SOY UN ENVIDIOSO


Ya lo dijo Martín Fierro: “A naides tengas envidia: es muy triste el envidiar”. Pero yo, desde mi niñez traigo ese defecto, por eso soy un envidioso. Pues me he dado cuenta que envidio la libertad de las golondrinas que no necesitan pasaje, pasaporte, visa o cualquier otro documento para emigrar de un país a otro.

Envidio al cóndor de alas muy grandes que vuela sobre los Andes, perdiéndose entre las nubes. Envidio el trabajo, la política, la organización y la sabiduría de las hormigas para proveerse de los alimentos necesarios para la subsistencia de sus colonias.

Envidio las abejas melíferas que nos brindan la dulzura del néctar de las flores, sin pedirnos nada a cambio. Envidio la bondad de ciertos arboles silvestres que nos brindan su fruto sin importar a quien lo dan.  Envidio el sentido de orientación de las palomas mensajeras que no necesitan, brújula, mapas, cartas geográficas, GPS o cualquier otro instrumento para regresar a su palomar. Envidio el cauce y el murmullo de los ríos y arroyos que no necesitan permiso del terrateniente para atravesar sus propiedades libremente, sin que estos se lo puedan impedir.

Envidio el brillo de los astros en el firmamento al contemplar su luz en las noches tachonadas de estrellas, sin que tengamos que abonar entrada alguna para observar dicho espectáculo. Envidio el color y el perfume de las flores y las perladas gotas de rocío que adornan la flora en cada primavera. Envidio la firmeza y el noble corazón del algarrobo, del tala y del espinillo para enfrentar en la soledad de las cuchillas, el cruel embate de los huracanados vientos. Envidio la pertinaz llovizna que cae sobre la fértil tierra sembrada, para que esta nos brinde el alimento necesario para nuestra existencia.

Envidio el silencio, la paz y la armonía que reina en el campo, el rio y el monte cuando esta no es alterada por la presencia del hombre. Envidio la perseverancia y el ímpetu de las olas del mar al chocar contra las duras rocas hasta lograr desgastarlas con el paso de los siglos. Envidio el caudaloso rio cuyas aguas mueven las turbinas para que estas generen la energía necesaria para el bienestar humano.

Envidio la fidelidad del perro, el fino olfato y la agudeza de su oído para detectar la presencia de un extraño en las oscuras noches. Envidio el celo y el amor de ciertos animales que luchan hasta dar la vida para proteger la integridad de sus congéneres. Envidio la fuerza, la audacia y la valentía del león de la selva que solo le basta un rugido para hacerse respetar. Envidio la ingenuidad, la inocencia y la sonrisa de los niños cuando los veo correr libremente por el parque.

Pero más envidio al hombre que no peca de egoísmo, que no se jacta de la grandeza de los bienes que posee, que no discrimina, que vive honradamente de su trabajo, que no ordena: “! A la guerra!”; y que lucha denodadamente por un mundo mejor, sin violencia, sin hambre, sin esclavitud…

Todo eso envidio. Pero me siento orgulloso de poseer la cualidad de no envidiar los bienes, las riquezas y las virtudes de los demás.

Luis Hidalgo

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