Revista Campo y Arados. Pablo Lavalleja Valdez nacido en Tacuarembó realiza una magistral narración de la muerte del último cacique Charrúa, Sepé.


Por Eduardo Picerno

Versión 13 (Tomada del “El genocidio de la Población Charrúa, pags. 552-557)

1937-Setiembre. Revista Campo y Arados. Pablo Lavalleja Valdez nacido en Tacuarembó realiza una magistral narración de la muerte del último cacique Charrúa, Sepé. Fuente: Boletín Histórico del Ejército nº 193 – 196, pág. 594.
(Aclaramos que no es familiar del libertador Juan Antonio Lavalleja)

“Los últimos Charrúas.

En la margen izquierda del Arroyo Malo, se extienden los campos de La Quebrada, heredad transferida a principios del siglo XVIII por los Reyes de España, a los antepasados de sus pobladores actuales.
Allí solía pasar mis vacaciones teniendo oportunidad de escudriñar rincones de belleza incomparable.
Comencé mis correrías sacrificando, a hondazos, los carpinteros y cotorras comadronas que alborotaban en la quinta de la estancia. Después fue el tajamar mi sitio favorito, donde teros y patos margullones se burlaban de la ineficacia de mi Montecristo, hasta que excursionando por los alrededores, fui dueño del piquete.
(….)
Otras veces, hundido en la maraña, desgajando ramas de blanquillos y laureles, seguía el sendero de las bestias, hasta encontrar el vado, y, detenido en la barranca, ante la humildad de una cruz escondida en la resaca, echaba pie a tierra en homenaje a un descendiente de aquellos gauchos que, chambergo en la nuca y lanza en ristre, hicieron la patria. Esos palos en cruz, evocaban un duelo criollo o la historia común del campesino bueno que, defendiendo sus derechos de varón contra policías prepotentes, conquistó fama de valiente y sus proezas de matrero a la fuerza, narradas por abuelos gauchos, eran lección de rebeldía que en las tardes lluviosas escuchaban los gurises de la estancia, pensando que, llegado el caso, ellos también sabrían portarse como orientales.

(…)

En el corazón de esta comarca propicia para cobijar el sueño eterno de una raza, se esconde el cementerio de los últimos charrúas, que habitaron el suelo patrio; probablemente ellos fueron los que el año 1832 [debería decir 1831] escaparon a la masacre del Queguay (se refiere a Salsipuedes). El cacique así lo aseguraba.

La tribu, que reunía una veintena de individuos, levantaba sus toldos de pieles de yegua sobre la falda del Cerro de los charrúas, alrededor del cual gambeteaban las tormentas. Tenían el color de nuestras antiguas monedas de cobre; bajos, musculosos, casi cuadrados; parados, parecían una estatua de granito; pero en movimiento eran elásticos, su agilidad asombraba.
El cacique, casi centenario, al retirarse borracho de la pulpería, por alarde, sin esfuerzo, saltaba en pelo, rozando apenas el lomo de su cabalgadura.
Amigos de la holganza, sólo se movían para adquirir yerba, caña y tabaco, que comerciaban por caballos, cueros, plumas y juegos de bolas retobadas con piel de lagarto.
Comían a dedo y se limpiaban las manos en su cabellera lacia y renegrida; jamás se higienizaban.
Para protegerse del frío y de la sabandija, untaban su piel con grasa de carpincho, cuyo hedor nauseabundo, desde varios metros delataba la proximidad del indio.
Les molestaban las bombachas, y no hubo medio de conseguir que las usaran; un “chepi” o cuero de guazú ceñido a la cintura, les era suficiente para no avergonzarse de su sexo: el “quiapí” de yaguareté o de ciervo era lujo para jefes.
Don Manuel Oribe se interesó por la tribu y obtuvo de un pariente de mi madre, varios objetos fabricados por los indios, seguramente destinados al Museo Nacional. En casa conservo algunas piezas de guerra, de la misma procedencia.
Las mujeres, enseñadas por las indias misioneras –algunas de las que vinieron con [Fructuoso] Rivera de las Misiones Orientales, se mezclaron con los habitantes del Norte (Año 1828)-, tejían fibras de caraguatá, cocían el barro, fabricaban burdos útiles domésticos y adornaban las flechas con plumas de ñacurutú, que sujetaban con cera y fibras vegetales al extremo ranurado de cañas tacuaras.
Las madres adiestraban a los pequeños en la caza de perdices y mulitas. Con retoños de jacarandá o de guayabo, cuyas puntas endurecían a fuego, solían hacer arpones flexibles para atravesar la tararira dormida en el remanso o flechar la pava, disimulada sobre la horqueta de troncos corpulentos.
Volvían a esas excursiones costeando arroyos donde recogían cuarzos, pedernales y huesos para confeccionar los útiles del hogar y las armas de sus hombres, que dedicados a la caza mayor, de un certero golpe de bola en la cabeza tumbaban al carpincho o inmovilizaban al bagual. Alcanzar un ñandú en campo abierto, era juego de niños para ellos.
Jinetes excelentes, todo su apero consistía en un tiento de potro a cuyos extremos sujetaban dos huesos de canilla de aguará o de guazú, que usaban para estribar, entre los dedos índice y pulgar, dando así completa estabilidad al cuerpo.
Cuando salían al pillaje, apenas descabalgaban para dar resuello y agua a la tropilla, y si pernoctaban, maneaban solamente al favorito, valiéndose de la estribera, porque no usaban bozal ni cabresto.
Capaces de sostenerse días enteros sobre el caballo, su resistencia era superior a la del bruto. Considerábanse dueños de la hacienda baguala que pastaba en campos que les pertenecieron, las trataban como suyas arreando cuanto podían; esto no consistía un delito para ellos porque desconocían el derecho de propiedad. Exceptuando las armas, el caballo y la mujer, todo lo compartían en común.
Eran rastreadores por instinto y, tenían un olfato muy desarrollado; siempre daban con el bicho que buscaban.
En la toldería se entretenían golpeando una contra otra dos piedras moras hasta redondearlas; cuando reunían muchas, las enterraban en hoyos de toros para tenerlas de reserva en caso de pelea.
Preferían a todas, la carne de equino, que apenas calentaban para comer, en fogones cuya lumbre conservaban las ancianas.
Cuando en la estancia necesitaban velas y jabón, los indios se prestaban gustosos para hacer la matanza de yeguas de las que sólo se aprovechaba el cebo, cerda y piel. Para esta faena, elegían a ojo el animal más gordo, le daban alcance y lo derribaban de un bolazo detrás de las orejas y el animal caído era desangrado y desollado en el acto.
Enardecidos por los gritos del paisanaje festejando su destreza, el indio desde su potro saltaba sobre el animal elegido y de arriba lo ultimaba; a veces aplicaba sus labios al tajo de la degolladura y bebía el líquido que se escapaba hirviente de la herida, hasta que harto de sangre, caía a tierra con el animal sacrificado.
Personaje principal en estas fiestas de barbarie, apenas hablaba, nunca reía; sólo lanzaba estridentes gritos guturales que tanto podían interpretarse como manifestación de cólera o de alegría y las reses, al oírlo, se paraban en seco, espantadas y ariscas, como si presintieran un peligro próximo.
Indistintamente utilizaban ambas manos; tampoco tenían predilección por un lado determinado para montar.
Su moral era rudimentaria; contra la traición, exigían la venganza; por eso, al Coronel [Bernabé] Rivera le dieron muerte de traidor y narraban los pormenores de ese hecho espeluznante, terminado siempre igual: “Frutos, traición”, “Bernabé matando hermanos”, como si aún no hubieran salido del asombro que amigos los hubieran atacado indefensos y a mansalva.
Desprovistos de toda herramienta de trabajo, sus sepulturas eran hoyos irregulares; a veces utilizaban las hendiduras del terreno, que cubrían con ramas y tierra que arrastraban las primeras lluvias dejando asomar las extremidades del muerto.
A esto no sería extraña la versión de los que encontraron el cadáver de Bernabé Rivera, al asegurar que había sido profanado.
Por otra parte, en aquellas almas habían destellos de sentimientos altruistas; el cacique más de una vez se asoció espontáneamente a los duelos de la familia de su protector, y, para demostrarlo, se lanceaba hundiendo repetidas veces la punta de su puñal, en el bíceps de sus brazos rojizos como en el cerno del urunday.

A veces me pregunto si esta raza heroica, exterminada en tres siglos de luchas estériles, tratada con dulzura no hubiera sido asimilable al progreso.
El amor, que hace milagros, los hubiera conquistado y hoy contaríamos a sus descendientes como fuerzas ponderables del país, que con su esfuerzo, ayudaron a ser libres, desmintiendo así el agravio de creerlos reacios a toda obra civilizadora.
Parias en su terruño, acorralados por la civilización, que para ellos fue odio y exterminio, la tribu solo vivió en paz guarecida en un rincón de la sierra hasta 1862, en que fueron diezmados [la pequeña tribu de Sepé] por la viruela; y aquellos últimos representantes de la raza más bravía de América, después de salvar tantas violencias, estaban predestinados a desaparecer en silencio y sin historia, como olvidados de sus dioses.

La opinión unánime fue que la epidemia se propagó por haber recogido los indios en el camino real una maleta con ropas infectadas, caídas de un carro que conducía un virulento para asistirse en Tacuarembó [los indios estaban acampados en el Cerro de los Charrúas, distante cinco kilómetros del Paso del Batoví]
El cacique Sepé y sus hijos Santana y Avelino, (Avelino fue el abuelo de Bernardino García, amigo recientemente fallecido), escaparon a la peste, quizás por tener sus toldos separados del resto de la tribu y haber huido temerosos de Añang, al comenzar los estragos del “grano negro”.

Pocos años después, los dos muchachones indios fueron apresados por una “leva” las que periódicamente recorrían la campaña, reclutando “voluntarios” para el ejército de línea.
Sepé no pudo ser reducido; peleando, con la ayuda de sus perros, –Pamplona y El Cabo-, se escurrió por entre los “milicos”, perdiéndose en el bosque.
Cuando se apaciguó el pago, apareció más arisco y taciturno que nunca.
Lo apaciguaron tratando de averiguar el paradero de sus hijos; pero sólo se supo que la comisión que los llevó pertenecía a un regimiento destacado en la ciudad de Paysandú.
El paisanaje, que veía en el matrero al paladín de sus derechos hollados por el caudillo prepotente, lo ayudó como a un hermano en desgracia, y él que había perdido su tribu, halló la simpatía de amigos blancos, payadores de las hazañas del indio que, por ser libre, tantas veces se jugó entero, y su aureola, que era grande, creció.

¿No decían que habían visto a la crucera dormir inofensiva al calor de su cuerpo, por donde resbalaba la chuza y no penetraba la metralla del trabuco naranjero? ¿No era cierto que sus gritos de guerra hacían temblar la sierra y huir al puma? ¿Acaso no lo respetó la peste? Solo el arsénico pudo tumbar al indómito coloso; y así fue.

Una tarde cruda de 1866, en la reja de la pulpería de los señores Duthil y Cristy, dos aparceros inconscientes consumaron la apuesta macabra; mezclaron caña con “veneno de los cueros” y alargaron la “limeta” tentadora; el indio, ávido de alcohol, aceptó el convite… Aquello duró segundos; tambaleando, dio unos pasos y se desplomó a los pies de “Viguá”, el [caballo] oscuro que, al verlo llegar, reculó, paró las orejas y olfateó la muerte.
Al amanecer, los pulperos abrieron el negocio; distinguieron un bulto debajo del ombú (árbol que aún se yergue frondoso a pocas cuadras de la vieja estancia de Don Higinio Gauna, como testigo mudo de aquella fechoría); lo reconocieron y, como no había heridas, sentenciaron: muerte natural.
Como se trataba de un infiel, no necesitaron requisitos, resolviendo darle sepultura “cerquita no más y a la buena de Dios”.
Vinieron los peones; espantaron al Pamplona y al Cabo, que estaban como pegados a su amo; atravesaron el cadáver sobre el lomo de Viguá y lo llevaron de tiro mientras comentaban que no era menester ni cruz, ni cavar hondo; total: “pa qué tanto trabajo, si no hubo ni velorio”.

Y el cacique centenario, escoltado por sus perros, fue enterrado en una ladera cercana a las casas, que desde entonces se llamó la Bajada del Charrúa.
A la vuelta, alguien caviló: “Le juro que de puro mamau estiró la pata el finau…”
——————

Ya estaba olvidado el episodio, cuando un paisano vino con la nueva de que sobre la tierra removida de la tumba, había una osamenta; era lo que quedaba de Pamplona, quien, al sentirse morir, buscó la compañía de su dueño.
La noticia de este hecho extraordinario cundió por el pago y tal vez el remordimiento impulsó a que uno de los envenenadores, calculando la inmensidad de su crimen, en secreto contara la jugada y… por las dudas, atravesó la línea [emigró a Brasil], de donde a los muchos años llegó la noticia de que había sido asesinado.

Terminada la guerra de las tres divisas [la Tricolor, 1875], una caravana científica exhumó los restos del cacique y se llevó su cráneo a Río de Janeiro.
Los otros indios reposan en paz bajo un grupo de talas, arrayanes y espinillos que crecieron al abrigo de un rústico cerco de piedra, construido por manos piadosas para que los animales no hollaran aquel camposanto.
Esta es una de las tantas historias que, en la penumbra del fogón, sentado sobre los talones, en plena tertulia gaucha, oí de labios que jamás había manchado la mentira.

Pablo Lavalleja Valdez “

Nota de Picerno : Algo sobre el cacique Sepé, bisabuelo de Bernardino García.
Sepé fue bisabuelo por linea directa paterna de Bernardino García, un verdadero indio y el último, ya lo habrán conocido. Tengo en mi Face una foto con Bernardino en los campos de Gauna cerca de la famosa pulpería de Duthil y Cristie, donde envenenaron a Sepe- Lo enterraron en la bajada del Cerro del Charrúa cerca de ahí, su perro murió a su lado no se quiso mover de su amo.
Poco después vinieron de Brasil y le cortaron el cráneo llevándoselo a un Museo de Pelotas según se dice. El grito de guerra era impresionante en Sepé, los caballos se paraban en 2 patas y se erizaban las crines. Todo esto lo recogí en las 2 versiones que existen de Sepe y familiares.
Era una tribu chica de 15 miembros, pero paso un carro y tiró ropas infectada con viruelas, los familiares se la pusieron y todos murieron contagiados. Se salvaron los dos hijos Santana y Avelino, que fueron llevados por la leva. Avelino volvió, se caso y fue el abuelo d e Bernardino.Esta familia aun vive en Tacuarembó en el barrio Don Audemar y es muy conocida. Las dos versiones existentes son la del Cnel. Modesto Polanco, que convivió con el cacique y sus hijos, donde relata costumbres charrúas interesantes, pag 533 del Libro “El Genocidio de la población charrúa”, y la de Pablo Lavalleja Valdés , (no era pariente de Juan Antonio), en la pag 552 del libro citado, una magistral narración de la muerte del ultimo cacique charrúa.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s