta ahora. Únicamente está en gran parte filmograbado a pedido de lingüistas del Conicet. La Fundación EcoUrbana de Paraná microfilmó o grabó todo esto. Desarrollé también un pequeño vocabulario o diccionario.

– ¿De cuántos vocablos más o menos?.

– No los he contado, entre 800 y mil. He escrito varios cuentos, leyendas, canciones de cuna, arengas guerreras en chaná. Acá los tengo (muestra).

“Los niños eran el tesoro del chaná”
Así dice. Los niños tenían una fuerte comunión con sus padres y estaban mutuamente orgullosos. Un fallo de un hijo podía significar el suicidio del padre por vergüenza, o marcharse y no regresar. “Por ejemplo, el tató-adá (hombre-mujer), que es el invertido, era aborrecido por el chaná – cuenta -. Se lo expulsaba cuando se lo encontraba en alguna liviandad. El padre debía acompañarlo hasta lo límites de la tierra chaná y expulsarlo. Pero muchos padres se iban con él y no regresaban por la vergüenza, guajó”.

Si faltaba el padre, asumía al huérfano uno de sus tíos o su abuelo, de modo tal que nadie era “sin padre”. Olvidaban entonces a su padre anterior, no se lo nombraba nunca más y su nombre no se repetía por temor al espíritu que podía volver. “Tenían temor que los molestara, los afectara”, dice Blas.

La pareja se hacía simplemente por oblé, simpatía, atracción, gusto. “Cuando las niñas llegaban a tener su primera menstruación hacían la ceremonia de iniciación. Ellas debían demostrar que eran capaces de mantener su hogar, cocinar, hacer todos los trabajos, limpiar las pieles. En el alanan adá (casa de la mujer) la abuela si estaba viva o la madre o la hermana mayor la desfloraba con un falo de curupí. Porque según las reglas, ningún varón debía lastimar a la mujer. Es una de las normas que salvaron cuando cambiaron los mandos de varones a mujeres. Nadie las podía golpear y si alguno se extralimitaba con su esposa y ella lo declaraba ante el tapaí de los ta-totá, o sea, la junta de gobierno, era expulsado”.

El chaná no daba mujeres a otras etnias ni las tomaba. Intercambiaban jóvenes entre pueblos de su misma raza, y los dos quedaban atados (dos atados entre sí: adá eraé). Si por algún motivo se disolvía el vínculo, pasaban a ser re amapiraé (dos que se desatan).

– ¿Cuántos hijos solían tener?

– Numerosos, porque su orgullo y sus riquezas eran sus hijos. Mi tatarabuelo, por ejemplo, que es el ejemplo más cercano que conozco, tuvo 35 hijos de seis mujeres distintas. Eran polígamos. La mujer podía tener dos maridos o tres si quería, siempre y cuando fueran hermanos del marido.

Fiestas y guerras
Festejaban la lluvia porque traía fertilidad a sus sembrados. El chaná era semiagricultor, seminómade. Se establecía en un lugar y sembraba maíz, papa, zapallo (tunillo).

Solían dejar un espacio de terreno libre de sembrados, limpio, para luchas, carreras, juegos. Hombres y mujeres eran guerreros. El chaná no podía lastimar mujeres, por lo que en casos de ataques, iban a la guerra con sus mujeres, encargadas de matar a sus iguales y a los niños, ya que practicaban ataques de exterminio. “Cuando alguien les robaba un niño, una mujer, cueros, una canoa, lo castigaban y quemaban a la familia entera. La mataban, les cortaban la cabeza a los hombres y mataban a mujeres, niños y animales”, relata.

Amar a los ancianos
En el Museo Serrano de Paraná enseña lengua chaná y suele atender a contingentes escolares. Les dice que “deben amar a sus abuelos, a sus padres, que se acerquen a ellos, que les pidan consejos y tomen de su sabiduría, que los hagan sentir bien. Porque el viejo no es un inútil sino una persona con mucha experiencia, con mucha sabiduría, mucho amor para ellos. Les enseño a respetar a sus maestros. El maestro es también su padre o su madre. Les hago ver la diferencia entre el aprovechar al tiempo y desperdiciarlo en la escuela. Porque hay niños que van a molestar y no van a aprender. Eso no se permitía en la tribu aborigen, en la tribu chaná. Tenía que ser bien derecho. La mayor vergüenza para el niño era que su padre le llamara la atención, ese era el castigo porque a los niños no se los castigaba… se los regañaba para que pudieran volver al buen camino y ser honestos, veraces”.

Dice Blas que a los niños les gusta que él les hable, y no cuesta creerle. Su tono apacible, suave, invita a oír. Invita a quedarse con esa sabiduría primera y remontarse a espacios abiertos, campos no hollados por el hombre aún, vida en comunidad.
Blas Jaime enseña lengua chaná en el Museo Serrano de Paraná los martes y viernes. Un grupo de antropólogos está realizando un documental con su vida y sus historias, y hacen lo propio desde el Conicet.

El Centro de Estudios Arqueológicos “Manuel Almeida” lo presentó el sábado 19 en una entrevista abierta a todo público, presumiblemente el último descendiente directo de la estirpe Chaná.

“Merece un estudio profundo”
La pregunta surge inevitable: ¿cómo probar todo lo que dice Blas? ¿Quién puede discutirle que “torta dulce” no se dice “ibi-nado”? No tan rápido. El lingüista José Pedro Viegas Barros (Conicet) tomó conocimiento hace dos años de la existencia del último chaná y procedió a escuchar entrevistas grabadas con él. Analizó el vocabulario, afirma el periodista Triso Fiorotto, lo comparó con distintas lenguas ya perdidas de la región y elaboró un extenso documento de 15 carillas en el que concluye que es difícil que el aporte de Jaime sea un fraude y que “merece un estudio muy profundo, que debería comenzar a realizarse urgentemente”.

Viegas Barros se especializa en lingüística histórica comparativa de lenguas aborígenes de Argentina. Publicó “Voces en el viento – Raíces lingüísticas de la Patagonia” (Mondragón Ediciones), donde analiza las lenguas mapudungun, gününa küne, haush, selknam, tehuelche, teushen, yagan, alacalufe, guaicaro y chono, y sus dialectos.

Según el estudioso, el aporte de Blas Jaime es “un caso raro, único” y merece ser atendido. Porta en sí mismo los resabios de una cultura extinguida, de un saber y una lengua desaparecidas de la faz de la tierra. Su testimonio parece ser coherente con estudios previos. Se debe reconocer que hay vocablos que sorprenden y no tienen parangón con testimonios lingüísticos aceptados Pero para Viegas Barros, “puede haber habido deslizamientos semánticos en la memoria del hablante” (La Nación, 2005). “En los casos de obsolescencia lingüística, cuando la lengua ya está en estado terminal, es muy frecuente la fluctuación de fonemas. Y eso lo notamos en el habla de don Jaime”.

En chaná se dice…

El idioma de los indios chaná se perdió hace unos 200 años. Sin embargo, la supervivencia de algunos descendientes de línea pura como Blas podría convertirla en lengua viva al menos para un grupo familiar, y arrojar luz sobre unos 800 vocablos, según él mismo explica.

Dios: Ti  jui  nen (padre de los espíritus).

Luna: aratá (ará: brilla; tá: arriba).

Olla ndá olle nden:  joven elegida, inteligente, jueza de los mayores.

Ollé: guardado, escondido.

Tató tá: hombre superiores

Langosta (peste): tikita é (tucura mala)

Torta: ibi.

Dulce: nado.

Zorrino:  velá é uticá taé (negrito de mal olor)

Mujer: adá.

Nena: adá e.

Atracción sexual: oblé (simpatía, gusto).

Macho: tató.

Gay: tató-adá (hombre-mujer).

Casa de los hombres: alanan tató.

Casa de las mujeres: alanan adá.

Junta de gobierno: tapaí de los ta-totá.

Lenguaraces: unquí o bayantéc (habilidosos con la lengua).

Hijo: banatí.

Madre tierra: adahó.

Árboles: banatí adahó.

Vergüenza, burla, apodo: guajó (vocablo de múltiples usos)

Leche: ití.

Agua: atá.

Carpincho: ianá atá (gordo del agua).

Laguna: atá re nderé (agua que no camina).

Puma: vuní ó añí (gato grande amarillo).

Hormiga carnívora: oyí liunal.

Trampa: neide.

Animales: mbalatá.

Peces: ichí.

Telaraña: neide abay.

Madre: beada.

Tío: tijuí.

Abuelo: tijuí o.

Tíos o parentela mayor: sopé tijuí.

Tierra: beada a.

Árbol: vanatí veada (hijo de la tierra).

Fuego: yogüin.

Humo: vanatí yogüin.

Zapallo: tunillo.
En 1815, el presbítero Dámaso Antonio Larrañaga anotó una larga lista de vocablos chanás. Sólo algunas de las palabras de Blas coinciden con dicha lista. “Pero Viegas Barros apuntó un detalle muy significativo: hay términos registrados por Larrañaga que podrían encontrar explicación en la nueva versión de Jaime – afirma Tirso Fiorotto en una investigación hecha hace dos años y publicada en La Nación -. Ocurre con el verbo timotec, oír. Jaime agrega que timó significa oreja, y que lantec significa hablar. Tec sería un sufijo que no fue notado ni analizado por Larrañaga, y el habla de don Jaime nos permite entenderlo”, señala Viegas.

(*) El “hombre que guarda la memoria”, según libre traducción de la autora de esta nota, en base al listado de vocablos que proporciona el propio Blas.

http://www.eldiaonline.com/guardin-de-las-historias-y-costumbres-de-su-raza/

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