Sobre la identidad nacional, si la hay – LOS PRÓCERES, LOS CLÁSICOS Y LOS MAESTROS


LEAN POR FAVOR ESTE ARTÍCULO CON ATENCIÓN, LO PUBLICA EL DR MANZI, UN EX DIPUTADO DEL PARTIDO COLORADO EN EL SEMANARIO VOCES EL 18 DE ABRIL EN RESPUESTA AL ARTICULO DE EL PAÍS QUE SALIÓ HACE UNOS DÍAS SOBRE NOSOTROS. ESPERO SUS COMENTARIOS!!!

Guampas aparte, y con el mayor respeto por el ADN, la herencia indígena en el ser nacional no entra ni a empujones mitológicos.

Hace unos días “El País” publicó una nota sobre activistas indigenistas uruguayos, acompañada de una breve reseña de las posiciones de la academia, prolijamente tomada de Daniel Vidart. Ilustrando la nota apareció la foto de una señora con pelo negro y lacio sujetado por una vincha, en actitud de soplar a modo de corneta lo que parecía una guampa de vaca; todo muy folclórico, pero cuidado no le reabran la causa por la muerte de Solís. Guampas aparte, y con el mayor respeto por el ADN, la herencia indígena en el ser nacional no entra ni a empujones mitológicos. Cortés se encontró con Tenochtitlán; Pizarro con las maravillas desparramadas por el Tahuantinsuyo; de las mayas está sembrado el Petén. Y las multitudes descendientes de aquellas multitudes siguen ahí, cuántos todavía sin mestizar, cuántos todavía en la frontera de la conquista. Aquellas eran civilizaciones tecnológicamente primitivas (apenas asomando a la “edad de los metales”, que en Europa arrancó 4-5 mil años antes), pero social y políticamente complejas. Que no era el caso de los nativos locales, cazadores-recolectores nómadas, cuyo legado cultural más contundente (aunque por fortuna no persistente) fueron las boleadoras.

Nota al medio 1 (pincelada nativista intitulada: “Mis dos historias de charrúas”): PRIMERA. Hace 35 años me llevaron a conocer lo más parecido que quedaba de unas tolderías, al borde de una quebrada en las profundidades de la Sierra del Infiernillo (la de Tacuarembó); eran un par de familias “agregadas”, que nutrían de recios trabajadores rurales a varias estancias del pago; pregunté hace poco por ellos y ya no queda nadie viviendo en el monte. SEGUNDA. Hace 25 años conocí lo más parecido a un charrúa original, en otra estancia próxima a Tiatucura (cerca del Salsipuedes Grande); le decían “El Oso”, y era tal cual la descripción de los libros escolares; hablaba poco y nada, y cuando algo le resultaba divertido largaba una carcajada corta, tan franca y tan sonora, que nos contagiaba a todos; un día nos cruzamos con un gaucho mal entretenido de revólver al cinto, y cuando se lo comenté por lo bajo, me contestó con una sentencia inolvidable: “Cuchillo más rápido que revólver, y mango más rápido que cuchillo”…).

No, nuestra identidad nunca se fundó en los aborígenes locales, por más que le soplaran las caballadas a los porteños. Tampoco tuvo nada que ver con el ADN (qué sabrían de ADN los tanos y gallegos, rusos y turcos –lato sensu– que bajaban de los barcos decididos a construirse mejores vidas, y con ellas un país). Nuestra identidad partía de un “constructo” amorosamente labrado por nuestros historiadores clásicos, los que impusieron el “relato” original, anclado en las guerras que devinieron en la independencia, el que aprendimos en la escuela, que jamás llegaba hasta 1904 (cómo enseñar sobre la sangre apenas coagulada). Relato parcial, intencionado, acrítico, donde los orientales éramos todos buenos. Un abrazo gigantesco de madre y padre patrias, en el que entrábamos todos. Una épica que conmovía por igual al descendiente del patricio que al hijo del inmigrante. Tiempo tendría después, el que quisiera, de enterarse de la letra chica, cuando fuera grande.

Y si los clásicos tuvieron el mérito del orfebre, los próceres fueron pródigos en el suministro de la materia prima. Entre todos, el primero, Artigas, gigantesco, cuesta entender cómo pudo volar tan alto, tan alto. Carlos Maggi (¡¡que nunca falte!!) repasó en una columna reciente el  Congreso de Abril y, también citando un estudio de Manuel Flores Mora, destacó la contribución que a la prosa del Prócer hicieron sus sucesivos e ilustres secretarios, pero subrayando el genio original, que se reconoce cuando “las expresiones de Artigas irrumpen como fogonazos” en los documentos (clarito, rectilíneo, como un láser era Artigas).

Nota al medio 2 (“orgullo nacional que algunos se empeñan en reducir a hilacha partidaria”): Gauchos crudos los próceres fundadores, a los que la historia sorprende enredándolos en el alumbramiento de un pueblo, y ellos sorprenden a la historia con intuiciones geniales y conductas homéricas. Si habría materia prima para insuflar identidad nacional; lean esto, de un rico heredero, que murió pobre tras prestar los más altos servicios a la patria: “Los orientales somos muy pocos (…) y sería una fatalidad si continuamos hostilizándonos…” (Rivera a Doña Bernardina, en carta desde Río, septiembre de 1852). Un fenómeno Don Frutos, el oriental que sigue después de Artigas; el último en abandonarlo, para salvar lo que quedaba cuando ya estaba todo perdido (tan distraídos estamos con Salsipuedes, que nos olvidamos de Las Piedras, el Sitio, el Éxodo, Guayabos, India Muerta, Rincón, Sarandí, las Misiones, Cagancha, Rivera contra todos los que rajen: godos, porteños, portugos, brasileros; sin contar los choques entre orientales –éramos todos buenos– donde vencedor fue siempre clemente). Me apena que haya tantos uruguayos hoy privados de estos cultos orientales (in-cultos); y siento infinito desprecio por aquellos que los manipulan para ponerlos a su parcial servicio.

¿Cuándo dejamos de reconocernos en un relato común? ¿Cómo hacemos para re-crear un sentido colectivo, de comunidad nacional, donde entremos todos? ¿Sobrevivió una comunidad nacional al binomio guerrilla-dictadura? ¿Se puede re-fundar menospreciando 150 años de historia? ¿Sentían los nacionalistas de principios del siglo XX la misma hostilidad y pretensión hegemónica que sentimos hoy los no frenteamplistas? ¿Hay espacio para los que no son combatientes, las grandísimas mayorías, los que no se quieren rendir, pero tampoco quieren pelear? Estoy preguntando si todavía somos una colectividad predominantemente liberal, democrática y republicana, de esas que pueden compartir un territorio y vivir bajo una ley, merced a una extendida “affectio societatis”. La famosa identidad nacional.

UN MILAGRO DE AMOR

Cuando, viviendo en el exterior, me preguntaban por Uruguay, contestaba con letra de Jaime Roos, diciendo que era “un milagro de amor”; una voluntad de ser, azarosa en origen, muy asociada a este rincón del mundo que sintieron patrio centenas de miles de perseguidos por la miseria y por la guerra, escaso en riquezas materiales pero generoso en tolerancia y libertad. Nada decía (yo también parcial, intencionado y acrítico ante terceros) que hace rato dejamos de reconocernos por meramente uruguayos; que estamos tribalizados; que nos miramos de reojo; que hacemos gárgaras con Artigas y escupimos la mitad de las Instrucciones; que el pasado, el cercano pero también el remoto, nos divide, en lugar de impulsarnos a un venturoso destino común. ¡Pero fue verdad! ¡En un momento éramos un milagro! ¡Así nos proclamaron y aplaudieron universalmente! ¿Cómo lo hicieron cuando lo hicimos?

“Es la economía, estúpido”; la frase hizo famoso a James Carville, estratega principal de Clinton en 1992, cuando estaban buscando la idea central para la campaña; muy probablemente sea una máxima universal para ganar elecciones. Pero a la hora de construir países, este país al menos, debe decirse: “Es la educación, estúpido”. Así fue que lo hicimos cuando lo hicieron. Lo mandó Artigas, lo hizo Varela (bajo Latorre), y sobrevivió un siglo, a fuerza de maestras y maestros, profesoras y profesores, orgullosos de su condición misional (¿o es otro mito?). Se lo escuchamos decir a todos los presidentes contemporáneos, desde Sanguinetti hasta Mujica, y lo repitió el otro día Hoenir Sarthou en “Voces”. Si estaremos desflecados como nación, si estaremos abombados, perdidos, que transformamos, también a la educación, en un campo de batalla. Quería terminar esta nota con algún aleteo de esperanza, y no encontraba cómo ni con qué; pero me salvó la columna de Don Carlos de este domingo 14 de abril, donde menta a Gabriel Pereira y a Germán Rama, a Hugo Medina y a Mauricio Rosencof, y concluye que no vamos a tolerar que más generaciones sigan naufragando en la ignorancia, y con ellas el país. Y como yo le creo a Maggi, hago mía su ilusión, y la repito.

Miguel Manzi
Abogado, ex diputado, Partido Colorado
miguelmanzi@gmail.com
Publicado en Semanario Voces. Abril 18, 2013
 
http://miguelmanzi.com/sobre-la-identidad-nacional-si-la-hay-los-proceres-los-clasicos-y-los-maestros/
 
Repuesta de Eduardo Picerno on 18/04/2013

Esto de MIguel Manzi es un entrevero de cosas. Primero se ve que no leyó la documentación escrita o sea manuscrita de lo sucedido en 1831.Lo que hizo Rivera ha sido ambivalente, cosas buenas y cosas horribles. Defecciónó en la Batalla de Tacuarembó 1920, luego conquisto las Misiones para Dorrego (argentino) y como a este lo mató Lavalle, se sirvió de Manuel Pueyrredon para convender a la HCLYG y principalmente a Lavalleja para que lo dejaran entrar al País. Luego hizo proselitismo para conseguir mayoría de Diputados que lo votaran a él,y ganó por goleada la Presidencia a Lavalleja. Enseguida se fue sin autorización constitucional a campaña al mando del Ejército y tendió una trampa a la población charrúa eliminando esa población, cometiendo un crimen de lesa humanidad.Así se dijo ya en 1848, se usó esa frase, en un diario uruguayo.Estuvo con el uniforme portugues, y en 1820 quiso hacer un magnicidio, (después lo hizo con los charrúas) queriendo matar a Artigas, documento que no quiso ni quiere hoy publicarse en el Archivo Artigas.(Pero que insólito, está recorriendo el mundo en Internet, ver: http://www.archivocorrientes.com.arpag. 2 y copia del manuscrito descubierto por mí y publicado en la web:internet.com.uy/charrúas.,transcripción de Hernán Félix Gómez.. Y respecto a Vidart que se podrá decir, que se ha hecho llamar antropologo sin serlo, sin tener un título que lo demuestre.Que hace años tenía un collar donde decía tener un huesito de Vaimaca, y ser descendiente de charrúas, pero ahora dice que los charrúas ni existieron en Uruguay, que son de Brasil y de Argentina y que él, Vidart es descendiente de un guaraní llamado Toribio, ¡ que credibilidad puede tener: ninguna!! Y sobre la identidad indígena hay mas del 20% lejos descendientes de indígenas, entre ellos charrúas, pero nadie sabe quien es su indio antepasado a causa del genocidio, después del cual nunca se vieron mas un charrúa con una mujer charrúa, desapareció ese pueblo. No es identidad indígena es indentificarse con los charrúas, lo que quieren decir estas personas, aque además es muy probable que por relatos familiares sean realmente descendientes lejano de aquellos masacrados por el Presidente Rivera. Vea los Manuscritos las confesiones de Rivera la estrategia escrita por Rivera en cartas y órdenes militares, vea el libro “La guerra de los charrúas” de Eduardo Acosta y Lara (colorado) y “El genocidio de la población charrúa” de Edaurdo Picerno (batllista), que allí está todo muy claro. No se haga cómplice queriendo decir la verdad pero en realidad ocultándola. Saludos Eduardo Picerno.-picerno@internet.com.uy

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2 Respuestas a “Sobre la identidad nacional, si la hay – LOS PRÓCERES, LOS CLÁSICOS Y LOS MAESTROS

  1. Muy claro lo que ha escrito Eduardo Picerno. Demuestra claramente poder establecer relaciones entre todo lo acontecido en estas tierras.

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