HE TOMADO DEL LIBRO DEL GENOCIDIO – PAG 533-,ESTA VERSIÓN DONDE SE HABLA DE LOS CHARRÚAS Y ESPECIALMENTE DE SEPE Y SU FAMILIA.

Por Eduardo Picerno…

HE TOMADO DEL LIBRO DEL GENOCIDIO – PAG 533-,ESTA VERSIÓN DONDE SE HABLA DE LOS CHARRÚAS Y ESPECIALMENTE DE SEPE Y SU FAMILIA. COMIENZA CON UNA CRITICA A OTRO AUTOR MUY NOVELESCO, QUE MEZCLA HISTORIA CON LA FANTASÍA. ACÁ ESTÁ:

“Versión 10.

Agosto de 1890. Versión del Coronel Modesto Polanco. Carta abierta criticando a Eduardo Acevedo Díaz, sobre su artículo “La Boca del Tigre”, en diario “LA EPOCA” del 16 de noviembre de 1890. Se exponen principales costumbres Charrúas. Polanco, siendo muy joven, conoció la última tribu cuyo Cacique era Sepé y su desaparición. Fuente: Boletín Histórico del Ejército Nº 193-196 (Por primera vez lo publica íntegramente J. J. Figueira). Pág. 389

“LOS INDIOS CHARRÚAS.

Señor don Eduardo Acevedo Díaz.
Distinguido amigo:
En [el diario] LA ÉPOCA fecha 19 del presente mes [de agosto de 1890], he visto la relación que Ud. hace con minuciosos detalles de las dos últimas batidas que se llevaron a la tribu Charrúa y en que esos indígenas aparecen, a la vez que valientes, cual horda feroz y repugnante.

Sus informantes han adulterado los hechos de tal manera que, al leer esos episodios con el gusto creciente que inspira todo lo que sale de su pluma, me vino el recuerdo de un artículo de sensación que produjo la imaginación fecunda del ilustrado don Domingo Lamas, describiendo y colocando en las ignotas regiones del Chaco, la flora más rica y exuberante que había visto en una de las zonas privilegiadas del Brasil.

Aunque aquí, la oración se volvió por pasiva, y no hubo cargo, ni salvajismo horripilante que le faltase a la decoración.
Yo, que siempre había sentido cierto orgullo nacional al recuerdo de esa tribu, cuyos restos al mando del cacique Sepé con sus respectivas familias conocí, y que tenían tan notables rasgos físicos e intelectuales de superioridad sobre las varias que he visto de la República Argentina y del Brasil (que son más o menos las retratadas en esos episodios), creo cumplir con decirle, compatriota, cómo la leyenda y la tradición forman parte de la historia, hagámosle justicia póstuma, siquiera sea por espíritu de nacionalismo.

Mucho más, cuando los puntos de esa pluma que viene ya de ilustrado abuelo, graban en la memoria del que lo lee –con caracteres indelebles- las imágenes que Ud. ha querido trasmitir, del mismo modo que con la elocuente palabra y de gentil manera electrizó al auditorio en la populosa reunión del 4 de mayo ppdo. cuando, al felicitarlo como correligionario, le dije muy quedo: orador de barricada.

En tal concepto, creo que Ud., en posesión de los datos que paso a exponer, ha de estar de acuerdo conmigo, aunque en la relación de ellos falte al chic y los interesantes rasgos que señalan a los hombres de talento y de ilustración de que yo carezco.
Me fundo en lo siguiente:
Largo tiempo hacía ya, el año 1857 [sic], que mi amigo don José Paz Nadal mantenía en su gran establecimiento de campo –situado ocho leguas al Sur de la Villa de Tacuarembó- al cacique Sepe de su tribu, cuando lo conocí, con motivo de frecuentes visitas que hacía a dicho amigo.

A un kilómetro de las poblaciones del establecimiento, estaba esa toldería en perfecto estado primitivo; con sus ranchitos de rama arqueada como toldo de carreta, la correspondiente zanjita alrededor, hecha a cuchillo, para que corriera el agua, y su lecho de hojas o pajas que renovaban cuando estaban húmedas.
Componíase su ajuar, de ropa, de dos metros de bayeta o de otra cualquiera tela burda, envuelta en la cintura en forma de pollerín, que le llegaba a medio muslo a los hombres, y bajaba un poco más en las mujeres.
No precisaban, tampoco, de otro abrigo; y, aunque se lo ofrecíamos, no lo querían, porque estaban connaturalizados con los elementos, de tal manera, que el hecho siguiente bastará para convencer a un Pirrónico:
Después de una de esas tardes en que habíamos estado jaraneando a Sepé hasta hacerle enojar, cuya ira calmábamos más tarde con caña, nos separamos creyendo que hubiera ido a su campamento, pues la nevada nos obligaba a apelar a las brasas y a todo abrigo, para poder pasar una de esas noches más frías de nuestra campaña, en que la helada convierte los charcos de agua en nieve endurecida./

Nadal, que era madrugador por hábito, venía temprano a despertarme con mate y propinarme una arenga muy lógica y llena de higiene, respecto a los que disfrutan de esas embalsamadas brisas de la mañana; yo, que siempre he sido el polo opuesto, le aceptaba el mate, y contestaba a su discurso dejándome estar en cama hasta las diez.
Pero esa mañana me llamaba para ver un fenómeno que yo no estaba dispuesto a observar –y, antes que lo explicara, ya le dije: -lo que es hoy, ni a cañón me levanto antes de las once. –Es que se trata de asomarse a la puerta, nada más –me dijo-, para ver a Sepé hecho un Patriarca.

Efectivamente; dentro del guarda-patio, con la lluvia y el tránsito de los caballos, se había hecho un lodazal; en medio de él dormía y roncaba Sepé tranquilamente.
¡Qué organismo!
¡Qué musculatura!
¡Qué cuero, -exclamé!
Su cuerpo había modelado cierto pozo; la evaporación era como humo que salía del cuerpo de él y del barro que tenía en contacto-; ni más ni menos que un cerdo.
Las monturas que tenían, eran los lomos de sus bien adiestrados pingos.

Sus armas de combate: la lanza lisa, muy poco más larga que la de ordenanza, las boleadoras de dos piedras con cintura y la honda.
No conocían el manejo de la flecha, ni la habían usado nunca; ésta es el arma predilecta de algunas tribus selváticas del Brasil. [Acá Polanco comete un error dado que los charrúas tuvieron flecheros por lo menos hasta 1832].
El avestruz y el venado, aunque les servían a veces para probar la carrera de sus caballos y la certeza de sus boleadoras, jamás usaban su carne como alimento, ni tampoco la del animal yeguarizo, manteniéndose, tan sólo, con la carne de vaca. [Se nota que Polanco está hablando en particular de los Charrúas que hacia 1857 vivían en la quebrada ,campos de Nadal, ya que el sustento de los charrúas y de todos los indios nómades fue siempre parte de la fauna autóctona, y el ñandú y el venado unos de los principales].

Esa es la razón porque apestaban los salvajes de la Pampa Argentina.
Careciendo de alimentos en sus eriales desiertos, se mantenían de carne de yegua, avestruz, venado y cuantos animalillos caían en sus manos, por diminutos y asquerosos que fueran.
Por eso, infestaban la atmósfera, y el aire pestilente anunciaba sus malones, como sucede con la presencia del venado; pero no se encontraban en ese caso los Charrúas, que cuanto más se remontasen a la época de su apogeo, más exquisita y suculenta era la carne de vaca de sus vírgenes praderas cuajadas de ganado.

La traílla de perros que les acompañaba, daba cuenta del resto de su festín, teniendo la condición de ser grandes nadadores, porque se bañaban con frecuencia.
Por eso se comprende que, sino pecaban de muy limpios, siempre serían algo más que esos bohemios que pululan por nuestras calles y tienen su asiento en la de Patagones.
Hieden también los salvajes de ciertas zonas del Brasil, en razón de que ellos mismos se untan grasas y aceites pestilentes para librarse de las picaduras de insectos y reptiles venenosos.
Tampoco conocían el Gualiche, que es la brujería por la cual se produce la desgracia y la muerte de alguno, o de todos los de una tribu; hechicerías y maleficios, que tantas víctimas hizo en la vieja Europa.
La razón de esta superstición en casi todos los salvajes del mundo, se funda en que no admiten la muerte natural.
[Nota: El Brigadier Gral. A.F. Díaz informó que los Charrúas con quienes trató en 1812, suponían la existencia de un espíritu maléfico al que atribuían todas las desgracias, enfermedades o desastres y al que llamaban “Gualiche”; esta voz viene de los indios Pampas y de los Araucanos, y recorrió una vasta zona llegando a los Charrúas].

No conociendo los goces de la vida civilizada, están, en cambio, libres de sus vicios y enfermedades.
Y esa longevidad, y perfecto estado de todas sus facultades, está probada sin que haya que remontarse a épocas muy lejanas.
El capitán Cook y sus navegantes (año 1788), dicen: “que todas las veces que visitaron a Nueva Zelanda, entre los viejos y jóvenes, hombres y mujeres que los cercaban, no observaron una sola persona que, al parecer, padeciese de enfermedad corporal, ni en los que estaban en cueros se percibía la más mínima erupción cutánea, ni señal de haber existido.
En los hombres de más de cien años, [la edad] se manifestaba por la falta de dientes y de pelo; pero nunca se vio uno decrépito”.
Así, pues, se ven tribus que condenan a la hoguera a la mujer o al marido que queda viudo, considerándolo factor del mal, a cuyo sacrificio va resignada la víctima, y durante su consumación todos los demás corren furiosamente hasta cierta distancia, espantando el Gualiche.
Pero los Charrúas, ni ésta ni ninguna otra superstición tenían; aunque odiaban a los brasileros [sic] porque creían que de ellos les venía la viruela, enfermedad que no conocían medio de combatirla, y que consideraban epidémica y contagiosa, al extremo de aislar por 24 horas al atacado, que si no moría, ya creían que no podía comunicar la enfermedad.
Con tal objeto, aseguraban en tierra, o atado a un árbol, al paciente, poniéndole a su alcance bastante agua y leche, y no volvían hasta el otro día a la misma hora, en que lo sacaban si estaba vivo.

Eran los Charrúas altos y delgados, de seis pies más o menos; -de formas poco pronunciadas, pero de un delineamiento y contornos perfectos; bien desarrolladas las cavidades de los principales órganos.
La cabeza, aunque un poco pequeña, era bien conformada y rectamente puesta.
Si en ninguno de ellos avanzaba el cerebro en su proporción anterior, tampoco era deprimido; todos de frente recta y ángulo facial bastante abierto, como cualquier europeo.
Su rostro era ovalado, sus ojos pequeños y cejas bien delineadas; la nariz un poco aguileña, la boca chica con el labio inferior un tanto inclinado [hacia] afuera (muestra de orgullo y desdén por todo lo que no era su persona).

Eran sus mujeres de talles esbeltos y flexibles, y bonitas bocas, con parejas y preciosas dentaduras de esmalte blanco. No eran ajenas tampoco a cierta coquetería o deseo de parecer bien; su manera de expresarlo, era montando de un salto uno de sus briosos caballos de buena rienda, y haciendo vertiginosos equilibrios a todo escape.
No había un solo Charrúa que tuviese el rostro, ni parte alguna del cuerpo, con pintarrajos ni cicatrices.

No tenían inclinación al robo, y esto lo probaron en los años que sentaron sus reales en el campo de Nadal, sin que hubieran cometido ni un solo de esos actos en su establecimiento ni en el de ningún vecino.
Tampoco tenían el hábito, como en la generalidad de las tribus salvajes, de ostentar como trofeos de guerra parte de la piel, con cabellera o sin ella, de sus vencidos. [Polanco está describiendo básicamente a los Charrúas que conoció hacia el año 1857]

Y a fe, que con el empuje de su tremenda lanza, con su valor sin límites, ¡muchos cadáveres debieron caer a sus pies!
Porque el valor, y la agilidad, de esos indígenas, era superior al del jaguar que se criaba en sus montes. Era ese valor innato que le hacía preguntar a Franklin a los diecisiete años, ¿qué cosa es miedo?
Pero jamás mancharon sus manos en sangre de inocentes niños, ni violaron mujeres.
Entre ellos no había bígamos.
Y no hay que extrañar la frase, porque todos a su manera tienen sus ritos; y hasta era motivo de festejos, cuando la naturaleza de una joven, la declaraba en estado de casadera, sin cuyo requisito no podía tomar marido.
Lo que más nos llamaba la atención y ensayábamos, entre los amigos que nos reuníamos allí, Leopoldo Bonavita, / [Tristán] Azambuya y otros, era el grito de guerra y el manejo de la honda.
Ese alarido, que atronaba los aires y que no es fácil de explicar, pero que parecía que empezaba como el bramido de un tigre, que seguía el mugido de un toro, y concluía como el toque de atención de un clarín de guerra. ¡Yo no sé! –recuerdo que los caballos erizaban las crines y relinchaban al sentirlo.
Cada vez que intentábamos imitarlo, se reían a carcajadas los indios.
Lo mismo sucedía con la honda.
Esta se componía de una soga, en vez de las dos que conocemos todos; en uno de los extremos estaba sujeto un tejido de cinco cascos, abiertos en forma de naranja y sólo unidos por los polos; entre esas aberturas se colocaba la piedra que se arrojaba junto con la honda-, que, tirada por ellos-, la piedra daba en el blanco y la honda caía a dos o tres pasos, y, tirada por nosotros, seguían juntas la honda y piedra toda la proyección: ahí estaba el busilis [dificultad].

(…..)

Pero tampoco en aquellas que Gall coloca en la quinta clase, y constituye la generalidad de los hombres, tenían predominio el de la destrucción, que está situada en la región lateral de la cabeza, encima de la oreja, y de la secretividad que está sobre éste. Les sobraba la astucia, que es condición de todo salvaje, y de la asociación de ésta con el de la secretividad, cuyo desarrollo les faltaba, como he dicho, es la tendencia al robo; y éstos, unidos al de la destrucción, que tampoco tenían desarrollo, es lo que produce el latro-asesino.

No habían nacido, pues, para criminales.
Únase a esto, lo que es proverbial: el amor que ellos tenían a sus hijos y a sus mujeres, y lo que se encariñaban con las personas o animales que les prestaban algún servicio, para comprender, sin esfuerzo, con qué facilidad se habría hecho de ellos hombres útiles para las faenas de campo y para el servicio de las armas.
¿Puede, acaso, compararse estos nobles y valientes salvajes, tan dispuestos a lo moral y a lo místico, con esas tribus del Brasil, bajas de estatura, de cara chata, cuello corto, anchos de espalda y frente deprimida?

¿Por qué, entonces, se les perseguía con feroz empeño? ¿Por qué se les exterminaba como a fieras, como a reptiles venenosos?
¿Por qué vivían en su nativo suelo? –sin robar, ni aún comerciar con el Brasil, ni con nadie, no echando mano ni a un pañuelo que no fuera suyo; porque, si disponían de las reses para comer y del potro que montaban, era porque creían que lo habían heredado de sus padres; que la tierra siempre había existido así. [R.N]

Voltaire decía, que la patria del hombre era el mundo, y el mundo de ellos se encerraba en lo único que conocían, que era su Patria. Lo que en la tierra tenía por límites, el Uruguay y el Plata, y cuando levantaban la cabeza al espacio azul como el de Venecia, que la cubre, y el estrellado y más bella constelación del firmamento.
En esa época se adquirían grandes áreas de campo, con la facilidad con que hoy, los pinches de la prensa, hacen de cualquier nulidad de guante blanco, de cualquier gaucho felón, un partidario conspicuo, un ciudadano austero.
Por dos o tres mil pesos, se compraba una docena de suertes de estancias o se adquirían, solicitándolas, como poblador.

Todos los ganados alzados, baguales que se encontraban en ese campo, pertenecían al dueño de él, tuvieran o no marca.
Pagaban también los propietarios para que les llevasen o sacasen las yeguadas, cuando no ellos mismos las mataban a bala.
¿Por qué se les hacía el botín de sus pequeños hijos y mujeres, sin más objeto que enviar de regalo ese par de esclavos a alguna familia y con menos recomendación que una pareja de caballos para carruaje?
¿Qué móvil humanitario, social o político guiaba a esos Gobiernos de entonces, para exterminar sin cuartel ese puñado de valientes orientales?
¡Esterilizar en esas incalificables jornadas, hombres de la importancia del joven Bernabé Rivera, que era una esperanza de la patria, ¡pues a los 30 años ostentaba en sus hombros las tres estrellas ganadas en el campo de honor! – [Pedro] Bazán y tantos otros…

Esa mala inspiración del general [Fructuoso] Rivera, y el hecho de la Cueva del Tigre, me lo han referido los coroneles don Juan Carballo, [Juan Ángel] Golfarini y otros, confirmándolo también Sepé, casi igual a como Ud. lo refiere, con la única variante de que no era el robo y el pillaje lo que indujo a los Charrúas para aliarse al llevar la guerra al Brasil.
Y me inclino a creer que así fuera, porque odiaban cordialmente a los brasileros [sic], mientras que el recuerdo de Artigas y su proclama los hacía gozar y oían con fruición ciertas frases de ella como éstas:
“¡Empuñemos la espada, corramos al combate! Venguemos nuestra patria. “Tiemble el déspota, de nuestra justa venganza.
Su cetro tiránico será convertido en polvo”. Después, cuando yo los conocí, al recordarles a [Fructuoso] Rivera y los brasileros [sic], una saña feroz se pintaba en sus rostros; rechinaban sus dientes y de aquellas pupilas de renegridas cambiantes, parecía que salían chispas eléctricas, llegando alguna vez en su furor hasta apuñalarse el muslo o la pantorrilla.
En el último encuentro de Yacaré Cururey [sic], tanto esos jefes nombrados que se encontraron en él, oficiales subalternos, como Sepé, referían que no hubo emboscada. Al llevarles la carga el coronel [Bernabé] Rivera, / se pronunció la derrota de los indios, poniéndose en dispersión.
De repente, el grito de guerra de Sepé hizo que rápidos como el rayo dieran media vuelta y la red de boleadoras aseguró a casi todos los que los perseguían de cerca; porque los demás, me decía el coronel Golfarini, íbamos quedando de a tres y cuatro para matar uno; porque donde caía su caballo herido o boleado-, formaba círculo el Charrúa-, que no le rompía nadie al alcance del molinete o el bote de su lanza; teníamos que matarlo a bala.
Una vez nos hizo Sepé el simulacro de esa pelea, con la arrogancia y el orgullo de haber vencido en el campo limpio, y en franco y leal combate.

Ellos, que creían que la veloz carrera de su caballo afrentaba al viento de la Pampa, que no sabían pestañar ante el plomo enemigo, que tendidos en el costillar de su bruto hacían correr su lanzada hasta el regatón, menos preciaban la traición y el embozo; y era su grito de guerra a la vez que el reto a muerte a su contrario, un alarde de valor, un juramento que decía como la guardia de Napoleón: muere pero no se rinde.
Negaba también Sepé el hecho de haberlo tomado vivo, y lancearlo después, atado en un árbol.- El coronel Golfarini me decía: eso nadie puede saberlo, porque el que escapó de nosotros fue gaucho.

Pero aunque todo eso fuera cierto, para los que se veían perseguidos hasta en la última guarida de sus patrios lares, de su nativo suelo, caliente aún la sangre de sus padres, hijos y hermanos que cayeron en traidora celada y desigual combate, dándole ejemplo de bravura en esa matanza en que sus rostros sólo esfumaban saña y que tal vez en el estridente ay de su agonía y con su lenguaraz estilo les gritarían: ¡Venganza!…
¡Qué habrían hecho otros que no tuvieran la sangre de leones de los Charrúas!
Siempre suyo

MODESTO POLANCO.
Montevideo, agosto de 1890.

Versión 13 (Tomada del “El genocidio de la Población Charrúa, pags. 552-557)

1937-Setiembre. Revista Campo y Arados. Pablo Lavalleja Valdez nacido en Tacuarembó realiza una magistral narración de la muerte del último cacique Charrúa, Sepé. Fuente: Boletín Histórico del Ejército nº 193 – 196, pág. 594.
(Aclaramos que no es familiar del libertador Juan Antonio Lavalleja)

“Los últimos Charrúas.

En la margen izquierda del Arroyo Malo, se extienden los campos de La Quebrada, heredad transferida a principios del siglo XVIII por los Reyes de España, a los antepasados de sus pobladores actuales.
Allí solía pasar mis vacaciones teniendo oportunidad de escudriñar rincones de belleza incomparable.
Comencé mis correrías sacrificando, a hondazos, los carpinteros y cotorras comadronas que alborotaban en la quinta de la estancia. Después fue el tajamar mi sitio favorito, donde teros y patos margullones se burlaban de la ineficacia de mi Montecristo, hasta que excursionando por los alrededores, fui dueño del piquete.
(….)
Otras veces, hundido en la maraña, desgajando ramas de blanquillos y laureles, seguía el sendero de las bestias, hasta encontrar el vado, y, detenido en la barranca, ante la humildad de una cruz escondida en la resaca, echaba pie a tierra en homenaje a un descendiente de aquellos gauchos que, chambergo en la nuca y lanza en ristre, hicieron la patria. Esos palos en cruz, evocaban un duelo criollo o la historia común del campesino bueno que, defendiendo sus derechos de varón contra policías prepotentes, conquistó fama de valiente y sus proezas de matrero a la fuerza, narradas por abuelos gauchos, eran lección de rebeldía que en las tardes lluviosas escuchaban los gurises de la estancia, pensando que, llegado el caso, ellos también sabrían portarse como orientales.

(…)

En el corazón de esta comarca propicia para cobijar el sueño eterno de una raza, se esconde el cementerio de los últimos charrúas, que habitaron el suelo patrio; probablemente ellos fueron los que el año 1832 [debería decir 1831] escaparon a la masacre del Queguay (se refiere a Salsipuedes). El cacique así lo aseguraba.

La tribu, que reunía una veintena de individuos, levantaba sus toldos de pieles de yegua sobre la falda del Cerro de los charrúas, alrededor del cual gambeteaban las tormentas. Tenían el color de nuestras antiguas monedas de cobre; bajos, musculosos, casi cuadrados; parados, parecían una estatua de granito; pero en movimiento eran elásticos, su agilidad asombraba.
El cacique, casi centenario, al retirarse borracho de la pulpería, por alarde, sin esfuerzo, saltaba en pelo, rozando apenas el lomo de su cabalgadura.
Amigos de la holganza, sólo se movían para adquirir yerba, caña y tabaco, que comerciaban por caballos, cueros, plumas y juegos de bolas retobadas con piel de lagarto.
Comían a dedo y se limpiaban las manos en su cabellera lacia y renegrida; jamás se higienizaban.
Para protegerse del frío y de la sabandija, untaban su piel con grasa de carpincho, cuyo hedor nauseabundo, desde varios metros delataba la proximidad del indio.
Les molestaban las bombachas, y no hubo medio de conseguir que las usaran; un “chepi” o cuero de guazú ceñido a la cintura, les era suficiente para no avergonzarse de su sexo: el “quiapí” de yaguareté o de ciervo era lujo para jefes.
Don Manuel Oribe se interesó por la tribu y obtuvo de un pariente de mi madre, varios objetos fabricados por los indios, seguramente destinados al Museo Nacional. En casa conservo algunas piezas de guerra, de la misma procedencia.
Las mujeres, enseñadas por las indias misioneras –algunas de las que vinieron con [Fructuoso] Rivera de las Misiones Orientales, se mezclaron con los habitantes del Norte (Año 1828)-, tejían fibras de caraguatá, cocían el barro, fabricaban burdos útiles domésticos y adornaban las flechas con plumas de ñacurutú, que sujetaban con cera y fibras vegetales al extremo ranurado de cañas tacuaras.
Las madres adiestraban a los pequeños en la caza de perdices y mulitas. Con retoños de jacarandá o de guayabo, cuyas puntas endurecían a fuego, solían hacer arpones flexibles para atravesar la tararira dormida en el remanso o flechar la pava, disimulada sobre la horqueta de troncos corpulentos.
Volvían a esas excursiones costeando arroyos donde recogían cuarzos, pedernales y huesos para confeccionar los útiles del hogar y las armas de sus hombres, que dedicados a la caza mayor, de un certero golpe de bola en la cabeza tumbaban al carpincho o inmovilizaban al bagual. Alcanzar un ñandú en campo abierto, era juego de niños para ellos.
Jinetes excelentes, todo su apero consistía en un tiento de potro a cuyos extremos sujetaban dos huesos de canilla de aguará o de guazú, que usaban para estribar, entre los dedos índice y pulgar, dando así completa estabilidad al cuerpo.
Cuando salían al pillaje, apenas descabalgaban para dar resuello y agua a la tropilla, y si pernoctaban, maneaban solamente al favorito, valiéndose de la estribera, porque no usaban bozal ni cabresto.
Capaces de sostenerse días enteros sobre el caballo, su resistencia era superior a la del bruto. Considerábanse dueños de la hacienda baguala que pastaba en campos que les pertenecieron, las trataban como suyas arreando cuanto podían; esto no consistía un delito para ellos porque desconocían el derecho de propiedad. Exceptuando las armas, el caballo y la mujer, todo lo compartían en común.
Eran rastreadores por instinto y, tenían un olfato muy desarrollado; siempre daban con el bicho que buscaban.
En la toldería se entretenían golpeando una contra otra dos piedras moras hasta redondearlas; cuando reunían muchas, las enterraban en hoyos de toros para tenerlas de reserva en caso de pelea.
Preferían a todas, la carne de equino, que apenas calentaban para comer, en fogones cuya lumbre conservaban las ancianas.
Cuando en la estancia necesitaban velas y jabón, los indios se prestaban gustosos para hacer la matanza de yeguas de las que sólo se aprovechaba el cebo, cerda y piel. Para esta faena, elegían a ojo el animal más gordo, le daban alcance y lo derribaban de un bolazo detrás de las orejas y el animal caído era desangrado y desollado en el acto.
Enardecidos por los gritos del paisanaje festejando su destreza, el indio desde su potro saltaba sobre el animal elegido y de arriba lo ultimaba; a veces aplicaba sus labios al tajo de la degolladura y bebía el líquido que se escapaba hirviente de la herida, hasta que harto de sangre, caía a tierra con el animal sacrificado.
Personaje principal en estas fiestas de barbarie, apenas hablaba, nunca reía; sólo lanzaba estridentes gritos guturales que tanto podían interpretarse como manifestación de cólera o de alegría y las reses, al oírlo, se paraban en seco, espantadas y ariscas, como si presintieran un peligro próximo.
Indistintamente utilizaban ambas manos; tampoco tenían predilección por un lado determinado para montar.
Su moral era rudimentaria; contra la traición, exigían la venganza; por eso, al Coronel [Bernabé] Rivera le dieron muerte de traidor y narraban los pormenores de ese hecho espeluznante, terminado siempre igual: “Frutos, traición”, “Bernabé matando hermanos”, como si aún no hubieran salido del asombro que amigos los hubieran atacado indefensos y a mansalva.
Desprovistos de toda herramienta de trabajo, sus sepulturas eran hoyos irregulares; a veces utilizaban las hendiduras del terreno, que cubrían con ramas y tierra que arrastraban las primeras lluvias dejando asomar las extremidades del muerto.
A esto no sería extraña la versión de los que encontraron el cadáver de Bernabé Rivera, al asegurar que había sido profanado.
Por otra parte, en aquellas almas habían destellos de sentimientos altruistas; el cacique más de una vez se asoció espontáneamente a los duelos de la familia de su protector, y, para demostrarlo, se lanceaba hundiendo repetidas veces la punta de su puñal, en el bíceps de sus brazos rojizos como en el cerno del urunday.

A veces me pregunto si esta raza heroica, exterminada en tres siglos de luchas estériles, tratada con dulzura no hubiera sido asimilable al progreso.
El amor, que hace milagros, los hubiera conquistado y hoy contaríamos a sus descendientes como fuerzas ponderables del país, que con su esfuerzo, ayudaron a ser libres, desmintiendo así el agravio de creerlos reacios a toda obra civilizadora.
Parias en su terruño, acorralados por la civilización, que para ellos fue odio y exterminio, la tribu solo vivió en paz guarecida en un rincón de la sierra hasta 1862, en que fueron diezmados [la pequeña tribu de Sepé] por la viruela; y aquellos últimos representantes de la raza más bravía de América, después de salvar tantas violencias, estaban predestinados a desaparecer en silencio y sin historia, como olvidados de sus dioses.

La opinión unánime fue que la epidemia se propagó por haber recogido los indios en el camino real una maleta con ropas infectadas, caídas de un carro que conducía un virulento para asistirse en Tacuarembó [los indios estaban acampados en el Cerro de los Charrúas, distante cinco kilómetros del Paso del Batoví]
El cacique Sepé y sus hijos Santana y Avelino, (Avelino fue el abuelo de Bernardino García, amigo recientemente fallecido), escaparon a la peste, quizás por tener sus toldos separados del resto de la tribu y haber huido temerosos de Añang, al comenzar los estragos del “grano negro”.

Pocos años después, los dos muchachones indios fueron apresados por una “leva” las que periódicamente recorrían la campaña, reclutando “voluntarios” para el ejército de línea.
Sepé no pudo ser reducido; peleando, con la ayuda de sus perros, –Pamplona y El Cabo-, se escurrió por entre los “milicos”, perdiéndose en el bosque.
Cuando se apaciguó el pago, apareció más arisco y taciturno que nunca.
Lo apaciguaron tratando de averiguar el paradero de sus hijos; pero sólo se supo que la comisión que los llevó pertenecía a un regimiento destacado en la ciudad de Paysandú.
El paisanaje, que veía en el matrero al paladín de sus derechos hollados por el caudillo prepotente, lo ayudó como a un hermano en desgracia, y él que había perdido su tribu, halló la simpatía de amigos blancos, payadores de las hazañas del indio que, por ser libre, tantas veces se jugó entero, y su aureola, que era grande, creció.

¿No decían que habían visto a la crucera dormir inofensiva al calor de su cuerpo, por donde resbalaba la chuza y no penetraba la metralla del trabuco naranjero? ¿No era cierto que sus gritos de guerra hacían temblar la sierra y huir al puma? ¿Acaso no lo respetó la peste? Solo el arsénico pudo tumbar al indómito coloso; y así fue.

Una tarde cruda de 1866, en la reja de la pulpería de los señores Duthil y Cristy, dos aparceros inconscientes consumaron la apuesta macabra; mezclaron caña con “veneno de los cueros” y alargaron la “limeta” tentadora; el indio, ávido de alcohol, aceptó el convite… Aquello duró segundos; tambaleando, dio unos pasos y se desplomó a los pies de “Viguá”, el [caballo] oscuro que, al verlo llegar, reculó, paró las orejas y olfateó la muerte.
Al amanecer, los pulperos abrieron el negocio; distinguieron un bulto debajo del ombú (árbol que aún se yergue frondoso a pocas cuadras de la vieja estancia de Don Higinio Gauna, como testigo mudo de aquella fechoría); lo reconocieron y, como no había heridas, sentenciaron: muerte natural.
Como se trataba de un infiel, no necesitaron requisitos, resolviendo darle sepultura “cerquita no más y a la buena de Dios”.
Vinieron los peones; espantaron al Pamplona y al Cabo, que estaban como pegados a su amo; atravesaron el cadáver sobre el lomo de Viguá y lo llevaron de tiro mientras comentaban que no era menester ni cruz, ni cavar hondo; total: “pa qué tanto trabajo, si no hubo ni velorio”.

Y el cacique centenario, escoltado por sus perros, fue enterrado en una ladera cercana a las casas, que desde entonces se llamó la Bajada del Charrúa.
A la vuelta, alguien caviló: “Le juro que de puro mamau estiró la pata el finau…”
——————

Ya estaba olvidado el episodio, cuando un paisano vino con la nueva de que sobre la tierra removida de la tumba, había una osamenta; era lo que quedaba de Pamplona, quien, al sentirse morir, buscó la compañía de su dueño.
La noticia de este hecho extraordinario cundió por el pago y tal vez el remordimiento impulsó a que uno de los envenenadores, calculando la inmensidad de su crimen, en secreto contara la jugada y… por las dudas, atravesó la línea [emigró a Brasil], de donde a los muchos años llegó la noticia de que había sido asesinado.

Terminada la guerra de las tres divisas [la Tricolor, 1875], una caravana científica exhumó los restos del cacique y se llevó su cráneo a Río de Janeiro.
Los otros indios reposan en paz bajo un grupo de talas, arrayanes y espinillos que crecieron al abrigo de un rústico cerco de piedra, construido por manos piadosas para que los animales no hollaran aquel camposanto.
Esta es una de las tantas historias que, en la penumbra del fogón, sentado sobre los talones, en plena tertulia gaucha, oí de labios que jamás había manchado la mentira.

Pablo Lavalleja Valdez “

Nota de Picerno : Algo sobre el cacique Sepé, bisabuelo de Bernardino García.
Sepé fue bisabuelo por linea directa paterna de Bernardino García, un verdadero indio y el último, ya lo habrán conocido. Tengo en mi Face una foto con Bernardino en los campos de Gauna cerca de la famosa pulpería de Duthil y Cristie, donde envenenaron a Sepe- Lo enterraron en la bajada del Cerro del Charrúa cerca de ahí, su perro murió a su lado no se quiso mover de su amo.
Poco después vinieron de Brasil y le cortaron el cráneo llevándoselo a un Museo de Pelotas según se dice. El grito de guerra era impresionante en Sepé, los caballos se paraban en 2 patas y se erizaban las crines. Todo esto lo recogí en las 2 versiones que existen de Sepe y familiares.
Era una tribu chica de 15 miembros, pero paso un carro y tiró ropas infectada con viruelas, los familiares se la pusieron y todos murieron contagiados. Se salvaron los dos hijos Santana y Avelino, que fueron llevados por la leva. Avelino volvió, se caso y fue el abuelo d e Bernardino.Esta familia aun vive en Tacuarembó en el barrio Don Audemar y es muy conocida. Las dos versiones existentes son la del Cnel. Modesto Polanco, que convivió con el cacique y sus hijos, donde relata costumbres charrúas interesantes, pag 533 del Libro “El Genocidio de la población charrúa”, y la de Pablo Lavalleja Valdés , (no era pariente de Juan Antonio), en la pag 552 del libro citado, una magistral narración de la muerte del ultimo cacique charrúa.

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