RELACION DEL PRESIDENTE MANUEL ORIBE CON LOS CHARRUAS Y SU TRATO CON SEPE

Introducción:

 

Los Charruas siempre fueron belicosos, valientes y aguerridos, es verdad pero esto no quiere decir que fueran feroces.

Los Charruas no pudieron ser dóciles para los españoles o portugueses que invadieron como tigres sedientos de sangre, intentando sujetar todo el país a su poder, y reducir sus habitantes a la nada.

Cuando los españoles empeñaban con los indígenas una batalla, los encontraban siempre prontos, numerosos y dispuestos a defender con heroísmo la tierra que les pertenecía, que era suya y que ningún poder humano tenía derecho a disputarles.

La astucia, los ardides, el engaño y la perfidia de los conquistadores, triunfaban al fin del número y del valor de los dueños de la tierra.

La metralla, el degüello y las diversas atrocidades con que eran exterminados todos los prisioneros que cogian los españoles (los que capturaba Rivera también), era la persuasión elocuente que hablaba a los dueños del país.

Los Charruas más y más se fueron espantando de los conquistadores: los españoles se fueron haciendo cada vez más sanguinarios: las tribus comenzaban a debilitarse a medida que perdían terreno, hasta que al fin los españoles se apoderaron de todo el país empapado de la sangre de los infelices indios…

¿Y podía racionalmente esperarse que las pocas y debilitadas tribus que corrían despavoridas después por las selvas y los montes de la vasta campaña, fueran dóciles a sus verdugos? ¿No era justo que derramasen con gusto y, hasta cierto punto, con satisfacción, la sangre de sus conquistadores homicidas?

¿De que modo, pues, pudieron juzgarse feroces a los Charruas, cuando no fue la persuasión, la humanidad y civilización la que vino a buscarlos a su país: sino que fue la desolación, la muerte y el exterminio?

Habrá acaso algún pueblo, alguna nación que sin ser cobarde, deje de ser hasta cierto punto feroz cuando se trate de repeler a un extranjero que lo invade para usurpar el país y bañarse en la sangre de sus hijos?¿Habrá algún pueblo, repetimos, que sea dócil a ese bárbaro sistema de colonizar?

¡Ah no: cualquier otra nación, no digamos salvaje, sino civilizada, habría sido en ese caso, mas feroz que los desgraciados Charruas …habría perpetuado un odio justo no solo contra sus conquistadores, sino contra todos los descendientes de aquellos.

Siete formidables tribus que poblaban este país, habían perecido victimas del cruento furor de los conquistadores; habían perecido, decimos, porque ya de aquella numerosa indiada solo quedaba en el año 1832 algunos centenares de hombres, que fueron también victimas de su docilidad y buena fe, cuando fueron bárbaramente degollados por el alevoso Rivera.

Desarrollo:

Pues bien: para probar la docilidad de los Charruas, diremos que después de aquella degollación espantosa en que solo escaparon de la matanza 40 o 50 hombres: que todavía después de aquella reciente carnicería, que Rivera mando ejecutar, hubo un cristiano que pudo atraerlos a la paz y a la amistad.

¿Y no fueron dóciles los Charruas? ¿Puede racionalmente exigirse mas docilidad que la que S.E el presidente Manuel Oribe alcanzo de Sepe, cuando todavía aquel bravo cacique estaba viendo humeante la sangre de su nación?

Cuando el presidente de la republica don Manuel Oribe marcho a campaña por el año 1837, fue informado que el corto numero de Charruas que existían aun, cruzaban los campos del país huyendo de los cristianos, y siempre huyendo solían acercarse a la frontera del Brasil, perjudicando a los vecinos hacendados con los robos de vacas que buscaban para alimentarse, y, sobre todo, de caballos, que necesitaban tener siempre en abundancia para hacer mas rápidas sus correrías.

Deseando el presidente de la republica, por una parte, evitar al vecindario, de este y del otro lado de la frontera, los robos que los Charruas cometían, y, por la otra mirándolos a ellos mismos con un gran interés de humanidad, se propuso evitar el sobresalto de los primeros, asegurando la tranquilidad y subsistencia de los segundos.

Al efecto hizo llamar a aquella tribu errante para que se acogiese a la protección que el gobierno le ofrecía, señalándole campos y haciendas para subsistir.

Los caciques de la pequeña tribu, después de haber sido tantas veces victimas de los mas alevosos engaños y perfidias, recelosos de caer en un nuevo lazo, desconfiaron, como era muy natural, del nuevo llamamiento que se les hacia; pero pudieron mas que sus recelos los deseos que sentían por la paz, y la circunstancia de no ser Rivera quien los llamaba en aquella ocasión.

Agréguese a esto que jamás habían tenido motivo alguno de queja contra el general M. Oribe, y que, por aquel tiempo, el presidente de la republica, combatía contra Rivera sublevado; dos circunstancias mas que decidieron, al fin, a los Charruas para ponerse nuevamente a disposición de los cristianos.

El ejército de la republica se hallaba acampado a la margen izquierda del arroyo de Sopas, cuando se vio llegar a la parte opuesta un grupo de 35 o 40 indios con sus mujeres y sus hijos.

Era la pequeña tribu de Sepe, era la única reliquia de la formidable y heroica Nación Charrua.

El presidente de la republica, don M Oribe, para inspirar confianza en los indios, hacia sus buenas intenciones, se dirigió el mismo y sin escolta alguna, hasta el sitio donde acababan de acampar los Charruas, que, como hemos dicho, se habían situado a la parte opuesta del arroyo, guardando una distancia bastante larga del ejército.

Llegado allí, el cacique salio a su encuentro y muy pronto se vio rodeado por toda la tribu, que manifestaba jubilo y confianza.

El bravo cacique Sepe, ante el presidente de la republica, encareció entonces con energía y marcada expresión de dolor, las repetidas traiciones y espantosas crueldades que con ellos usaron los cristianos, derramando a torrentes la sangre de los dueños de la tierra, siempre en sus conversaciones han dejado de pronunciar “somos los dueños de la tierra”.

Sepe dice que los cristianos los habían tratado siempre peor que a los caballos y a los tigres; que no solo habían degollado traidoramente a los guerreros de su nación, sino también, a sus mujeres y a sus tiernos hijos; recordó finalmente la horrible matanza en salsipuedes; y en sus palabras terminantes, en su apostura firme, en su ademán terrible, en su gesto imponente y en su mirada altiva, manifestó el cacique Sepe toda la indignación de que estaba cargada su alma contra Rivera, autor de aquella ultima espantosa carnicería.

El cacique pidió, al presidente de la republica, amparo y protección para su tribu contra los traidores y suplico encarecidamente que se le permitiese seguir con ella el ejército, hasta tanto que Rivera fuese exterminado.

El presidente Manuel Oribe, íntimamente conmovido por la justicia que el valiente cacique demandaba, le ofreció toda clase de seguridades, la alta protección del gobierno y cuantos aquellos infelices podían desear.

El cacique Sepe, acompaño a Manuel Oribe hasta su cuartel general, y durmió esa noche en la misma tienda del presidente de la republica.

Allí, el cacique Sepe acepto con manifiesta gratitud varios regalos y demostró la mayor confianza en la oferta que le hizo Oribe de un campo y haciendas para que la tribu residiese en el tranquila, y renunciando en adelante a sus correrías.

Desde entonces, los indios no quisieron separarse del ejercito nacional; a una pequeña distancia de el marchaba siempre aquella tribu que se había propuesto aprovecharse de la ocasión de pelear unida al ejercito, contra el traidor Rivera.

Oribe no se opuso a que los Charruas siguiesen en el ejército, por esa misma circunstancia, por esa misma familiaridad, que acabaría por docilizarlos totalmente.

Los Charruas se hallaron en casi todas las batallas que se empeñaron con los anarquistas, y si Rivera no pereció a sus manos en ninguna de ellas, fue porque los Charruas nunca supieron en que punto de la línea se encontraba aquel traidor.

Por lo demás, nunca fue preciso llamarlos al combate.

Muchas veces, separados a larga distancia del ejercito y cuando menos en ellos se pensaba, atraídos por el sonido de un clarín o una descarga, se les encontraba peleando con bravura al lado de los soldados del ejercito: peleando contra Rivera, y siempre contra Rivera, porque Rivera era el sueño de la venganza que los alimentaba!

 

Basado en el libro de Eduardo Picerno

El Genocidio de la Población Charrua”

 

 

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Una respuesta a “RELACION DEL PRESIDENTE MANUEL ORIBE CON LOS CHARRUAS Y SU TRATO CON SEPE

  1. Como hija de mi tierra descendiente del protector de los pueblos libres y de una guarani no puedo dejar de sentir el dolor de mis herman os que todavía resuena en salsipuedes en arerungua y buena parte delterrotorio al norte del río negro.todo lo que pueda darse a saber sacara del destierro, resucitara en la memoria de los que todavía siguen caminando por la pata del gran guazu. Basquade inchala

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