El peso de la historia


Son responsables del nombre de nuestro país, de que tomemos mate y seamos un pueblo agricultor

Casi al final del país, al norte, arriba del todo, por la ruta 3, a un kilómetro de la frontera con Brasil, se encuentra el último pueblo del país: Pueblo Cuareim. Aunque algunos dicen que fue el primero y así está escrito sobre un cartel.

En Villa Soriano también se puede ver la misma inscripción, reclamando la misma potestad. Uno como el primer establecimiento fundado por españoles en nuestro actual territorio, el otro como el poblado que definió las fronteras y allanó el terreno para la Convención Preliminar de Paz, para la conformación del país y su primer presidente.

Todavía se conservan en Pueblo Cuareim restos de una pared de lo que fue un cuartelillo de campaña. Se deduce por el tipo de construcción que fue hecha por indios guaraníticos. Piedra sobre piedra, pedazos más pequeños haciendo de cuña, de relleno y soporte entre las más grandes. Pocos en el pueblo saben lo que es, incluso algunos dicen que fue construido por los ingleses, al igual que el puente ferroviario que supo comunicar con Brasil. En los alrededores pueden verse piedras sueltas que pertenecieron al viejo cuartel, entre la maleza en el monte o al costado del camino frente a una casa.

Cuando los guaraníes se establecieron en Bella Unión ya tenían 200 años de colonizados. Fueron los que introdujeron la agricultura, la horticultura y el conocimiento medicinal de las plantas en nuestro territorio. El mate tal como lo conocemos hoy en día es un invento guaraní. El charrúa se limitaba a mascar los yuyos, en cambio los misioneros lo maceraban, masticaban y luego bebían desde el calabacín.

Es sabido que le dieron la bienvenida a Juan Díaz de Solís y luego, como parte de un ritual, se alimentaron de su cuerpo. Quizá menos conocida es la historia del grumete de Solís, Francisco del Puerto, quien huyó y al ser capturado por los indígenas pidió clemencia y protección. Vivió 10 años entre ellos y cuando finalmente los españoles lo encontraron, Del Puerto decidió quedarse entre los guaraníes, quienes lo protegieron, lo cual derivó en un combate en el que perdieron a dos grandes caciques. También se sabe que colaboraron en la construcción de la muralla de Montevideo y en el Cabildo.

Ser indio

Los guaraníes solían tener dos nombres. Uno que utilizaban en su comunidad y otro cuando estaban ante alguien que no pertenecía a ella y no era de su confianza. 

A mi contacto en Bella Unión todos lo conocen como El Puro, aunque para el Estado es César Dornell y para su familia adoptiva, Rubén Guedes.

A los cinco años estaba tan imbuido con la naturaleza que se fue a vivir junto a un amigo de la familia a uno de los islotes del río Uruguay. Entre sus animales preferidos estaban las hormigas, a las que admiraba por su organización, y las abejas, a las que define como los primeros chefs del mundo.

En la escuela les preguntaba a sus amigos cuál era su ave preferida; la mayoría siempre elegía el halcón, el águila o el cuervo. Aves de rapiña, cazadoras, fuertes, destructoras, poderosas. El Puro, en cambio, elegía el colibrí o picaflor o mainunbí. “Es un creador”, me explica, se alimenta del néctar de las flores, al hacerlo ayuda a la polinización de las plantas.

En su casa, Puro pone a calentar agua para el mate y desaparece. Vuelve con una bolsa de nailon blanco, la desenrolla y saca una cajita. En cada compartimento, apoyadas en algodón hay flechas indígenas de distinto tipo. Las saca y las pone sobre la mesa. Deja para lo último su tesoro más preciado: una flecha de ágata, cola de pez, naranja y casi transparente, delicada y poderosa. Me cuenta que una flecha de este tipo probablemente haya pertenecido a un cazador refinado, con clase y gusto por la estética; como si alguien en la actualidad eligiera una bala de plata para matar a un animal.

Me dice que la palabra indio fue ensuciada. “Es un término en general utilizado de manera despectiva. Está asociada a ser desprolijo, salvaje, derrotado. Para muchos ser indio es ser eso. Muy pocos se sienten orgullosos de decir: ‘Yo soy indio’. Son mis raíces, mi identidad, si no, sin ellas somos como camalotes. No se trata de sentir melancolía o de querer vivir como ellos, sino de recordar y transmitir su historia”.

La palabra dada

Los guaraníes dejaron su huella en la toponimia del territorio uruguayo. Son responsables del nombre del país; Uruguay significa agua del urugú o del urutaí, río de los caracoles o de las aves. Lo paradójico de la historia es que perdieron su propio nombre, ya que guaraní es un grito de guerra. Su verdadera etnia es la de los avá, que significa hombre, y su idioma, de la familia tupí-guaraní, es el avañe’ẽ.

Basta con dirigirse un poco hacia el norte, y los nombres de ríos y poblados pasarán de un castellano con referencias cristianas a guaraní: Ibicuy, Cuareim, Arapey, Daymán, Queguay, Yi, Paysandú, Tacuarembó, Pirarajá, Sarandí. Flora como el ingá, ibirapitá, pitanga, mumburucuyá, butiá, tacuara; y la fauna, como el chajá, el tatú, yacaré, ñandú, surubí o biguá.

Nombres que perduraron en el tiempo a pesar de no haber sido escritos por ellos mismos, su forma de transmisión fue siempre oral, a través de la palabra dada. Al igual que científicos y naturalistas, fueron capaces de identificar con precisión rasgos únicos y diferenciables entre especies. Según escribe Inmmanuel Kant: “La palabra dada manifiesta la capacidad humana de afirmarse, a pesar de todas las coacciones materiales”.

Cuando la historia se ve liberada de fechas y datos precisos, cuando cada persona la hace propia, la transforma y la comunica, adquiere vuelo y se convierte en mito. La leyenda del ombú cuenta que tras la siembra de maíz los guerreros tuvieron que dirigirse a un enfrentamiento dejando a las mujeres y ancianos al cuidado de la plantación. La mujer de uno de los caciques, llamada Ombuí, protegió con tenacidad los brotes azotados por una sequía sin precedentes. Viendo que quedaba una sola planta con vida, dedicó todas sus energías a salvarla. Ya exhausta, un día se arrodilló sobre ella para cubrirla del sol y lloró. Sus lágrimas humedecieron la tierra. En la comunidad, al ver que no aparecía, salieron a buscarla. Lo único que pudieron encontrar fue una planta de maíz protegida por la sombra de una gran hierba. En su memoria le pusieron ombú.

Museos íntimos I

Los primeros humanos que ingresaron al actual territorio uruguayo lo hicieron hace 11 mil años, cuando la era glacial estaba llegando a su fin.

La tatarabuela de Julio César Cardozo –más conocido como Tucho– atravesó las aguas del río Uruguay tal como indicaba la costumbre entre indígenas: en la vejiga inflada de una vaca.

En caminatas por la costa del río cuando era niño comenzó juntando piedritas, las que luego se convertirían en hallazgos, premios a su dedicación. Actualmente tiene más de 4.000 piezas arqueológicas en su museo privado Santa Rosa del Cuareim. Uno de sus tesoros más preciados es una moneda conmemorativa de la fundación de Bella Unión. En una de sus caras puede verse a Rivera, en la otra se puede leer el año 1828, uno antes de la fundación oficial del pueblo.

A partir de 1999 colaboró de cerca con el antropólogo y arqueólogo Rafael Suárez en el estudio del sitio arqueológico Pay Paso en la desembocadura del río Cuareim, uno de los más importantes del país. Buscando evidencias entre pantanos lo picaron arañas, serpientes e insectos venenosos, cuyas consecuencias padece hasta hoy en día.

El museo se encuentra junto a su casa, en lo que bien podría haber sido un garaje, pero aun así dice: “Esto no es mío, es del pueblo”. Habla con el conocimiento de un académico y la pedagogía de un maestro, es una eminencia. Trabajó toda su vida como ingeniero eléctrico, el museo fue para él un pasatiempo y su gran pasión. El living de su casa sirvió de aula para alumnos de escuelas a las que daba charlas, también fue a muchas escuelas a transmitir su conocimiento y con orgullo muestra las cartas que algunos niños le escribieron en agradecimiento.

Museos íntimos II

Al final del primer día, El Puro me llevó a ver a Chapy, El Chapicuy, nombre que heredó de su padre. También es el nombre de su lugar de nacimiento, una remota localidad al norte de Paysandú que los guaraníes nombraron así por las grandes gotas de rocío que ahí se ven. Su otro nombre, por el que casi nadie lo conoce y que con cierto pudor dice en respuesta a mi pregunta, es Milton César Montalbo. 

Chapy vive en el barrio Las Piedras, en la zona suburbana de Bella Unión, cruzando la ruta, hacia el este, donde a las calles todavía no les llegó el asfalto. Ahí tiene un almacén en su casa o su casa en el almacén, no está claro. En la puerta se puede ver estacionada una lancha con agua adentro, se llama La Indígena, su popa está adornada por un retrato de un indio de cara ancha con el nombre de Cacique Sepé. Desde el centro del techo una lamparita desparrama una luz blanca que ilumina todo con la frialdad de una base de operaciones. Contra la pared hay una mesa de plástico, sobre un fino mantel blanco descansa una colección de restos arqueológicos con más de 13 mil años encima.

Toma las piedras y me las muestra. Puntas de lanza, cuchillos, raspadores… Los empuña y explica cómo fueron hechas, cómo eran utilizadas. De un momento a otro estoy ante un experto; maneja la terminología de un arqueólogo con soltura, como aquel que sabe y se apropia del conocimiento.

Me muestra lo que parece un trozo de piedra, pero que en realidad es madera fosilizada, utilizada como un hacha por indígenas. Un hacha que antes fue piedra, una piedra que antes fue madera de árbol, vida de hace cientos de miles de años.

 

Pobladores locales

Desde la época colonial hasta 1851 hubo en nuestro territorio alrededor de 30 mil pobladores guaraníes, mientras que en el mismo período el número de charrúas no superaría el centenar. Perseguidos, encontraron una causa común y lucharon por su libertad junto a los charrúas, minuanes, guenoas, chanaes, yaros y bohanes.

Tras la conquista de las Misiones Orientales en 1928,  Fructuoso Rivera prometió a los indios guaraníticos una tierra de paz, donde serían reconocidos como pueblo. Alrededor de 9.000 indios guaraníes junto a 30 mil cabezas de ganado se dirigieron a la desembocadura del río Cuareim en el Uruguay. Una triple frontera con Argentina y Brasil, donde habría de fundarse en 1929 el Pueblo Misionero del este Bella Unión. Una supuesta tierra de paz, bajo un poder que los reconocería como pueblo, siguiendo a un caudillo en quien habían visto a una suerte de libertador. Más adelante en el tiempo, vendría la traición, Salsipuedes, el ocultamiento y el olvido.

Garra guaraní

Según la historiadora Ana Ribeiro, en 1930 “se construyó en Uruguay el imaginario de un país joven, poderoso, blanco y orgulloso. Estaba claro que no se podía ser blanco y magnífico si se tenía un antepasado indio. Entonces ahí aparecieron los charrúas: el indio indómito, ejemplo de heroísmo y valentía, un pasado muy lejano que no manchaba la pureza blanca del nuevo país ni ofrecía ningún peligro: como estaban todos muertos podían ser elevados a la categoría de emblema, mito. Lo mismo pasó con los gauchos: mientras existieron fueron considerados un peligro, un mal. Cuando dejaron de existir, pasaron a ser reivindicados. Para el pueblo resultó mucho más atractivo identificarse con el indio rebelde, que se sacrificó, que nunca aceptó al europeo ni al cristianismo, que recordar a los guaraníes que, en cambio, trabajaron humildemente al servicio de cualquier encomendero”.

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