Las antropologías de principios de siglo en Uruguay


La Dr. en Antropología Social de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Susana Rostagnol, plantea las discrepancias que tiene la academia nacional de antropología con Daniel Vidart.

Columna de opinión.

Años atrás, cuando mencionábamos que en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación existía una carrera de antropología, la gente solía preguntarnos: ¿para qué antropología en un país sin indios? Y aunque no lo mencionaran, era relativamente fácil darse cuenta de que pensaban que se estaba malgastando el dinero.

En los últimos años, en Uruguay asistimos a un proceso de etnogénesis y existen organizaciones de pueblos originarios, de modo que tal vez ahora habría una justificación para la carrera. Sin embargo, pasados 40 años de existencia de la licenciatura, algunos menos de la maestría y de la reciente creación del doctorado, quedó en evidencia que la antropología, como todas las ciencias sociales y humanas, se define por su perspectiva de análisis y no por los fenómenos que estudia.

Esta disciplina ha realizado estudios sobre una pluralidad de temas, la mayoría centrados en problemáticas sociales. Por mencionar algunos: poblaciones urbanas, identidades, migrantes, medioambiente, turismo, matriz energética, violencia, salud, procesos políticos, memoria, religión, relaciones de género, drogas, fiestas populares, sexualidad. Los estudios universitarios de antropología social en Uruguay son bastante más tardíos que en la mayoría de los países de la región; sin embargo, la producción antropológica nacional es relevante, si se tienen en cuenta las dificultades materiales para su desarrollo y la falta de tradición. Hay diversas y pujantes líneas de investigación, en las que participan tanto docentes como estudiantes que muestran un compromiso activo con la producción de conocimiento. Varias investigaciones realizadas no sólo han permitido un mejor y mayor conocimiento de nuestra sociedad y nuestra cultura, sino que también han producido insumos para la implementación de políticas públicas en distintos ámbitos, facilitado procesos de desarrollo sustentable y procesos de empoderamiento de poblaciones en situación de vulnerabilidad social.

Al focalizar en la manera de abordar los temas, si bien aquí, como en todos lados, existen diversas formas de hacer antropología -lo cual obviamente es un factor de enriquecimiento-, es posible reconocer un abordaje específico que permite ampliar las problematizaciones, facilitando una comprensión densa y abarcadora de los fenómenos sociales. Se caracteriza por una mirada crítica respecto de los conceptos utilizados en las ciencias sociales y humanas, especialmente aquellos que nutren nuestras investigaciones. ¿Son conceptos colonizadores? El antropólogo actúa como un outsider within; de esa forma intenta evitar la violencia epistémica, sociocéntrica y colonial. Por definición, la antropología es una disciplina reflexiva inclusiva de los pensamientos de los sujetos con quienes estamos trabajando, nuestros interlocutores en el campo. Esto habilita la actitud crítica hacia el posible epistemocentrismo de nuestros conceptos.

En el proceso de las investigaciones se conjuga una mirada micro con una macro; los hechos, fenómenos y procesos analizados microscópica y artesanalmente se articulan con los grandes movimientos de los procesos civilizatorios. La tensión permanente entre lo específico y lo general, lo universal y la multiplicidad; y las particulares maneras de “generalizar en un caso”, como señalara Clifford Geertz, caracterizan al quehacer antropológico. Desde una perspectiva más positivista, podría decirse que las generalizaciones nacen de la comparación, pero a veces los contextos dan un valor diferente a los conceptos. Se buscan las especificidades: no es lo mismo referirse a la interculturalidad en Europa -donde la clave está básicamente en el arribo de migrantes recientes desde las ex colonias- que hablar de interculturalidad en la mayoría de los países de América Latina, donde este término refiere a los pueblos originarios, a los criollos y a los descendientes de migrantes del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Decididamente, en tanto ciencia de la alteridad, se caracteriza por la búsqueda de heterogeneidades, se trata más de multiversos que de universos. Alteridad y mismidad se contraponen a la vez que se articulan, la mismidad puede volverse alteridad. Recordando siempre que el ser humano, a diferencia de otros animales que también viven en sociedad, crean a esa sociedad, esta disciplina enfatiza la heterogeneidad de las formaciones sociales y sus aspectos procesuales.

En estos últimos años, la empresa antropológica ha comenzado un proceso de desoccidentalización, procurando ampliar el espectro de voces, de conceptualizaciones y de epistemes. Aquel híbrido cosmopolitismo americano-europeo liberal propio de la posguerra y de los años de la Guerra Fría dio lugar, ahora, a las antropologías mundiales como cosmopolíticas radicales, siguiendo la denominación del antropólogo brasileño Gustavo Lins Ribeiro. Desde este lugar, es posible pensar en una crítica al pensamiento crítico. Aquí radica uno de los centros de reflexión desde los que se intenta pensar nuevas modalidades de construcción de conocimiento y en las posibilidades de transmitir a los estudiantes la actitud de crítica radical que permita pensar imaginativamente posibilidades de transformaciones sociales que habiliten una mayor equidad y ejercicio de derechos, a partir de la comprensión de los diversos procesos civilizatorios, por usar la terminología de Norbert Elias.

Uno de los instrumentos privilegiados del quehacer antropológico es la etnografía, que si bien es utilizada también por otras disciplinas, mantiene una especificidad muy definida cuando se trata de etnografía antropológica. Conjuga la comprensión de fenómenos con el acompañamiento de procesos. De esta manera, se revela el sello distintivo de las antropologías latinoamericanas, que son llevadas a cabo por un “investigador ciudadano” preocupado por los problemas sociales, como lo llama la antropóloga colombiana Myriam Jimeno, o más explícitamente porque en América Latina existe una peculiar relación, en la que tanto el “estudioso” como el “estudiado” son ciudadanos del mismo país y comparten las mismas circunstancias políticas y económicas, es decir, tienen un “destino político compartido”, como señala el antropólogo mexicano Esteban Krotz.

Esta particularidad hace que la antropología llevada a cabo en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación plasme armoniosamente instancias de investigación de corte más estrictamente académico con otras ligadas a la acción, más cercanas a la investigación coparticipativa, desarrollando así distintas modalidades de extensión universitaria, aunando las distintas funciones universitarias.

El quehacer antropológico, sin duda, ha ensanchado el alcance de las humanidades, dejando de manera silenciosa una huella en el hacer y ser de esta sociedad, ahondando en el conocimiento de distintos procesos culturales y sociales, en la comprensión de diversos aspectos de nuestra identidad, profundizando en las particularidades de nuestra sociedad.

Susana Rostagnol

Licenciada en Ciencias Antropológicas, con especialización en antropología cultural y etnografía, y doctora en Antropología. Docente e investigadora del Departamento de Antropología Social, coordina el programa Género, Cuerpo y Sexualidad. Es investigadora Nivel II del Sistema Nacional de Investigadores.

http://ladiaria.com.uy/articulo/2015/10/las-antropologias-de-principios-de-siglo-en-uruguay/

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