Somos el paso de la isla: Paysandú.


Por

Javier Ricca Mussio

“Candú” en guaraní significa bulto o protuberancia, “pa’u” en medio, “Y “agua. Por lo que una de las posible transcripciones podría ser promontorio en medio del agua, es decir, isla.

Entre los hijos más pródigos de nuestro terruño sanduceros, sin lugar a dudas destacamos a un descendiente directo del general José Artigas: Daniel Vidart. El siempre nos recuerda o alecciona que Paysandú es Tierra de Valientes.
Esta sencilla afirmación sintetiza con maestría nuestro pasado, ya que la misma abarca a sus hijos y a quienes han venido de otros suelos a derramar su sangre en defensa de la libertad.
Heroica Paysandú yo te saludo, improvisaba en el verso Gabino Ezeiza, versos de una noche en que su auditorio se impacientaba, pero la musa inspiradora del juglar dejaría tras el aplauso cerrado una estela de versos indelebles para el tiempo, tus hechos y tus glorias sorprendentes, se cantan en mi patria como aquí…
Dentro de una larga lista de batallas homéricas, es ineludible citar, las defensas que afrontó la capital sanducera. En todas estas confrontaciones, los defensores enfrentaron ejércitos que, al menos, cuadriplicaban el número de efectivos y, pese a ello, solo lograron arriar nuestras banderas, cuando en la plaza los muertos eran más que los defensores activos.
Ello ocurrió en tres ocasiones durante el siglo XIX: agosto de 1811, diciembre de 1846 y diciembre de 1864. En los tiempos modernos, daríamos nuestra última batalla -en el campo electoral- contra la opresión: LA VICTORIA DEL NO en 1980.
En el marco del Bicentenario, el tema que nos convoca son los orígenes de nuestra nacionalidad, por ello, limitaremos este estudio a rememorar la Primera Defensa de Paysandú, citaremos por un motivo de azar y espacio a un número muy reducido de sus protagonistas y, por último, nos tendremos en el paso del Éxodo del Pueblo Oriental, por tierras sanduceras.
Recordemos que hacia 1808, la invasión francesa a España propiciaba a los habitantes americanos el primer resquicio para enfrentar al imperio español.
En el Río de la Plata, si bien en 1809 Montevideo fue quien, públicamente, dio los primeros pasos en esa dirección, Buenos Aires, en mayo de 1810, se constituyó en el primer gobierno en desconocer a las autoridades peninsulares.
Los habitantes de la Banda Oriental no cesaban en sus esfuerzos para derrocar al gobierno de Francisco Xavier de Elío.
Sofocado en Montevideo el levantamiento de Prudencio Murguiondo y Juan Balbín Gonzáles Vallejo, frustrado el intento de tomar Colonia a cargo de Felipe Santiago Cardoso, la revolución contaba nada más que con el villorrio de Belén, hasta que en febrero de 1811, Asencio se constituyó en la piedra basal de los insurgentes y Capilla de Mercedes, punto de encuentro de los revolucionarios del norte del río Negro.
Al tiempo en que José Artigas, realizaba su proclama al ejército de la Banda Oriental y distribuía tropas y milicias, don Venancio Benavídez comenzaba a hostigar al enemigo, tomando el villorrio El Colla (Rosario) el 23 de abril de 1811. Dos días más tarde relataría la toma de San José en el siguiente Parte:

“el fuego fue activo pues empezó a las ocho de la mañana y cesó a las doce, habiendo sido este fuego tan seguido, que no hubo en estas cuatro horas intermedio de tres minutos. De nuestra parte no hubo ningún muerto; solo si, nueve heridos, de estos nueve, uno de mucho peligro…
Los señores Oficiales que hasta el último me acompañaron y en su defensa y patriotismo manifestaron su grande valor fueron el señor capitán Den Manuel Artigas…le tocó a este Comandante una bala en un pie, no está de peligro, pero se halla bastante malo…”

El informe continuaba destacando un puñado de revolucionarios, entre quienes se encontraban, el alférez del cuerpo de Blandengues, Francisco Redruello y el capitán de de milicias, Francisco Bicudo, futuros mártires de la Primera Defensa de Paysandú.
Mientras Benavídez procuraba como objetivo la ciudad de Colonia, José Artigas encabezaba el ejército que daría la estocada final a las fuerzas españolas en Las Piedras, quedando así todos los pueblos del interior de la Banda Oriental, en manos de los revolucionarios.
Sin embargo, la concentración de todas las tropas en las acciones antes mencionadas en el sur del territorio oriental, propició que el comandante lusitano Bentos Manuel Ribeiro, ocupara Paysandú. Este pueblo se consideraba punto estratégico del litoral del río Uruguay, por lo que las fuerzas revolucionarias encomendaron a Bicudo y Redruello (para ese entonces Manuel Artigas había fallecido), que retomaran el control del solar sanducero.
Cuando el pequeño puñado de revolucionarios, bajo el mando de Bicudo, junto a veintiocho nativos, conducidos por el caciquillo -llamado curiosamente Manuel Artigas-, se aproximaron a Paysandú, las fuerzas lusitanas se replegaron hasta el río Queguay, a la espera de refuerzos.
Una vez que el comandante Ribeiro consolida un ejército de doscientos hombres, carga nuevamente, en agosto de 1811, sobre la plaza sanducera que era defendida por cincuenta efectivos.
Recién, con la mitad de los defensores de Paysandú muertos o gravemente heridos, las tropas invasoras lograron tener el control del pueblo. Entre quienes cumplieron con la máxima de que en una revolución se triunfa o se muere, se encontraba la China María, José Mariano Ramírez (hermano de quien luego sería caudillo entrerriano) y los héroes de San José, ahora mártires sanduceros, Francisco Bicudo y Francisco Redruello.
Por su parte nuevas tropas lusitanas, se habían posicionado en Maldonado, bajo el mando de Diego De Souza, precipitando la firma del Armisticio entre el gobierno español con sede en Montevideo y el gobierno revolucionario con sede en Buenos Aires.
Entre sus cláusulas se acordó que el ejército liderado por José Rondeau y secundado por José Artigas, tenía que abandonar la Banda Oriental. Fue así que el primero de ellos se dirigió a las costas del Plata, para cruzarlo con destino a Buenos Aires, en tanto las milicias orientales partieron hacia Yapeyú.
Al decidir el pueblo, reunido y armado en la costas del río San José, que las familias no abandonarían al ejército en su marcha conjunta hacia el norte del territorio, da comienzo, el 23 de octubre de 1811, el Éxodo del Pueblo Oriental.
Por su parte, las fuerzas luso brasileñas se comprometían, de igual manera, a abandonar la Banda Oriental, razón por la cual las tropas, que se encontraban acantonadas en Paysandú, se desplazaron hacia el norte del territorio.
Las familias del sudeste, que se habían negado a abandonar la protección del ejército, pautaban el avance lento e incierto de la marcha. El paso cansino de los bueyes, marcaría el tiempo de la milicia en redota, treinta kilómetros por día.
Las huestes porongueras -compuestas por cuatrocientas plazas-, lideradas por Cipriano Martínez y los hermanos Vargas y Quintero, fueron autorizadas por el General para que con sus caballos, capaces de recorrer veinte kilómetros por hora, marchasen al encuentro de sus familias, que vivían en los partidos dependientes de la parroquia de los Porongos: Sarandí, Marincho, Cuchilla Grande, Costas de Maciel, Costa de Porongos y Arroyo Grande.
Este último sería, cinco días más tarde, el punto por donde pasaría, cual zorrino de lomo hinchado, el somatén que se retiraba del sitio de Montevideo.
Desde las estirpes más humildes hasta las más pudientes, todos salieron al encuentro de la serpenteante caravana que sumaría seiscientas almas a las tropas orientales.
El general Artigas administraba sus escasos recursos e intentaba integrar a las nuevas familias de la forma más ordenada posible. Con este fin, envía el siguiente oficio al capitán José Ambrosio Carranza:

Excelentísimo Señor

Reunida la gente en Paysandú, conservará usted en dicho punto, precisamente hasta mi llegada, procurando aumentar sucesivamente el ardor de la gente, y activando las providencias concernientes a reunir cuantas armas se pueda.
Auxiliará usted á la mayor brevedad a mi Caciquillo, dándole orden de partir para los indios bravos á fin que estos nos auxilien con sus brazos en una causa que también lo es suya; para ello, aconsejará usted de mi parte al Caciquillo emplee cuantos medios razonables estén á su alcance.

Dios gue á U. M.s A.s.
Quartel Gral. en el arroyo el Perdido 2 nov. 1811.
José Artigas.

Tanto en estas líneas como en sus nueve años de accionar revolucionario, vemos a un Artigas que considera muy importante la acción y coordinación con los nativos. Sin embargo, éstos no formaban un grupo compacto. Asumiendo el riesgo que conlleva toda simplificación, podríamos agruparlos en dos grandes vertientes. Una de origen Misionero, es decir, los Tapes, en su mayoría con ascendientes guaraníes. Ellos fueron parte de la primera generación que comprendió que, si antes la supervivencia era una larga lucha en la que sobrevivían los nativos más fuertes, en estos nuevos tiempos sobrevivirían los más débiles, los que aceptaban y comenzaban de inmediato la transculturización. Muchos de ellos estaban integrados de lleno a la vida del español-criollo.
En tanto el otro grupo de nativos, integrado en su mayoría por minuanes y charrúas, mediante un tratado no escrito de mutuo apoyo, acompañaron al General desde la primera revuelta, acampando siempre a distancia. En tiempo de paz marchaban en la retaguardia, en las montoneras formaban la vanguardia. En ocasiones, sin consultar a nadie, levantaban sus tolderías y no se los veía por algunos días; pero siempre regresaban, entre ellos el caciquillo Manuel Artigas.
En tanto el general Artigas proseguía su marcha procurando vadear el río Negro, el día doce del mes de noviembre de 1811, el cura Tomás Xavier Gomensoro se embarcó desde villa Soriano con destino a Buenos Aires, ya que dicha parroquia quedaba, de ahora en más, sujeta a Montevideo por el armisticio.
Gomensoro había testimoniado un curioso episodio en el folio 85 del Libro 1.º de Entierros: el acta de defunción del antiguo régimen, cuando creía que éste estaba amortajado para siempre.

“El día 25 de este mes de Mayo expiró, en esta provincia del Río de la Plata, la tiránica jurisdicción de los virreyes, la dominación despótica de la Península española, y el escandaloso influjo de todos los españoles; se sancionó en la capital de Buenos Aires, y por el voto unánime de todas las corporaciones reunidas en Cabildo Abierto, una Junta Superior independiente de la Península y de toda otra dominación extranjera. Y de toda otra dominación extraña bajo el solo nombre del Señor Don Fernando VII; de este modo se sacudió el insoportable yugo de la más injusta y arbitraria dominación; y se echaron los cimientos de una gloriosa independencia, que colocará a las brillantes Provincias de la América del Sur en el rango de las naciones libres y les dará representación nacional, a la par de las más grandes acciones del globo.”

La voz del cura rebelde que documentaba el fervor revolucionario y el apoyo al Rey permaneció registrada durante cuarenta y nueve años, hasta que un gélido invierno de 1869, los feligreses de la Villa, con culpa, mostraron aquel folio 85 al primer obispo de Montevideo, que realizaba una visita pastoral. Aunque Jacinto Vera, sin dudarlo, ordenó a su ayudante cubrir letra por letra cada palabra de aquella contravención, el contenido pudo ser develado al fin, burlando el gesto inquisitorial.
Pero las brisas gélidas conocen nuevas formas de ocultamiento. Las ostentosas citas de la inscripción registral, curiosamente -o no-, tan solo transcriben el primer párrafo dejando, una vez más, sin voz al sector independentista que reconocía como autoridad a Fernando VII. Así, los augurios dejaban de ser realidad y las palabras hechos.
Prosiguiendo con el recorrido del Éxodo, al cruzar el río Negro rumbo a Paysandú, Artigas informa a la Junta porteña, sobre los integrantes de la marcha:

Excelentísimos Señores:

A la fecha cuenta nuestro ejército con la fuerza de cuatro mil hombres, y tengo todas las probabilidades de reforzarlo aun considerablemente, siendo solo la falta de armamento que hace la exigencia de sus valientes brazos, y algunos otros auxilios que cubran su desnudez.
Prosigo con ellos mi marcha para repasar el Uruguay, y situarme en el punto acordado por el coronel José Rondeau según disposiciones de ustedes: allí haré alto con todos los que me siguen, y proporcionaré la seguridad de sus familias; ellas son en tan gran número que parece imposible designarlo; bástame asegurar á ustedes que nadie ha quedado en los pueblos, y jurado todos sobre sus corazones ser primero víctimas de la indigencia que permanecer un solo instante bajo la dominación antigua; nada ha habido capaz de contenerlas: es un cuadro bastante tierno el que nos presenta la resignación remarcable de su sufrimiento; ello sería muy suficiente á enternecer y aun consternar á los bravos seres que se hallan unidos á ellas por la naturaleza y el afecto, por la grandeza de ánimo que los hace superiores, á todos los hace conocer excitarse en ellos un ardor que, si no muestra toda la exageración de su sensibilidad, ostenta en gran manera el transporte majestuoso de una razón exaltada por unos sentimientos que la conducen al heroísmo.
Oh! Cuántos son dignos de la corona destinada á la fortaleza y la virtud!
Yo llegaré, señores excelentísimos, con ellos á mi destino, esperaré allí las órdenes de ustedes y la justa consideración al mérito en sus generosos votos.
Dios gue á ustedes muchos años – Quartel Gral. en el Río-negro 13. de noviembre 1811.

Excmo. Sr.
José Artigas.
Junta executiva de las prov.as del Río-de-la-plata.

El 20 de noviembre de 1811,la avanzada del ejército llega a Paysandú

 

Foto de Javier Ricca Mussio.
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