Indígenas wayuu: el arte como cárcel


Julio 21, 2017

 

 

 

Vender su arte más preciado a cualquier precio las volvió esclavas del sistema. Les acercamos la realidad de las creadoras de las famosas mochilas wayuu, famosas por sus tejidos y sus colores

Por Tania de Tomas

Agacha la cabeza y extiende los brazos, de los que cuelgan mochilas y bolsitos más pequeños todos tejidos a mano y con colores vivos. Son lindos pensé, también pensé en la cantidad que llevaba. Los miro, la miro y le hago un gesto con la mano para comunicarle que no voy a comprar. Pero no le importa y me pone todos los bolsos en el cuello. Vuelvo a decirle que no voy a comprar, pero cada vez que me acerco para devolverle su mercadería ella retrocede. Me siento desconcertada, no quiero ser grosera pero no quiero comprar. La escena dura poco menos de cinco minutos pero el círculo a esa altura se había agrandado y ahora eran más de seis mujeres mirando. Finalmente dejé su mercadería sobre otra pila de mochilas que había en uno de los tantos locales del mercado y me fui.

Los pasillos oscuros del Mercado Nuevo de Riohacha están salpicados por hilos de colores y piezas cuidadosamente tejidas, conocidas en todo el mundo como wayuu bags. Este sitio es el mayor punto de comercialización de las mochilas wayuu, y por eso las hay de a montones; apiladas en cada rincón, colgadas en estructuras metálicas y también en las manos de muchas mujeres que van con la ilusión de venderlas y de regresar con algo de dinero a sus rancherías (nombre que se les da al conjunto de casas wayuu).

Los wayuu son la etnia indígena más numerosa de Colombia. Habitan la árida península de La Guajira, que abarca el norte de Colombia y el extremo noroeste de Venezuela. Es un lugar de una belleza extraordinaria (aquí se encuentran sitios como El Cabo de la Vela, un desierto bordeado por el mar Caribe) pero que también ofrece pocas oportunidades de desarrollo. No solo por lo difíciles de las condiciones climáticas (la falta de agua y alimento son un problema en la región), sino porque también es un territorio de explotación de hidrocarburos y de contrabando (al estar muy cerca de Venezuela es casi una constante ver pequeños puestos familiares de venta de gasolina).

Aunque las mujeres wayuu siempre han tejido, se desconoce el momento en el que su arte se masificó. “Cuando era pequeño no existía un negocio con las mochilas. Recuerdo que mi mamá tejía para la familia mochilas grandes para viajes largos y chinchorros (hamacas tejidas a mano en telar vertical por los wayuu). En la antigüedad además no había hilo y se utilizaban pelos o arpillera”, explica Belisario Pushaina, autoridad en la ranchería Loma Fresca, ubicada en Camarones, localidad cercana a la ciudad de Riohacha, capital del departamento.

Pero el principio de la tragedia no está solamente en la cantidad de mochilas que se producen por día sino en la falta de oportunidades que tienen estas mujeres. “Cuando tu única línea de obtención de medios de vida es tejer, porque no encuentras otras oportunidades o no tienes la formación adecuada para ejercer otros oficios, de eso resulta que lógicamente más de dos mil mujeres en La Guajira tejan. Y esta sobreproducción va en detrimento de su propio arte”, explica Paula Restrepo, fundadora de la organización Talento Colectivo, una iniciativa que a través de su proyecto Tejidos Vitales tiene como objetivo resignificar el trabajo de las mujeres artesanas mediante el comercio justo de sus mochilas. “Hay una falta de desarrollo sostenible, las comunidades han descuidado prácticas antiguas como la cría de cabras y ovejas o los cultivos de auyama, frijol o yuca. Además, las distintas políticas gubernamentales asistencialistas y fallas de enfoque en intervenciones sociales provenientes de cooperación nacional e internacional han intensificado la situación”, resalta Restrepo.

Devaluadas

La realidad, innegable por cierto, es que la producción de mochilas wayuu creció en los últimos años de forma desmedida. Mientras los comerciantes de todo el mundo teclean en sus calculadoras, la mayoría de las indígenas venden sus mochilas a cualquier precio con tal de llevar algo de comida a sus hogares.

En un mercado de Riohacha una mochila puede costar 55.000 pesos colombianos (unos 19 dólares), pero en una vidriera de Bogotá la misma mochila puede exhibirse tranquilamente a 300.000 pesos colombianos (102 dólares) o en una página web venderse por 400 dólares. Los precios son variables y eso es símbolo de un mercado inestable y sin reglas; pero el problema no está en el precio final de las mochilas sino que comienza mucho antes, cuando se las compran a las artesanas generalmente a un precio bastante inferior a lo que cualquier persona podría considerar justo. “El problema del comercio justo radica en quién le pone el precio a las cosas. El objetivo es equilibrar desde la base, poner pautas de compra a artesanos, estabilizar su ciclo de producción, jugar con las reglas del mercado pero sin ir en contra de la dignidad de los productores. El comercio justo no debe verse como una moda, sino como un imperativo ético. Mientras los indígenas sigan regalando por desesperación sus mochilas, siempre habrá hambre en La Guajira”, concluye Restrepo. Para muestra de la situación, hace falta solo un par de diálogos:

—Pedimos 30.000 pesos colombianos (poco más de 10 dólares) por una mochila pero ellos (en el Mercado Nuevo) nos las pagan 25.000 (8,5 dólares) y algunas veces hasta 18.000 (6 dólares) porque saben que muchas de nosotras no tenemos transporte para volver a nuestras casas y necesitamos la plata. Y como hay muchas mochilas…
—¿Y por qué les pagan menos?
—Porque dicen que son pequeñas, que no están bien duras o que están mal. Y bueno, una necesita dinero…
—¿Cuánto dinero cuesta hacer una mochila?
—Para hacer una mochila mediana gastamos aproximadamente 12.000 pesos colombianos (4 dólares) en hilos y a eso hay que sumarle el transporte para ir y regresarnos del mercado. Hacer una mochila mediana nos lleva tres o cuatro días, así que en promedio ganamos 3.000 pesos por día (poco más de un dólar).
—¿Y qué se puede comprar con eso en Colombia?
—Medio kilo de harina y 500 gramos de aceite. O si no, azúcar y café. Y comemos eso…
—¿Cómo se sienten cuando van al mercado?
—Mal, porque nos tratan mal. Nos dicen “eso está feo” y nos tiran las mochilas, y mira que él está comiendo de la mochila. Y para mí si estás tratando mal a las mochilas, me estás tratando mal a mí, porque la mochila es mi trabajo. Algunas veces cuando ellos (los comerciantes en el Mercado Nuevo) compran las mochilas las tiran también y me tiran las monedas y algunas veces hasta me toca recogerlas del suelo. Es como si uno estuviese pidiendo limosna.

Lo que cuentan María Epieyu (27 años y cuatro hijos) y Sunilda Uriana (34 años y cuatro hijos), dos mujeres wayuu artesanas que hoy forman parte del proyecto Tejidos Vitales de la ONG Talento Colectivo (a través del cual disponen de una alternativa solidaria para la venta de sus productos), es lo que relatan otras mujeres con las que conversé. Ir al mercado es parte de la rutina de muchas tejedoras en La Guajira pero parece que lejos está de ser agradable. “En Colombia pertenecer a una población indígena es ser sujeto de discriminación. Ser indígena en un país donde decirnos indios es un insulto, te marca. Es el primer atropello básico que hace parte de una transgresión cultural propia de nuestro país. Si al hecho de ser mujer, pobre y no tener capacidad de acceder a condiciones adecuadas de salud y educación, le sumamos el pertenecer a una minoría étnica sujeto de discriminación y ser artesana, la vida de estas mujeres se vuelve muy difícil. Hay una especie de subconsciencia que te dice: ‘está hecho a mano por una indígena mujer y eso es barato´”, señala Restrepo.

Los tejidos wayuu cuentan en Colombia con lo que se conoce como Denominación de Origen, que certifica que ese producto es originario de una región o país, y que ayuda a darle valor y resaltar las características de la artesanía. Pero la legislación del país aún no tiene una ley que vele directamente por los derechos humanos de las artesanas indígenas.
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Están sentadas de espalda a un agua color turquesa. Los rayos de sol iluminan las mochilas de varios tamaños y colores que están ubicadas cuidadosamente sobre un paño en el piso de la rambla de Riohacha. Conversan entre ellas, siempre con la cabeza gacha. Se acerca una turista. Intento escuchar toda la conversación pero solo alcanzo a oír este diálogo:

—¿Cuánto cuestan?
—Treinta mil (poco más de 10 dólares), señora.
La mujer que responde a la pregunta no debe tener más de 30 años, es bajita, lleva un vestido amarillo con flores bordadas hasta los tobillos y tiene unos pómulos perfectamente resaltados.
—Es cara —le responde frunciendo el ceño y entrecerrando los ojos—. Por allí la vi por menos —dice señalando algunos puestos más adelante. No sé si el diálogo continuó o no, la verdad es que dejé de escuchar.
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En la ranchería Loma Fresca la mayoría de las mujeres no van al mercado ni venden en la rambla de Riohacha ya que al lugar suelen llegar clientes extranjeros. Edilde, una de las tantas mujeres tejedoras que viven en esta ranchería, es jefa de familia y asegura que vive de las mochilas, que hacen entre todas. Cuando hay muchos turistas venden más de 20 por mes y algunos meses no venden nada. “¿Y ahí qué hacen?”, le pregunto. “Seguimos haciendo mochilas y vivimos de la pesca y del camarón”. A Edilde le gustaría poder venderlas a más dinero porque les dan mucho trabajo y al consultarle por qué no lo hace responde: “Lo que pasa es que en Riohacha las venden a muy bajo precio, algunas de estas (señala una mochila mediana) que nosotras vendemos a 50.000 pesos colombianos (17 dólares) las venden a 20.000 (casi 7 dólares) y los turistas después se quejan de que nosotras vendemos caro. Dicen que ellos se pueden ir a Riohacha y comprarlas por menos. Nosotros valoramos nuestro trabajo pero la gente de La Alta Guajira por la necesidad vende las mochilas a un precio muy barato”.

Artistas

Entre los tantos mitos y leyendas que rondan la cultura wayuu está la de Waleker, la araña que sacaba de su boca un hilo luminoso y que les enseñó a tejer a las mujeres. Pero no todas en la comunidad tejían, en la antigüedad el conocimiento en una ranchería se dividía entre quienes sabían de medicina, cerámica, sueños y tejidos.

María pasa el hilo naranja de un lado al otro con una aguja de crochet. Está sentada en el piso y hace muecas con su boca pero no llega a sonreír. Antes, cuando se tejía para la comunidad, las mujeres solían hacer mochilas de una hebra pero el proceso es largo y no estaba en sintonía con las necesidades del mercado que cada vez demandaba más y más mochilas. Muchas mujeres decidieron entonces comenzar a tejer también lo que se conoce como mochilas de dos hebras, que son un poco más económicas ya que llevan menos tiempo de producción. “Tejer a una hebra es más difícil. Cuesta más caro porque es una puntada más delicada. Hoy se teje mucho a dos hebras”, señala Sumilda, quien explica que la mayoría de las mujeres de la comunidad tejen porque comenzaron a ver que “se ganaba platica con eso”.

Una característica de estas mochilas es su calidad, los tejidos precisos, cuidados, pero el misticismo que desprenden y lo que las ha convertido en un objeto de culto dentro del mundo de la moda está en sus diseños. “Mi mamá nos mantenía a punta de chinchorros y mochilas… y yo comencé a tejer a los 8 años, mirándola. Empecé haciendo cosas chicas y luego probé en hacer más grandes. Hay algunos diseños que vienen en papel (son muy reconocidas las figuras geométricas llamadas kanáas) pero la mayoría los tenemos en la cabeza”, dice Sunilda sentada sobre un banco de madera con varias madejas de hilos de colores a su alrededor. A su lado, está Maritza Epieyu (28 años y cuatro hijos), otra artesana que forma parte del proyecto Tejidos Vitales para el comercio justo artesanal de sus tejidos. “Yo aprendí a tejer cuando tuve a mi tercer hijo. Antes estaba sola en las montañas y no había nadie que me comprara las mochilas. Fue cuando vine a Riohacha y vi que se ganaba plata con eso”, cuenta.

Sí, hoy también tejen por necesidad, pero el tejido en esta cultura es una expresión de lo que son, de sus creencias, de su forma de vida. “Las mochilas representan algo tan sagrado como sus úteros y en el idioma wayuunaiki (el idioma de los indígenas wayuu) esta palabra no existe por ser algo tan venerable. Por eso hay que desarrollar conciencia. Es fundamental comprender que lo que estas maestras artesanas hacen son obras de arte. Que se trata de un arte milenario, de una pieza única. Pero el desarrollo de esa conciencia pelea dentro de una sociedad machista que además no valora el arte de una pobre mujer indígena. Todo el mundo ansía el arte de sus manos pero nadie quiere pagarlo a un precio justo”, sentencia Restrepo, quien asegura que la toma de conciencia de todos los actores (comenzando por procesos de autoconocimiento y autoconciencia del wayuu) es fundamental para revertir este tipo de cadenas perversas.

“La gente aquí muere más de tristeza que de sed y hambre”, me dijo en un momento de la charla Restrepo refiriéndose a los graves problemas de desnutrición que tienen los indígenas en la región. Y me quedé pensando en si esa necesidad de tener más por menos, del regateo constante sin importar de donde viene el objeto y algunas veces hacia dónde va, no es producto de una depresión social generalizada, de que todos, de algún modo nos estamos muriendo de tristeza.

Tejidos Vitales

Si quieren conocer más acerca del proyecto Tejidos Vitales pueden ingresar a la web tejidosvitales.org o a la fundación Talento Colectivo, talentocolectivo.org, dos iniciativas que apelan al comercio justo de los tejidos.

Según la Organización Mundial del Comercio Justo WFTO-LA: “El Comercio Justo va más allá del intercambio: demuestra que una mayor justicia en el comercio mundial es posible. Resalta la necesidad de un cambio en las reglas y prácticas del comercio convencional y muestra cómo un negocio exitoso puede también dar prioridad a la gente”.

http://www.elobservador.com.uy/indigenas-wayuu-el-arte-como-carcel-n1096817

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