BERNABE RIVERA CONTINUA CON LA CAMPAÑA PARA EXTERMINAR A LOS CHARRUAS SEGUNDA PARTE

Se quejo el Vaquero Lorenzo de que acababan de sufrir, con el Rubio Marquez, el mayor riesgo de sus vidas. La partida había llegado al Mataojo grande y se había dividido en dos: Lorenzo y el Rubio se habían dirigido a la Barra y los otros tres habían marchado en dirección contraria. No entraron al monte sino lo orillaron por el descampado.

De pronto, cuando ya estaban próximos a la desembocadura, se toparon a su derecha, con los Charruas. El Vaquero juzgo que si retrocedían o torcían el rumbo eran hombres muertos. Junto el poco de corazón que le quedaba y enfilo recto hacia ellos, al trote, haciéndoles señas no muy claras o visibles y mirando hacia los costados para fingir que vigilaba que ningún otro vicheador avistara sus movimientos. Confiando ciegamente en el lo siguió muy callado el Rubio Marquez.

-Si hubiera sido otro que se topaba con la indiada-comento Fortunato– no sale con vida, porque no se anima a encararlos o nos los convence porque no sabe aprovechar la suerte de reconocer a Polidoro, que allí estaba con su toldería.

Volvió al campamento militar manso, clavo sus ojos en Bernabé y le dijo:

Polidoro sabe que don Frutos y yo no nos damos y hasta conoce la razón. Le hubiera costado entender por que yo estoy aquí. Antes de que me lo pregunte se lo voy a decir coronel: “la gente de Entre Ríos y Corrientes, con la que yo trabajo, esta harta de este lío. No volverán los tiempos viejos, pero tendrán que venir otros mejores que estos.

Hay que ayudar a que se termine este alboroto. Esta bien desparejo, no se puede dudar el resultado. La indiada nos sirvió pero esta frita. Pensamos como usted: desde que se empezó a liquidar a los Charruas no nos queda otra salida que aniquilarlos por completo (no olvidemos que el Vaquero Lorenzo era Charrua).

No me gustan los hombres demasiado sinceros-dijo Fortunato que contesto Bernabé– porque también los Rivera, a veces, hemos tenido que ser demasiado sinceros.

El Vaquero refreno una contestación pero no aparto los ojos del coronel. Al final, respondió:

_ Una cosa le voy a decir: los indios estàn  en el monte del Mataojo, casi en la Barra, y los deje creídos de que yo lo voy a llevar para otro lado. Y una cosa le pregunto: ¿me quedo o me voy?

Bernabé le respondió:

_Una cosa te digo: te voy hacer caso. Y otra te contesto: irte, no te vas. Vos elegí.

El 16 de agosto comenzó con la rutina de todos los días. Bajo lluvia, salieron bomberos hacia diversos puntos; Lorenzo, con el Rubio Marquez, Fortunato, Esteban Colman y otros dos hombres de la confianza de Bernabé, partieron hacia la Sierra del Infiernillo. A las dos de la tarde, regresaron al campamento y Bernabé, con la casi totalidad de sus hombres, fingió reemprender con ellos el mismo camino. Al anochecer, enderezaron el rumbo hacia el Mataojo, atacando en la madrugada.

_ Tal como lo habían dicho el Vaquero y el Rubio, los indios estaban peor que nosotros.

Agotados, enfermos, mal alimentados, adormilados, la mayoría de ellos sin caballos y entreverados entre sus mujeres y niños, casi no presentaron resistencia. Confundidos y rodeados por todos lados, no atinaron siquiera a huir.

_ Los sorprendimos y los arrasamos. No nos causaron ninguna baja.

Esta vez, El Adivino, quien la noche antes había  delirado de fiebre, no hizo honor al nombre; y fue decapitado por el propio Bernabé, con un único envión del sable. Pero volvió a escapárseles Polidoro quien la tarde anterior había deliberado con su tribu y cedido a la insistencia del cabo Joaquín (después veremos que es el cacique Sepe), un Charrua que había desertado del Escuadrón de Bella Unión, días después de que se entero de la masacre de Salsipuedes.

Contaban los cautivos que Polidoro, luego de discutir con El Adivino, vadeo el Mataojo y se fue hacia el norte.

A la segunda pregunta, la atinente a la inocencia de Polidoro, me arriesgo a contestarla con toda convicción: me consta que el cacique no fue un traidor a su raza como si lo fue el Vaquero Lorenzo y que, por el contrario, represento la última esperanza real de supervivencia de los Charruas. Si los demás jefes hubieran emulado su prudencia, habría sido seguramente otras matanzas, pero las de Salsipuedes y Mataojo designarían hoy dos fracasos totalmente olvidados de la historia.

Puede también surgir la pregunta ¿ Que elementos tenemos para descartar, la posibilidad de que entre don Frutos y Polidoro, se hubiera entablado una relacion similar a la que mas adelante veremos entre don Higinio y Sepe? ¿No se les ha metido en la cabeza que Polidoro y Sepe, un indio tan payaso y tan zorro, sean la misma persona?

Pero hay una respuesta clave en que la supuesta convivencia entre Polidoro y los Rivera quedo definitivamente descartada. Gabiano nos demuestra que la realidad es mucho más sencilla. Cuando se le pregunto a Gabiano si había oído hablar de que Polidoro hubiese sido un traidor, contesto:

¡Si lo habré oído! Los propios indios capturados en el Mataojo no se cansaron de comentarlo mientras estuvieron en Durazno.

En un fogón el mismo Gabiano le repitió el comentario a Bernabé y este respondió:

Siempre pasa eso. El otro se avivo tarde, pero se avivo y les aviso. Y ahora, le agradecen echándole la culpa. Pero déjalo así. ¡Al contrario! ¡Hay que repetir ese comentario! Como es el único gran cacique que les queda, hay que encastrarlo todo lo que se pueda.”

Solo la incomprensión de los suyos y la malevolencia de los nuestros dieron pie a esa tradición absolutamente infame.

Dijo Gabiano: usted sabe que yo conocía bien al coronel. Le aseguro que si le hubieran dicho “por la cuchilla de Yacare-Cururú andan unos Charruas” la historia hubiera sido otra. Hubiera tomado el dato, pero no hubiera salido enseguida a perseguirlos. Veníamos muy garreados; y el cuidaba su tropa tanto como la exigía. Pero ahí esta la importancia de cómo se dicen las cosas. Al comentarle “El que anda escondido por Yacare Cururú es el cacique Polidoro”, lo zumbaron igual que se zumba a un perro. Yo lo miraba y no lo creía: desde ahí hasta el final, quedo frenético. Yo nunca lo había visto perder el tino.

El militar claudico. Toda su mente quedo nublada por la pasión del cazador. La presa que se le había escapado por dos veces estaba a su alcance; no había que concederle la más mínima posibilidad de una tercera fuga. La persecución tenía que iniciarse cuanto antes, y Bernabé nos decía:

Es el último esfuerzo; después vendrá el descanso en el Durazno, con Manuela y los dos hijos, las felicitaciones de don Frutos y la sastifaccion de la misión definitivamente cumplida. Hoy antes del mediodía. Ya no quedaran infieles sin reducir en los campos de la Patria.

-¡Vamos, muchachos!…!No me aflojen!…!Ya los tenemos a esos perros! ¡Ya los tenemos!

-¡Déle Bernabé! Exija a sus hombres. ¡No les afloje, coronel! Ya lo tiene a Polidoro. Ya lo tiene y esta vez no se le escapara. Porque hasta hoy ¿Quién ha podido con usted, Bernabé?

Fin de la segunda parte..

Basado en el libro de Tomas de Mattos !Bernabe, Bernabe!

 

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