UN TRAIDOR ORIENTAL LLAMADO RIVERA

En junio de 1821 el gobierno portugués organizo un congreso en la Provincia Oriental para que se decidiera su incorporación a Portugal o, si era más ventajoso para la Provincia, constituirse en Estado Soberano. El congreso tuvo lugar el 15 de julio, la mayor parte de los diputados fueron elegidos entre personas allegadas a los portugueses, muchos de ellos destacados en la época libertadora, ahora integrantes del llamado “club del Barón”. Dicho congreso aprobó por aclamación la incorporación de la Banda Oriental al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarves, con el nombre de “Provincia Cisplatina”, sería un estado distinto a los demás pero gozaría del mismo rango de los otros estados de la monarquía, inclusive con representación en el congreso Nacional. Los documentos resultantes de este congreso fueron llevados en persona por Rivera y Bianqui  a Lecor, el día 27 de julio.

El 7 de setiembre de 1822 el príncipe Don Pedro, proclamo la independencia de Brasil con respecto a Portugal mediante el grito de Ipiranga. Previamente Lecor acuerda con Don Pedro el traspaso de la Provincia Cisplatina al dominio brasileño. Al independizarse Brasil, el ejército de ocupación se dividió en dos, uno leal a Lecor y el otro leal a Portugal. Lecor retira sus fuerzas al interior, reorganiza su ejército y recupera terreno perdido.

El regimiento de dragones, comandado por Rivera fue “…el primero en jurar adhesión al emperador “ y “ …con la presión de las fuerzas a su mando provoco los juramentos de pueblos y cabildos. En recompensa, Rivera fue nombrado “Caballero de Habito de Cristo”. El cabildo de Maldonado se resistió a este juramento pero fue forzado por Rivera: “Pero sus resistencias fueron quebradas cuando Rivera se presento con una escolta y con la orden del Barón de remitirle con grillos a todo el que se opusiera a la proclamación imperial”.

Entre tanto, el Cabildo de Montevideo trato de aprovechar estas querellas promoviendo un movimiento separatista de Portugal y Brasil y de anexión a las provincias Unidas del Rio de la Plata. El cabildo de 1823 fue nombrado por el pueblo como Cabildo Representante. El día 29 de octubre de 1823 establece una declaración de independencia  antecedente del 25 de agosto de 1825;…”declara nulo, arbitrario y criminal, el acto de incorporación a la monarquía portuguesa sancionada por el enunciado congreso de 1821…”. Este cabildo logro recaudar dinero para iniciar la emancipación designando a Juan A. Lavalleja jefe del ejército Independiente, pero no tuvo éxito por falta de apoyo  bonaerense y de los caudillos orientales  que como Rivera  y Lucas Obes se negaron  a intervenir; en marzo de 1823, este cabildo solicita a Fructuoso Rivera ayuda pero este se la niega: entre otras cosas dice…se decide y me invita a defender la libertad e independencia de la patria, y estamos de acuerdo en principios y opiniones…la diferencia  en la causa que sostenemos, solo consiste en el diverso modo de calcular la felicidad común en que ambos aspiramos, cree que el país será feliz en una independencia absoluta y yo estoy convencido de que solo puede serlo en una relativa, porque la primera, sobre imposible, es inconciliable con la felicidad de los pueblos.  Más adelante también dice: los pueblos, como los hombres, nunca arriesgan su fortuna y sosiego sin fundada esperanza de gloria o de su provecho.  Es preciso, que cuente con sus propios recursos para hacer la guerra y triunfar de una nación poderosa y vecina; porque arrojarse a una empresa de esta especia, en la esperanza remota de auxilios quiméricos y dudosos, siempre seria la mas fatal de las imprudencias…”.

Por su actuación Rivera es ascendido al grado de Brigadier. “Teniendo en consideración el merecimiento y buenos servicios de Fructuoso Rivera, Coronel del regimiento de la unión, tengo a bien promoverle al grado de Brigadier. El consejo militar así lo tenga entendido y expida en consecuencia., 26 de mayo de 1823, Juan Vieira de Carvalho”.

Vencido Lavalleja debe exiliarse en Entre Ríos y luego a Buenos Aires. En Montevideo fue declarado desertor, confiscándose todos sus bienes. A estos efectos escribe una carta  muy atenta por cierto a Don Fructuoso para que le devuelva sus bienes (Archivo del general Lavalleja, 7 de agosto de 1824):

“…S.D.F.Rivera Ba Ay. Agto 7, de 24, mi atento compañero después de los acontecimientos del año 22, tomo la pluma por primera vez obligado a contestar  a una respuesta de V. dirigida a mi esposa el 24/9/1823, ella exigía en su solicitud se le entregase mis carretas, bueyes, caballos y cueros que son de mi propiedad y tomo  V. cuando fue a perseguirme….así pues suplico a usted por nuestra amistad me devuelva íntegramente lo que es mío y que con tanto trabajo había adquirido después de mis grandes padecimientos, para alimentar a mis hijos…reintegrarme todo lo que reclamo tan justamente, que es mío y he ganado con el sudor de mi rostro sobre rendimiento de cuentas, y si es que yo tengo que rendir algunas se ha quien y no crea que me excuso porque es mi deber. Espero pues, que con la brevedad posible se sirva contestar para su satisfacción  y la de su atento. J.A.L.”

En 1824, Lecor, Barón de la Laguna, pide a Rivera, por entonces Comandante general  de la campaña, que se encargue de reprimir a los grupos indios. En respuesta Rivera le informa:

“…Illmo. Y Exmo Señor.                Exponer a V.E mi dictamen sobre los medios que pudieran adoptarse para contener a los charrúas, y preservar de sus estragos al distrito entre Queguay  y Rio Negro, es una ocupación que me proporciona el doble gusto de obedecer a V.E, y hablar con franqueza de un asunto que ha mucho tiempo ejercita mis desvelos, por eso mismo que envolviendo en su primer aspecto el interés de una gran parte de la campaña, es imposible que deje intacta la felicidad de todos, y el interés más inmediato de este gobierno. Son los charrúas exmo. Señor, unos restos preciosos por su oriundez, pero detestables por su carácter feroz, indómito, errante, sin anhelo, sin industria, sin virtudes, por consiguiente tan sangriento, que iguala, sino excede a los Natches e Iroqueses. Con ellos no hay paz durable sino aquella que se compra con el oro, o que se asegura con el terror de las bayonetas. Ni hay amistad ni relación tan fuerte que no ceda a que los habitantes de entre Queguay y Rio Negro, son obligados a emplear una parte de su fortuna en adormecer la crueldad de tan funestos vecinos y vivir en atalaya continúa para salvar la otra de un golpe de sorpresa. Cansados ellos de una situación tan ingrata y omisos los Virreyes de mejorarla, se aplicaron a destruir los charrúas, unas veces con la fuerza y otras con la política, permitiéndose en ambos casos tan crueles atentados, que serán eternamente el oprobio de la humanidad y descredito de aquellos jefes. No fue empero bastante que los virreyes quisieran renovar los crímenes de la “Conquista” para que los charrúas, dejaren de ser lo que fueron sus mayores en tiempo de Solís, y este hecho, cuyo mejor testimonio es el mismo que V.E escucha en boca de los habitantes de esa zona, este hecho debe ser una lección para todo el que se presuma conseguir el alivio de aquel vecindario con el exterminio de tales enemigos. Las fuerzas y los recursos necesarios a una empresa de este orden, son mayores de lo que parece a primera vista. No porque haya de esperarse una grande resistencia, de parte de unos salvajes que no poseen más táctica que la del Beduino, sino porque su propia pequeñez, y su movilidad extrema, sobre un terreno conocido, darían cabo a la caballería mas lucida, antes que una vez, se hubiese podido hacer uso de las carabinas; ¿Cómo sería el remontarla a cada paso: como el darle de que subsistir en la desolación de un desierto, y la precisión de operar siempre a distancia de los bagajes, para perseguir a un enemigo que lo lleva todo en su caballo y sin habitudes? Que el cediera por fin, no me parece imposible, pero que el gobierno halle en estado de emprender una guerra semejante, mientras la campaña despoblada no facilite la subsistencia y las marchas del soldado, ni lo creo, ni presumo que sería razón suficiente para romper las hostilidades contra un pueblo informe, bárbaro, y sanguinario, ciertamente: pero que tiene los derechos más sagrados a la consideración de los hombres que conocen su origen como ya lo dije. Es muy laudable y propio del carácter humano que ha ostentado V.E en todas las escenas de su gobierno, el que los charrúas conozcan la diferencia de los tiempos, y la mejora de nuestra moral, en el mismo plan de conducta que se adopte para contenerlos si esto basta, y para aterrarlos si esto es preciso. Organícese una fuerza competente entre esa zona, cuya subsistencia gravite en la mayor parte sobre el vecindario de aquel distrito, y colocando a su frente un jefe valiente pero filántropo, activo pero no temerario, hágase luego al charrúa una intimación para que abandone la vida errante, y se dedique a cultivar los mismos campos que ahora destruye. Dénsele útiles para sembrar, y algún ganado para subsistir. Nómbrense jefes que tengan una intervención superior, tanto en orden como en los progresos de esta colonia, y déjese a elección del charrúa, todo lo que salga de aquella línea. Por fin, promuévase entre ellos el evangelio predicado con el ejemplo de hombres apostólicos, y déjese a lo demás al tiempo y las circunstancias, que fieles a su índole, irán mostrando la senda que debe seguirse, para perfeccionar un pensamiento que ya hemos visto realizado en el Paraguay por simples misioneros. En sierra leona por una sociedad de filósofos, y en estados unidos por los esfuerzos del gobierno, que ojala tuviese tantos imitadores como son los jefes que se hallan en el caso de hacer grandes vienes, sin agravio de la humanidad ni queja de la justicia. Dios gde. A V.S ms. As. Montevideo Agosto 25 de 1824 Fructuoso Rivera Brig. Comandante Tilmo, y Exmo. Sor. Barón de la Laguna”.

 

 

 

 

 

 

 

 

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