LA     INDIA MAIGUALA (La Matanza de los Charrúas y una historia de amor)

Agradecimientos:

                          Quiero agradecer a las personas que de una manera u otra colaboraron con este cuento en forma desinteresada, a ellos gracias nuevamente y a los que  solicité  su ayuda y no encontré eco en ellos, también gracias.

Esto de poder escribir dignifica y valora al ser humano, y mientras mí mente esté lucida y mis manos no se paralicen o tiemblen lo seguiré haciendo porque en el camino de la vida se aprende.

                                       El Autor. Alberto TECHERA PADULA.

“POR GRANDES Y PROFUNDOS QUE SEAN LOS CONOCIMIENTOS DE UN

 HOMBRE, EL DÍA MENOS PENSADO ENCUENTRA EN EL LIBRO  QUE MENOS VALGA A SUS OJOS, ALGUNA FRASE QUE LE ENZEÑA ALGO QUE IGNORA”

                                                  Mariano José de Larra (1809-1837) Escritor Español.

CUENTO.

LA INDIA MAIGUALA.

(La Matanza de los Charrúas y una historia de amor)               

 

Me sentí uno de ellos, no importa quién soy, tal vez sea hombre, mujer, quizás un niño que anduvo por allí,  aunque podría ser un animal , un espíritu que flotaba en el aire, o simplemente era llevado por el viento en aquellos lugares donde los que habitaban  eran el retrato vivo del tiempo.

Estaban ya cuando llegué, eran y serán por siempre los dueños legítimos de estas tierras dónde  existía la libertad, son un puñado de miles esos indios de  piel color cobre bronceada por la naturaleza, semblante duro, ojos negros penetrantes, de pechos anchos, con sus músculos marcados por la dureza de la vida, su frente amplia símbolo de lealtad, el pelo negro, no muy altos y sus mujeres siempre más bajas, son altivos y cuando es necesario feroces como el puma que busca a su presa, leales como nadie en sus tribus que son guiadas por un jefe al que llaman cacique, y cuando es necesario se unen con un fin común para defenderse de estos bravos tiempos. Ellos andan casi desnudos, solo se abrigan con cueros y pieles en invierno, dónde por el río sopla el viento del Suroeste que penetra en la piel  dura como agujas que lastiman hasta sangrar sus cuerpos, en cambio las mujeres se ponen tapando su sexo una especie de algodón que sacan de unas plantas que crecen en el campo como si fuera un yuyo y a veces combinadas con algún pedazo de cuero. Se alimentan de la carne y pescado que abundan por las llanuras y aguas de éste territorio que es de ellos, de sus ancestros, se llaman Charrúas, indios como ningunos y estuve un tiempo  allí, tanto que ya ni me acuerdo.

Habitaban lo que hoy es Uruguay, también parte del otro lado del río de igual nombre dónde es hoy Argentina, y el sur de  Brasil, eran amerindios dónde también existían otras tribus. Cuentan que están emparentados con los indios Pampas y  Los Guaraníes, de hecho su dialecto tiene mucho que ver.

Sus armas eran las lanzas hechas de caña tacuara, tenían arcos y flechas , así como también su arma predilecta para cazar en campo abierto, se llaman boleadoras ,y son tres piedras atadas por un pedazo de cuero en un nudo común de aproximadamente un metro. No tenían lugar fijo para vivir, recorrían continuamente el territorio, eran nómades, y allí dónde los agarrara a veces la noche pernotaban con sus familias levantando algún techo con algún cuero o simplemente ramas  que los protegiera de las inclemencias del tiempo.

                        Y allí estaba  de alguna manera viviendo con los indios Charrúas defensores de las tierras , las suyas que serán para siempre porque están marcadas a fuego en la historia que nos contaron hoy los nuestros, pero hay cosas que quedaron sepultadas en el ayer y no fueron escritas por los indios , no tenían la facultad de escribir o con símbolos poder expresarse como otros pueblos de la América toda que en su proceso estaban mucho más adelantados como los Incas, Mayas, Aztecas, y muchos más, inclusive los del Norte, hermanados todos por un continente entero, que en aquel momento eran los amos y con razón de todo aquello.

                                                   Todos fueron arrasados por la ambición de hombres que usurparon estos lugares,  del Sur al Norte, de Este a Oeste de la América y los Pueblos Indígenas cayeron uno tras otro.

Esos que le llamaron conquistadores, me pregunto ¿de qué? y en nombre ¿de quién? , solo es capaz el hombre de hacer sufrir a otro hombre eso es muy cierto, matarse por tener más que otros, ni los animales hacen tal aberración, nadie es perfecto, todos los humanos o los que se dignan de ello es lo que usan de escudo, dejando de lado los sentimientos, no dicen verdades, les enseñan a mentir desde que  están en las entrañas creciendo, y la falacia manda más que la veracidad de los hechos, como dicen nos “vendieron espejitos de colores” y así hasta el presente lo que se pregona ,ello es muy cierto porque en la actualidad se sigue matando en nombre hasta de Dios ,que nos creó para amarse entre todos los pueblos más allá de religiones, razas ,territorios ,pero cuidado también tiene el poder de destruirnos, aunque El Superior para quien  es creyente nunca  borrara lo que realizo, y sí lo niegas estás en todo tu derecho, también  para eso hay que ser libres de pensamiento.

                            Pues mi historia vivida quizás entre sueños trataré de contarla como la siento, puedo estar afuera, pero también adentro, lo cierto que aquí estoy mirando un amanecer entre los cerros, de un año que no me acuerdo no me lo dijo el sueño, en una tribu charrúa, indios por siempre nuestros, dónde hoy en la actualidad un país es conocido como si fuera un sobre nombre al decir Charrúas decimos Uruguay, ante el mundo es como si fuera una marca que perdurará a través del tiempo.

Ahora había cambiado todo, la libertad se estaba escapando como el agua cuando sube en el cauce del río y se desparrama por los campos sin poder contenerla.

 Había un pueblo sufriendo en su propia tierra, solo querían vivir como antes, dónde nadie les tenía que decir dónde cazar y pescar, ellos no entendían de alambrados.

Todo estaba cambiando y se transformaba demasiado rápido.

                                                         Ella iba hacia el río cercano, estaba amaneciendo y hacía un poco de frío aunque entre los cerros se divisaban los primeros rayos que calentaban tibiamente su piel desnuda, apenas tapada con un pedazo de cuero que le había regalado el padre de su hija hace unas lunas atrás, Enalbé así se llamaba el cacique era un guerrero fiel a su tribu y pueblo.

Seguía el sendero ya trazado por los pies de los indios hasta llegar a las aguas ,allí entró despacio hasta sus rodillas dónde se bañó como siempre lo hacía muy temprano ,no importa el tiempo ,su madre siempre le decía que era como un pez, porque cuando niña pasaba  en el agua dónde estaba las horas jugando con unas pequeñas ranas que encerraba en el hueco del tronco de un árbol y tapaba con piedras   cuando su madre la venía a buscar al río, hasta que un día los animales como era lógico y en su habitad se escaparon.

Recuerda que se enfermó de tanto llorar y su madre le decía “Senaté, hija mía ya tendrás otros bichos”, y cuánta razón tenía ella, siempre recordaba ahora que no está cuando le acariciaba por las noches sus cabellos negros y cantaba una canción dulce como las flores que le enseño a chupar su líquido una vez que  salieron a caminar por el monte. Un día se la llevaron esos hombres que llegaron gritando como buitres, con su piel blanca y pelos en su cara, cubiertos de trapos raros, que llevaban en sus manos una lanza larga por dónde salía fuego y otra que  brillaba que  cuando penetraba hacía  daño en el cuerpo.

Senaté recuerda que se escondió como pudo detrás de unas rocas mientras ellos arrastraban a su madre por el campo rumbo a dónde nace el sol todos los días y hablaban un dialecto que no entendía ,le ataron las manos con cueros , le pegaban con un palo en la espalda mientras reían, para nunca más verla.

Todavía por las noches la despiertan los gritos de su madre pidiendo ayuda que retumban en su cabeza y las risas de esos hombres malos,  ve el rostro de ella con lágrimas mirando el monte a la espera de que alguien acudiera a rescatarla, y    que en sueños la llama.

 Pero de eso pasó alguna luna,  cada vez que va al río  viene ese pensamiento, y ahora que tiene a su propia hija se baña temprano para no dejarla sola y que esos demonios lleguen  nuevamente a su tribu, porqué su hombre Enalbé había partido hace dos soles con los guerreros y jóvenes de la indiada a cazar lejos, dónde los hombres hablan otro idioma y para llegar allí  había que cruzar varios ríos y arroyos, también subir un cerro.  Pero ya pronto vendría como se había ido en silencio, sentía que el corazón se le aceleraba cuando lo nombraba, era más bello que el animal que habían traído los blancos que corría por los campos y senderos, astuto y bravo como el mismo puma, y  a la vez era dulce cómo las flores que enseño su madre a chupar en el campo.

                                                                     Luego de bañarse y nadar regresó sobre sus pasos más deprisa, ahora estaba caluroso, y los pájaros daban conciertos de todos colores con su trinar llevado por el viento, las plumas  mostraban orgullosos porque podían volar pensó Senaté, a ella le encantaba un pájaro grande multicolor con un pico largo que todas las mañanas la visitaba dónde estuviera, que la saludaba con un grito suave para avisarle que estaba allí.

 Las mujeres dormían todavía echadas en el pasto seco, algunas tapadas con cueros o sobre ellos, los pocos niños estaban acurrucados al costado o sobre ellas casi desnudos por lo que buscaban el calor de sus cuerpos.

Más allá los Ancianos envueltos en ponchos de cuero.

Busco a su  hija niña que había nacido hace varias lunas, tenía cinco años, de los veinte que tenía su madre Senaté, y allí estaba arrollada como un pichón en su nido sobre el cuero del capincho que su padre Enalbe había casado, la que seguía durmiendo en un sueño profundo y así lo hacía cada vez que le daba de tomar agua con unas hojas marrones que crecían en un árbol cerca de dónde estaban los muertos, así le había enseñado su madre cuando le dolía la panza.

 Ella le decía que crecía allí entre los difuntos porque era para eso, dormirse mucho y que tuviera cuidado con tomar cantidad porque no despertaría, entonces tendrá  precaución con Maiguala, así se llamaba su amada hija.

                                         Muchos de los de su tribu habían ido a vivir con los hombres nuevos o cerca de ellos, luchaban en sus guerras , no habían regresado nunca más, su hombre le había dicho que otros caciques habían muerto en manos de esa gente y eran perseguidos hasta asesinar a tribus enteras, que cada vez tenían menos espacio para cazar y moverse.

Una vez le contó que vieron sus abuelos cuando unos monstruos gigantes que flotaban en el agua, con cueros  que se movían por el viento que  eran llevados por hombres pálidos   y que al tocar la orilla de adentro de esos animales salían otros  como asustados, que corrían por el campo rumbo al monte  y tenían cuernos pero más grandes que los ciervos  y otros más pequeños, graciosos, todos del color de la planta que juntamos para taparnos las mujeres suave y blanca.

                                           Ya las madres , los niños, y algunos muy viejos  despertaban de a poco al sentir que el sol comenzaba a hacerles picar el cuerpo, no había una sola nube en el cielo, todo era calma, solo ruidos del monte cercano se sentían de animales que ya buscaban su sombra y también su comida, Maiguala despertó  refregándose con sus manitos sus ojos negros, que eran como el carbón que queda apagado luego de hacer la fogata para asar la carne de turno o la lluvia que los apaga de golpe por el aguacero. Al ver a su madre corrió a su encuentro para abrazarla tanto que casi la hace caer en el momento y refregaba su cabeza en el vientre  que la apretaba con fuerza  para no dejarla ir en ningún momento,  luego acaricio su pelo también negro, mientras su madre quería tocar el de ella que ahora no estaba suelto, pues le había colocado su vincha hecha de cuero rojo como el zorro que vive en las cuevas del cerro.

Maiguala señaló el monte hablando algo que no entendí en su momento pero su madre entendió perfectamente , no quedaba lejos así que la tomo de la mano y comenzaron a cruzar hacia allí ,había tanto pasto y árboles pequeños que se perdían ambas figuras entre ellos, de pronto la pequeña vio un bichito que se le cruzó entre las piernas que al chocar con ellas quedó dado vuelta con su caparazón tocando la tierra, Maiguala no se asustó pero si miró a su madre que la miraba sonriente ,era un pichón de Mulita que movía sus patitas queriendo acomodarse para darse vuelta y seguir su camino, tal vez buscaba a su madre, sería presa fácil de otros animales si permanecía mucho tiempo de esa manera. Entonces la pequeña con mucha tranquilidad y como sabiendo lo que hacía lo tomo por un costado para que el animal no la arañara y la puso en su camino, el que apenas sus pezuñas tocaron  el piso salió corriendo perdiéndose entre la vegetación. Ahora era Maiguala que le sonreía a su madre, ella la volvió a tomar de la mano para seguir rumbo al monte, el sol ya se hacía insoportable pero valía la pena la caminata, estaban acostumbrados a realizar largos trayectos.

                                                       Por fin llegaron, ya la niña había divisado los árboles  pequeños  y se soltó de su madre apenas los vio con  su fruta madura, era sabrosa aunque había que saber comer la pitanga mora porque tenía un carozo, era del color de algunos labios,  desde muy chica Senaté había  hecho probar a su hija, aunque había otros frutos silvestres muy sabrosos que recolectaban.

Estuvieron mucho tiempo saciando sus ganas hasta que optaron por sentarse debajo de un gran árbol dónde sus ramas que parecían que lloraran porque desprendían un líquido pegajoso azucarado.

El sol calentaba el día mientras sentían el canto de un insecto, más bien como un quejido emanaba  de su garganta, aunque su cuerpo era pequeño pero su ruido atravesaba el monte, y que después moría de haber hecho tal evento y esfuerzo.

Se quedaron dormidas no sé por cuanto tiempo, de pronto sintieron que la tierra parecía moverse debajo de sus pies descalzos , viendo que los pájaros volaban por el ruido que se escuchaba a lo lejos, los más escandalosos eran las  aves verdes  que por cientos tomaron vuelo tapando por un instante el cielo celeste bello, se sobresaltaron para luego esconderse dentro del troncó del mismo árbol porque allí había un hueco , se acomodaron como pudieron confundiéndose en un solo cuerpo, Senaté le hizo señas a su hija poniendo un dedo en sus labio cruzado en señal de que no hablara, podía ver desde allí un pedazo de campo desierto de vegetación y una polvareda como una nube que pasaba cerca de ellas .

Comprendió la india al instante al ver a los hombres malos en sus trapos parecidos ir sobre el lomo de aquellas bestias hermosas, eran caballos que corrían bajo la furia de  sus amos, eran decenas que entre el ruido de sus cascos y el grito de los hombres agachaban sus cabezas  para andar más rápido como buscando el pasto fresco, iban rumbo al río que hoy llaman Queguay en lengua de los nuestros.

 Esos barbudos llevaban en su espalda las lanzas que conocía Senaté que mataban con chispas y fuego, a un costado unos cuchillos largos que también lastimaban el cuero, se acordó de su madre que la habían lastimado esos, un nudo se le hizo en el pecho, no podía respirar de tanto miedo, mientras tapaba la boca de Maiguala que sintió terror y los vio en sus ojos reflejados, espero que se hiciera de nuevo el silencio porque temía por las mujeres de su tribu y los ancianos.

                                                             Dejo pasar un tiempo largo que se hizo eterno y para ir rápido hacía dónde estaba el campamento tomó a su hija en los brazos y corrió como el ñandú cuando lo corre el Yaguareté en su cacería en silencio y al llegar al lugar cayó con su niña en el pasto seco , su corazón latía fuerte parecía que le iba a salir por su boca, no veía a nadie ,pero de pronto las indias con sus hijos  y algún viejo salían de entre las  rocas como lo había hecho ella hace ya un tiempo  por suerte se habían escondido  al sentir el ruido a lo lejos, temblaban todos de miedo porque estuvo cerca la muerte, pero siguió de largo.

Ya estaba cayendo la tarde, Senaté dio la orden de no prender fuego, miraba hacia dónde sale el sol por si veía venir a su hombre con sus fieles indios guerreros, pero no llegaba, ni rastros de ellos.

                                                  La noche los sorprendió como la nube cuando tapa el sol, la oscuridad nunca le gusto a Senaté, en su campamento todo era tranquilidad, algunos niños jugaban con los perros , ella ignoraba  que los indios con sus caciques se reunirían muy cerca de allí, su hombre Enalbé no le había querido preocupar y le había mentido por primera vez a su amada, eran tiempos difíciles, la idea era de encontrarse para tomar una decisión que podría cambiar el futuro de todo el pueblo Charrúa, de resurgir como eran antes dueños de todo o sucumbir bajo el hombre blanco con todos sus vicios y sentimientos malos que él muy bien sabía y conocía, trataría de convencer a sus pares de ser libres y no claudicar para unirse a un ejército que no es el de ellos, no defiende a los suyos, no se sienten representados, sino humillados, menospreciados y ahora mandan a decir que “El ejercito los necesita para cuidar las fronteras del Estado”,  y  que invadirán el norte para sacarle a los brasileros los bichos de guampas que nos habían robado antes ,con qué derecho, con cual razón, cuando su pueblo eran miles y ahora son un puñado que fueron muriendo poco a poco ya sea asesinados o por las enfermedades traídas de otros lados  ahora pedían ayuda a unos indios desarmados .

Enalbé pensaba en su mujer y su hija, en el futuro de ellas que dependía en parte de él, se sentía cansado no por su edad  porque era fuerte y joven, sino por las decenas de batallas en que había participado y ver caer a sus indios por defender el suelo de su tierra y a su familia,  sus hijos tenían el derecho de crecer con la libertad que tenían sus abuelos dónde no había alambrados ni muros que pudieran detener al indio de ojos negros.

                                                    Ahora tenía que esperar cerca de allí, en Puntas del Queguay a los caciques viejos, a sus oídos llegaron que el  Presidente de la República General  Fructuoso Rivera, del primer Gobierno luego de la independencia prepara una fiesta para agasajar a los nuestros dentro de unos días, quizás  nos quieran comprar como lo hicieron antes los otros, que habían  cruzado el agua de allá lejos.

 Ya le había  advertido a los caciques El Adivino y a Juan Pedro que tengan mucho cuidado, ya éramos unos cientos aquí, y no confiaba en el hombre pálido, les dijo a los caciques que trataran  frenar a los indios más jóvenes  que no cometieran tropelías, podían aprovechar la ocasión para culparnos de algo.

 Los Yaros, Guenoas, Minuanas y otras  tribus ya habían sido doblegadas y los que no, habían disparado hacía la selva espesa con nuestros hermanos Los Guaraníes.

Era muy consciente de lo que se venía, algunos caciques  estaban allí con sus tribus enteras trayendo a su familia, mujeres, viejos y niños, además de sus pocas pertenencias, me habían llegado noticias de que mañana o pasado vendrían los caciques Venado y Polidoro así que tenía que esperarlos, tenían que hacerse valer por lo que eran, su tribu  una de las pocas que vivía todavía como los antepasados, los honraba.

                                                         Ya era la noche cerrada, Enalbé dormía poco, deseaba que llegaran los demás, quería y sentía estar con su mujer, su hija Maiguala que eran sus ojos lo extrañaría ,de todas maneras no estaba lejos a casi un día de camino a caballo y en un par de días a pie , tal vez mandaría por ellas, era tan dulce su hija, en eso era igual que su madre a la que él doblaba en edad,  había conocido su mujer en una situación muy particular, era de otra tribu Charrúa de la cual quedan muy pocos, por una razón u otra habían muerto, y Enalbé siempre recuerda cuando Senaté todavía por las noches llama a su madre en un grito que hace estremecer a quién la escucha.

 

                                                    Estaba en la madrugada clara iluminada por la luna y algunas estrellas. a raíz que  nubes ocupaban el cielo sobre el campo dónde estaba su campamento resguardado por los árboles de un monte cercano y a unos metros un arroyo que corrían rápido sus aguas por alguna cascada que estaba a su paso pudiéndose sentir el ruido  al golpear en alguna roca, se notaba que faltaba poco para el alba pues había movimiento en las ramas con frondosas hojas , dónde los pájaros se hacían sentir en sus primeros gorjeos con alguna timidez, corría una brisa muy suave con mezcla de olores varios , dónde predominaba el olor característico al zorrillo que es muy fuerte, y es como si te quemara la nariz.

 Y allí estaba el cacique Enalbe inundado de recuerdos sentado sobre un tronco caído ya de viejo, tenía puesto sobre su cuerpo un pedazo de cuero de capincho que se lo había regalado su padre no hace mucho tiempo aunque ya no está con él ,se lo llevó su edad al anciano de pelo casi blanco que imponía su respeto con su sabiduría que solo dan los años  ,siempre lo tenía presente como si estuviera cerca y en verdad creía eso , porque en más de un apuro lo saco del entrevero victorioso el viejito con sus pensamientos, y ahora recordaba una lucha cuerpo a cuerpo que había tenido con un barbado de cuchillo largo que quiso someterlo para llevarlo como esclavo y tuvo que pelear por su libertad. Se había topado con él cuando iba a caballo buscando ganado suelto, lo trató de ladrón y no estaba dispuesto a escuchar tal ofensa, no era cierto , entonces lucho con su lanza como una fiera acorralada contra ese hombre mentiroso que lo atacaba con esos cuchillos que hacen ruido al golpear contra la roca y sacan como por magia chispazos de colores  siniestros, lo dejo tendido en el campo sin moverse al usurpador de su tierra , y bien podía ser él que quedara quieto, lo mató en defensa propia y eso lo dejaba tranquilo sin remordimientos.

De pronto miró al horizonte como movido por algo, y en una elevada loma muy lejos veía siluetas de hombres a caballo que iban rumbo al Queguay chico, eran más blancos que se dirigían a su campamento, allí había que conocer el territorio, no era de fácil  acceso, era un lugar de bajos y hondonadas , la vegetación tupida que no dejaba avanzar al más baquiano ni sabedor del lugar, no había podido pegar un ojo , pero siempre quedaba despierto uno de ellos y pobre si se dormía la pena podía ser la muerte, porque ese indio centinela  vaya paradoja era y podía significar la vida de toda la tribu.

                                                   A mitad de la mañana los indios más jóvenes y agiles por cierto se disponían algunos a pescar metiéndose en las aguas del arroyo hasta la cintura con sus lanzas de caña ,otra de madera de árbol duro que tenían en un extremo una piedra tan filosa como los dientes de un puma, que esperan prontas ser levantadas por sobre sus cabezas esperando ese pez para  atravesarlo con dicha arma , parecían estatuas vivientes  esos indios que de pronto en un movimientos coordinados giraban su cuerpo ,sin hacer el mínimo ruido ,otros iban a cazar al monte con sus arcos y flechas hechas de caña, también de palos de sándalo rojo o negro dónde en un extremo había tallado una piedra en forma de punta que por lo general era  hecho por las mujeres o niños y en su parte posterior tenía una pluma de águila o lechuza , sus boleadoras capaces de derribar al animal más duro y grande a una mediana distancia de 10 o 20 metros, quedando el tiento del cuero enlazando  en las patas con el peso de las piedras, y  también usaban el  llamado rompe cabezas  que consistía en una piedra redonda  esférica trabajada a la que le dejaban puntas de unos 2 cm. que iba atada a una rama o a un cuero fino como si fuera una cuerda.

 Otros armaban su precaria vivienda dónde clavaban cuatro palos en la tierra, formando un casi cuadrado siendo estos atravesados por otros que se unían entre sí para luego con ramas largas de totora o palmera hacer el techo y en sus costados usar cueros o las mismas ramas, quedando tipo choza muy sencilla.

                                                       Enalbe ya tenía regalo para su mujer cuando regresara, plumas de ñandú para adornar su cabellera y otras de garza, a ella le encantaban, pero ahora se dirigía solo más abajo del arroyo dónde se hacía angosto su cauce, por un sendero dónde había visto piedras  pequeñas de colores  en las arenas blancas de su orilla mansa, le quedarían bonitas a su hija en su suave pecho porque la madre sabía de hacer collares, sonrío porque parece que la viera con eso puesto, al fin llegó al lugar miró hacia todos lados y se aseguró que no hubiera nadie cerca, es que era trabajo de mujeres recolectar esas piedritas,  no sea cosa que algún indio lo viera en ese intento, que  en realidad eran valvas de moluscos de agua dulce.

Mientras lo hacía algo  brillaba como el sol en el agua cristalina quedó por un instante quieto, eran piedritas también muchas que estaban en el fondo del lecho, no eran muy grandes, chicas como la uña de un dedo, el cacique quedó sorprendido y se metió en el agua que le daba por las rodillas y comenzó a juntarlas una a una siempre atento a algún ruido y que anduviera alguien cerca. Llenó la palma de su mano cerrando su puño, camino unos pasos y ya estaba de regreso en la orilla dónde había muchos juncos que crecían en el lugar, procedió a cortar uno, el más grueso, sabía que por dentro eran huecos, entonces puso las piedritas  dentro para luego de llenarlo unió sus puntas e hizo un nudo quedando un círculo de junco casi perfecto, nadie tenía porque enterarse de lo que llevaba en su interior y se lo puso en su cuello.

El cacique sabía que el hombre mata por tener esas piedras en su poder dónde allí no abundaban pero por comentarios de su  padre sabía que río arriba muy lejos dónde llevaba muchos soles llegar, había muchas y grandes.

 Cuando llegue a las tolderías se las daría a Senaté  para  que las escondiera y cuando a su hija Maiguala  se le hinche la panza  se las regalaría como agradecimiento.

                                                        Así pensando en su familia y con alegría volvió a su campamento  del Queguay dónde algunos ya habían regresado de sus labores de caza, mucha pesca por suerte y otros traían nutrias clavadas en su lanzas, eso significaba  buena carne y cuero, cuando abundaba comida todo era jolgorio tenían una manera muy espontanea de sentirse así dando gritos y alaridos como lo hacían en el campo los perros cimarrones salvajes o palmeándose los hombros, era bueno que sus indios estuvieran contentos, pensar que para algunos era  algo tan sencillo estar agradecido   a la vida  y no a los hombres que se pelean por mandar aquí, tener poder ,robarse entre ellos y ahora precisan de nosotros para seguir haciendo de las suyas, cuidar su territorio que en definitiva es nuestro.

Miraba su jefe orgulloso como sus indios venían del monte, de pronto vio a dos de los suyos que traían a otro sentado casi desmayado sobre un palo que tomaban ambos de cada lado, Enalbé corrió a su encuentro y ordenó lo bajaran era uno de los más jóvenes ,que tenía su pierna hinchada, casi morada, se quejaba por el dolor, lo hizo acostarse en el pasto y revisó su cuerpo, tenía dos perforaciones detrás de su pantorrilla dónde se notaba su sangre, entre ellos conversaban y daban cuenta del hecho, señalaban hacia el bosque , sabía  que una víbora venenosa lo había mordido, el cacique toco la frente de su compañero herido , ardía de calor su piel, entonces ordenó los arrimaran al arroyo para luego  llamar al indio de la tribu más viejo .

 Allí lo pusieron sobre un cuero en la sombra, temblaba el joven de fiebre como vara de mimbre sacudida por él viento, con unas vasijas de barro  que llenaron de agua rociaron su cuerpo varias veces, ahora ya no se quejaba, tampoco habría los ojos cuando se presentó el viejo que con un cuero de hilo frotó  el cuerpo del indio, para luego traer la grasa de un animal recién muerto de los que habían cazado hace unos momentos y untar la piel que estaba quedando seca sin vida del  guerrero sin aliento, dio sus últimos suspiros ,él cacique  tomo por la nuca la cabeza  para luego sacar la vincha del guerrero  que ya no estaba en este mundo, había muerto, miro a sus hombres que estaban parados al costado de su compañero y de gritos de algarabía pasaron en unos instantes a gritos de sufrimiento.

 Zeñaque se ha ido, así se llamaba el charrúa que quedó quieto, tenía pocos soles, era un fiel de los pocos de su tribu que sabía andar a caballo como si  fueran uno solo porque cuando subía al lomo del pampa negro eran unos diablos corriendo por el campo nuestro, como pájaros libres  que los empujaba el viento.

                                                                    Lo llevaron al cementerio, subiendo al otro lado de la cuchilla  había un  cerro.

En el trayecto iban en fila, por delante cruzado en el lomo de su caballo iba el guerrero muerto tapado con un cuero, y en las patas del animal iba inseparable su perro que daba ladridos al viento.

Enalbé ordeno hacer un hueco entre las rocas para depositar el cuerpo que quedó pronto en un momento y allí fue puesto, para luego ser tapado por ramas con muchas hojas recién arrancadas y a un costado su caballo atado a su lanza enterrada en tierra como un rayo que atraviesa una nube en el cielo por si el resucitara, eso creían ellos.

Su perro se echó a un costado del ramerío ya puesto, como quedando de custodia en la tumba de su amo.

Todo era tristeza, pero Zeñaque el indio guerrero que estará con sus antepasados en este momento,  felices son en verlo de nuevo.

Como casi siempre se hacía, había gritos y lamentos.

 Unos indios amigos del muerto hicieron a un costado del sepulcro un círculo de piedras,  y se metieron adentro, se auto flagelaban sus cuerpos con heridas superficiales con piedras filosas en demostración de sufrimiento y respeto al muerto, quedarían allí un par de días cuidando al guerrero.

                                                   Enalbé regresaba de nuevo con unos pocos al campamento su dolor duraría como si fuera un  hijo que se había ido, a tantos les dijo adiós en estos últimos tiempos tendría que decirles a su familia cuando llegue a su hogar del momento ,dónde era también costumbre que su madre y sus hermanas ante el sufrimiento se flagelaran sus dedos , por lo general el más pequeño , también se clavaran en sus brazos la lanza del muerto, o pasaran dos lunas sin comer llorando por quien se fue y no estará con ellos.

Otros si tiene hermanos les pedirán a sus amigos que en señal de luto se le atraviese una caña de lado a lado del brazo, es curioso pensaba el cacique que los padres no hacemos luto la muerte de nuestros hijos, tampoco de las esposas ,ni siquiera de la madre ,sin embargo si de nuestro padre dónde nos escondemos desnudos en el monte, por dos lunas seguidas ,llevando solamente un palo con punta para hacer un hoyo en la tierra y hasta la cintura enterrarse un día entero , pero si ese sufrimiento fuera poco nos vamos a una choza en el monte y se está 10 soles sin agua ni comida, solo los niños le traen agua y huevos de codorniz para luego por respeto salen corriendo y no ver al sufrido del momento.

Si bien  no era obligación hacer esta ceremonia se consideraba débil al indio que no lo hiciera en el concepto de los demás, aunque nadie era quien para decirle nada, podía regresar tranquilamente a su tribu.

                                                   Se hacía la nueva noche entrando en su campamento, por suerte ni señales de los blancos había en el momento, se le acercaron los caciques El Adivino y Juan Pedro, ellos estaban nerviosos por el encuentro y faltaban aún los otros que esperaba cuando se levantara el sol nuevo, los caciques Venado y Polidoro.

Tenían que esperar  que vinieran  todos para tomar la decisión de que hacer dentro de una semana, como estaba pactado dicha reunión con los jefes blancos que mandaban a buscarnos para defenderlos.

 Enalbé también se sentía preocupado, con más responsabilidad por  los suyos de que habían traído la indiada con ellos y me refería a todos mujeres, niños, y viejos.

                                                         También sabía Enalbe que algunos indios Charrúas y sus hermanos Los Guaraníes habían sido convertidos por unos  señores de pollera larga que le llamaban Jesuitas ,de eso hace unos años , dónde adoraban una cruz y  un hombre que colgaba con sus brazos abiertos, desde ya hacía cuatro generaciones ocurría eso según su padre y también su abuelo le habían contado, pero ellos siempre se resistieron porque no se sentían libres y menos a que fueran obligados a ser sometidos en algo que no entendían ni creían , pero nunca  se opusieron a quien quería se juntara con esa gente ,a ningún indio se le prohibía eso, pero de ahí a que fueran obligados por la fuerza y menos en nombre de alguien que decían ellos amaba a todos por igual y era el creador de todo lo que existía y se movía.

 Recordaba también que su abuelo en aquellas tardes largas donde el sol picaba y quemaba su ya acostumbrada piel a pesar de ser un niño ,dónde le enseñaba a cazar y pescar,  le contaba historias cuando descansaban debajo de un árbol que decía su abuelo era triste porque lloraban sus ramas y un día de tantos me contó que esos hombres que llevaban una cruz en su cuello le llamaron a nuestra gente “indios infieles” y que pidieron a los jefes del momento que habían venido del otro lado del lago grande en sus monstruos del agua que nos domesticaran porque también nos llamaban “animales que parecen hombres” , en su momento no sabía que significaba esa palabra , ni siquiera mi propio abuelo pero hoy le daba vergüenza que en nombre de un Dios o un Rey de los cuales paradójicamente uno lleva una corona de espinas y  el otro de oro , traten y maten en su nombre porque piensen distinto.

Un día el cacique Enalbe le pidió al viejo que le contara la historia de aquel árbol, siempre esquivaba contarlo y estando nublado dónde el agua del cielo caía cómo cataratas cubriendo todo lo que se veía cercano,  y estábamos en el campamento el abuelo habló.

 Le contó  que una tarde de fuego porque el sol estaba fiero, época que vuelan los bichitos con alas de colores y otros que se posan en las flores, llegó  a ese árbol un indio muy joven como todas las tardes para esperar a su amada, ya que se veían a escondidas, ese día había traído plumas de cisne blanco  para adornar el pelo negro de su india,  estaba decidido le pediría al padre de ella para  casarse como era costumbre. Pero la india nunca apareció, era de una tribu cercana y recuerda que le dijo “en el sol que viene tienes que hablar con mi padre”, y así espero para juntos  ir, tampoco fue a su toldería para saber que había pasado y triste por el sendero regresó a su tribu cabizbajo preguntándose dónde estaría su amor  mirando las plumas que  sus manos apretaba, quizás su amada se había arrepentido. Hacía tiempo estaban esperando ese día.  Era tal su sentir que el corazón le dolía y sentía en su cabeza como le circulaba la sangre, ni siquiera se acordó del pacto que habían hecho unos soles antes que si alguien iba al árbol  y el otro faltare dejaría tres piedras juntas sobre la base del tronco en señal de que había estado, ese sol o el de antes, y ahora no iba a volver sobre sus pasos ya era tarde.

Al otro amanecer iría y las pondría como testigo de que había concurrido.

Se levantó temprano con el ruido que hacía su perro al ladrarle ,que también ponía su hocico en la cara , logro el objetivo el animal que amagaba a salir corriendo por el sendero que lleva al valle dónde está el árbol de sus encuentros, entonces tomó su lanza comenzando a correr ambos hacía ese lugar, dónde llegaron luego de haber cruzado el monte,  y al estar   frente al árbol  al indio se le aflojaron las piernas de puro cobarde, su india yacía colgada pendiente de un cuero que aprisionaba su cuello ya quieta e inmóvil.

Nunca se supo la razón de su actitud, no la sabía nadie, y se la llevo la india a su tumba.

Desde ese día lloró el árbol, testigo mudo de una historia con final triste en su desenlace.

El cacique miró a su abuelo que le temblaba su cuerpo por un instante y unas lágrimas puras, transparentes ,corrían por sus mejillas  castigadas por la vida viendo sus ojos negros que no brillaban como antes, no emitía sonido, tampoco se animaba a mirarle, metió sus manos curtidas con cicatrices de heridas viejas    debajo del poncho de cuero que le servía de abrigo, y de una abertura que había entre los pelos y el cuero desato una lana sacando   dos plumas de cisne blanco que llevo a sus labios y beso  con ternura, mirando al cielo que seguía tirando agua  en el rostro del  abuelo y se entreveraban con sus retinas mojadas, lloraba en su silencio ,mientras arriba seguían las luces blancas y se sintió a lo lejos el ruido de aquello que llaman trueno.

                                                           Recuerdos que venían a su memoria, me estaré volviendo viejo, pensaba Etalbé o tal vez sentimental, lo cierto es que extrañaba a los suyos como no había pasado antes, eso que muchos soles a veces se alejaba  de la toldería  , son momentos de decisiones, ya lo sabía, mientras miraba pasar a los suyos que iban y venían, las mujeres estaban pelando patos del monte, otras dando de mamar a sus bebes para que crezcan fuertes y hermosos ,más allá unos niños que jugaban a esconderse dando gritos de alegría se sentían seguros porque había agua y tenían comida, los guerreros mientras tanto sus flechas hacían, otros sacaban cosquillas a sus caballos rebeldes, y eso que era la noche, pero la luna iluminaba todo y en la piel de ellos se veía ,el color cuando el sol cae y no eran sombras de una oscuridad fría.

                                                              Miraba a los indios de la tribu de sus amigos  del pueblo Charrúa los caciques bravos, El Adivino y Juan Pedro los de ellos estaban  más vestidos, algunos hasta ropa de los blancos tenían, inclusive fumaban y mascaban tabaco , en su mayoría andaban a caballo, de los míos eran pocos nos faltaban animales, pero desafiaba a cualquiera porque corrían como el ñandú o los ciervos campo afuera, ellos tenían más contacto y se acercaban dónde vivían los pálidos  que mandaba  el General Rivera , blancos dicen que habían liberado estas tierras ,pero se olvidaban que dentro de su propia fuerza lucharon también mis indios dando su vida por lo que llaman “ la patria” y hoy muchos siguen en su ejército , son los domesticados de afuera que por una razón u otra quedaron allí sirviendo pensando que la libertad para ellos era esa.

 No discutía su pensamiento, el hombre puede conquistar todo, tierras, ríos, arroyos, someter a su propio hermano e inclusive tener riquezas pero no se apoderará nunca de su inteligencia y doblegar la mente del que piensa distinto por naturaleza, sol a sol veo los cambios porque todo avanza, lo estoy viendo en éste preciso instante a mi alrededor en mí gente, eso dicen que es progreso, entonces es como luchar contra el viento del Sur,  o cuando el agua que desborda del río, o impedir que la noche se haga día , ¡sé que es imposible ello! porque es como impedir la muerte, pero hasta mi último suspiro derramaré mi sangre por lo que creo y aprendí de mi abuelo y mi padre, pensaba Etalbé.

                                                      Quería dormir, así  que fue a echarse en su cuero de ciervo grande debajo de las ramas de una palmera que tenía maduros sus frutos como el color del sol, algunos estaban  tirados por el suelo y se dio cuenta que su panza crujía porque tenía hambre, entonces se sentó con las piernas cruzadas luego de juntar algunos, y mientras los comía pasó el centinela con su lanza en la mano y su honda colgada de un brazo ,arma que era efectiva en el campo, en las batallas que se librase porque sus piedras llegaban lejos sin que el enemigo se acercase, hizo un gesto el indio de haberlo visto, entonces  continuó su viaje.

Otra vez a su memoria con el gusto que le provocaba la fruta en su boca  aparecía su historia, el recuerdo cercano de cuando conoció a su mujer Senaté, tal vez porque estaba recolectando frutas vino a su cabeza ese instante y sonrío, inclusive salió de su garganta una carcajada, entonces miró hacia los más cercanos indios por si lo habían oído, pensarían que su cacique se estaba volviendo loco, pero estaban entretenidos asando un pedazo de carne.

 Recordaba que estaba nadando en un pequeño lago  y cuando el agua ya dejaba de tocarle sus rodillas para salir venía Senaté por el sendero del monte cargada con cantidad de frutas envueltas en hojas grandes, se asustó al verle, tanto que cayeron al suelo por taparse sus ojos con ambas manos, llena de vergüenza, entonces tuvo que agarrar una hoja para cubrirse , la ayudo a juntar y la acompaño  dónde estaban los suyos, sus guerreros lo conocían por ser hijo del cacique del otro lado del río, lo miraron al principio con desconfianza pero luego lo aceptaron y comenzó a visitarla hasta que un día llego al campamento  después de muchos encuentros , lo esperaba su padre quien lo miro serio y lo llevo  junto a su hija que estaba tirada en un cuero con palos, parecía un catre , siendo él padre que con una sonrisa hizo tocar sus dedos en la panza de Senaté para que la acariciara. Ella abrió sus ojos brillantes  y estiró los brazos para tocar su rostro sintiendo sus manos como se deslizaban en una caricia suave.

Sus miradas se cruzaron para luego ella mirar su vientre, estaba creciendo una vida fruto del amor y que al nacer sería perpetuo, que los uniría hasta todas las lunas y soles que vinieran.

Así se durmió el cacique pensando en sus amores, tomándose el cuello del junco verde en la noche clara cerca del Queguay, dónde los bichitos voladores prendían y apagaban sus  cuerpos pequeños como queriendo ayudar a la luna, y a su olfato llegaba una mezcla de olor a humo y pasto mojado por el roció, esperando el nuevo día.

                                                         Esa noche como por magia  o alguna causa divina Senaté soñó con Enalbé mientras abrazaba a su niña, tan cerca y tan lejos estaban mirando las mismas estrellas, las mismas nubes, por ende el cielo como si por el aire se transportaran sus visiones.

 Soñaba con un campo lleno de pájaros y flores que habrían sus pétalos de distintos colores, una briza suave tocaba su cuerpos que iban de la mano haciéndolas caminar sin tocar el suelo, viendo a lo lejos agua hasta el infinito tocando el cielo, un águila volaba en los altos queriendo guiarla por el sendero e iba con ellas  como celoso custodia de que hubiera alguien al acecho, Maiguala apretaba  el brazo de su madre como sintiendo miedo, ella también lo tenía pero no quería mostrar ese sentimiento y se dirigían directo subiendo por entre las piedras siempre sin tocar la tierra rumbo al cerro ,de pronto aparecieron dos cuervos negros  carroñeros que volaban muy cerca de ellas, entonces el águila de plumaje bello los atacó a picotazos derribándolos , para luego posarse sobre la saliente de una rama de un árbol solitario mostrando orgulloso su pecho .

Estaban llegando a la cima de aquel cerro dónde había una cueva pequeña y en la entrada reconoció el cuero y la lanza de Enalbé que había muerto, de pronto sintió el chillido del águila y allí despertó del sueño.

Tenía su cuerpo mojado, sudoroso del momento y en su pecho un dolor inmenso,  al abrir sus ojos abrazo más a su hija para luego cubrirla con la piel de capincho que su  padre había cazado, ya la bruma había ganado la noche y lo envolvía todo.

                                                   Fue despertado por los ruidos de los cascos de los caballos contra el suelo, el cacique Enalbé se levantó de golpe de su sueño, estiró sus brazos para sacarse la pereza, eran unas decenas de jinetes dónde en su frente iban los caciques esperados Venado y Polidoro  seguidos muy de cerca por su tribu, donde mujeres y niños arrastraban unos palos con cueros, se notaba en sus caras cansancio venían del Tacuarembó y eso quedaba un poco lejos.

Los caciques hicieron señas a la indiada que siguiera un poco más allá cerca del arroyo y allí dijeron que acamparan, mientras ellos se dirigían al encuentro con su hermano charrúa.

 Ataron sus caballos sin apuro  ninguno en las ramas de un ceibo, mientras Enalbé ordeno que trajeran un par de cueros y salió a recibirlos como era costumbre en ellos, no eran muy efusivos, no se demostraban cariño, pero por dentro eran leales y amigos, es que se tenían respeto y cosa de hombres era comportarse así, quién no conocía a los indios pensaría lo contrario.

¡Había luchado codo a codo en cada entrevero!

 Los tres se sentaron esperando a los otros caciques ya que algunos dormían, mientras unas indias traían bastante carne  de jabalí que la noche anterior habían asado, y en unas vasijas de barro traían un líquido que solo ellas sabían prepararlo.

Mientras el sol daba sus primeros pasos e iluminaba el campo levantando el vapor del rocío que había mojado, unos loros multicolores hacían nidos en los árboles y a raíz del ruido ocasionado unos zorros salían de sus cuevas despavoridos hacia el monte cercano, mientras un bebe lloraba por su leche dónde una india joven luchaba con  su teta para ponérsela en la boca de aquel indiecito bravo, empezaba el movimiento en el campamento dónde ahora eran unos cientos.

                                        Al fin llegaron los que faltaban, ahora si estaban todos los jefes  reunidos con sus plumas al viento, algunos con pocos trapos, otros medios vestidos  , entre ellos hicieron un circulo y uno a uno hablaron la mayoría conforme con lo pactado, algunos caciques conocidos del General  Rivera el jefe blanco, muchos de los nuestros era hoy sus soldados ,pero  emisarios mandaron a decir que “la patria los necesitaba a todos” y que también querían ir al norte con su ejército, en el Brasil dónde decían que tendrían que recuperar ganado que le habían sacado los brasileros en este último tiempo, ya se sabía eso ,  tenían que responder en unos días a tal encargo.

Deberían ir a los potreros del arroyo Salsipuedes de dónde estaban muy cerca y allí se realizaría la reunión para cuidar las fronteras del invasor, no le iban a disparar ahora después de tanto luchar.

De todas manera se realizó la votación, unos pocos se negaron, y uno de ellos fue el  cacique Enalbé que les habló a todos por igual con mucho respeto como era su costumbre.

 Les dijo que ellos los charrúas cada vez tenían menos espacio para cazar y pescar que los pálidos se estaban apropiando de todo, que a pesar de haber luchado con ellos para defender esta tierra que era la suya los hacían sentir inferiores en su trato, que eran esclavos, y algunos pues se venía el invierno estaban pasando hambre, que si bien sabía que muchos de los suyos mataban a esos animales con guampas largas, lo hacían para comer ellos y su familia. Que se habían adueñado  los blancos de esos bichos poniendo  fierros duros que cruzaban los campos no permitiendo pasar a riesgo de morir en el intento, que habían prometido cosas para ellos diciendo que éramos iguales.

El cacique los miraba mientras hablaba a uno por uno, como estudiando sus rostros, para luego continuar diciendo.

Y hoy mientras el sol los estaba iluminando por igual  a todos, no habían cumplido con su palabra una vez más, al contrario, nos regalaron enfermedades que antes no padecíamos, nos llenaron de vicios, sabiendo que nuestro pueblo el indio es débil en eso. Muchos de nuestros hermanos  tuvieron que huir de su tierra dónde se vieron crecer, al sentirse perseguidos, acorralados por la miseria e injusta actitud de quienes se creen amos y dueños de todo lo que nos rodea.

Había un silencio respetuoso, solo el ruido de unas moscas que estaban intentando posarse sobre el asado y la comida que tenían a un costado.

Enalbé se levantó y caminando entre los caciques con sus manos hacia atrás siguió hablando.

  Que  sus mujeres habían sido violadas por quien se llaman soldados y nuestros niños robados, los fuertes guerreros puestos a la fuerza encadenados conjuntamente con nuestros hermanos de piel como el carbón dentro de esos monstruos que caminan por el agua, para nunca más verlos con vida.

Le brotaban al guerrero jefe las palabras de su boca que corrían como el agua clara.

  Y siguió diciendo, que entre ellos hay gente mala traidores, ladrones, asesinos pero todo eso lo teníamos controlado antes que llegara el hombre blanco a nuestras tierras, así me lo dijo mi padre y mi abuelo. Somos un pueblo pobre es cierto, no sabemos leer, ni escribir, no nos adaptamos a los cambios, alguno se preguntara ¿porque el Cacique Enalbé habla distinto?,  solo dijo que   sus pensamientos  salen de su boca como bajan de su mente y así las siente su corazón.

 Agregó  diciendo que algunos de ellos ni siquiera comprenderán lo que digo, es como si un ser superior me haya instruido.

Entonces Enalbé volvió sobre sus pasos y se sentó en su cuero juntando sus manos que elevó al cielo para seguir diciendo.

Que por las noches soñaba con su  pueblo,  que ahora eran pocos y el progreso se les venía, que el espacio cada vez se achica como acorralándolos, ya no es como el tiempo de los abuelos dónde éramos libres, que será de nuestros hijos, de los nietos, de nosotros.

Todos hacían silencio la indiada que estaba cerca de a poco se fue arrimando para escuchar al cacique como hablando, entendían las razones de lo que decía sin dudas, todos habían sufrido algo, pero lo bueno en él charrúa, en su espíritu era que no existía la maldad, eran nobles, todavía creían, aunque no adoraban a nadie, para ellos era todo tan sencillo, la  madre naturaleza les daba todo lo que necesitaban.

 El jefe indio continuó en sus palabras ahora tocándose el pecho.

 Manifestaba que los soles nuevos, lo que vendrán, dirán si lo pasado estuvo bien o mal y aun lo que estamos haciendo aquí, ahora en este momento. Que la tribu de la cual era cacique era una de las más pobres.

Sus guerreros lo miraban atentamente.

Y siguió diciendo que irían a la reunión a pesar de estar en desacuerdo porque la mayoría manda y no los iba a dejar solos.

El indio luego respiro hondo como buscando aire, para decir emocionado.

Miren a su alrededor, ¿qué vemos? pregunto Etalbé, haciéndose silencio, para luego decir a   todos, a nuestra familia, padres, hijos, hermanos. También vemos el monte, el arroyo, el cerro lejano, nuestro campo, luchemos por eso ¡Carajo! dijo dando un grito.

Pero también manifestó.

Aunque les tengo que decir que para nada confió en el General Rivera y los suyos.

Se escuchó un murmullo entre ellos, para luego dar por terminada la asamblea, ya estaba decido que ayudarían a los blancos del estado.

Había llegado el sol hasta  el medio del cielo.

 Entonces comenzaron a beber y comer tal cual era su costumbre durante todo la tarde, conversando entre ellos hazañas de guerras ya pasadas, cacerías bravías, otros contaban historias de hermanos muy lejanos que vivían  en cerros enormes, que le decían montañas y que vivían dentro de grandes rocas ,algunas con puntas hacia el cielo, que tenían figuras en las piedras, haciendo rayas en ella, siendo algunas  del color del sol brillante, pero no pequeñas como las que conocemos aquí , que muchos habitantes habían sido masacrados por eso que llaman  oro ,parecía todo como inventado algunos creían ,otros no.

                                               Lo cierto era que debido a que algunas tribus Charrúas  habían venido con su familia, quedando unos pocos en sus campamentos lejanos, no iban a regresar al mismo, eran muchos kilómetros, quedarían allí por el Río Queguay, algunos en ese lugar preciso otros en las inmediaciones esperando que llegue el sol de ese día para juntarse con Rivera.

 Por suerte en esa zona había abundante caza y pesca, y se quedó la mayoría a excepción de la tribu de Enalbé, Polidoro y El Adivino, éstos no  confiaban en Rivera   estaban cerca sus tolderías a un dos soles solamente, regresarían el mismo día de la reunión, y con más razón la del cacique Enalbé dónde habían quedado en el campamento todos los familiares, extrañando a su mujer y su hija Maiguala y suponía que  a sus fieles guerreros les pasaría lo mismo.

                                       Cuando se enteró el cacique Venado de que uno de sus mejores amigos el cacique Enalbé regresaba a su  toldería  ,se le ocurrió la idea de regalarle los caballos que les faltaban a algunos indios de su tribu, y tenía varias razones para que eso pasara, una era porque lo apreciaba nunca iba a olvidar el día que le salvó la vida en una batalla con Los Guaraníes cuando eran apenas dos niños y era su primer guerreada ,quedó desarmado e indefenso frente a la indiada que se venía , entonces su amigo tomó un caballo y una lanza ,trepo sobre el lomo del animal , metió talón en la barriga y salió disparado como una luz mala y sin frenar agarrado de las crines del alazán con un brazo llegó hasta dónde estaba y me  subió de un tirón cuando ya los tenía ahí a los  enemigos, no sin antes enterrarle la lanza en el pecho al que estaba más cerca, otra  razón es  que no precisaría salir mucho antes rumbo al encuentro con la gente de  Rivera  ,ya que todos al tener caballos ,por lo menos los guerreros llegarían en solo un día, y la tercera razón  era como decía el cacique Enalbé habían cambiado los tiempos  por más que se aferraba a lo antiguo, era una ventaja tremenda andar por esos campos y en las  luchas tener un pingo cada indio, se sentirían más seguros.

                                     Entonces  agradecido Enalbé volvería a su campamento con sus guerreros contentos   y a caballo, pero con la amenaza que los cuidarían más que a su vida y el que no lo hiciera sería castigado por ello, sus indios sabían muy bien que no andaba con vueltas su jefe sintiendo respeto por hacia  él.

Así que esa noche el cacique y sus guerreros quedarían en el campamento para partir apenas amaneciera, ordenando que descansaran.

                                                         Hacía frío y ahora en el cielo no se veían las estrellas, estiro su cuero debajo de la palmera dónde había dormido las anteriores noches y se tiró sobre él boca arriba, era curioso pensaba Enalbé porque toda la indiada descansaba siempre con la espalda en el suelo y así quedaban, nunca se lo preguntó a su madre o mismo al padre si había una explicación, lo cierto que los charrúas siempre dormían de esa manera. Tapo su cuerpo con otra piel hasta el cuello cuando se acordó de su collar de junco, se tocó, estaba allí bien atado, esas piedritas valían mucho en cualquier pueblo, calculaba que con ellas le darían muchos animales con guampas largas y de los otros más chicos que abrigaban como ninguno sus cueros y el hombre blanco hacía hilos con ello, nunca había visto animal tan manso, pero bravo para agarrarlo, de todas maneras ya lo había dicho y pensado, se lo regalaría a Maiguala.

Como todas las noches acudieron a su pensamiento su mujer y su hija que estaría recordando algún cuento, como su abuelo le contaba a él.

 Antes  de partir había  jugado con su niña y estaban recostados a una gran piedra que tenía magia adentro porque cambiaba de colores según el tiempo y le relató una historia de su perra cimarrona que ya no vivía, muchas lunas pasaron de ello, recordaba que Maiguala recién había salido a este mundo.

Entonces contó que un día la llevó de caza  a “Ñaña”,  le había puesto el nombre   un cacique guaraní muy anciano  que había  venido de dónde el sol brilla más.

 En lengua de esos indios quiere decir “mala”, pero el animal era fiel hasta los huesos.   Caminaban por un sendero del monte grande, la perra iba adelante como desconfiada, le  había enseñado que no ladrara mientras buscábamos la posible presa, estaba nerviosa no sé por qué motivo, una briza corría suave y daba en mi rostro. Me había dicho mi padre que siempre tratara de que el viento nunca me diera en la espalda para que el vichaje no te olfatee  me decía y así trataba de hacerlo. Al jefe en lo  posible le gustaba cazar solo, aunque casi siempre los guerreros le acompañaban, y  que los jóvenes indios aprendieran como  era valerse por sí mismos.

Trate de calmar a la cimarrona que quería internarse más aún en el monte, en algunas partes era tanta la vegetación que se veía poco y tenía  que agudizar la vista.

La niña seguía con atención  el relato de su padre, no quería perder detalle.

De pronto la perra comenzó a ladrar, me enoje con ella, no hacía caso a  las órdenes,

la llame por su nombre en signo que se cállese, pero ella insistía que quería seguir hacia delante, estaba tupido de ramas y espinas, ni a cuclillas podía entrar para ver porque ladraba como desesperada la “Ñaña.

Entonces a mis oídos llegaron unos maullidos que erizaron mi piel y congelaron  mi sangre, decía el cacique.

 Mientras tanto  Maiguala ponía la atención en las palabras que salían de los labios de su padre y se aferraba a sus brazos como viviendo aquel instante.

 El cacique continuo diciendo, era el grito de un puma muy pequeño ,de eso sabía Enalbé, pero si era chico muy cerca estaría su madre, trate de no hacer ruido con sus pies en las hojas secas y mirar a su alrededor, si aparecía la bestia tenía que ganarle de mano,   crispados sus brazos  llevaba su lanza  pronta para ser tirada, mis ojos estaban atentos a lo que se moviera,  giraba su cabeza de un lado a otro ,estaba tenso como el cuero  del arco que llevaba cruzado a su espalada.

La niña que escuchaba abriendo sus ojos negros bien grande juntaba las palmas de sus manos esperando el desarrollo que seguía más adelante.

El cacique prosiguió contando mirando a su niña con el amor de padre.

 Ella paró de ladrar se hizo un silencio profundo que duro no sé cuánto tiempo, hasta los  pájaros callaron, el monte quedó quieto, ni las ramas se movían como esperando el desenlace.

 Hizo una  pausa el cacique para dar más impulso a su relato, miró a su  hija de reojo que lo miraba expectante, observaba uno por uno todos sus movimientos.

Tragó saliva y siguió, sintió ruido de ramas que se quebraban, cada vez me   más cerca como que venía algo a su encuentro, se escucharon unos quejidos, como lloriqueos, entonces pensó lo peor ¿estaría herida “Ñaña”? , eso le pasa por no hacer caso.

De pronto pudo ver que entré las plantas a su frente apreció la perra con un pequeño puma casi recién nacido entre los dientes, apenas lo apretaba por el  lomo a la altura de sus cruz , se dejaba llevar como si fuera su madre, mientras la perra movía su cola llegó ante el la desobediente. 

Dejó al pequeño animal sobre el suelo que estaba tranquilo al verlo, mientras la perra lo lamía por su cara y su vientre, en tanto él se acurrucaba como asintiendo dando pequeños ronroneos.

 Quede un instante quieto mirando aquella escena, pero siempre estando alerta por si la madre apareciera, tenía apenas unos soles de vida el bicho que ahora miraba a la perra.

Había  que tomar una decisión en ese mismo momento, dejaría al puma en el monte y es factible que muriera de hambre u otro animal lo matase, también podía atravesarlo  con mi lanza y así tener una suave piel, en tanto la última era llevarlo con él al campamento, y que el destino resolviera.

El cacique miró de  nuevo a su hija que seguía atenta, pero ahora miraba al monte como tratando de adivinar la escena, su padre la acarició su pelo negro  y continúo con su relato.

Di media vuelta  para volver por el sendero y luego de caminar unos pasos  mire hacia  atrás, vi que ambos me seguían, no me perdían pisada, jugaban con sus cabezas, como que no les importaba nada, para ellos era su mundo, con ellos me sorprendió la noche llegando al campamento dónde ya todos dormían, menos el centinela atento que nos miraba sorprendido.

Continúo diciendo el jefe indio.

Le pedí al guerrero que me alcanzara un tiento de cuero, mientras enterraba un palo en el suelo, entonces por el pescuezo ate al puma pequeño, el que se hecho de inmediato como si fuera un perro, y a su lado su nueva madre como para cuidarle el sueño.

                     Al otro día la indiada  se acercaba para ver aquel encuentro, decían que me había vuelto loco, que no podía ser, como iba a convivir sin matarse uno u otro una perra y un puma.

Lo cierto que así creció el invitado quién seguía siempre a su madre perra,  le pusimos de nombre “Bilu” que en lengua charrúa quiere decir “bello”, entonces pasaron los soles, las lluvias, los vientos.

 Entro a preocuparse, tendría que pensar como haría para tratar de resolver tal entrevero.

 Pero una mañana que asomaba el sol tibio, mientras aprontaba mi arco y las flechas,   raspando las puntas contra una piedra para darles filo, vi que a mi lado el puma estaba intranquilo y la perra lo tocaba como con un despido, entonces se oyó en el monte cercano un aullido impresionante como nunca había sentido, estaba seguro que era de un puma ¿sería la madre o una hembra alzada? , eso no podía saberlo, lo cierto que “Bilu “se acercó a mí para tocar con su cabeza mis tobillos como agradeciendo y luego lamio a la perra con un maullido, para salir corriendo rumbo al monte sin mirar atrás, perdiéndose de vista entre las plantas crecidas.

 Maiguala me  miraba ahora triste y acariciaba mi brazo como consolándome.

Desde ese entonces, la “Ñaña” no fue más al monte, pero a veces en el silencio absoluto desde allí se escucha un ronroneo entre los árboles.

Miro a su hija nuevamente, ella agradeció el cuento  para luego dormirse recostando su cabeza en el hombro de su padre el guerrero, que le dio un beso en la mejilla y Maiguala ronroneo suave como “Bilu”, el bello.

                                                                El cacique Enalbé  se despertó en la madrugada, recordó que se había dormido con el cuento, una sonrisa se dibujó en rostro duro y sus ojos brillaron como si tuviera una braza adentro, porque el cuento era cierto, todo era silencio en el campamento aprovecharía el tiempo para llevar los caballos a tomar agua al arroyo antes de la partida al amanecer, para él había elegido un tordillo  que en la noche brillaba su pelo con sus crines largas , un poco de cosquillas le quedaban de potro, pero así le gustaban al jefe indio, eran nuevos la mayoría de los caballos y habría que enseñarles a no tener miedo y menos en la batalla cuando escupen fuego los fierros grandes, tenían que aprender porque de ello dependía vivir o morir.

                                                         El sol no apareció, amaneció nublado por todos lados con el olor a agua que está por venir, las nubes estaban por reventar porque a lo lejos detrás de los cerros se podía ver las luces blancas con ruido.

 Así partió el cacique Enalbe con sus guerreros rumbo a su toldería, se despidió de unos pocos, irían cazando por el camino porque seguro que las mujeres no tendrían carne cuando llegaran, todavía hacía calor y se echaba a perder con facilidad.

 Una de las promesas del Estado era darles esa cosa blanca a granos que conservaba todo para repartir entre la indiada.

                                                            Viajando  a caballo había calculado que si no los retrasaba la lluvia llegarían casi en la noche a su toldería, era portador de una mala noticia y él como jefe era el encargado de decirle a la familia de Zeñaque que había muerto y también dónde estaba su cuerpo, aquella víbora se le había cruzado en su camino, y había sido su destino.

Transcurría todo con normalidad, sus indios iban suave en sus pingos hasta conocerlos, la lluvia se había aguantado y ya estaban a mitad del trayecto, el cacique Enalbé ordenó un alto en el camino para descansar un momento lo hicieron bajo unos árboles que formaban un pequeño  bosque  en una  loma dónde se podía ver lejos, hasta más allá del río ancho inclusive y la llanura  de este lado. Ataron sus caballos con los tientos de cuero y se sentaron en el pasto para comer algún fruto que a la pasada habían visto y recolectado, más tarde ya casi llegando cazarían algún animal.

Luego de llenarse la panza algunos quedaron semi dormidos, no había pasado mucho tiempo cuando el indio centinela llama al cacique que estaba dormitando tocándole el hombro, este se sorprendió y más aún cuando el indio le señalaba con su brazo hacia la llanura dónde no muy lejos se veían que caballos con sus soldados,  iban en dirección donde el sol se esconde,  rumbo al Queguay, iban tranquilos al tranco.

Si bien el cacique estaba sorprendido por tal movimiento, no era raro que fueran hacía allí porque el cuartel del General Rivera quedaba muy cerca, así que descansaron otro poco y siguieron cazando en el camino unos patos silvestres y algunas mulitas que se aparecían en su camino, ayudados por un par de perros cimarrones que habían salido con ellos desde su campamento.

Ahora si la lluvia no se hizo esperar, cubría hasta dónde se podía ver, algunos se ponían sus ponchos de cuero, pero no aflojaban  en su andar, ya quedaba poco, los caballos iban  sudorosos y en su golpear el agua en sus lomos,  destilaban vapor que se elevaba al cielo, el tordillo bien blanco del cacique iba al frente, se sentía seguro con su nuevo amo, con su cabeza en alto desafiando a las inclemencias del tiempo.

Ahora apuraban el paso porque sabían que de seguir lloviendo de esa manera el arroyo cerca de su campamento no daría paso, y sería el colmo llegar enfrente de dónde estaba nuestra tribu y tener que esperar que bajara el agua.

                                     Había parado de llover fuerte, solo apenas una llovizna era ahora, ante ellos se erguía orgulloso un cerro, el que había que bordearlo y ahora si estarían ya en su campamento, los guerreros chorreaban agua, pero eran duros estaban acostumbrados a sufrir con calor  y frío, a sentir hambre hasta que las tripas se retuerzan.

Pensaba el cacique que en unos días tendrían que volver.

                                              Ya estaban cruzando el arroyo y caían las primeras sombras de la noche, pasaron el pequeño monte  cercano y aparecieron unos perros que les olfatearon reconociéndolos, para luego ver si que venían al encuentro las mujeres, niños y ancianos, apuraron el paso se bajaron de los caballos de un salto, agiles sus cuerpos, vio en la multitud a la madre del indio muerto que observaba a  la indiada, estirando su cuello para ver si podía ubicar a su hijo, corrió hacia el cacique Enalbé quien la tomo de sus hombros y en pocas palabras le explicó lo sucedido.

  Ella cayó de rodillas salpicándose de barro todo su cuerpo con sus manos en el lodo y como queriendo apagar su sufrimiento refregó por su cara  la tierra mojada esparciéndola en su rostro ,seguida por un grito de angustia para luego sus dedos agarrar su cabello largo hasta su cintura y arrancarse mechones que fueron cayendo en suelo y en una danza sencilla con sus pies descalzos pisotearlos hasta formar una masa uniforme  de barro y pelos, y luego de un momento salir corriendo con todo su aliento hacia el monte cercano para seguir sus lamentos, mientras la indiada miraba ese triste momento.

Así era la vida de esos indios y la suya propia pensaba Enalbé, cuando se dio vuelta al sentir los gritos de alegría de su hija Maiguala que venía a su encuentro y al estar a un metro el cacique la alzo en sus brazos para besarla y apretarla en su pecho, la niña lo abrazó del cuello, mientras venía su mujer que al llegar se sumó a ellos y sus labios se juntaron para darse un beso , Maiguala levantó la vista y sonrío estirando su brazo para que vieran sus padres que no eran los únicos que lo hacían en ese momento, ambos también rieron.

 Fueron hacia su toldería bordeada de hojas de palmera y totora puestas en perfecto orden, tan así que ni el agua penetraba al cobijo de un  árbol de eucaliptus, no sin antes dar la orden a su indiada que aten los caballos para hacer un corral de palos atados con cuero tomando como referencia unos sauces viejos y repartir la carne que traían de allá lejos, mientras de nuevo se descolgaba la lluvia fuerte como llorando a su guerrero muerto.

Debajo de su cobijo se sentaron en sus cueros , el cacique tomo a su mujer de las manos, mientras la niña jugaba en un charquito a unos metros mojando su cuerpo, Enalbé le contó la verdad a su mujer que escuchaba sumisa en silencio , le dio todos los detalles del encuentro, Senaté entendió la causa , en el fondo sentía miedo , los blancos no son de confiar sino que le digan a ella, y ahora en unos soles tenía que ir con su hombre y su tribu, pero pensaba en Maiguala su niña, eso la ponía nerviosa y así lo hizo ver a su amado.

El cacique le explico que como era costumbre siempre, cada vez que surgían problemas su pueblo se unía para hacer frente  a lo que viniera y ella lo sabía bien, era su deber que fueran pero tendrían cuidado, nunca se sabe las actitudes y sentimientos de los hombres.

                                                                  Estaban comiendo carne asada ,tenían hambre, las mujeres y niños solo habían comido fruta y raíces silvestres , Enalbé no comía  desde que habían parado a mitad de camino, después de haber saciado sus panzas el cacique con mucho cuidado se sacó el collar de juncos que tenía colgado y lo puso sobre un cuero para luego tomar una piedra afilada y cortar la planta ante la atenta mirada de su mujer que habría grande sus ojos, las piedritas del color del sol aparecieron como naciendo del interior del vegetal abierto, entregando a  su mujer tan preciado tesoro qué depositó en sus manos, Senaté quedó muda, nunca había visto tantas juntas  , ella las  guardó en un saquito de cuero atado con rama de mimbre.

                                                   Ahora lloviznaba en el campamento, Enalbé estaba preocupado porque  de seguir lloviendo tendría que mudarse de allí a otro lugar más alto, miró el cielo y estaba cerrado  por las nubes, atrás de los cerros cercanos las luces blancas se hacían notar  que vendría más agua.

 El cacique salió del cobijo de su choza y se dirigió hacia los sauces dónde había ordenado hacer el potrero para los caballos, los indios habían culminado su tarea con ramas y troncos finos, una especie de corral bastante protegido, allí descansarían bien los pingos.

Mientras inspeccionaba que no hubiera ningún hueco, se acercó Nekaté un indio guerrero de su tribu, era como su mano derecha a pesar de ser joven, si algún día faltara pensaba el cacique sería su sucesor, era inteligente, fiero, y tenía algo muy importante para ser líder sabía equilibrar las cosas y ser justo con los demás.

 Se saludaron, miraban juntos a los animales, eran fuertes y buenos, opinaban que serían de gran ayuda para la caza y el combate, solo que al ser nuevos habría que enseñarles. El tordillo del cacique ya reconocía la voz  de su amo, estaba muy oscuro pero tenía que hacer que entendiera también por señas, su padre era en eso un gran sabio, recuerda que en su niñez lo miraba las horas cuando en un zaino nuevo, con solo hacer ademanes con sus brazos el caballo obedecía, y así se lo hizo saber a su fiel indio Nekaté.

Empezó su relato diciendo que los domaba de abajo como se dice, hablando con el caballo primero, pero  suave no gritando, que se sintiera seguro mientras su padre lo acariciaba en su lomo, después su pecho y cuando fracasaba en el intento volvía de nuevo a hacerlo, tocaba su cabeza como agradeciendo, luego le daba la espalda para ver cómo reaccionaba el potro si lo seguía o se quedaba quieto. Entonces lo premiaba dándole pasto de su mano recién arrancado y volvía a tocarlo por la panza, el pescuezo, así pasaba varios soles con paciencia, sin apuro.

Hasta que un día el padre le amagaba para subirlo, luego  de probar al caballo para estar seguro que lo recibiría en el lomo se le afirmaba con ambas manos en su cruces para que sintiera su peso  y cinchaba sus crines suavemente, entonces se animó a subirlo, el zaino al principio estaba nervioso pero después parecían uno solo andando por el campo.

El indio Nekaté sentía un gran respeto por su jefe, no solo por ser su cacique, le había demostrado que era un hombre fiero tanto en los combates como en el monte espeso dónde cazaba como nadie, pero cuando tenía que dar una mano a su tribu también había demostrado que podía ser su amigo, y era uno más entre ellos.

Lo escuchaba con atención como si fuera su padre mismo.

Siguió contando Etalbé que luego de hacerlo de arriba al zaino, se paraba ante el animal un metros adelante en campo abierto, y comenzaba a llamarlo con un chiflido largo que parecía como el viento cuando sopla entre los cerros, al principio no acataba, entonces mi padre como si fuera el mismo potro le demostraba a él corriendo lo que quería que hiciera en ese momento.

Ambos indios rieron como si vieran la escena del jefe viejo trotando por el campo  y su caballo viéndolo, mientras ellos se mojaban en la llovizna que caía  ahora mansa.

Enalbé continuó su relato al indio guerrero, le mostraba tantas veces que fuera necesario hasta que el animal inteligente hacía lo que le mostraba su amo.

Luego con señas claras y según el brazo que bajaba o subía, el animal se paraba o seguía, le puso de nombre “Itojmau” que en lengua charrúa quiere decir muchacho.

Así cada día que pasaba fue aprendiendo el pingo que corría en las batallas como si tuviera alas en su cuerpo porque doblaba como nada y sabía lo que tenía que hacer como si fuera un indio  más en cada entrevero.

 Un vuelta en esas luchas entre hermanos con Los Guaraníes que en ese tiempo se venían muy seguido hacia nuestro suelo, en una cruzada de caballos, el zaino de del padre metió una pata en la cueva de un zorro cuando iba a toda carrera y cayeron entre el pasto seco,”Itojmau” no se levantó más de la tierra que defendía con su dueño.

El indio  seguía atento a las palabras que salían como cascada de su jefe.

Entonces se había quebrado el caballo de muchas batallas, el  padre se había dado cuenta que estaba el bicho sufriendo, porque se quejaba como en un lamento, para esas cosas no hay cura se le veían hasta los huesos y los tendones al pingo fiel que siempre acompañó en las luchas de aquellos soles. No lo podía dejar ahí tirado como si fuera un bicho cualquiera, y menos en ese estado, quizás sufriría más aún si aparecían los caranchos y lo  fueran matando de a poco, o esos bichitos chiquitos algunos rojos o negros que por miles se vendrían a comerlo.

Tenía que matarlo él, no quedaba otra, ni siquiera pedir a otro guerrero que lo hiciera, mientras los ojos del caballo lo miraban como para animarlo a hacerlo, tomo coraje mirando el cacique el cielo y lo rayos del sol lo dejaron un instante  ciego y al bajar su mirada ya con su cuchillo en la mano que lo había encontrado en una batalla allá lejos, clavo en el pecho de su pingo el metal frío que penetró hasta el corazón mismo matándolo en el momento.

Nekaté bajo la mirada era una historia triste que le contaba su jefe, y  sabiendo que había sido verdad, entonces Enalbé le toco el hombro al joven indio y le señaló el corral dónde estaban sus caballos ahora.

Comprendió al instante porque ese cuento ahora en este momento, le daba a entender su cacique curtido por el tiempo que el caballo para el indio significaba mucho, era un amigo fiel que había que cuidarlo siempre, no dejaría que sufra, habría que ayudarlo como un guerrero en combate, darle su  agua y comida pero más que nada le contaba el cuento porque por primera vez él tenía un caballo y era su dueño.

Cuando se fue con Etalbé a la asamblea del Queguay lo hizo caminado y regresó a lomos de un pingo del cual era su amo pero más que nada sería un compañero de todos los soles y lunas que vienen, hasta que uno de los dos no estuviera más pisando la tierra.

El cacique Enalbé luego que se dio cuenta que su relato había tenido su efecto y mojando la lluvia aún más el suelo  dónde pisaba que ya era barro puro y su poncho de cuero chorreaba agua sobre sus pies que ya eran negros se dirigió a su choza a descansar porque lo necesitaba como el pájaro ese que necesita el lodo para hacer su nido.

En tanto el joven Nekaté esa noche cortó unas ramas largas llenas de hojas duras ,y juntó en el monte unos palos ya caídos e hizo lo que se parecía a una choza junto a un árbol enorme de tronco grueso , no le importaba la lluvia , ni que se lo llevara la corriente del arroyo y luego de terminada fue al corral a buscar a su caballo nuevo, era un alazán cara blanca , precioso su pelo , lo llevó con él hasta debajo del techo de ramas que hace un momento había construido y allí lo ato dónde no le llegaba el agua que estaba cayendo. El indio joven se sentó junto a él en silencio y lo sorprendió el sueño recostado junto al árbol, junto a su pingo bajo el mismo techo.

                                                              La noche era siniestra ,cada tanto se iluminaban el cielo , y los ruidos de aquello que llamaban truenos, no paraba de llover en el campamento del cacique Etalbé y su tribu , apenas se veían los cerros y el monte espeso, algunos indios no dormían viendo el arroyo que ayer era pequeño como ahora crecía como un río inmenso , no se podría ni siquiera salir a cazar, era peligroso no solo por el agua, sino aquellas  luces que explotaban cuando bajaban de las nubes habían matado no solo animales sino inclusive indios que estaban por el campo en más de una oportunidad, e inclusive habían hecho esos refucilos prender fuego el monte hace un tiempo cuando vivía el padre del cacique, eran como los fierros  que usan los soldados en el campo de batalla y largaban lenguas de luces de colores que también matan.

                                                         Llegó la madrugada el cacique estaba en tan profundo sueño, su cansancio le había ganado todo su cuerpo, no sentía la lluvia, ni siquiera el viento que se había  levantado en aquel momento.

Alguien le tocó el hombro y lo sacudió, el indio parecía perdido por un momento, era Senaté que lo llamaba se estaba inundando todo en la vuelta del campamento, para peor los árboles cercanos ahora se movían como bailando al compás de lo que soplaba.

Pero reaccionó de inmediato, salió al exterior de la choza, ahora ni las manos se veía, dio un grito de alerta a sus guerreros que algunos dormían y otros ya esteban despiertos, se preguntaba por qué  carajo no habían avisado antes y dejaron que se viniera el agua cerca de ellos, dio la orden que  juntaron lo  que pudieran a las mujeres y viejos, mientras los niños  como no sabiendo chapoteaban en  barro, el cacique se enojó bravo

con ellos agarrando a uno de las orejas como queriendo poner orden, el pequeño dio u  alarido que sirvió a los otros para ponerlos sobre aviso y salieron disparados a ayudar a sus madres que algunas tenían bebes de pocas lunas.

 El cacique llamó a Nekaté y le ordenó que con otros indios agarraran los caballos bien maniatados por el pescuezo, que si alguno se ponía maula, con su mano o  con tiento de cuero envuelto en el hocico le retorciera la nariz para que haga caso, otros juntaban sus armas y cueros.

No pasó mucho tiempo, ya estaban todos preparados para dejar el campamento entre gritos de hombres y mujeres, también relinchos de caballo asustados por el agua y viento.

Senaté  tomó lo poco que tenían, haciendo con un par de varas y ramas  que se arrastraba en suelo algo que soportara sus pertenencias, tapó con un cuero de venado a su hija Maiguala por los hombros y esperó como todos la orden de su jefe.

                                              Ya amanecía y se podía ver mejor el arroyo que arrastraba todo a su paso, quedaba un solo camino para salir de aquello que ahora parecía el mismo infierno cuando hojas y ramas volaban como pájaros sin rumbo cierto. Todos salían en fila por el sendero es que era muy estrecho, iban los guerreros con sus caballos primero, atrás lo seguían los demás sin perder terreno a sus costados era agua que corría campo abajo inundándolo por completo, mientras algunos perros cimarrones saltaban como ciervos a un costado nuestro.

El cacique dio la  orden de ir allá en la lejanía a un  cerro, quedaba un poco lejos pero era el único lugar seguro en aquel momento, los hombres gritaban a sus caballos para que obedecieran, sentían ruido en el cielo y alguno se paraba en sus patas como desafiando eso, al frente iba el tordillo que Enalbé  llevaba de tiro, imposible andar a caballo en ese lugar hasta no salir a un lugar más abierto. Los indios se enterraban con sus pies descalzos en el barrial dejando sus huellas en el suelo pero era tan blando aquello que desaparecían como si nadie hubiera pisado, era peligroso andar por las víboras que disparaban como todos los animales de la creciente inundando sus madrigueras.

 Enalbé  ahora se retrasó un poco para ver su gente pasar, los guerreros iban bien, las mujeres más o menos con sus niños a cuesta, me preocupaban los viejos que iban lentos, como perdonado el tiempo, algunos apoyados en un palo para caminar mejor, había que esperarlos, pero no se quejaban eran silencio. Allí vio a su mujer y su hija que venían como todos cansados por el trayecto, entonces subió a ambas en el caballo para que no caminaran siempre llevando a pie al pingo ahora manso.

                                    La lluvia dio tregua a aquellos indios con hambre y con frío en sus cuerpos, pero seguían su trayecto hacia el cerro que ahora se veía ahí nomás cerca de ellos.

No era por capricho ir hacia allí, el cacique Enalbé sabía a dónde iba, ya habían hecho medio sol, si no se equivocaba a la vuelta de ese pequeño monte de talas  y en la falda había un camino de piedras que llevaba al destino de dónde quería llegar con su tribu. Hacía mucho tiempo no andaba por allí, si hará tanto que había estado con su padre en busca de “Lajau” árboles de Ombú para  hacer un remedio y subiendo hasta la mitad del cerro en un resguardo que hay dónde crecen  las cañas tacuaras, detrás de ellas hay una cueva que no conoce nadie, porque está muy disimulada a los ojos de los hombres y no se ve su entrada de ningún lado. Allí habían quedado una noche con su padre el cacique viejo,  es un lugar muy bueno para vivir un tiempo y esconderse si es necesario porque es bastante seco, en épocas que el sol pica es fresco y cuando el viento te hace temblar de frío te abriga como un poncho de cuero y pelos.

                                                      Estábamos llegando casi al pie del cerro, solo una cañada nos separaba de ello  no era muy ancha, ni profunda pero corría el agua más rápido que el viento, el jefe Enalbé tuvo que escoger a los más fuertes guerreros para ponerse en fila  de orilla a orilla y tomados de sus lanzas hacer pasar a los demás, solo cuatro indios fueron suficientes para realizar el pasaje de un lado a otro, de todas maneras era peligroso  ,primero pasaron algunos guerreros dónde sus caballos  se resistían a pasar y se levantaban apoyándose en sus patas traseras , luego las mujeres y ancianos que agarrándose de los indios y las lanzas pasaban uno a uno hacia el otro lado para pisar el barro.

La correntada era fuerte aunque los guerreros aguantaban, de pronto el cacique ve un tronco en el agua que venía como una flecha hacia dónde estaban, grito con todas sus fuerzas hasta dónde los pulmones le daban, pero ya era tarde la madera pego en la pierna de uno ellos que tenía en brazos a un pequeño de la edad de Maiguala, el indio no pudo aguantar y cayo para atrás en el agua, y el pequeño quedó solo, llevándolo la fuerza del agua.

 La madre al ver que su hijo se iba   empezó a correr por el costado del curso de agua, se enterraba en el barro y se levantaba. El cacique Enalbé sabía que cerca la cañada desembocaba en un lago y si llegaba allí moriría el indiecito porque se perdería en las aguas, de pronto sintió a su espalda el galope de un caballo que golpeaba contra el lodo chirlo, era el indio Nekaté que iba  en busca del niño ,  a quien se le veía  ahora la cabeza y sus brazos que chapoteaban,  la corriente que no perdona se lo tragaba, jinete y caballo alcanzaron  al  pequeño y como un pájaro con alas se tiro a la cañada el joven guerrero y tomándolo de los pelos  lo sacó como si fuera un pez dentro del agua.

El indiecito se aferró con sus patas largas en la orilla abrazando a su salvador, estaba un poco morado y temblaba por el susto, su madre llegó  su encuentro y  Nekaté le entrego al muchacho, la madre lloraba agradecida, y orgulloso miraba la escena su jefe quien no se había equivocado de elegir a ese indio fiero.

                                                   Continuaron su camino ya estaban al pie del cerro que se levantaba majestuoso delante de ellos, y como agradecimiento de la naturaleza las nubes corrieron al cambiar el viento y el sol  que ya había pasado la mitad del cielo  ilumino a todos por igual tal vez por el momento vivido,  las aves cantaban en varios sonidos, unos gansos salvajes daban su graznidos ,una bandada de patos trazaba en el  aire una punta de flecha perfecta , y unos zorros  saltaban por el campo que brillaba por el agua que tapaba los pastos,  y unos ñandúes corrían a sus hembras, volvía la vida.

                                                             Tenía hambre la tribu, ni siquiera habían podido agarrar la comida que poco les quedaba porque el agua había venido rápido como el halcón cuando caza ,pero nadie se quejaba, estaban acostumbrados a trasladarse de un lado al otro buscando su alimento, así fue siempre para ellos era normal vivían el hoy, sabiendo del ayer y no sabían el mañana.

                                                                 El cacique ordenó al llegar a unas rocas antes de empezar la subida que la tribu descansara, los caballos no podrían ir más arriba porque el sendero era estrecho tendrían que quedar en una entrada de piedras, donde allí había pasto suficiente, entonces el jefe mandó a Nekaté para  que los sujetara tapando la salida con palos y ramas, era un encerradero perfecto y no se iban a escapar.

Luego de que los más débiles tomaran aliento comenzaron  a subir por el sendero de piedras  lentamente uno tras otro, hasta los perros iban despacio hacia dónde está el montecito de cañas tacuaras, Etalbé ahora llevaba a su hija en los hombros ella jugaba moviendo su cuerpo simulando que su padre era un caballo , ellos eran así podrían sentir hambre sus panzas pero eran niños aunque tendrían que ser grandes antes de tiempo  ,algunos tropezaban con alguna piedra, los cueros estaban empapados y tenían barro pegado en sus piernas que luego que seca empieza a tirar su piel y cuartearse.

Así llegaron a los vegetales que se erguían hacia lo alto como si fueran celosos custodias,  bordearon las cañas y allí estaba la cueva, era grande, lo suficiente para albergar a su tribu unos días hasta partir al arroyo Salsipuedes para unirse al  General Rivera,  aunque habría que conversar las cosas claras con él y sus allegados.

Se tiraron al piso las pocas pertenencia que habían podido traer ,inclusive algunas se habían perdido en el camino luchando con el viento y el agua ,las mujeres limpiaban a sus hijos como podían pasando hojas grandes por su cuerpo , luego bajarían a la cañada cuando así lo ordene el cacique, algunos ancianos se habían dormido sobre las pieles húmedas, jóvenes reconocían el terreno caminando e internándose  un poco más al interior de la cueva que tenía fin, pero era inmensa en el interior de aquel cerro ,llegando al final como que bajaba y se metía como una lanza en el interior de la tierra ,ahora estaban seguros.

                                                        Pero tenían vecinos los indios charrúas , sus ojos brillaban en la oscuridad desde el techo mismo ,y al verse invadidos rompieron el silencio , quienes osaban a interrumpir su sueño ,eran cientos que desplegaron sus alas en sus sombras y que tomaron vuelo buscando la salida  ,los murciélagos prestaron su hogar por un momento.

Se sentó el cacique mirando a su gente, tendrían que salir a cazar para saciar sus estómagos, llamó a Nekaté que juntara a diez hombres, serían pocos para moverse mejor y rápido, no llevarían tampoco lo caballos, como estaba el campo era complicado y también necesitaban su descanso, e inclusive ordenó atar los perros en las cañas tacuaras para que no los siguieran, no quería mucho alboroto, había muchas tropas en la vuelta y la razón era que no descubrieran la cueva los hombres blancos.

Hasta pocas armas tenían,  se perdieron con el agua, entonces juntó otro grupo de guerreros que salieran solamente a juntar varas, cortar  cañas, piedras ya tenían cerca  y que hicieran lanzas, arcos y flechas, sumados a  algunos cuchillos   y tripas secas, tientos  que habían cambiado por comida con otras tribus en el encuentro.

Mientras los más jóvenes y mujeres trajeran agua en alguna vasija de barro que quedaba, y todos esperarían su llegada.

                                                      Enalbé le dio un beso a su mujer  como era  su costumbre, también a su hija que ahora dormía sobre unas ramas con hojas.

 Luego partió con Nekaté y sus indios, desandando el estrecho camino de piedra que bajaba, iban con rostros serios y si todo salía bien volverían antes de que las sombras lo cubrieran todo, el sol estaba fuerte ahora y al haber en los campos tanta agua se veía a lo lejos como si fuera un espejo que brillara , pasaron frente a dónde estaban sus caballos que encerrados pastaban en ese corral de piedra casi perfecto dónde estaba  su salida y su entrada con los palos y ramas que habían puesto hace unos momentos .

La cañada todavía estaba rápida, pero no había subido el agua, entonces la cruzaron y ya de paso el barro de sus cuerpos allí quedaba, aunque fuera por un momento.

Llegaron a campo abierto y sin decir nada el jefe ,se abrieron sus indios en dos alas entonces avanzaron teniendo  vista y abarcando más espacio por si algún animal apareciera de entre los pajonales que por la cintura les daba, enseguida encontraron huevos de Tero en sus nidos casi destruidos por el agua que en el suelo como es costumbre estaban, los tomaron los guerreros que con mucha delicadeza pinchaban con la paja brava y del pequeño orificio su liquido chupaban , era tanta la avidez que las tripas se movían en sus cuerpos agradecidas y algunos se les chorreaba por las comisuras de sus labios ,por lo menos calmaría en el momento lo que sentían, el hambre. No todo era fácil porque esas aves dueñas de los huevos al darse cuenta de lo que pasaba atacaron a los indios en bandadas tirándose como flechas sobre las cabezas de los indios que con sus brazos se tapaban, dando gritos de guerra y alerta esos bichos que se sentían invadidos por los hombres que cazaban.

Al seguir caminando   no daban mucha importancia porque reaccionaban siempre igual al vérsele  usurpado su territorio.

Continuaban abiertos en abanico internándose dónde los pastos eran más altos aún, tanto que algunos guerreros eran tapados por ellos, aunque  había algún claro llegando a la laguna que estaba en sus orilla con mucha maleza y en partes  con plantas acuáticas que tenían unas flores hermosas del color del cielo  que adornaban el agua.

Nekaté de pronto levantó la mano en señal que los demás se detengan y el cacique se acercó despacio como si sus pies no tocaran el suelo, el joven indio sin hablar una sola palabra señalo un sendero abierto recién en medio de un pajonal y excremento fresco, para luego apuntar con un dedo hacia la espesa vegetación, todos entendieron perfectamente sus movimientos.

Era un capincho muy grande por los pastos que aplasto a su paso y la bosta reciente. Entonces el jefe bravo con su brazo hizo un círculo en el aire, ordenando a sus indios que rodearan el pajonal.

Estaban tensos ahora, el agua estaba cerca y si el bicho llegaba a ella lo perderían, tenían que atravesarlo apenas salga de allí y eso significaba que a lo sumo tendrían dos oportunidades de tirar, el cacique hizo señas que se agazaparan  para luego tocarse su pecho, después con su mano señalo a Nekaté que tenía en sus manos unas boleadoras  y por último a otro indio que apuntaba hacia el pajonal con  su arco y flecha, eso significaba que en ese orden tirarían cuando el animal se muestre.

Se hizo silencio, por suerte no había viento porque son de buen olfato estos bichos pensaba Enalbé mientras con su lanza que  estaba sobre su hombro apuntaba a la maleza, sería el primero en disparar, y no quería fallar, su vista era como el halcón.

El pajonal comenzó  a moverse cada vez más  cerca de los charrúas, el jefe levantó en el aire aún más su lanza y allí apareció el animal sorprendido, a una distancia de doce pasos de hombre, presuroso arrojo con todas sus fuerzas la lanza, el bicho como por instinto se movió y el tiro no dio en su cuerpo, al verse agredido enfilo como para el campo y allí tiró Nekaté por las patas las boleadoras luego de hacerlas girar en el aire ,pasaron por un costado pegando en el suelo sin resultado . Pero casi a la vez el indio del arco apoyado con una de sus rodillas en el suelo disparó su flecha  que entró en la carne sobre las paletas, cayó como fulminado por un rayo el capincho pero estaba vivo, Nekaté rápido corrió  con un cuchillo en la mano, tomó su pescuezo quién degolló al momento.

Los indios gritaban en su algarabía y se golpeaban el pecho con ese animal comería media tribu, al que cruzando dos palos ataron con tientos de cuero sus patas y así con todo con el triperio el cacique mandó a cuatro indios que lo llevaran al campamento y lo hicieran asado a fuego lento mientras los demás seguirían  por qué no era suficiente comida para todos.

                                                     Ahora estaban cubiertos de barro nuevamente, el agua había hecho estragos, lugares que antes eran seguros ahora eran peligrosos podía uno enterrarse de lodo  hasta la cintura, inclusive los animales podían caer en esas trampas, habían visto bichos muertos de todo tipo, pero Enalbé había dado la orden que no se tocaran, no sabíamos si murieron por alguna  enfermedad o por la acción del agua y ya había visto indios padecer por comer alimentos malos.

Ahora se dirigían al monte, habían visto de lejos un ñandú pero estaba bravo para seguirlo, en el camino recolectaron frutas silvestres, habían encontrado burucuyá y butiá de unas palmeras, los guerreros la subían como los gatos salvajes por el tronco hasta llegar al fruto maduro.

Estaban ya entre los primeros árboles dónde empezaba lo espeso del monte, allí la vegetación era tan cerrada que el agua casi no penetraba en algunos lugares, el cacique calculaba que por la caminata que habían hecho, ya sus hombres estarían en la cueva con el animal cazado. Habían visto huellas de ciervo en la dirección que ellos iban, ahora sus indios no podían ir tan lejos unos de otros, tendrían que estar atentos a los árboles, estaba lleno de pumas la zona y además debido a la gran lluvia las víboras estaban por todas partes, para mejor malas al ser arrancada de sus nidos por el agua.

Dejaba que Nekaté fuera adelante, que se acostumbrara a tener mando y aprender de los mismos animales también, que mantuviera los ojos bien abiertos, había sido un acierto no traer los caballos  porque era complicado entrar dónde se ve poco  y las fieras tienen ventaja, saber cuándo y porque callan los pájaros, de qué manera grita el chajá en el bañado, eso era bueno de aprender si se quería ser un buen cazador.

                                                             Ahora iba el cacique y sus guerreros atentos porque sintieron ruido un poco más adelante por el sendero de hojas secas que pisaban y no era el viento,  apenas corría una briza cayendo el sol allá cerca del cerro, Enalbé hizo señas que se adelantaran dos guerreros para ver qué era eso.

Ellos demoraron en regresar un momento,  dónde estaban los demás muy atentos, de pronto aparecieron con una sonrisa y le brillaban sus ojos de charrúa , el cacique pensaba que bichos le había picado a sus indios guerreros que se venían riendo, y la causa la supo enseguida cuando dijeron la palabra “Beluá” en su dialecto, o sea  una vaca ,entonces hasta el propio jefe rio porque era ese animal con guampas , macho o hembra que importaba con su carne daría para todos, más cuando sus indios le hicieron señas con sus dedos que eran dos los animales.

El cacique por la información de sus indios mandados estaban ahí nomás en un claro del monte pastando tranquilamente, dio la orden que rodearan a los animales que aprontaran las boleadoras, con ellas no escaparían .Se acercaron muy sigilosos hasta que  los indios se separaron, los bichos estaban bien comidos porque eran enormes.

El cacique espero un momento que sus hombres se acomoden, una vez estuvieran daría la orden, tenían cuatro  boleadoras, dos para cada bicho así que era imposible fallar, de pronto de su garganta salió un grito de guerra que sorprendió a los animales sin saber qué hacer, cayendo enredadas sus patas  por las boleadoras que cuando quisieron disparar cayeron de guampa al suelo, queriendo levantarse siendo su esfuerzo en vano.

Enseguida como aves rapaces cayeron sobre ellos Nekaté y su jefe cada uno con un cuchillo mientras los otros ayudaban a que se quedaran quietos, de inmediato salió sangre del ganado por sus pescuezos y quedaron al rato muertos.

Mientras sus hombres los faenaban , sacando todo lo que servía que en su mayoría era todo hasta las guampas inclusive para hacer mangos de cuchillos o lanzas y antes se usaban para llamar a los indios a la batalla, pero eso ya era tiempo pasado, y las tripas que se usaban como hilos, para atar  o hacer los arcos para las flechas, los cueros para abrigo, se les venía la noche y no llegarían antes  que oscureciera, menos con el peso de esos animales por más que los estaban cortando con gran destreza en pedazos grandes y con el mismo cuero envolverlos paro su traslado.

Entonces Enalbé pensó que ya no había apuro, su tribu estaría haciendo el capincho asado y ya tenía algo de comida , no iba a hacer reventar a sus indios a campo libre entre barro y agua cargando a pie la carne , pero lo que más le preocupaba era que se topara con alguna partida de soldados y se le  acuse de robar ganado ,aunque no tenían ninguna marca, muchos nacían libres en el campo y  eran tomados por los blancos y llevados a sus estancias o contrabandistas del norte lo robaban solo a veces por el cuero y dejaban el tendal de carne tirada, ,un desperdicio absoluto cuando no los llevaban vivos.

Entonces era mejor que los cubriera la noche, enviaría a Nekaté con el resto de los guerreros a la cueva  y él se quedaría con un indio allí a custodiar  la carne, mientras esperaba que regresara con caballos  para cargar el alimento y volver juntos, eso llevaría tiempo pero era la mejor  decisión.

                                                     Partió entonces Nekaté con los indios a pie por el sendero del monte rumbo al campamento de la cueva, estaba atardeciendo detrás del cerro que se veía un poco lejos cuando llegó al campo abierto, el sol era del color de los bichitos que zumban y de la sangre, eso quería decir que cuando apareciera de nuevo, luego de la oscuridad iba a picar en el lomo.

                                                     El jefe indio quedó con su guerrero cuidando los cueros y la carne, corrieron un poco los bultos  hasta debajo de los arboles por si aparecían visitas de humanos o animales, y también por la sangre derramada  que juntaba moscas e insectos, no querían prender fuego para no ser visto de lejos y la espera iba a ser larga, de todas maneras le dijo al guerrero que durmiera y descansara, mientras él cuidaba, que más tarde cambiarían la guardia.

Lo cierto que no pasó mucho tiempo que el indio roncaba, Enalbé se sentó apoyado en la espalda de un tronco de un árbol mirando el cielo que ya la noche lentamente se apoderaba de ellos se acordó de la reunión de los charrúas con el General Rivera,  cuando este  frente a frente con él ,le diría que es un cacique más dentro de los charrúas, que no estaba de acuerdo de unirse a su filas, aunque acompañaría al igual que su tribu lo que pedían  por ser fiel a lo voto la mayoría, y que la patria era todos blancos, mestizos mulatos, negros e indios, que cada uno a su manera había ayudado ante el poder extranjero.

 Que hay  esclavitud del hombre hacia el hombre, degradando lo que somos, humanos ante todo. Como dice su dios seamos todos iguales porque somos obra de su creación.  Seamos libres y no solo de la boca para afuera, sé que algunos de los míos son rebeldes, pero porque el hombre blanco le ha mentido una y otra vez,  si al perro lo judea siempre lo va a morder y menos obedecer.

Que nos reparta ganado como tienen ellos, como hacen los señores que usan sombreros altos y se apoderan hasta de la naturaleza.

Deseando  que su pueblo indígena sepa escribir las letras y poder comprenderlas cuando se juntan, para que  sus hijos sepan. 

Si hace eso tenga la plena seguridad que lo seguiremos como nuestro amigo el General Artigas.

Pero eso sería en tres soles y faltaba aún.

Ahora pensaba en Senaté y Maiguala que si venían batallas o mucho despliegue por los pagos como dicen los pálidos tendría que alejarse de ellas quien sabe por cuánto tiempo y ni siquiera sabía si volvería a verlas  en unas de esas salidas , quería y deseaba estar más tiempo  , todo pasa tan pronto y rápido .

No quería que se repitiera cuando él era un niño y esperaba a su padre que volviera trepado a un árbol de Arrayán mirando la loma y su caballo asomara con él, a veces pasaba  tanto tiempo esperándolo o regresaba con heridas de batalla o hechas por animales fieros, hiciera calor o frío siempre estaba ahí  deseando su llegada para salir a pescar o cazar juntos.  Que le   contara cuentos de los antepasados como lo hacía el abuelo , y cuando me despertaba en las noches saber que levantaba mi vista y estaba allí cerca de mí  ,que al amanecer saldríamos al campo  para sentirme feliz y no quería que pasara el tiempo , que sol quedara ahí quieto ,subirme al árbol más inmenso hasta donde llegue la última rama lejos  cerca del cielo y alargando mi brazo con una caña tacuara de esas enormes bien largas poder trancar el sol y que quedara allí iluminando pero quieto .

El indio que dormía se movió, eso lo sacó de sus recuerdos, creo que dijo algo, tal  vez este como el en algún sueño,  la noche guardaba al monte cobijando todo lo que está en el inclusive a ellos , escuchaba lejos el gritar de un búho y un  atrevido zorro quería carne  cuando una piedra le pego en su cuerpo, salió despavorido sin rumbo cierto, una briza soplaba ahora moviendo las copas de los árboles como si fuera una caricia ,el guerrero se movió de nuevo ,se paró despacio, abriendo su boca en señal de pereza, tomando su lanza ,para caminar unos pasos y quedar al costado de la carne fresca.

                                                             El cacique junto unas hojas grandes por cierto que puso en el suelo, y se acostó boca arriba mirando las  estrellas con sus armas a un costado y el cuchillo de bajo de su poncho de cuero, durmió tranquilo quién sabe cuánto tiempo hasta que lo despertó su único centinela, que sentía ruido a cascos de caballos que venían directo hacia ellos, podía ser Nekaté con los indios o quizás soldados, lo cierto que el cacique hizo señas a su compañero que se esconda, él también lo hizo.

Esperaron quietos detrás de unos matorrales, ya no se sentían los caballos, estaban con sus lanzas prontas para usarlas, de pronto sintió un silbido que el jefe conocía muy bien, y él contestó con otro igual, era Nekaté que  se asomaba al claro del monte con otro guerrero y cada uno venía montado en su caballo, trayendo dos de tiro, reconociendo Enalbé a su tordillo, estaba aprendiendo rápido el joven guerrero cuando en sus salidas le enseño a chiflar como él.

Habían traído más cueros e hilos para atar mejor la carne y hacer paquetes chicos para ser cruzados por la cruces de los pingos ,al ser cuatro irían comodos,en eso demoraron un tiempo, mientras lo hacían le contó Nekaté a su cacique  que por la cueva estaba todo tranquilo, que habían comido el capincho asado y se había repartido un pedazo para cada uno ,si bien les toco un pedazo chico, todos tenían derecho a comer, sacando del interior de un cuero  un pedazo asado que entregó a Enalbé y el indio que estaba con él.

Cada vez estaba más convencido que había elegido bien su sucesor cuando el ya no respirara, se había olvidado  que sus tripas necesitaban llenarse y ambos comieron con avidez.

Tenían todo pronto ya para partir rumbo a la cueva, había calculado que ya era media noche y llegarían casi al amanecer, era la mejor opción viajar en las sombras, entonces Enalbé les advirtió que fueran separados unos metros entre caballo y caballo ,de surgir algún problema cada uno trataría de tomar distintos caminos, para llegar a la cueva, esto era por si eran seguidos o interceptados por alguna patrulla, no había pasado casi ningún sol sin ver una partida de soldados .Era increíble habían cazado los animales en buena ley y tenían que andar escondiéndose como si fueran contrabandistas o ladrones de ganado, así eran éstos tiempos, por eso los charrúas se sentían como acorralados en su propia tierra.

                                                        Montaron luego de aseguran bien los bultos y partieron  en fila india abriendo el camino su jefe como era costumbre, por suerte no había luna y la noche a pesar de verse las estrellas no estaba tan clara, una bruma se colgaba   sobre los pastizales y pajonales no dejando ver muy lejos, eso era bueno por un lado, pero también malo. Iban a al trote, los caballos respondían bien a las exigencia de los guerreros, aprendían rápido, el tordillo iba con su cabeza alta atento a las órdenes  de su amo, ya estaban en campo abierto, van separados como pidió Enalbé, tanto así que no podía ver a Nekaté que era él cuarto y último.

Al pasar cerca de una pequeña laguna un chajá delataba la presencia de los indios, por algo le dicen perro del bañado, al cacique no le gustó nada eso los gritos se habrán oído de lejos.

Pasaban frente a un monte pequeño, los ojos de algunas comadrejas brillaban como fuego agarradas de las ramas de los árboles, una lechuza emitió un chillido, Enalbé era supersticioso como la mayoría de los indios y no era buen presagio sentir ese sonido, entonces apretó su lanza en señal de seguridad.

Ya iban a mitad de camino, llegarían al amanecer como había calculado, pero debían descansar ellos y los pingos, aunque sea un rato ,habían hecho  en un par de soles mucho trayecto, sumado a las inclemencias del tiempo y pronto tendrían un día entero casi de viaje, entonces  los esperó en lo alto de una loma, ahora la bruma se había disipado y se podía ver lejos,  observó el terreno no había señales de hombres ,ni humo, tampoco alguna fogata, aunque estaba atento, fueron llegando  los guerreros con sus animales resoplando ,ahora estaban juntos.

Enalbé ordenó descansar al cobijo de unas rocas dónde no se verían de lejos los animales, ni ellos, se sentaron en círculo cruzando sus piernas luego  de haber atado los pingos en unos arbustos y bajarle la carga, con qué gusto pensaba el jefe haría fuego en estos momentos para hacer un carne asada y compartir con sus guerreros. De todas maneras ellos estaban contentos, con comida y caballo propio, también conversaban entre ellos que más adelante capaz que tenían ganado de ellos porque según Rivera le iba a sacar a los brasileros ganado que era nuestro.

El cacique  Enalbé tenía dudas de ello pero no iba a quitarles un sueño, ya había sufrido tanto su pueblo.

Ya era hora de partir el último trecho, volvieron a cargar los cueros con la carne, seguirían de igual manera, solo pararían en la cañada antes de llegar al cerro para que los caballos tomen agua. Así emprendieron la marcha cruzando más  campo,  siguieron al trote tratando de esquivar partes con mucho lodo, aunque sus piernas y las panzas de los animales eran barro casi seco con el sudor de los cuerpos, los indios estaban alertas a  cualquier movimiento, ya estaban cerca por suerte divisaron el pequeño cruce de agua que estaba en el bajo , como por inercia pingos y jinetes apuraron el paso y al llegar  a la cañada que ya corría mansa se tiraron al suelo agiles como los venados cuando saltan en campo abierto , bebieron todos del cristalino líquido saciando su sed los viajeros .

                                                           El día se venía aclarando para dejar las sombras atrás, el cielo estaba libre de nubes y cambiaba la vida, para el jefe guerrero había dos mundos muy diferentes más allá de la luz y la oscuridad, como los animales algunos nocturnos y otros que por las noches descansaban, aunque una sonrisa se dibujó en sus rostro porque últimamente para el jefe charrúa era todo uno.

Estaban agotados pero llegaron sin novedad al cerro, el indio que estaba de centinela apareció a su encuentro saludando a sus hermanos con un grito de alegría y atrás llegaron otros que ya habían sido alertados por este que llegaba su jefe con los guerreros, algunos tomaron la carne y comenzaron el ascenso por el camino empedrado hacia la cueva, otros tomaron los caballos de los recién llegados y los llevaron a pastar al campo.

                                                      Por fin estaban en la cueva la mayoría recién había despertado de un sueño con panza llena, se acercaron agradecidos a su jefe y sus compañeros dando palmadas en sus pechos en señal de amor por ellos, seguido de mucho júbilo, mientras de fondo se escuchaba como un eco el llanto de un bebe charrúa, el futuro de su pueblo.

Maiguala ante el barullo despertó también del sueño, corriendo hacia su padre que al llegar junto a él la alzó con sus brazos fuertes hacia su pecho,  recordando lo que sentía cuando él esperaba a su padre, bajo a  su niña para darle un beso a su madre que con plumas de ñandú adornaba su pelo y sus bocas se unieron mientras cerraban sus ojos para disfrutarse.

                                                          El cacique dio la orden que hicieran el fuego y asaran  toda la carne el día estaba húmedo y no sea cosa que se pudriera, y que el centinela esté atento y vea cuanto más lejos pueda, casi toda la indiada ahora que el sol estaba subiendo iría a la cañada y los guerreros  descansados al monte grande para ver si cazaban  tenían que alimentarse bien, no sin antes ponerlos sobre aviso si veían alguna patrulla trataran de no hacerse ver , mientras los cansados dormirían, y uno de ellos era él que acomodó su piel de capincho en un rincón de la cueva y quedó dormido como la piedra misma.

                                            Lo despertaron las voces de los indios guerreros que llegaban en algarabía traían patos silvestres, abundante pescado y hasta un ciervo, mientras un par de  indios habían asado ya la carne vacuna, toda la tribu estaba y seguía contenta.

El jefe del grupo que había recién regresado se le acercó al cacique preocupado y le contó que mientras ellos estaban en la espesura del monte vieron pasar cientos de blancos a caballo por la pradera y algunos indios domesticados  rumbo al Queguay con sus fierros de fuego y sus cuchillos largos y que pasaron tan cerca que podía escuchar sus voces y que le pareció ver que al mando iba el sobrino de Rivera, pero nunca fueron vistos , que esperaron que se perdieran en la lejanía para salir del monte.

 Esto le preocupaba a Enalbé, ¿tanto hombres para qué?, a no ser que en unos días ya quiera cruzar la frontera con el Brasil.

Todos comieron hasta el hartazgo, sus estómagos estaban llenos, ahora  se sentía descansado  había dormido todo el día y ya estaba cayendo la noche, tenía que pensar cuando partiría con su tribu, miro a Senaté que estaba al costado de su hija que dormía, necesitaba caminar e invito a su mujer a hacerlo, ambos bajaban el cerro de la  mano, fueron hasta un monte de ceibos del otro  lado de la cañada dónde las flores silvestres de distintos colores crecen a montones. Se sentaron en el pasto que era cómodo y allí unieron sus cuerpos, con el campo como mudo testigo, también el cielo y algunos pájaros que nerviosos se paseaban en las ramas, luego quedaron allí un rato en silencio solo escuchando el ruido de la naturaleza que los llenaba de amor y ternura.

                                                   Y llegó el día de la partida con su tribu, había amanecido con sol radiante y haría calor, ni una nube en el cielo, había ordenado a sus indios que se prepararan, los guerreros con sus armas, las mujeres que juntaran lo poco que tenían , partirían rumbo al arroyo Salsipuedes cuando el sol llegue a la mitad del cielo, y no era capricho hacerlo así, era que quería llegar por la noche y acampar del otro lado del curso de agua y cruzar en la mañana el día de la reunión con el Presidente General Fructuoso Rivera .

                                                          Estaba todo pronto los indios bajaban por el sendero de piedra lentamente como en procesión dejando la cueva que les había servido de cobijo unos días hasta llegar a dónde estaban los caballos, el tordillo de Enalbé relincho al verlo en forma de saludo, en tanto Nekaté acariciaba la cabeza del mala cara, otros revisaban sus basos y sus dientes, el cacique se sentía orgulloso de sus indios que habían aprendido a cuidar sus caballos como si fueran hermanos ,y también sabía que sus guerreros darían la vida por sus pingos si fuera necesario.

Montaron lentamente después que el jefe se aseguró que estuvieran todos, ahora no llegaban a los cien indios aproximadamente  pero en épocas de su abuelo eran miles, por suerte no había ninguno enfermo, solo un par de jóvenes indias con la panza un poco hinchada.

                                                        Salieron a campo abierto abriendo el cacique las filas

con su vincha blanca con plumas de ñandú, un chiripá de piel de conejos, su torso desnudo al viento, y en una mano su lanza que iba como desafiante al costado de su cuerpo, mirando hacia el horizonte, allá lejos. Detrás  Nekaté con su vincha de zorro y plumas de halcón que se las había regalado una india, y un poncho corto de cuero, debajo de él su cuchillo con mango de ciervo, también llevaba su lanza y boleadoras de dos piedras, le seguían los guerreros todo con lo mejor  que tenían en vestimenta y armas ,algunos con plumas multicolores. Luego venían los jóvenes  con algún caballo viejo que llevaban  trastos, cueros y comida, junto a las mujeres, algunas semi vestidas mostrando sus pechos al aire, y ahora pasaban niños y viejos  de los que quedaban pocos con algún palo que los ayudaba a caminar aunque cuando se cansaban eran subidos a algún pingo, mientras los perros correteaban a un costado dentro de los pajonales aperias y otros bichos chicos.

                                                               Todo se hace cansino y lento, el sol pegaba fuerte  a los indios de piel curtida y ojos negros, cada tanto Nekaté con otros pocos guerreros se adelantaban en el camino y  observaban si hay algún movimiento, para luego regresar junto a los suyos.

 Después de una loma viene un monte chico y allí descansaran sus cuerpos, bajo la ansiada sombra de unos sauces y una laguna en el centro.

El cacique ordenó descansar para tomar agua y comer lo que hubiera que por suerte era bastante, se hecho en el pasto alrededor de sus guerreros, mientras miraba a su hija Maiguala que lloraba porque quería ir sola para volver hacia un árbol de pitanga que había visto allá atrás antes de subir el repecho, se estaba volviendo diablita la indiecita de pelo suelto, pero que tenía entre sus cabellos una flor de ceibo del color de la sangre mismo.

                                                       Llegó a su memoria un cuento de su abuelo de los tantos que le contó el viejo, cuando a su padre siendo apenas un niño se le ocurrió una noche de mucho calor,  ir a bañarse al río, y él se lo negó porque era oscuridad y sombras, por los animales fieros y además eran tiempos que el pálido te llevaba para ese viaje largo sin regreso.

 Entonces en esa madrugada sintió ruidos en el interior de su choza,  estando durmiendo afuera con su cuero, abrió un ojo y vio al pequeño que se había puesto una piel gastada por los hombros atada con un tiento fino, en una manó llevaba una hoja grande de poto con fruta adentro y en la otra arrastraba una lanza vieja para luego rumbear para el sendero. El viejo comprendió enseguida la travesura del niño que se quería ir lejos y ni miedo a la oscuridad le tenía el indiecito que se había revelado, salió de los labios una sonrisa al viento y se dispuso a seguirlo a distancia para que no lo viera, aunque con el palo de la lanza dejaba un surco en el suelo ya que pesaba más que él en ese momento.

Se dirigía al río sin dudas era el camino correcto pero con eso de seguirlo ni siquiera un cuchillo había agarrado  y volver era imposible porque podía perderlo, tampoco quería pararlo para que escarmentara y sintiera miedo. Así que continuó atrás del pequeño que caminaba ligero,  la luna lo iluminaba todo y estaba llegando al cauce del río, podía verlo, de pronto arranco una rama y se empezó a  pegarse por todo su cuerpo lo habían agarrado los bichitos que chupan la sangre y el niño se debatía con ellos, luego de un momento siguió camino pero lo habían picado fiero porque se rascaba como los perros. El viejo tenía miedo que el indiecito se callera al agua pero  lo dejaría un rato más mientras lo miraba atentamente  escondido  detrás de un tronco de un árbol. El pequeño se sentó en la orilla y puso sus pies en el agua para jugar con ella, de pronto pegó un grito por un yacaré que apareció detrás de unos yuyos, empezó a temblar, no sabía si salir corriendo, se le cayó la lanza al río quedando indefenso, y el animal sorprendido y con miedo se tiró  al agua y el niño corriendo por el camino hacia la toldería.

El abuelo conocía un atajo y llegó primero al campamento, se tiro en seguida sobre sus cueros haciéndose el dormido, sintió ruido de talones en el suelo, era el indiecito su hijo que en puntas de pies tratando de no hacer ruido  con su cuerpo llena de picaduras y agitado  se introdujo en la choza para  seguir durmiendo, y al otro día ni habló dl tema.

 

                                                           Ya habían comido, descansado lo suficiente y volvieron al camino, ya el sol como no queriendo se iba a corriendo hacia el atardecer, cada tanto  el jefe guerrero volvía sobre las marcas que dejaba su caballo e iba hasta el último charrúa viendo que estaba todo en orden para luego regresar a la cabeza de la indiada, era su costumbre llegarían ya entrada la noche, aunque aún faltaba trayecto, una briza ahora fresca cruzaba los cuerpos de aquellos indios sintiendo alivio.

 

Enalbé se dio cuenta que las hojas de algunos árboles ya estaban cayendo porque se estaban cambiando su color por el del sol, pronto comenzaría el frío de a poco lentamente y eso a veces se transformaba en hambre y enfermedad para los suyos, hacía tiempo que no se juntaba la indiada toda y por un lado estaba contento aunque se daba cuenta que los charrúas de los campos eran cada vez menos.

 

                                                            El indio Nekaté volvió a la rutina y se adelantaba

en el camino, al rato vino a decirle  que  a lo lejos bajando la loma venían un par de indios a caballo que seguramente estuvieran cazando y tal vez fueran del campamento grande aunque le pareció raro que estuvieran del otro lado del arroyo.

 

Mientras seguían marchando esperaban el encuentro, y cuando los tenían cerca el cacique los reconoció al momento pertenecían a la tribu de El Adivino, e hicieron un alto en el camino, Enalbé le preguntó porque estaban tan lejos y no se dirigían al Salsipuedes, ellos le contestaron que su cacique y la indiada no iría a la reunión pactada ,así lo había resuelto porque no confiaba en el General Rivera, y que  ahora ellos estaban de cacería, que habían escuchado también que la tribu del cacique Polidoro tampoco participaría .

Se despidieron los dos indios siguiendo su camino, Enalbé entonces quedó pensativo es cierto que ambos caciques también habían votado de igual manera que él, pero daba por descontado que también concurrirían, quizás se habían arrepentido.

 

                                                               Ya  se había hecho la noche, y estaban llegando al lugar de este lado del arroyo dónde no había ningún campamento, por el humo de varios fogones se dio cuenta el jefe que todos los caciques con sus tribus estaban en la otra margen, mismo en el campo del general.

Dio la orden de hacer las tolderías allí y que prendieran fuego para calentarse porque ya estaba haciendo frío y asar alguna carne, hicieron un corral improvisado y luego de dar de beber a los caballos los pusieron dentro.

Los guerreros estaban contentos mañana tendrían más comida y  caña blanca para tomar, eso le preocupaba a Enalbé.

 

Todo era tranquilidad en el campamento, cuando ya tarde en la noche se acercaba una partida de jinetes eran soldados que venían de parte del Coronel Bernabé Rivera que les mandaba a decir que eran bienvenidos y de porque no acamparon con los otros indios, el cacique le contesto que así estaba bien y cruzarían en la mañana.

Los guerreros esa noche junto a su jefe  durmieron tranquilos, dejando como siempre al centinela, del otro lado del arroyo se escuchaban alguna conversación fuerte o alguna risa.

 

                                            Comenzaba un nuevo día allá por el Queguay a orilla del Salsipuedes, el sol apenas estaba asomando los primeros rayos  que hacían brillar las gotas de roció sobre el pasto, los árboles  y demás plantas, Enalbé el jefe charrúa podía ver ahora si mejor las tolderías de sus caciques, estaban casi todos, la indiada recién se levantaba, y más allá un puñado de soldados, el jefe pensó que allí estaría el General con los suyos.

 

Maiguala se despertó temprano esa mañana y se sentó al lado de su padre sobre su mismo cuero de capincho, su carita estaba hinchada aún por la dormida  y sus manos estaban manchadas de tanto comer pitanga la noche anterior, besó a la niña en la frente, ella estaba sorprendida porque nunca había visto a tantos de los suyos juntos y le señalaba a su padre que quería ir del otro lado del arroyo, “Inchala” decía en su dialecto que repetía varias veces, esa palabra traducida es hermano. El cacique por supuesto le negaba con la cabeza, ella dentro de lo diablilla, era respetuoso y no insistió.

Luego Senaté se unió a ellos con sus plumas de cisne adornado su cabello que al ser su pelo negro resaltaban aún más, se acomodó entre ambos se podían sentir en el calor de esos tres cuerpos todo el amor y en sus ojos cuando se miraban brillaban aún más, de esos indios los nuestros.

El cacique le dijo a su mujer que debían quedarse de éste lado del arroyo como todas las demás mujeres, ancianos y niños y que luego de la reunión vendría por ellas.

 

 

                                                            Así se hizo la mitad de la mañana, el jefe le pidió a Nekaté que aprontara los caballos para cruzar hacia la otra margen, eran unas decenas sus indios que ahora buscaban en sus cabalgaduras los más llano del arroyo, llevaban lo justo ya que en la noche regresarían.

Entonces fueron cruzando lentamente por el agua que apenas tocaban sus pies descalzos como siempre Enalbé en su tordillo blanco fue el primero en hacerlo.

 

Luego de pasar un monte pequeño fueron recibidos por los otros indios y sus caciques con plumas de variados colores, todo era alegría y jolgorio, estaban los jefes Venado, Juan Pedro, Luna, Vaymaca y otros. Antes de bajarse Etalbé vio a su alrededor y eran cientos, allí estaba su pueblo.

Se quedaron juntos hasta el mediodía conversando  ya que tenían la esperanza que esto mejoraría, todos tenían los mismos problemas, estaban algunos ansiosos por la reunión.

 

                                                Llegaron unos emisarios del General Rivera los estaba esperando un poco más adelante en un lugar llamado “Los Potreros de Salsipuedes”, lugar de encerrona de ganado, hasta allí siguieron todos los indios  caciques y guerreros a esos soldados, dejando en su campamento a la demás indiada.

Allí llegaron dónde los recibió el Coronel Bernabé Rivera con unos pocos hombres blancos, desmontaron de sus cabalgaduras y era todo saludos entre los jefes indios y ellos, fueron invitados a dejar sus caballos allí que serían cuidados y durante toda la tarde estuvieron conversando de cómo entrarle a los brasileros para sacarles el ganado que según el Coronel les pertenecía a los indios y a cambio ellos cuidarían la frontera.

Los charrúas eran a cada rato invitados con alcohol, caña blanca, agua ardiente, todo era risa entre ellos.

 

Al cacique Enalbé no le gustaba que sus indios se pusieran demasiado contentos, ya se hacia la tardecita noche, y veía muy cerca como el Cacique Venado su amigo conversaba con el Coronel, de pronto el soldado le pide su cuchillo para picar tabaco, momento en el cual el uniformado se hace el sorprendido como si el cacique lo fuera a atacar, saca un revolver y su fierro escupe fuego, Venado rápido como un rayo se agacha y allí el jefe Enalbé comprende todo.

 

                                        Esa acción del Coronel  Bernabé Rivera era la señal para que su ejército escondido en el monte ataque a los indios cuando ya era la noche, los había emborrachado y juntado allí para matarlos, los caballos de los indios que estaban un poco lejos fue lo primero que al darse cuenta de la trampa quisieron recuperar, algunos guerreros llegaron a ellos otros murieron en su intento , caían sobre ellos los 1200 soldados con fierros de fuego y sus cuchillos largos que entraban  en los cuerpos de los indios una y otra vez, no era una batalla, era una matanza a sangre y fuego , los indígenas estaban rodeados y una vez más los traicionaron y mintieron los mismos que dicen son amigos.

Aquello era una carnicería aunque algunos indios pudieron apoderase de algunas armas inclusive de sus agresores y se defendieron matando a unos pocos soldados, otros guerreros que llegaron a los pingos pudieron escaparse  de tan desigual encuentro, aunque el lugar elegido por el Presidente  era perfecto para cometer tal acto de crueldad al mando de su sobrino el Coronel Rivera.

Luego de la matanza los soldados fueron contra las tolderías donde estaban las mujeres, niños y ancianos arrasando con todo a su paso, era el griterío de lamentos, e indiada que disparaba ahora hacia el monte.

En el campo habían quedado decenas de charrúas muertos, manchando de sangre la tierra de ellos mismos , había sido un acto de cobardía de los que tenían el poder en ese momento, tomaron a más de trescientos indios prisioneros entre guerreros, mujeres, niños y ancianos.

 

                                                     Entre aquellos charrúas muertos estaba Enalbé que murió como un guerrero peleando con su lanza en las manos, atravesado en su espalda por fierros que tiran luces de colores, sus ojos casi abiertos dejaron de brillar mirando al otro lado del arroyo Salsipuedes donde estaban Senaté y Maiguala, a unos metros de su cuerpo estaba su fiel guerrero Nekaté perforado por cuchillos largos mirando al cielo, tal vez se encuentren en otra  vida y puedan seguir cazando juntos.

 

En tanto los soldados al último lugar que llegaron porque tenían que cruzar el arroyo fue al campamento de Enalbé que como promisorio en lo que podía ocurrir había levantado el campamento allí, cuando Senaté y los que habían quedado  se percataron de lo que estaba sucediendo del otro lado del arroyo intentaron disparar en varias direcciones y fueron cazados como animales.

Senaté la madre charrúa fue  hecha prisionera, y en la noche cerrada ya a esa altura de los hechos en la  refriega y disparada en el monte con su hija Maiguala desapareció de sus manos al caer ambas por pequeño barranco y no supo qué pasó con ella.

 

 

                                                         Los indios hechos prisioneros, fueron conducidos a pie para que escarmentaran hacia la capital del país Montevideo, recorriendo de esa manera muchos soles de punta a punta casi del país dónde los indios fueron ofrecidos como esclavos y las mujeres y niños como sirvientes en casa de familia.

 

                                        La razón de tal matanza era exterminar al Pueblo Charrúa , tan así fue que  los indios que escaparon a la matanza fueron perseguidos y encontraron la muerte días y meses después a manos de los soldados en diferentes episodios y algunos inclusive también usando la mentira para lograr tales fines .

 

                                   El Coronel Bernabé Rivera murió en su ley, también poco después de Salsipuedes en una zona que se llama Yacaré- Cururú a manos de unos indios charrúas ya convertidos que inclusive eran solados, vengando lo que le había hecho a sus hermanos. El Oficial fue atravesado por una lanza  a manos del Cabo Joaquín.

 

                              Entre los prisioneros mandados a la capital y cuando ya habían pasado dos años de Salsipuedes se cometía un hecho aberrante cuatro de ellos el Cacique Vaimaca Perú, su mujer Guyunusa, el curandero de su tribu Senaqué y un guerrero   de nombre Tacuabé fueron vendidos como pretexto de interés científico a un mercader inescrupuloso Francois De Curel , todo autorizado por el Presidente de la época Fructuoso Rivera dónde fueron exhibidos en jaula como animales en diferentes circos y sometidos a diferentes estudios  ,al poco de llegar a Francia la india Guyunusa tiene un hijo  , meses después mueren de angustia y tristeza todos menos el indio Tacuabé y el niño, que se escapan no sabiéndose nunca más de ellos.

 

                                                       Para ese tiempo la pequeña Maiguala que seguía siendo una indiecita con un par de años más y con una cicatriz en su frente  estaba lavando su cuero de liebre en el lago del monte espeso dónde vivía con otros dos niños que casi la doblaban en edad, habían quedado solo ellos después de aquello, a pesar de ser jóvenes , habían sobrevivido a la matanza  Roserú y Tenaki así se llamaban los indios  habían cuidado de ella, el muchacho era el típico guerrero charrúa, se estaba haciendo hombre , sabía ya cazar y pescar, en tanto la muchacha era como una madre nueva para ella, cuando en las noches soñaba con sus padres ella la abrazaba hasta que dejaba de llorar y luego le traía pitangas para que comiera de un árbol cercano.

 

Ellos pasaron la misma situación, habían sido de la tribu del Cacique Venado, no sabían de sus padres al igual que Maiguala,  en la huida   corrieron como el ñandú y después de ello nunca salieron de allí del monte, estaban protegidos por la naturaleza y sentían pánico cuando de lejos sentían ruido  a   caballos, no tuvieron contacto ni siquiera con indios, no deseaban ni querían ver a nadie.

 

Maiguala siempre les contaba que gracias a “Belú” ella estaba viva, al principio sus compañeros no entendían nada, eso significaba bello, se habría vuelto loca la india, no comprendían.

Entonces les contó la historia que la tenía muy presente en su memoria.

 

Cuando su madre y ella escapaban de los soldados en la noche recuerda que cayó soltándose de su mano sintiendo un golpe en la cabeza.

Les contó  que una luz se metía entre las ramas de los árboles y la hizo despertar como de un sueño, era que estaba amaneciendo, había pasado toda la noche inconsciente, miro a su alrededor y estaba su cuerpo casi tapado por hojas secas, sintió húmeda su cabeza y al tocarse su mano tocó un líquido pegajoso, era sangre, seguramente al caer se pegó con algo. Apenas intentó pararse cayó al suelo nuevamente, se sentía mareada  y tenía sed, sus labios estaban resecos, unos pájaros negros la miraban como esperando algo, tenían su pescuezo casi pelado.

Se durmió  de nuevo porque se sentía débil cuando un dolor en el brazo la hizo despertarse y al abrir sus ojos un pajarraco de esos  la quería volver  a picar y ahora eran más que los dedos de su manos que se acercaban a ella, pensó que era su fin, habrían sus alas desafiantes y gritaban mostrando sus gargantas . Intentó pararse nuevamente y los bichos retrocedieron un momento pero volvieron a la carga, les gritaba una y otra vez hasta quedar ronca. Pero ellos sabían esperar a su presa, y tenían el don de la paciencia.

 

Hasta que de pronto como cayendo de arriba de un árbol en  un grito de felino cayó sobre esos pájaros un puma ,entonces dispararon y desaparecieron en un instante, mi susto fue peor aún mi corazón parecía que salía de su pecho, era todo musculo de tamaño medio, casi amarillento que se acercaba a mí sigiloso, el animal cambio su aspecto de golpe como dudando, conociéndome ,me lamía mis pies que era lo que tenía más cerca y luego me olfateaba, vino a mi memoria el cuento que mi padre me había contado, y me salió la palabra “Bilu” mientras lloraba , no sabía si de miedo o alegría , el puma reaccionó a esa palabra mágica y ahora lamía mi frente herida sacándome con su lengua la sangre.

 

Me acorde más que nunca de mi padre Etalbé, entonces era cierto el cuento, claro cuando “Bilú” estuvo con “Ñaña” la perra cimarrón  que  fue su madre un tiempo, era muy pequeña.

Pero el puma no olvido a esos indios.

 

Sentía ruido al agua que pegaba en algunos rocas y no era lejos, “Bilú” muy suavemente  la tomo con sus filosos dientes del cuero que tenía puesto, cada tanto descansaba en su intento, hasta dejarla en la orilla del arroyo y luego irse no sin antes lamer su  cara.

            Sació su sed y se sintió mejor, ahora podía caminar, durmió otro poco, se sentía segura aunque no sabía si el volvería. Se había hecho de un palo por si alguna fiera aparecía, comenzó a caminar sin rumbo hasta que encontró arboles de frutas silvestres.

 

Esa noche Maiguala no durmió estando atenta a los ruidos del monte y debido al frio, había juntado unas hojas grandes y pasto seco y se hizo algo cómodo en el suelo para descansar había caminado mucho tiempo y para ella era todo igual en el monte.

 

Hasta que nació el nuevo sol, dónde  pájaros de muchos colores hacían tanto ruido que hacían eco entre los arboles con sus gritos que por un instante la dejaban sorda, comió un poca más de fruta que le había quedado  , cuando apreció de entre la maleza “Bilú” ronroneando como saludando se hecho a sus pies como cuidándome por un rato hasta que se fue nuevamente, así paso un amanecer más donde  volvió, y eso que en el día caminaba para buscar alimento y no sabía cómo regresar a veces al arroyo pero  él  la cuidaba se las ingeniaba para encontrarla.

El último día que lo vio quería que lo siguiera por un sendero del monte, al principio no lo entendía pero luego con su cabeza la empujaba en señal que quería que caminara, entonces lo siguió un rato largo hasta un claro dónde vio esta choza de palos y ramas largas y entonces se despidió de ella rozando mis piernas una y otra vez hasta desaparecer entre la maleza.

 

Ahora Roserú y Tenaki comprendían como Maiguala había llegado hacía ellos y había sobrevivido esos días después de la matanza.

 

                                                                     Pasaron así muchos soles y lunas en el monte grande, no se animaban a salir de allí aunque a Maiguala le picaba a veces el bicho de la curiosidad, una vez unos blancos a caballo casi los descubren, a veces en invierno ni siquiera fuego hacían para no ser descubiertos, pero ellos sabían que tarde o temprano alguien los iba a ver.

                                                          A Tenaki se le estaba hinchando la panza cada

 vez más, y su madre Senaté le había dicho que cuando pasaba eso a las pocas lunas salía de allí un indiecito desnudo, Roserú se preocupaba por ellas, cazaba y pescaba.

 

Hasta que un día el indio vino asustado diciendo que había soldados por todas partes, algunos a píe y otros a caballo, de vuelta a sus memorias y retinas vino el miedo, no hace tanto había  pasado eso, y se acordó de la cueva dónde habían vivido con sus padres, en el cerro nadie conoce el lugar, en el monte en cualquier momento los descubren y quien sabe que harían con ellos.

Maiguala hablo  para llevarlos allí ,era seguro si se cuidaban  nadie llegaría  a la cueva ,le explicó a Roserú que no se acordaba bien para ir pero sabía que era rumbo a donde cae el sol y que entre tantos cerros , este  era raro  porque arriba era medio chato, y estaría día  o dos de camino.

 

Entonces quedaron en salir esa misma noche, en la oscuridad de las sombras para no ser vistos ,en tanto de día se esconderían  y dormirían ,Roserú era un joven indio muy inteligente y a la fuerza estaba aprendiendo.

Apenas se ocultó el astro rey partieron como quien dice en dirección a él.

 

 El indio iba orgulloso con su lanza y arco con flechas hechas por el mismo en el monte, llevaba  puesto apenas una piel de zorro que le cubría la cintura, Tenaki un gastado ponchito de cuero y abajo una especie de chiripá hecha con hojas grandes, en tanto Maiguala llevaba unos cueros de liebre atados con tientos alrededor, su torso al viento y un collar que le había hecho su madre  la noche antes de partir al Salsipuedes, que estaba hecho con tripa de capincho pintada del color del pasto con hojas que largan líquido, era lo que le había quedado de Senaté su madre.

Tratarían de ir lo más derecho posible, aunque había que pasar arroyos, pajonales altos y alguna cuesta.

La primera noche caminaron bastante, aunque se veía poco, ya en el amanecer se ocultaron en un pequeño monte para dormir, aunque Roserú antes trepo a un par de árboles y saco de algún nido huevos de algún pájaro y fue lo que comieron.

 

Así llego la nueva noche ahora más iluminada pero fría, temblaban aunque iban caminando, pero soplaba un viento que calaba los huesos.

Roserú tenía que cazar algo en la noche en el trayecto, de día era peligroso lo podían ver, con su arco le tiro flechas a un par de patos que cazo pero con tal mala suerte que tuvo  que meterse al agua para sacarlos y tuvieron que hacer fuego obligado porque casi se muere de frio y de paso asaron las aves.

Esa noche no rindieron tanto pero llenaron sus panzas,  al amanecer tuvieron una linda alegría, a lo lejos divisaron los cerros, entonces Maiguala sonrió.

 

Durmieron en el día nuevamente entre los pastizales como el ñandú, hasta los animales se sorprendían de tal actitud, pero sabían que esa noche llegarían al cerro deseado, a Tekati le costaba caminar.

 

Ya apenas anocheció se largaron con rumbo fijo, Maiguala en el trayecto les contaba cómo era la cueva, se acordaba de las cañas tacuaras, de dónde dejaban los caballos cuando ellos estaban allí, de la cañada cercana, mientras recordaba sus ojos se le llenaban de lágrimas, ya no estaba su madre para cuidarla y su padre para contarle algún  cuento.

Al fin vio el curso pequeño de agua ,y luego de hacer un  trayecto corto se encontraban subiendo el camino empedrado que tantas veces había subido con su indiada no hacía mucho tiempo , pero para ella parecía demasiado.

 

                                                     La cueva estaba como antes la habían dejado, ni  el correr de los soles y lunas la transformó, y la mano del hombre tampoco  y eso daba la tranquilidad de que nadie se asomaría por allí.

 

                                                      Paso un tiempo, no sé cuánto y allí vivían los tres charrúas, mejor dicho cuatro, Roserú estaba nervioso su india pariría en cualquier momento, pero tenía que ir en busca de comida, a veces demoraba todo un día en regresar a la cueva, su mujer niña Tenaki lo mandó a buscar agua antes que se fuera, de todas maneras estaba tranquilo porque Maiguala la cuidaría, en definitiva eran como su madre y el su padre, así que  trajo el agua y se fue al monte cercano a cazar.

 

                                                  En la noche llegaba Roserú,  contento con su Ñandú y pescado recién sacado, trepaba el camino de piedras hacia la entrada de la cueva cuando sintió un llanto, el animal se le cayó al suelo y los peces que estaban  envueltos en hojas de poto volaron por los aires, el indio hombre corrió los más rápido que pudo  hacia la cueva y allí vio como Tenaki ya era  madre, tenía en sus brazos  a un indiecito nuevo, mientras Maiguala estaba pálida del susto pero a la vez alegre por tal acontecimiento.

El joven indio se sentó a un costado de la nueva madre y tomó a su hijo que puso en su regazo, y los tres charrúas lloraron.

 

 

                                        Transcurrieron 5 años de tal nacimiento y un día una partida de soldados que andaban en reconocimiento vieron a un joven indio trepar el cerro, entonces esperaron  a que se perdiera , subieron después para ver qué pasaba , bordearon el montecito de cañas tacuaras y con sus fusiles entraron a la cueva y vieron a los cuatro indios, entre ellos a un niño , fueron llevados al pueblo cercano dónde las autoridades sabrán qué hacer con ellos, aunque quedaban charrúas en esos lugares pero ya domesticados, fue la noticia que llegó a la capital Montevideo como a la semana

por parte de un estanciero que al llegar a su casa  y en el almuerzo comentó a su mujer el hecho, hablaba de los indios y de esa cueva que nadie hasta el momento había conocido, la india que en ese momento que  los estaba sirviendo al escuchar el relato del su patrón se le cayó de las manos la comida.

 

Entonces explico que podría ser su hija la que tendría 12 años, y pidió a esa  gente que la llevaran al pueblo, entonces el estanciero blanco se negó y  riéndose le dijo a la india “Mañana llegan a Montevideo”.

Ella quedó  agradecida por la noticia y pidió la llevaran al lugar dónde llegarían.

 

 

                                                                Esa noche Senaté no pego un ojo esperando el nuevo día, su patrón y mujer la llevó en un carruaje hasta dónde ya estaban los indios recién llegados, estaban sentados en el patio del cuartel, porque le habían conseguido familia.

 

                                                              Bajo la india con un poncho de piel de capincho, llevando en su cabeza una vincha blanca con plumas de cisne de igual color, Maiguala quedo impactada al levantar cabeza  y  ver a su madre, como lo hacía de pequeña corrió a su encuentro, se abrazaron hasta quedar sin aliento, y esa noche Senaté le pidió a su hija el collar que tenía puesto y se  lo abrió en la palma de sus manos, piedritas de color amarillo salieron de adentro.

 Su hija durmió con ella esa noche en un colchón de plumas.

 

 

                                               FIN.

 

 

EPILOGO.

Esta historia es un cuento basado en  su eje central en la matanza del Pueblo Indígena Charrúa primeros habitantes de estas tierras. El hecho ocurrió el 11 de Abril de 1831 en un lugar que se llama Arroyo Salsipuedes cuando la República Oriental del Uruguay ya era independiente, dónde estos indios dueños legítimos de estas tierras fueron asesinados mediante una trampa hecha por el Gobierno del Presidente General Fructuoso Rivera pidiéndoles ayuda para cuidar las fronteras de la patria del poder extranjero ya que habían luchado a su lado para liberar años antes este país y muchos de ellos estaban aún en filas del ejército, y a partir de ese acontecimiento en particular los indígenas charrúas fueron perseguidos por todo el territorio nacional casi exterminándolos. Los relatos y aventuras que acompañan la matanza y el traslado a Francia de algunos indios son acompañados por una historia de amor, que si son puramente imaginación del autor, no así el hecho que fue real y se basa en relatos, libros y comentarios que fueron ya escritos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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