Pueblos originarios, la primera fuente del artiguismo

Capítulo V

A r t i g a s
el resplandor desconocido

(ensayo histórico)
© GONZALO ABELLA

Este capítulo es diferente. Contenidos diferentes exigen formas específicas adecuadas.

     Mi convivencia con pueblos originarios de América me marcó para siempre. Siguen teniendo una fuerza cultural sorprendente, a pesar de que ahora viven en ambientes degradados y han perdido ya gran parte de sus sabias prácticas milenarias.

     ¿Cómo habrán influido en el joven José Artigas, en una época tan diferente, y cuando la cultura charrúa había recuperado poder y sabiduría gracias al caballo y al cuero?

     Hubo pueblos en América que no formaron imperios, sino que lucharon para resistir a todos los imperios.

     La Antropología oficial los cataloga como pueblos “inferiores”, que no pasaron del “neolítico”, pero se equivoca.

     El hombre de las cavernas europeo vivía la Edad de Piedra porque no tenía referencias de otras pautas culturales; en realidad no las había en su entorno ni en el mundo, porque estamos hablando de cientos de miles de años antes de nuestra época. Avanzaba y creaba exclusivamente desde su propia experiencia, que luego transfería a las nuevas generaciones.

     En cambio el hombre americano que trabajaba la piedra en la pradera en el siglo XV estaba perfectamente informado de la existencia de imperios, sabía que en Los Andes se trabajaba el metal, conocía la existencia de los lejanos templos de piedra, recibía por trueque tejidos, mantas y cerámica sofisticadas.

     El (en realidad debería decirse : “ellos y ellas”) hacía(n) opciones de acuerdo a estrategias adaptativas, a gustos culturales y normas éticas muy respetuosas de la horizontalidad en el trato interpersonal.

     La inmensa macroetnia Tupí-guaraní era la intermediaria canoera entre los pueblos de América más diferentes. El investigador isabelino Chito Aspuin tiene una punta de lanza charrúa tallada en obsidiana, piedra de la América Central.

     Pero no puedo extenderme aquí en estas consideraciones. Sólo quiero “quebrar una lanza” por las culturas superiores originarias de América, las no imperiales, como fueron en nuestra región la cultura del numeroso pueblo charrúa, de los abipones, de los mocovíes y tantas otras. ¡Las culturas más artiguistas!

     “Dicen que los indios de acá eran pocos”, comentaba un paisano; “y en estos parajes en cualquier lugar donde uno ponga el trasero se lo pincha una flecha de piedra.”

     Es sintomático que la primera bandera artiguista se haya levantado en el corazón de la tierra charrúa, en los potreros de Arerunguá (zonas de Salto y Tacuarembó).

     Arerunguá era muy conocido en su época. Algunos aristócratas cordobeses, según Ferraro, aterrorizados por el fervor artiguista de los jóvenes universitarios, decían de ellos: “Se mezclan con la plebe, y si por ellos fuera llevarían nuestra Universidad y hasta nuestra hermosa Catedral a la bárbara corte artiguista de Arerunguá”.

     Arerunguá era un símbolo charrúa y artiguista. Desde allí, recuerda Maggi, Artigas dice “yo estoy en el centro de mis recursos”

     Por eso leemos en la “Breve Historia de Salto” (11), una referencia interesante sobre los movimientos de Artigas:

     “El mes de Setiembre de este año (1814) lo encontrará en Arerunguá, lugar donde por primera vez hace flamear la bandera de los pueblos libres de acuerdo a la disposición que establece: `que en todos los pueblos libres de aquella opresión se levantará una igual: blanca en medio, azul en los dos extremos y en medio de éstos unos listones colorados’.”

    La primera bandera diseñada por Artigas se levanta en territorio charrúa, y no es una casualidad. Ahora queda más claro por qué liquidar a los charrúas fue preocupación central de todos los enemigos de Artigas.

     Acosta y Lara, en un interesante trabajo (12) reconoce que la traición de Rivera a los charrúas, su trampa en el Salsipuedes, no pasó inadvertida para los gobernantes de la región. Escribe:

     “Las autoridades de Entre Ríos y Río Grande do Sul siguieron muy de cerca el operativo.”

     Aún más: Acosta y Lara reconoce la participación del genocida argentino Lavalle y del “comando fantasma” del brasileño Rodríguez Barboza en la masacre de Salsipuedes.

     Pero en cierto sentido la justifica, porque era una acción, dice textualmente,

     “…tendiente a erradicar todas las formas de barbarie que imperaban en nuestras tierras interiores…”

     ¡¡Para Acosta y Lara, como para Sarmiento, la barbarie es la forma indígena de vivir, no el genocidio!!

     El Estado Oriental masacró a los charrúas, organizó un remate para subastar a las muchachas charrúas sobrevivientes en el Durazno, repartió a los niñitos charrúas sobrevivientes en Montevideo, enjauló y vendió a un circo francés a cuatro charrúas, entre ellos una mujer embarazada y luego dice oficialmente que eran pocos, brutos e incorregibles. ¡Y 160 años después todavía alguien dice que eso se hizo “para erradicar todas las formas de barbarie que imperaban en nuestras tierras interiores”!

     Algunas cosas se hicieron demasiado de prisa. A través de Rivera, primer presidente, el Estado Tapón de los Comerciantes y Terratenientes recibe las protestas de Rondeau por no avisarle a tiempo del reparto de muchachitas charrúas

     Después, la defensa del Estado como elemento de progreso, obliga a los universitarios “progresistas” a relativizar el crimen y devaluar a las cultuas derrotadas; a decir por ejemplo que “posiblemente nunca sepamos cómo era la religiosidad charrúa” o que “el crimen de Salsipuedes no levantó una sola voz criolla en su contra”, algo así como “todos somos culpables”. (Pobre periodista Porley, documentó la indignación montevideana y criolla de la época, documentó la indignación de extranjeros en tránsito, pero nadie en la Universidad reproduce sus documentos).

     No se puede enterrar un crimen para siempre. Tampoco se puede desmerecer eternamente una gran cultura, porque deja demasiadas huellas. Hoy hay estudios serios sobre la lengua charrúa y su apasionante estructura gramatical, pero desgraciadamente estos estudios no han sido publicados en el Uruguay (13).

     Por otra parte la información sobre la riquísima cultura charrúa siempre estuvo allí, desagregada y esperando (14)

     Artigas en realidad logró varias cosas extraordinarias: entre ellas la alianza de los pueblos indígenas que mantenían su cultura tradicional con los pueblos indígenas que se habían convertido al cristianismo bajo la influencia franciscana y jesuita.

     No caigamos en esquematismos étnicos: no hubo razas incorruptibles ni razas flojas; en general no hubo razas sino culturas y opciones culturales personales.

     Hubo charrúas cristianos así como hubo guaraníes “infieles”; ser charrúa (pertenecer a una de sus comunidades) a comienzos del siglo XIX era una opción cultural y no una determinación genética; y así como hubo irlandeses gauchos, y africanos entre los guaraníes, hubo gente de sangre charrúa (gente renegada y muchas veces adicta al alcohol) que traficó con esclavos en Santa Fe; aunque no podemos extendernos aquí en esos aspectos, el mosaico era complejo, aunque coherente en sus trazos generales. No era el color de la piel lo determinante en cada caso individual, aunque el color de la piel predisponía en un sentido u otro.

     En el ámbito libérrimo de la Liga Federal la confluencia de propuestas es prácticamente inabarcable para una sistematización sencilla. Por ejemplo, una pieza clave en la estrategia agraria artiguista en la provincia de Misiones es la recuperación del “avá mba’é” y el “tupá mba’é”, las formas comunitarias y colectivas guaraní-jesuíticas que estaban en la memoria de la gente de Andresito Guacurarí, quien está, según mis investigaciones, entre los líderes artiguistas más consecuentes y formidables.

     Dediquemos algunos párrafos, necesariamente, a las Misiones.

     Las misiones jesuitas, los pueblos de indios misioneros, habían tenido aspectos aculturizantes y represivos, pero fueron un muro contra el tráfico de esclavos. Más aún: los jesuitas enseñaron a los indios cristianos a leer, a leer música, a construir los instrumentos de la orquesta filarmónica y del templo, a entender un plano y construir fortificaciones y hasta a fundir campanas. Quien funde una campana funde arados y cañones.

     Las misiones fueron así escenario de una colosal transferencia de tecnologías europeas a comunidades que no perdieron su tecnología indígena ni el recuerdo de su organización social comunitaria; además, el cultivo en común, la vida en colectivo, generaron una nueva propuesta política que sobrevivió a la expulsión de los jesuitas, y se transformó en una especie de teoría y práctica de la Teología de la Liberación.

     En el libro de Poenitz y Poenitz “Misiones, Provincia Guaranítica” (15) se habla de la tragedia que representó para los indios tapes la destrucción de las Misiones Jesuitas, la única opción no selvática (para gente que ya no estaba adaptada a la selva) que a la vez era no esclavizadora. Dicen los Poenitz, padre e hijo, que la medida de expulsión, impulsada por los cazadores de esclavos, fue aplaudida por los librepensadores “urbanos”, que equivocaron el sentido de la expulsión jesuita.

     Comentan luego los Poenitz, hablando de la acción del funcionario Bucarelli al servicio de la temporalización de los bienes de la Orden, lo siguiente:

     “Se incautaron las casa y colegios y sus respectivos bienes muebles e inmuebles y se deportaron a los religiosos a los Estados Pontificios de Italia. Dicha incautación fue llamada temporalización por pasar del poder espiritual de una congregación al poder temporal de la Corona” (…) “Pero en los casos de las reducciones o doctrinas donde se catequizaba en plenitud a decenas de miles de naturales la expulsión de los padres jesuitas y la temporalización de las misiones creaba problemas probablemente no previstos por la Corona española” (…) “Postergada la expulsión de los Padres hasta 1768, la operación fue planificada con fuerte aparato militar porque se temía el levantamiento de los naturales en defensa de los misioneros, tal como había ocurrido en las Guerras Guaraníticas en rechazo al tratado España-Portugal de 1750. Previa convocatoria de caciques y corregidores de los 30 pueblos se los retuvo como rehenes y Bucarelli marchó con una columna…”

     La expulsión de los jesuitas fue entonces en 1768. Artigas había nacido en 1764. Los indios tapes misioneros, cristianos y perseguidos, no volvieron a la selva con sus hermanos: se expandieron por el Paraguay, la Banda Oriental, el Entre Ríos argentino (que comprendía por entonces a las tres provincias mesopotámicas) y el Sur Riograndense. Después los reunificaría Andresito Guacurarí, guaraní cristiano, en la Utopía artiguista de la Liga Federal.

     Pero deseo volver por un momento a la cultura charrúa. Hace ya años que me hice la reflexión que sigue y formulé estas “cinco preguntas sobre los charrúas”. Ahora, una vez más, desando el tiempo y recurro a lo que escribí en el momento en que las nuevas evidencias me sacudían.

http://www.chasque.net/vecinet/abella07.htm

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