VERSIÓN DONDE SE HABLA DE LOS CHARRÚAS Y ESPECIALMENTE DE SEPE Y SU FAMILIA


Por Eduardo Picerno…

HE TOMADO DEL LIBRO DEL GENOCIDIO – PAG 533-,ESTA VERSIÓN DONDE SE HABLA DE LOS CHARRÚAS Y ESPECIALMENTE DE SEPE Y SU FAMILIA. COMIENZA CON UNA CRITICA A OTRO AUTOR MUY NOVELESCO, QUE MEZCLA HISTORIA CON LA FANTASÍA. ACÁ ESTÁ:

“Versión 10.

Agosto de 1890. Versión del Coronel Modesto Polanco. Carta abierta criticando a Eduardo Acevedo Díaz, sobre su artículo “La Boca del Tigre”, en diario “LA EPOCA” del 16 de noviembre de 1890. Se exponen principales costumbres Charrúas. Polanco, siendo muy joven, conoció la última tribu cuyo Cacique era Sepé y su desaparición. Fuente: Boletín Histórico del Ejército Nº 193-196 (Por primera vez lo publica íntegramente J. J. Figueira). Pág. 389

“LOS INDIOS CHARRÚAS.

Señor don Eduardo Acevedo Díaz.
Distinguido amigo:
En [el diario] LA ÉPOCA fecha 19 del presente mes [de agosto de 1890], he visto la relación que Ud. hace con minuciosos detalles de las dos últimas batidas que se llevaron a la tribu Charrúa y en que esos indígenas aparecen, a la vez que valientes, cual horda feroz y repugnante.

Sus informantes han adulterado los hechos de tal manera que, al leer esos episodios con el gusto creciente que inspira todo lo que sale de su pluma, me vino el recuerdo de un artículo de sensación que produjo la imaginación fecunda del ilustrado don Domingo Lamas, describiendo y colocando en las ignotas regiones del Chaco, la flora más rica y exuberante que había visto en una de las zonas privilegiadas del Brasil.

Aunque aquí, la oración se volvió por pasiva, y no hubo cargo, ni salvajismo horripilante que le faltase a la decoración.
Yo, que siempre había sentido cierto orgullo nacional al recuerdo de esa tribu, cuyos restos al mando del cacique Sepé con sus respectivas familias conocí, y que tenían tan notables rasgos físicos e intelectuales de superioridad sobre las varias que he visto de la República Argentina y del Brasil (que son más o menos las retratadas en esos episodios), creo cumplir con decirle, compatriota, cómo la leyenda y la tradición forman parte de la historia, hagámosle justicia póstuma, siquiera sea por espíritu de nacionalismo.

Mucho más, cuando los puntos de esa pluma que viene ya de ilustrado abuelo, graban en la memoria del que lo lee –con caracteres indelebles- las imágenes que Ud. ha querido trasmitir, del mismo modo que con la elocuente palabra y de gentil manera electrizó al auditorio en la populosa reunión del 4 de mayo ppdo. cuando, al felicitarlo como correligionario, le dije muy quedo: orador de barricada.

En tal concepto, creo que Ud., en posesión de los datos que paso a exponer, ha de estar de acuerdo conmigo, aunque en la relación de ellos falte al chic y los interesantes rasgos que señalan a los hombres de talento y de ilustración de que yo carezco.
Me fundo en lo siguiente:
Largo tiempo hacía ya, el año 1857 [sic], que mi amigo don José Paz Nadal mantenía en su gran establecimiento de campo –situado ocho leguas al Sur de la Villa de Tacuarembó- al cacique Sepe de su tribu, cuando lo conocí, con motivo de frecuentes visitas que hacía a dicho amigo.

A un kilómetro de las poblaciones del establecimiento, estaba esa toldería en perfecto estado primitivo; con sus ranchitos de rama arqueada como toldo de carreta, la correspondiente zanjita alrededor, hecha a cuchillo, para que corriera el agua, y su lecho de hojas o pajas que renovaban cuando estaban húmedas.
Componíase su ajuar, de ropa, de dos metros de bayeta o de otra cualquiera tela burda, envuelta en la cintura en forma de pollerín, que le llegaba a medio muslo a los hombres, y bajaba un poco más en las mujeres.
No precisaban, tampoco, de otro abrigo; y, aunque se lo ofrecíamos, no lo querían, porque estaban connaturalizados con los elementos, de tal manera, que el hecho siguiente bastará para convencer a un Pirrónico:
Después de una de esas tardes en que habíamos estado jaraneando a Sepé hasta hacerle enojar, cuya ira calmábamos más tarde con caña, nos separamos creyendo que hubiera ido a su campamento, pues la nevada nos obligaba a apelar a las brasas y a todo abrigo, para poder pasar una de esas noches más frías de nuestra campaña, en que la helada convierte los charcos de agua en nieve endurecida./

Nadal, que era madrugador por hábito, venía temprano a despertarme con mate y propinarme una arenga muy lógica y llena de higiene, respecto a los que disfrutan de esas embalsamadas brisas de la mañana; yo, que siempre he sido el polo opuesto, le aceptaba el mate, y contestaba a su discurso dejándome estar en cama hasta las diez.
Pero esa mañana me llamaba para ver un fenómeno que yo no estaba dispuesto a observar –y, antes que lo explicara, ya le dije: -lo que es hoy, ni a cañón me levanto antes de las once. –Es que se trata de asomarse a la puerta, nada más –me dijo-, para ver a Sepé hecho un Patriarca.

Efectivamente; dentro del guarda-patio, con la lluvia y el tránsito de los caballos, se había hecho un lodazal; en medio de él dormía y roncaba Sepé tranquilamente.
¡Qué organismo!
¡Qué musculatura!
¡Qué cuero, -exclamé!
Su cuerpo había modelado cierto pozo; la evaporación era como humo que salía del cuerpo de él y del barro que tenía en contacto-; ni más ni menos que un cerdo.
Las monturas que tenían, eran los lomos de sus bien adiestrados pingos.

Sus armas de combate: la lanza lisa, muy poco más larga que la de ordenanza, las boleadoras de dos piedras con cintura y la honda.
No conocían el manejo de la flecha, ni la habían usado nunca; ésta es el arma predilecta de algunas tribus selváticas del Brasil. [Acá Polanco comete un error dado que los charrúas tuvieron flecheros por lo menos hasta 1832].
El avestruz y el venado, aunque les servían a veces para probar la carrera de sus caballos y la certeza de sus boleadoras, jamás usaban su carne como alimento, ni tampoco la del animal yeguarizo, manteniéndose, tan sólo, con la carne de vaca. [Se nota que Polanco está hablando en particular de los Charrúas que hacia 1857 vivían en la quebrada ,campos de Nadal, ya que el sustento de los charrúas y de todos los indios nómades fue siempre parte de la fauna autóctona, y el ñandú y el venado unos de los principales].

Esa es la razón porque apestaban los salvajes de la Pampa Argentina.
Careciendo de alimentos en sus eriales desiertos, se mantenían de carne de yegua, avestruz, venado y cuantos animalillos caían en sus manos, por diminutos y asquerosos que fueran.
Por eso, infestaban la atmósfera, y el aire pestilente anunciaba sus malones, como sucede con la presencia del venado; pero no se encontraban en ese caso los Charrúas, que cuanto más se remontasen a la época de su apogeo, más exquisita y suculenta era la carne de vaca de sus vírgenes praderas cuajadas de ganado.

La traílla de perros que les acompañaba, daba cuenta del resto de su festín, teniendo la condición de ser grandes nadadores, porque se bañaban con frecuencia.
Por eso se comprende que, sino pecaban de muy limpios, siempre serían algo más que esos bohemios que pululan por nuestras calles y tienen su asiento en la de Patagones.
Hieden también los salvajes de ciertas zonas del Brasil, en razón de que ellos mismos se untan grasas y aceites pestilentes para librarse de las picaduras de insectos y reptiles venenosos.
Tampoco conocían el Gualiche, que es la brujería por la cual se produce la desgracia y la muerte de alguno, o de todos los de una tribu; hechicerías y maleficios, que tantas víctimas hizo en la vieja Europa.
La razón de esta superstición en casi todos los salvajes del mundo, se funda en que no admiten la muerte natural.
[Nota: El Brigadier Gral. A.F. Díaz informó que los Charrúas con quienes trató en 1812, suponían la existencia de un espíritu maléfico al que atribuían todas las desgracias, enfermedades o desastres y al que llamaban “Gualiche”; esta voz viene de los indios Pampas y de los Araucanos, y recorrió una vasta zona llegando a los Charrúas].

No conociendo los goces de la vida civilizada, están, en cambio, libres de sus vicios y enfermedades.
Y esa longevidad, y perfecto estado de todas sus facultades, está probada sin que haya que remontarse a épocas muy lejanas.
El capitán Cook y sus navegantes (año 1788), dicen: “que todas las veces que visitaron a Nueva Zelanda, entre los viejos y jóvenes, hombres y mujeres que los cercaban, no observaron una sola persona que, al parecer, padeciese de enfermedad corporal, ni en los que estaban en cueros se percibía la más mínima erupción cutánea, ni señal de haber existido.
En los hombres de más de cien años, [la edad] se manifestaba por la falta de dientes y de pelo; pero nunca se vio uno decrépito”.
Así, pues, se ven tribus que condenan a la hoguera a la mujer o al marido que queda viudo, considerándolo factor del mal, a cuyo sacrificio va resignada la víctima, y durante su consumación todos los demás corren furiosamente hasta cierta distancia, espantando el Gualiche.
Pero los Charrúas, ni ésta ni ninguna otra superstición tenían; aunque odiaban a los brasileros [sic] porque creían que de ellos les venía la viruela, enfermedad que no conocían medio de combatirla, y que consideraban epidémica y contagiosa, al extremo de aislar por 24 horas al atacado, que si no moría, ya creían que no podía comunicar la enfermedad.
Con tal objeto, aseguraban en tierra, o atado a un árbol, al paciente, poniéndole a su alcance bastante agua y leche, y no volvían hasta el otro día a la misma hora, en que lo sacaban si estaba vivo.

Eran los Charrúas altos y delgados, de seis pies más o menos; -de formas poco pronunciadas, pero de un delineamiento y contornos perfectos; bien desarrolladas las cavidades de los principales órganos.
La cabeza, aunque un poco pequeña, era bien conformada y rectamente puesta.
Si en ninguno de ellos avanzaba el cerebro en su proporción anterior, tampoco era deprimido; todos de frente recta y ángulo facial bastante abierto, como cualquier europeo.
Su rostro era ovalado, sus ojos pequeños y cejas bien delineadas; la nariz un poco aguileña, la boca chica con el labio inferior un tanto inclinado [hacia] afuera (muestra de orgullo y desdén por todo lo que no era su persona).

Eran sus mujeres de talles esbeltos y flexibles, y bonitas bocas, con parejas y preciosas dentaduras de esmalte blanco. No eran ajenas tampoco a cierta coquetería o deseo de parecer bien; su manera de expresarlo, era montando de un salto uno de sus briosos caballos de buena rienda, y haciendo vertiginosos equilibrios a todo escape.
No había un solo Charrúa que tuviese el rostro, ni parte alguna del cuerpo, con pintarrajos ni cicatrices.

No tenían inclinación al robo, y esto lo probaron en los años que sentaron sus reales en el campo de Nadal, sin que hubieran cometido ni un solo de esos actos en su establecimiento ni en el de ningún vecino.
Tampoco tenían el hábito, como en la generalidad de las tribus salvajes, de ostentar como trofeos de guerra parte de la piel, con cabellera o sin ella, de sus vencidos. [Polanco está describiendo básicamente a los Charrúas que conoció hacia el año 1857]

Y a fe, que con el empuje de su tremenda lanza, con su valor sin límites, ¡muchos cadáveres debieron caer a sus pies!
Porque el valor, y la agilidad, de esos indígenas, era superior al del jaguar que se criaba en sus montes. Era ese valor innato que le hacía preguntar a Franklin a los diecisiete años, ¿qué cosa es miedo?
Pero jamás mancharon sus manos en sangre de inocentes niños, ni violaron mujeres.
Entre ellos no había bígamos.
Y no hay que extrañar la frase, porque todos a su manera tienen sus ritos; y hasta era motivo de festejos, cuando la naturaleza de una joven, la declaraba en estado de casadera, sin cuyo requisito no podía tomar marido.
Lo que más nos llamaba la atención y ensayábamos, entre los amigos que nos reuníamos allí, Leopoldo Bonavita, / [Tristán] Azambuya y otros, era el grito de guerra y el manejo de la honda.
Ese alarido, que atronaba los aires y que no es fácil de explicar, pero que parecía que empezaba como el bramido de un tigre, que seguía el mugido de un toro, y concluía como el toque de atención de un clarín de guerra. ¡Yo no sé! –recuerdo que los caballos erizaban las crines y relinchaban al sentirlo.
Cada vez que intentábamos imitarlo, se reían a carcajadas los indios.
Lo mismo sucedía con la honda.
Esta se componía de una soga, en vez de las dos que conocemos todos; en uno de los extremos estaba sujeto un tejido de cinco cascos, abiertos en forma de naranja y sólo unidos por los polos; entre esas aberturas se colocaba la piedra que se arrojaba junto con la honda-, que, tirada por ellos-, la piedra daba en el blanco y la honda caía a dos o tres pasos, y, tirada por nosotros, seguían juntas la honda y piedra toda la proyección: ahí estaba el busilis [dificultad].

(…..)

Pero tampoco en aquellas que Gall coloca en la quinta clase, y constituye la generalidad de los hombres, tenían predominio el de la destrucción, que está situada en la región lateral de la cabeza, encima de la oreja, y de la secretividad que está sobre éste. Les sobraba la astucia, que es condición de todo salvaje, y de la asociación de ésta con el de la secretividad, cuyo desarrollo les faltaba, como he dicho, es la tendencia al robo; y éstos, unidos al de la destrucción, que tampoco tenían desarrollo, es lo que produce el latro-asesino.

No habían nacido, pues, para criminales.
Únase a esto, lo que es proverbial: el amor que ellos tenían a sus hijos y a sus mujeres, y lo que se encariñaban con las personas o animales que les prestaban algún servicio, para comprender, sin esfuerzo, con qué facilidad se habría hecho de ellos hombres útiles para las faenas de campo y para el servicio de las armas.
¿Puede, acaso, compararse estos nobles y valientes salvajes, tan dispuestos a lo moral y a lo místico, con esas tribus del Brasil, bajas de estatura, de cara chata, cuello corto, anchos de espalda y frente deprimida?

¿Por qué, entonces, se les perseguía con feroz empeño? ¿Por qué se les exterminaba como a fieras, como a reptiles venenosos?
¿Por qué vivían en su nativo suelo? –sin robar, ni aún comerciar con el Brasil, ni con nadie, no echando mano ni a un pañuelo que no fuera suyo; porque, si disponían de las reses para comer y del potro que montaban, era porque creían que lo habían heredado de sus padres; que la tierra siempre había existido así. [R.N]

Voltaire decía, que la patria del hombre era el mundo, y el mundo de ellos se encerraba en lo único que conocían, que era su Patria. Lo que en la tierra tenía por límites, el Uruguay y el Plata, y cuando levantaban la cabeza al espacio azul como el de Venecia, que la cubre, y el estrellado y más bella constelación del firmamento.
En esa época se adquirían grandes áreas de campo, con la facilidad con que hoy, los pinches de la prensa, hacen de cualquier nulidad de guante blanco, de cualquier gaucho felón, un partidario conspicuo, un ciudadano austero.
Por dos o tres mil pesos, se compraba una docena de suertes de estancias o se adquirían, solicitándolas, como poblador.

Todos los ganados alzados, baguales que se encontraban en ese campo, pertenecían al dueño de él, tuvieran o no marca.
Pagaban también los propietarios para que les llevasen o sacasen las yeguadas, cuando no ellos mismos las mataban a bala.
¿Por qué se les hacía el botín de sus pequeños hijos y mujeres, sin más objeto que enviar de regalo ese par de esclavos a alguna familia y con menos recomendación que una pareja de caballos para carruaje?
¿Qué móvil humanitario, social o político guiaba a esos Gobiernos de entonces, para exterminar sin cuartel ese puñado de valientes orientales?
¡Esterilizar en esas incalificables jornadas, hombres de la importancia del joven Bernabé Rivera, que era una esperanza de la patria, ¡pues a los 30 años ostentaba en sus hombros las tres estrellas ganadas en el campo de honor! – [Pedro] Bazán y tantos otros…

Esa mala inspiración del general [Fructuoso] Rivera, y el hecho de la Cueva del Tigre, me lo han referido los coroneles don Juan Carballo, [Juan Ángel] Golfarini y otros, confirmándolo también Sepé, casi igual a como Ud. lo refiere, con la única variante de que no era el robo y el pillaje lo que indujo a los Charrúas para aliarse al llevar la guerra al Brasil.
Y me inclino a creer que así fuera, porque odiaban cordialmente a los brasileros [sic], mientras que el recuerdo de Artigas y su proclama los hacía gozar y oían con fruición ciertas frases de ella como éstas:
“¡Empuñemos la espada, corramos al combate! Venguemos nuestra patria. “Tiemble el déspota, de nuestra justa venganza.
Su cetro tiránico será convertido en polvo”. Después, cuando yo los conocí, al recordarles a [Fructuoso] Rivera y los brasileros [sic], una saña feroz se pintaba en sus rostros; rechinaban sus dientes y de aquellas pupilas de renegridas cambiantes, parecía que salían chispas eléctricas, llegando alguna vez en su furor hasta apuñalarse el muslo o la pantorrilla.
En el último encuentro de Yacaré Cururey [sic], tanto esos jefes nombrados que se encontraron en él, oficiales subalternos, como Sepé, referían que no hubo emboscada. Al llevarles la carga el coronel [Bernabé] Rivera, / se pronunció la derrota de los indios, poniéndose en dispersión.
De repente, el grito de guerra de Sepé hizo que rápidos como el rayo dieran media vuelta y la red de boleadoras aseguró a casi todos los que los perseguían de cerca; porque los demás, me decía el coronel Golfarini, íbamos quedando de a tres y cuatro para matar uno; porque donde caía su caballo herido o boleado-, formaba círculo el Charrúa-, que no le rompía nadie al alcance del molinete o el bote de su lanza; teníamos que matarlo a bala.
Una vez nos hizo Sepé el simulacro de esa pelea, con la arrogancia y el orgullo de haber vencido en el campo limpio, y en franco y leal combate.

Ellos, que creían que la veloz carrera de su caballo afrentaba al viento de la Pampa, que no sabían pestañar ante el plomo enemigo, que tendidos en el costillar de su bruto hacían correr su lanzada hasta el regatón, menos preciaban la traición y el embozo; y era su grito de guerra a la vez que el reto a muerte a su contrario, un alarde de valor, un juramento que decía como la guardia de Napoleón: muere pero no se rinde.
Negaba también Sepé el hecho de haberlo tomado vivo, y lancearlo después, atado en un árbol.- El coronel Golfarini me decía: eso nadie puede saberlo, porque el que escapó de nosotros fue gaucho.

Pero aunque todo eso fuera cierto, para los que se veían perseguidos hasta en la última guarida de sus patrios lares, de su nativo suelo, caliente aún la sangre de sus padres, hijos y hermanos que cayeron en traidora celada y desigual combate, dándole ejemplo de bravura en esa matanza en que sus rostros sólo esfumaban saña y que tal vez en el estridente ay de su agonía y con su lenguaraz estilo les gritarían: ¡Venganza!…
¡Qué habrían hecho otros que no tuvieran la sangre de leones de los Charrúas!
Siempre suyo

MODESTO POLANCO.
Montevideo, agosto de 1890.

Nota de Picerno : Algo sobre el cacique Sepé, bisabuelo de Bernardino García.
Sepé fue bisabuelo por linea directa paterna de Bernardino García, un verdadero indio y el último, ya lo habrán conocido. Tengo en mi Face una foto con Bernardino en los campos de Gauna cerca de la famosa pulpería de Duthil y Cristie, donde envenenaron a Sepe- Lo enterraron en la bajada del Cerro del Charrúa cerca de ahí, su perro murió a su lado no se quiso mover de su amo.
Poco después vinieron de Brasil y le cortaron el cráneo llevándoselo a un Museo de Pelotas según se dice. El grito de guerra era impresionante en Sepé, los caballos se paraban en 2 patas y se erizaban las crines. Todo esto lo recogí en las 2 versiones que existen de Sepe y familiares.
Era una tribu chica de 15 miembros, pero paso un carro y tiró ropas infectada con viruelas, los familiares se la pusieron y todos murieron contagiados. Se salvaron los dos hijos Santana y Avelino, que fueron llevados por la leva. Avelino volvió, se caso y fue el abuelo d e Bernardino.Esta familia aun vive en Tacuarembó en el barrio Don Audemar y es muy conocida. Las dos versiones existentes son la del Cnel. Modesto Polanco, que convivió con el cacique y sus hijos, donde relata costumbres charrúas interesantes, pag 533 del Libro “El Genocidio de la población charrúa”, y la de Pablo Lavalleja Valdés , (no era pariente de Juan Antonio), en la pag 552 del libro citado, una magistral narración de la muerte del ultimo cacique charrúa.

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