En Paysandú, la ciudad a la medida del hombre…


La ciudad a la medida del hombre

En Paysandú, la ciudad a la medida del hombre, son las siete de la mañana. Dos ascensores suben lenta y silenciosamente. En el primero, Raquel sostiene el lampazo como una bombilla clavada en un gigantesco porongo de plástico. El agua le recuerda un mate lavado. En el segundo, Luis ajusta su corbata, ya no lleva su laptop a lo bandolera, pero carga con su matera. Agobiado por su trabajo, sus días transcurren como mate lavado: uno peor que otro. Ambos van pensando: ¿cuándo podré tomar un mate tranquilo?

En las historias familiares de Luis, se recuerdan los relatos del tata Indio. ¿Habrá sido uno de esos nativos yaros o caingang, aficionados al consumo de la yerba mate en la ribera oriental del Río Uruguay, que describe el padre jesuita Antonio Sepp en el año 1697?:

“Al nacer el sol, todo un bando de bárbaros salvajes vino corriendo en dirección de nuestras embarcaciones… les preguntamos cuánto pedían por cada caballo. Uno quería alfileres, otro un cuchillo, otro un poco de tabaco, aquel un pedazo de pan, otro un anzuelo, uno pedía apenas si un poquito de yerba paraguaya, que no es otra cosa que las hojas secas de determinado árbol que son molidas en polvo.
A este polvo los indios le echan agua y de ella beben y eso debe ser extremadamente saludable…
Compramos en consecuencia, más de veinte caballos, lindos y grandes, y ningún taler nos costó la compra, ¡Y qué compra! Los bárbaros quedaron muy contentos con el pago, gritaban de alegría, lo que es costumbre en ellos, y nos quedaron muy agradecidos. Había una gran amabilidad entre estos hombres salvajes y primitivos.”

El entusiasmo por el consumo de la yerba mate se trasmitió a los conquistadores, de modo que las generaciones de europeos nacidos en esta región incorporaron a sus costumbres el hábito de consumir la infusión, en tanto se podría decir que las nuevas corrientes de inmigrantes fueron convidadas, sin opción, a degustar el cimarrón de estas tierras.
El 19 de noviembre de 1726, el primer ancestro de Raquel saltaba de las desvencijadas maderas de NUESTRA SEÑORA DE LA ENCINA, junto a otros habitantes de las Islas Canarias que habían venido a poblar las desoladas playas de San Phelipe de Montevideo. El objetivo de España era impedir que otra nación europea se apoderase de ese estratégico puerto natural y, en consecuencia, del territorio de la Banda Oriental del río Uruguay.
Meses antes, Don Bruno Mauricio de Zabala establecía en las Actas del Cabildo de Buenos Aires los beneficios que habrían de gozar los que pasasen a radicarse en la nueva ciudad: títulos nobiliarios, tierras, solares en la planta urbana y exenciones tributarias por un período de cinco años.
Para su manutención se contribuiría con cierto número de vacas, ovejas, caballos, diversas herramientas y semillas; en tanto, durante el primer año, serían asistidos con regularidad de la alimentación diaria que pareciere precisa: una ración de carne, ocho onzas de galleta, media de tabaco, un poco de sal, ají y sesenta gramos de yerba mate.
De los ascendientes de Luis, sí se tiene certeza de la existencia de Carumbé, el indio minero, cuyo sudor y lágrimas supieron regar las entrañas de las cuchillas de Lavalleja, como años después señalaría el informe del Foreing Office escrito en 1771 (A Proposal for Humbling Spain):

“La yerba mate se había constituido en uno de los productos de mayor importancia… sin el cual encontrarían imposible sacar de las minas el mineral… pues esos pobres diablos, negros e indios, que se ocupan en ellas, casi a cada hora se sienten sofocados con los gases minerales que se encuentran en esas enormes cavernas subterráneas, y entonces sólo puede volverlos en sí una bebida consistente en una infusión de esta yerba en agua caliente, endulzada con azúcar e ingerida en cantidad, lo que les devuelve su vigor.
A veces cuando el caso es grave, y los esclavos [están]casi muertos, antes de ser secado al aire libre, usan [al mate] como un vomitivo, para lo que hacen más fuerte… y omiten el azúcar, lo que libra al estómago de materias ofensivas, salvándoles así la vida cuando todo otro procedimiento sería ineficaz.”

El tío de Luis, paisano de manos sarmentosas, recordaba siempre esta historia en la rueda del fogón. Con sus labios apenas retirados de la bombilla y su vista perdida en el horizonte, desafiaba a los escépticos a que fueran a las entrañas de las minas para sentir el olor a yerba acidulada, desprendida del sudor de miles de indios e impregnada en las paredes de las galerías.
Ramona, quien se casaría con un hijo de aquel español, antecesor de Raquel, era por su corpulencia y altura, la única esclava que se encargaba de fabricar tejas en la Capilla de Narbona. Junto a otras decenas de esclavos amasaban la greda con sus dedos arrugados por la humedad y, utilizando el muslo como molde, daban forma una a una a las tejas. Su consuelo era el áspero sabor del mate cocido. No había tiempo de tomar por la bombilla, solo se disponía de escasos segundos para ingerir, de un trago, esta bebida exótica y, junto a ella, su efecto estimulante, si bien no el suficiente sí el necesario para hidratarse e ingerir algunas vitaminas y minerales para proseguir con la tarea.
Cuando corrían los primeros tiempos de libertad, hace doscientos años, doña Ramona se integró a las huestes de la Revolución y, tras su sonrisa de mazamorra, saboreaba largamente, con una cadencia exasperante, su cimarrón. Para ella, el mate representaba la obstinada defensa de la libertad. Durante el éxodo, cuando alguno aprontaba un mate cocido, sin más que más, ella lo desparramaba por la tierra y seriamente decía: “aquí solo somos gauchos puros y solo tomamos mate”.
Para muchos: un día más del invierno de 1930; para algunos: uruguayos campeones de América y del mundo; para Pinjes -abuelo de Luis-, su primer día en Sudamérica. Su vida como militante comunista corría peligro en Berezne, su pueblo natal. En Uruguay se encontraban algunos paisanos que no habían podido pagar la totalidad del pasaje hasta Buenos Aires y sin quererlo –queriendo- aquí echaron raíces. En los primeros tiempos sus manos finas, acostumbradas a manipular minúsculas piececillas de relojes, quedaron totalmente ampolladas, sangrando, por la dura tarea de colocar la trocha angosta por donde correría el tranvía. Las ampollas pasaron, los ahorros llegaron, como así su primera relojería. Sus segundos ahorros, la casa en Las Toscas, la chocolatera color borra vino, a la cual llenaba de leche para tomar mate, el caminar sonriendo y su mirada que se perdía en el azul del mar, que le recordaba el azul de los campos de lino de su querida Polonia.
Y así, generación tras generación, desde el fondo de los tiempos en el sur del continente americano, el mate ha pasado de mano en mano como alimento, como remedio, como distracción o como resistencia a la dictadura. Todas y cada una de las culturas han fraguado en la Banda Oriental, al menos en un rito: el mate.
Esta sencilla observación ubica al mate como uno de los factores constitutivos de nuestra identidad, con sus propias reglas, usos y costumbres que trascienden clases sociales y niveles educativos. Entre ellas, el empleo del termo que, asegurando el beneficio de la temperatura constante, permitió al mate desplazarse, cortando el cordón umbilical con el fogón y ampliando sus dominios fuera del ámbito hogareño.
Lento y silencioso, el hábito de utilizar termo fue cambiando el comportamiento cultural de los materos, ganando calles, estadios de fútbol, plazas y espacios públicos, transformándose poco a poco en un hábito ubicuo. Se ha recuperado de esta forma el ritual del mate a la intemperie, que imperó desde sus orígenes en manos del nativo americano.

En Paysandú, la ciudad a la medida del hombre, son las cinco de la tarde. Dos ascensores bajan lenta y silenciosamente. En el primero, Raquel apoya su humanidad en la fría pared de acero inoxidable. En el segundo, Luis desajusta su corbata. Ambos van pensando: ¿cuándo podré tomar un mate tranquilo?

Javier Ricca

 

Foto de Javier Ricca Mussio.

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