SALSIPUEDES SEGÚN RENZO PI HUGARTE, CATEDRATICO DE ANTROPOLOGIA DE LA UNIVERSIDAD


Segunda parte…

Primeramente se busco una justificación convincente: el pedido de algunos hacendados a los cuales los Charrúas les habrían robado reses  y atacado estancias, no estando claro  si las acusaciones manejadas fueron totalmente verdaderas  o si algunas de ellas fueron  fraguadas (como si se pudo establecer).  Todo este plan comenzó a ajustarse antes de que el estado recién nacido jurara su primera Constitución, el 18 de julio de 1830. Así, el 24 de febrero de 1830, el ministro de guerra, Lavalleja, en nombre del Gobierno  Provisorio, se dirigía a Rivera, quien había sido nombrado comandante general de campaña en enero de ese año, a fin de que marchara sobre los Charrúas “para contenerlos en adelante y reducirlos  a un estado de orden y al mismo tiempo escarmentarlos” (queda claro que Lavalleja estaba al tanto de los planes), para lo cual lo instaba a que tomara “las providencias más activas y eficaces, consultando de este modo la seguridad del vecindario y la garantía de sus propiedades”.

Lavalleja consideraba que dejados esos malvados a sus inclinaciones naturales  y no conociendo freno alguno que los contenga, se libraran sin recelo a la repetición de actos semejantes al que nos ocupa y que le son familiares, por lo que indicaba a Rivera que ha recibido órdenes del gobierno de recomendar al Sr. General la mas pronta diligencia en la conclusión de este asunto en que tanto se interesa el bien general de los habitantes de la campaña (Acosta y Lara, 1969b:79).

Rivera cumplió cabalmente con lo que se le ordenaba, aunque remato la operación entonces dispuesta, en abril d 1831, cuando ya había asumido la presidencia de la República. La trampa final consistió en atraer a los indios a un terreno conveniente para llevar a cabo una acción por sorpresa contra ellos, mediante la intervención de oficiales amigos de algunos caciques, quienes les propondrían una imaginaria incursión al Brasil para arrear ganado de allí. Con este propósito Rivera se dirigía al general Julián Laguna el 10 de marzo de 1831 diciéndole que era de la mayor importancia que emplee todo su tino y destreza para hacer entender a los caciques que el ejercito necesita de ellos para ir a guardar las fronteras del estado y que el punto de reunión será en las puntas del Queguay Grande, para cuyo fin se dirigen cartas a los caciques Rondeau y Juan Pedro…si ellos no cumpliesen lo prevenido en las citadas notas particulares, es preciso no alarmarse por esto, disimularle y conservarles siempre a su inmediación y si posible fuese, reunido a ellos. Si se moviesen para el centro de la campaña es preciso seguirlos con cualquier pretexto para ver si se consigue que el todo o parte del ejército se incorpore a la fuerza a las órdenes del general… (Quien) conocerá que en todas las medidas preventivas es importante la mayor prudencia para no aventurar una empresa que, realizada, traerá bienes muy efectivos al país (sobre todo a los hacendados amigos de Rivera), consolidando el crédito y reputación militar de los jefes que la han presidido. Días después- el 26 de marzo-Rivera reiteraba a su subordinado que marchara hacia las tolderías de los indios todos, a quienes prevendrá del próximo arribo de el general  en jefe (Rivera) a dicho paraje, procurando observar en este movimiento todas las disposiciones de precaución y armonía que se le indicaron en las notas anteriores infundiendo la mayor confianza a aquellos y asegurándoles la buena disposición y amistad del presidente (el mismo) hacia ellos. Y en suma, todo cuanto considere el general que pueda contribuir al logro de la empresa que tanto promete a la prosperidad de la nación. …(Acosta y Lara,  1969B: 114-115-116).

Pese a los recelos de algunos caciques, los Charrúas aceptaron finalmente reunirse con las tropas del general Rivera en el potrero de Salsipuedes, arroyo afluente del Rio Negro en su curso medio, lo que se concreto el 11 de Abril de 1831. Sintéticamente puede describirse esa operación como un cerco de los indígenas por las tropas, que se apoderaron de sus armas y caballos (mediante indios guaraníes) antes de atacarlos. Dumourtier , antropólogo físico que estudio a los charrúas llevados a Paris recogiendo sin duda informaciones corrientes en la época afirmo que Rivera embosco mil doscientos hombres de tropas regular; allí bajo la conducción de sus caciques, los charrúas, en su mayor parte sin armas, fueron con sus mujeres y niños. En algunos instantes habían sido cercados, masacrados, dirigiéndose sobre estos desgraciados y casi a boca de jarro, el fuego cruzado de mosquetería y artillería.

Oxehufvud, marino sueco que se hallaba entonces en Uruguay, seguramente haciéndose también eco de opiniones corrientes entonces (por lo tanto  es una versión con errores)señalo que no abrigaran la menor sospecha, se les dio a los indios algunos barriles de agua ardiente y varios presentes (…) no bien empezaron a entrar en estado de ebriedad y algunos de ellos iban siendo dominados por el sueño, poco a poco y bajo la protección de la oscuridad de la noche (se sabe que el ataque fue de día) las tropas de Rivera los fueron rodeando y con sus sables y bayonetas comenzaron a sorprenderlos y atacarlos en su campamento y allí mataron tanto hombres como a mujeres y niños sin consideración ni piedad (Bladh, 1970: 724).

El relato que puede calificarse de clásico de la celada montada, corresponde a Eduardo Acevedo  Díaz (1891 y 1911), quien situó la acción en la desembocadura del arroyo Tigre. Este autor afirmaba que “los datos principales de esta narración pertenecen a apuntes inéditos” de su abuelo Antonio Díaz (1977) “quien tuvo oportunidad de recogerlos en fuente oficial, a mas de numerosos testimonios fehacientes, incluido de Charrúas viejos actores o espectadores del sangriento drama”. Su versión de los hechos ha sido a veces apreciada como magnificada por el encono político y por el afán de lucimiento literario. Acevedo Díaz relato que el presidente Rivera llamaba en voz alta  de “amigo” a Venado y reia con el marchando un poco lejos; y el coronel Bernabé Rivera, que nunca les había mentido, brindaba a Polidoro (es sabido que Polidoro no participo de los hechos en Salsipuedes) con un chifle de aguardiente en prueba de cordial compañerismo. En presencia de tales agasajos, la hueste avanzo hacia el lugar señalado y a un ademan del cacique todos los mocetones echaron pie a tierra. Apenas el general Rivera, cuya astucia se igualaba a su serenidad y flema, hubo observado el movimiento, dirigióse a Venado, diciéndole con calma “Emprestame tu cuchillo para picar tabaco”. El cacique desnudo el que llevaba a la cintura y se lo dio en silencio. Al cogerlo, Rivera saco una pistola e hizo fuego sobre Venado. Era la señal de la matanza.  El cacique que advirtió a tiempo la acción, tiendose sobre el cuello de su caballo dando un grito. La bala se perdió en el espacio. Venado partió escape hacia los suyos. Entonces la horda  se arremolino y cada charrúa corrió a tomar su caballo. Pocos sin embargo lo consiguieron, en medio del espantoso tumulto que se produjo instantáneamente. El escuadrón desarmado de Luna (guaraníes) se lanzo sobre las lanzas y algunas tercerolas de los indios, apoderándose de su mayor parte y arrojando al suelo bajo el tropel varios hombres. El segundo regimiento busco su alineación a retaguardia en batalla el coronel Bernabé Rivera a su frente; y los demás escuadrones (donde había argentinos y brasileros, la primera triple alianza), formando una gran herradura, estrecharon el círculo y picaron espuelas al grito de “carguen”.

Esta acción, que resulto decisiva, sin embargo no fue la última ya que los guerreros charrúas que consiguieron romper el cerco y escapar, fueron perseguidos y batidos en diversas escaramuzas, en una de las cuales aun pudieron tomar una pequeña venganza  matando al coronel Bernabé Rivera, quien había considerado que el combate de Salsipuedes  había sido un “jolgorio con los indios”. Los heridos y la chusma (mujeres, niños y ancianos) fueron llevados a Montevideo tras una agotadora marcha a pie de 300 kms, donde fueron entregados en calidad de criados a diversas familias consideradas de pro, pero cuya fortuna no había sido suficiente para que se proveyeran de esclavos africanos con anterioridad. Adelantando el reparto, fueron dados a vecinos de Durazno, algunos “charruitas” a los que se bautizo (además de haberlos arrancados de sus madres siendo niños de pecho) asignándoles nombres y apellidos hispánicos. La decisión de exterminar a los indios y su justificación con argumentos tipos racista, surge nítida-entre otros documentos-del propio parte del combate, que por eso vale la pena transcribir:

Exmo. Gobierno de la República

Cuartel general, Salsipuedes, abril 12 de 1831.

Después de agotados todos los recursos de prudencia y humanidad; frustrados cuantos medios de templanza, conciliación y dadivas pudieron imaginarse para atraer a la obediencia  y a la vida tranquila y regular a las indómitas tribus de Charrúas, poseedoras desde una edad remota  de la más bella porción del territorio de la República; y deseoso, por otra parte, el presidente general en jefe (Rivera), de hacer compatible su existencia  con la sujeción en que han debido conservarse para afianzar la obra difícil de la tranquilidad general; no pudo temer jamás que llegase ese momento de tocar, de un modo practico, la ineficacia de estos procederes, neutralizados por el desenfreno y malicia criminal de estas hordas salvajes y degradadas. En tal estado y siendo ya ridículo y efímero ejercitar por más tiempo la tolerancia y el sufrimiento, cuando por otra parte sus recientes y horribles crímenes exigían un ejemplar y severo castigo, se decidió poner en ejecución el único medio que ya restaba, de sujetarlos por la fuerza. Mas los salvajes, o temerosos o alucinados, empeñaron una resistencia armada que fue preciso combatir del mismo modo para cortar radicalmente las desgracias que con su diario incremento amenazaban las garantías individuales de los habitantes del estado y el fomento de la industria nacional, constantemente degradada por aquellos. Fueron en consecuencia atacados y destruidos, quedando en el campo más de 40 cadáveres enemigos, y el resto 300 y más almas en poder de la división de operaciones. Los muy pocos que han podido evadirse de la misma cuenta, son perseguidos vivamente por diversas partidas que se han despachado a su alcance y es de esperarse que sean destruidos también si no salvan las fronteras del estado. En esta empresa, como ya tubo el sentimiento de anunciarlo al gobierno, el cuerpo ha sufrido la enorme y dolorosa perdida del bizarro joven  teniente Maximiliano Obes, que como un valiente sacrifico sus días a su deber y a su patria; siendo heridos a la vez el teniente Gregorio Salado y los capitanes Gregorio Berdum, Francisco Benítez y seis soldados mas… (Acosta y Lara, 1969b:49-50).

Todos los imponentes adjetivos que restallan en este parte para afirmar la idea de la ferocidad, el desenfreno y la malicia de los Charrúas, no alcanzan a desdibujar la realidad: los indígenas según ese parte perdieron 40 hombres y dejaron 300 cautivos, en tanto el ejercito solo tuvo un muerto y nueve heridos, todo ello es por demás expresivo de la desigualdad de combate, sin apreciar, incluso, que las bajas Charrúas fueron sin dudas muchas más. De todos modos, seguirán habiendo cuentas que no cierren, pues el capitán Manuel Fraga, comandante del cuartel en que fueron encerrados en Montevideo los Charrúas cautivos, indico que recibía el 30 de abril de 1831: 166 (43 “niños de pecho”, 94 mujeres y 29 hombres entre los que había 4 que tenían menos de 13 años); el 3 de mayo “ las chinas con crías que fueron asignadas a distintos individuos, sumaron 77 personas, por lo que cabe pensar que muchas mujeres debieron también permanecer en el cuartel. Uno de los sobrevivientes charrúas- Ramón Mataojo- fue dado al teniente de navío Barral, quien lo llevo a Francia donde no se le dejo desembarcar, muriendo luego en alta mar. Otros cuatro- Vaimaca Perú, Senaqué, Tacuabe y Guyunusa- se entregaron François de Curel (1959), quien había regenteado colegios en ambos países del Plata, para que también en Francia cobrara por exhibirlos como remanentes de una exótica y extinguida humanidad: allá fallecieron miserablemente.

Todo el penoso fin de los charrúas queda delineado en los informes de dos testigos  de época; uno el teniente Oxehufvud (1831), conmovido observador de la caravana de prisioneros, quien anoto que los hombres llevaban las manos atadas atrás; las mujeres llevaban los niños más pequeños sobre la espalda y a los mayores de la mano. Los primeros iban en su mayor parte desnudos, a excepción de un trozo de piel que llevaban atada al cuerpo y que caía desde la cintura. La mayoría de las últimas, en cambio tenían casi todo el cuerpo envuelto en pieles. Algunas indias estaban envueltas en telas de lino; otras solo llevaban un trozo de tela alrededor del vientre. Eran desaseados en el más alto grado, a tal punto que en las calles por donde desfilaba el aire estaba impregnado de un hedor penetrante. Poco después de su llegada a esta ciudad, fueron metidos como animales en un corral y allí se tiraron al suelo. Se les dio carne de un buey que había sido descuartizado y un poco de leña y un tizón con fuego, luego de lo cual asaron la carne que habían recibido y luego la comieron con gran avidez. Los europeos que se encuentran con estos salvajes se sienten tremendamente deprimidos. Sufren enormemente ante la idea de que podrían estar en una situación igual y les duele pensar que estos seres también humanos y que tengan los mismos derechos que ellos a vivir y a determinarse libremente.

Otro, al que ya nos hemos referido, fue el sargento mayor Benito Silva (1841) quien había vivido entre los charrúas en 1825, cuando según sus cálculos eran unos 500, volvió a tomar contacto con ellos en 1840, declarando entonces que “solo eran 18 entre hombres, mujeres y niños”. Nada muestra más al desnudo el drama de la extinción de una etnia como estas dos cifras, correspondientes  a un periodo de pocos años.

TRAICION GENOCIDA SE MANTIENE CONFUSA DEBIDO AL ETERNO FORCEJEO BLANQUICOLORADO

Para la exposición global y contextualizada de los hechos de Salsipuedes en 1831, hemos transcripto parte de un voluminoso trabajo de Renzo Pi Hugarte publicado en 1993 por la editora madrileña Mampfre, titulado” Los indios del Uruguay” (páginas 162 a 172). Contamos para ello con la expresa autorización suya. Se podrá advertir que en varias partes de este laberinto se hace mención a otros enjundiosos y a veces polemizables aportes de nuestro principal catedrático de antropología (aunque no cuente con tal titulo), el profesor Daniel Vidart, especialista en antropología y sobre todo en historia. En varios de los capítulos precedentes hemos recurrido a esta obra de Renzo Pi al abordarse el proceso de destrucción de los Charrúas por las enfermedades, la descararcterizacion  étnica o el aniquilamiento deliberado, ideológicamente concebido, como el encuadra el genocidio practicado en Salsipuedes y otros lugares.

Señala Pi Hugarte que los enjuiciamientos críticos se levantaron años después por la masacre final de los charrúas, aprovecharon el episodio a la vez, “para obtener dividendos políticos al cargar las tintas en la responsabilidad que se entendía exclusiva de Fructuoso Rivera, lo que de paso servía para estigmatizar al partido colorado por el fundado. Y  aunque parezca increíble, la pugna perpetua entre dos grandes partidos tradicionales del Uruguay ha impedido hasta ahora, si no que se efectuaran, por lo menos que se difundieran los análisis objetivos relacionados con las causas, la planificación y la ejecución de la matanza que tuvo lugar en Salsipuedes en 1831, y que sin lugar a dudas pudo llevarse a cabo gracias a la traición. El Uruguay (sobre todo como estado), al parecer, aun no ha podido asumir, ni mucho menos superar, esa culpa histórica. No obstante y paralelamente, dentro de las ideas corrientes a nivel popular, tomo vuelo en Uruguay moderno la de que la extinción de los indios permitió la construcción de un país avanzado, con un alto nivel de instrucción, con un considerable igualitarismo entre los distintos estratos sociales, ajeno a los problemas que han aquejado tradicionalmente a los otros de América hispana y que eso ha sido posible, justamente, por no tener indios. Mientras tanto, se actuaba-y esto vale también para el presente- como si no hubieran quedado descendientes de los indígenas, desentendiéndose de la situación de postergación en que estos habían caído! (p.214)

OYENDAU! BASCUADE INCHALA!

Terrenos que se repartieron luego de la masacre de salsipuedes, o casualidad hay varios que quedaron en manos de familiares de Rivera…saquen sus propias conclusiones….Documento de Eduardo Picerno

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Una respuesta a “SALSIPUEDES SEGÚN RENZO PI HUGARTE, CATEDRATICO DE ANTROPOLOGIA DE LA UNIVERSIDAD

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