LOS ULTIMOS CHARRUAS


Presentación

Los últimos charrúas (“Les derniers charrúas”) trata de cinco indígenas Charrúas, prisioneros en Montevideo, que fueron conducidos a Francia.

El primero, llamado Ramón Mataojo, fue llevado a bordo de “L’Emulation” a comienzos de 1832, y los otros cuatro, Vaimaca Perú, Senaqué, Laureano Tacuabé y Micaela Guyunusa, en 1833.

La obra de Rivet se refiere a sus vidas en Francia, transcribiendo numerosos documentos de la época: cartas, sesiones dela Academiade Ciencias, notas periodísticas y artículos hechos por investigadores. En base a éstos, es posible conocer la tragedia de los mencionados Charrúas, que comienza cuando son capturados por Rivera en el Uruguay y finaliza con su muerte en Europa.

Esta lámina fue incluida en la obra. Se cree que el artista (Delaunois) ha captado esta imagen en un corralón donde fueron exhibidos como animales para la sociedad parisina de la época.

Si bien el dibujo no transmite la fisonomía real que seguramente mostraba el grupo ya que se sabe que estaban en avanzado estado de desnutrición (la lámina los muestra robustos) y que las vestimentas seguramente no responden a las originarias de los Charrúas, el documento posee un alto valor histórico por constituir una de las últimas imágenes que se conocen de estos Charrúas.

 

Los Charrúas que aparecen son: el cacique Vaimaca Perú, el curandero Senaqué, el joven guerrero Tacuabé y su compañera Guyunusa con quien este último tuvo una hija.

Introducción

Durante los años 1832 y 1833, algunos indios Charrúas, últimos sobrevivientes de la famosa tribu indígena del Uruguay, fueron llevados a Francia.

Hasta este momento, nadie se había preocupado de hacer la historia de esta emigración forzada, ni de buscar los rastros que el arribo de estos “salvajes” hubieran podido dejar en la literatura científica o en la prensa de la época.

En vistas a la falta de información que tenemos sobre los Charrúas, valía la pena emprender esta investigación; la hice, y me propongo exponer en esta memoria los resultados que obtuve.

Se juzgará sin duda, y con razón, que los resultados son escasos: reconozco que los esperaba mejores. Es cierto que el gusto por los estudios etnológicos no estaba todavía muy desarrollado en esa época, no obstante es bastante cercana a la nuestra; nada marca mejor el progreso realizado en esta disciplina en el curso de los últimos cien años que la pobreza y la mediocridad de las observaciones hechas sobre los Charrúas durante su estadía en Francia.

El primer charrúa que cruzó el atlántico

Fue conducido por el Teniente de Navio Louis Marius Barral, comandante de la corbeta L’Emulation, que había sido encargado de una misión hidrográfica en las costas del Brasil y de relevar en detalle el Río dela Plata. Partióde Montevideo el 16 de enero de 1832, y arribó a Tolón el 19 de abril. Ese mismo día, el comandante avisó al Ministro de Marina, en los siguientes términos, de la presencia a bordo de un pasajero insólito:

“Estando en Montevideo en la época de la última expedición del Gral. Fructuoso Rivera contra la nación indígena de los Charrúas, pensé que sería quizá agradable a Vuestra Excelencia ofrecer al Ministro del Interior uno de los individuos de esta nación, elegido entre los que fueron hechos prisioneros. En consecuencia, solicité y obtuve del gobierno dela Repúblicadela Banda Orientaldel Uruguay, un indio Charrúa, de18 a20 años de edad, y lo embarqué en UEmulation el 15 de enero, víspera de mi partida a Francia. Está ahora en Tolón a disposición de Vuestra Excelencia… El indio Ramón Mataojo, llamado así por causa de haber sido capturado en el río Mataojo grande, está casado con varias mujeres. Cuando llegó a bordo trató de rehusarse a ingerir alimentos, para forzarme a traer a sus esposas. Hablé entonces con el Sr. Capitán Verillac, que había tenido la bondad de hacer las gestiones necesarias para embarcar al indígena, quien me tranquilizó di-ciéndome que el amor de los Charrúas por sus mujeres es poco duradero. En efecto, en los días siguientes Mataojo comió y pareció acostumbrarse a su viudez- Como estaba lleno de piojos le hice cortar el cabello, lo que pareció contrariarlo extraordinariamente”

“Yo deseaba conservar el traje o, más bien, los harapos que cubrían a Mataojo, pero una consideración similar a la que me decidió a sacrificar sus cabellos me llevó a hacer lo mismo con sus vestimentas. Lo vestí con las ropas de a bordo”.

“Traje a Francia, Señor Ministro, una lanza tomada a los Charrúas. Me fue imposible conseguir un arco, una boleadora o flechas de esta nación salvaje. Esta lanza queda también a disposición de Vuestra Excelencia”.

“Encontré gran similitud entre la corpulencia y figura de los Charrúas con las de los indios de Tierra del Fuego que fueron llevados por el Sr. Capitán King a Inglaterra. Si yo creyese a Mataojo, la carne humana sería de su agrado y su nación sería antropófoga como la de los indígenas de Tierra del Fuego. Ahora que Mataojo está en París, él mismo podrá expresarse claramente, y podríamos recoger informes que nos ayudaran a conocer a los indígenas a los cuales él pertenece. La adquisición de este indio sería además, Señor Ministro, preciosa bajo el doble punto de vista de la historia natural y la del hombre en particular”.

A esta carta, el Comandante Barral agrega una “Noticia sobre los indios Charrúas”, extraída de la obra de Azara, a la que sigue una nota “Sobre Mataojo, durante la travesía”, que reproduzco aquí:

“El indio Charrúa Mataojo mostraba, durante la travesía, una gran alegría al percibir otras naves, y era a menudo el primero en señalárnoslas con el dedo. Jamás quiso trabajar, y cuando uno se lo decía, se ponía a llorar diciendo ‘Je suis pauvre”. Comía la carne cruda con avidez* Se hizo gran amigo del encargado del equipaje, al que quiso muchas veces examinarle las partes sexuales; creía hacerle un gran cumplido diciéndole que se casaría con la mujer de éste al llegar a Francia. A menudo preguntaba si había caballos en nuestro país “.

Contrariamente a lo legítimamente esperado por el Comandante Barral, Ramón Mataojo no fue conducido a París. El 2 de mayo, el Ministro de la Marinay las Colonias, el Conde de Rigny, escribía a Cuvier, por entonces secretario vitalicio dela Academiade Ciencias, agregando a su carta una copia del informe del Comandante Barral. Pero, en una carta fechada el mismo día, dirigida a su colega del Interior (El Conde d’Argout), su deseo parecía ser el de desembarazarse rápidamente del exótico marinero:

“Pido a Vuestro Excelencia me dé a conocer el destino que se dará a este extranjero, que no puede quedar a cargo de mi Departamento”.

Es probable que el Ministro del Interior se desinteresara del asunto; al menos, me fue imposible encontrar rastros de su respuesta.

La Academiade Ciencias recibió la comunicación de la carta del señor de Rigny en sucesión del 7 de mayo(7). No parece que esta noticia haya despertado la curiosidad de los académicos.

La prensa mostró la misma apatía. Solo encontré tres revistas en las que se reproducían las notas del Comandante Barral. Me contento aquí con reproducir algunas frases que no son la repetición de las del Comandante:

“Los Charrúas, que formaban antes una nación poderosa, están actualmente reducidos a un pequeño número de familias. Su aversión por los extranjeros es todavía la misma que en los primeros tiempos de la conquista; ellos ya no pueden acariciar la esperanza de echar fuera del país a los intrusos, de destruir sus establecimientos, pero al menos los hostigan lo más que pueden. Aparecen por sorpresa cerca de alguna granja aislada, obstruyen a los habitantes y, después de apropiarse de lo que puede ser transportado, destruyen el resto, incendiando las edificaciones, derribando los cercados, cortando los jarretes de los animales domésticos que no pueden llevar en su rápida retirada y, en resumen, hacen todo el mal que le es posible. Es bastante difícil el tomar represalias ya que nunca se sabe dónde están. Como nunca les ha interesado la agricultura, están poco aferrados a la tierra y, desde que tienen caballos, cuando temen ser hallados se trasladan sin demora a otro lugar, dejando sus miserables tiendas, que pueden reconstruir en dos horas. No obstante, pese a las facilidades que les ha dado este género de vida semi nómade para escapar a las persecuciones de los criollos, estos últimos han sido tan largamente atormentados, que decidieron al gobierno a realizar expediciones, cuyo éxito depende de la rapidez al ejecutarlas,.. No parece de ningún modo cierto que ellos (los Charrúas) usaran flechas envenenadas”.

“Este (Mataojo), es un hombre de estatura media, con complexión proporcionalmente fuerte, y cuyos miembros dan una imagen de fortaleza; su color es marrón claro, y sus cabellos, negros, lisos y grasosos, llenos de piojos…; tiene pies pequeños y manos lindas y muy agradables, cabeza gruesa y cara hinchada, aspecto que le es dado por la prominencia extrema de la mandíbula. Su nariz es pequeña, chata, y apenas sobrepasaría una línea que uniera la parte más saliente de los pómulos. Este salvaje tiene los ojos pequeños, sombreados por grandes cejas, y su vista es extremadamente aguda. No tiene barba ni pelo alguno en ninguna parte del cuerpo “.

“Ramón, que estaba casado con cinco mujeres que, como él, eran prisioneras de guerra en Montevideo, habla y comprende un poco el español. Como no pudo obtener que lo embarcaran con sus esposas, pasó los primeros días del viaje en una notable impasibilidad. A veces lloraba cuando lo contrariaban, diciendo que él era ‘pauvre’. Poco a poco se fue familiarizando, y le gustaba sonreír. Se puso sin repugnancia las vestimentas que le dieron en sustitución de los jirones del ‘poncho’, que apenas lo cubría. Sufrió un poco para acostumbrarse a los zapatos; su andar suscitaba hilaridad pero él no se ofendía. Ramón Mataojo debió contentarse con víveres de a bordo, aunque alguna vez mostró veleidades antropofágicas: un día le dijo muy seriamente a un joven imberbe que sería excelente para comer y confió a varias personas de la tripulación que había matado y comido a diez blancos “.

“Sonreía con la idea de su llegada a Francia, donde se le habían prometido mujeres y caballos. Su previsión no iba más lejos”.

“Ramón Mataojo decía tener 29 soles, que contaba con los dedos…”

Cuvier no tuvo tiempo de ocuparse del asunto, ya que falleció el 13 de mayo. Banal, que había dejadola Comandanciaal llegar a Tolón, alcanzando el grado de Capitán de Corbeta en el Depósito General de Cartas y Planos dela Marina, calle de l’Université, número 13, en París, hizo una última tentativa: el 7 de setiembre de 1832 escribió a Geo-froy St-Hilaire la siguiente carta:

“Conduje de Montevideo a Tolón, en la corbeta ‘UEmu-lationf que yo comandaba, a un indio Charrúa que el señor Ministro dela Marinapuso a disposición del difunto Barón Cuvier. Este sabio debía hacerlo venir a París como objeto curioso para la historia natural del hombre “.

“Este indio Charrúa está todavía en Tolón, a disposición del sucesor del Barón Cuvier. Creo que si éste toma la tarea de conducirlo ala Capital, él podría ser empleado en el Jardín Botánico. Los gastos de viaje serían mínimos, ya que el indígena podría ser llevado de brigada en brigada hasta París, gracias ala Gendarmería”.

“En su momento, dirigí al Sr. Ministro dela Marinauna nota sobre los indios Charrúas. Los diarios la publicaron y creo que el Ministro la envió ala Academiade Ciencias. De todos modos, señor, usted debe conocer mejor que yo de lo que se trata. Esta nación indígena fue considerada por Azara como una de las más belicosas de América del Sur. El Capitán King, a su regreso de la exploración ala Tierradel Fuego, condujo a Inglaterra tres indígenas que me pareció que eran, en su corpulencia, color y conformación, similares al mío. Creí entonces proceder bien, en interés de la historia natural, al imitar el ejemplo del capitán inglés “.

“Estaría muy halagado, señor, si usted se dignara aceptar el ofrecimiento que tengo el honor de hacerle. Pienso que los oficiales dela Marinadeberían aprovechar todas las oportunidades que haya de aumentar las riquezas de nuestro magnífico Jardín Real”.

Los profesores del Museo recibieron la comunicación de esta carta el 11 de setiembre, lo que pareció turbarlos. Se tomaron unos días para reflexionar y, en la reunión del 18 de setiembre, decidieron declinar la invitación que se les hacía. Su respuesta, de la que pude encontrar el original merece ser reproducida (está fechada el 24 de setiembre):

“La asamblea de profesores del Museo ha considerado en su última sesión la carta que usted dirigió a uno de sus miembros, el Sr. Prof. Geojfroy St-Hilaire, donde usted ofrecía conducir al Museo, para ser allí empleado, al joven indígena Charrúa que trajo de Montevideo”.

“Tenemos el honor de informar a usted que no existe en el Museo ningún empleo vacante que ser posible dar a este joven, y que el estado de los fondos del establecimiento no permite crear uno para él”.

“La Asamblealamenta no poder aceptar el ofrecimiento que usted ha tenido la amabilidad de hacerle y nos ha encargado, señor, suplicarle que acepte sus agradecimientos”.

Esta respuesta desconcertante debió causar una amarga decepción al Comandante Barral. Pero, aún si ella hubiera sido favorable a su proyecto, habría llegado demasiado tarde.

Por la indiferencia de los sabios, del público y sin duda también de las autoridades navales, Ramón Mataojo debió quedarse a bordo de “L’Emulation”, comandada por el Teniente de Navio Francois Charles Cauchiprat. Estaba inscrito en el rol de la tripulación como marinero. Tuvo una corta enfermedad, por la que necesitó una estadía en el

Hospital de Tolón del 22 al 29 de abril, y después participó en diversos viajes del barco por el Mediterráneo. “L’Emulation” partió el 24 de junio con tropas para Argelia, donde arribó el 28, dejando la ciudad el 3 de julio para regresar a Tolón el 7. Partió de nuevo el 16 para Nauplia y Navarino, ancló en este último puerto el 25, partió el 17 de setiembre y entró en Tolón el 23, pero sin su melancólico marinero. Ramón Mataojo murió en el mar el 21 de setiembre; su cuerpo fue, sin duda, echado al mar con el ceremonial usual. Su acta de deceso, enviada al Ministro dela Marinael 25 de octubre de 1832, no da ninguna indicación acerca de la causa de su muerte.

De este modo termina la lamentable odisea de este pobre “salvaje” arrancado de su país y de los suyos con un propósito científico, pero donde la indiferencia culpable de los estudiosos produjo un sacrificio inútil.

El segundo contingente

 

Más trágica aún es la historia de una segunda tentativa para conducir a Francia algunos sobrevivientes de los Charrúas.

El bárnum que intentó la aventura, esta vez sólo por espíritu de lucro, se llamaba Señor de Curel. Antiguo Capitán del Estado Mayor, destacado en el Ministerio de Guerra, y director del Colegio Oriental en Montevideo, de Curel, después de haber estado seis años en América, “en las en otro tiempo provincias del Paraguay y del Plata”, obtuvo del gobierno uruguayo la autorización para conducir a Francia cuatro Charrúas prisioneros en Montevideo. Se embarcó con ellos en el bergantín “Phaetón”, de 185 toneladas, matriculado en el distrito de St. Malo, fo. 44, no. 132, el 25 de febrero de 1833. El barco, perteneciente a los señores Gau-tier e hijos, armadores, estaba dirigido por el Comandante Jacques Peyraud. Llevaba un cargamento de cueros y astas, y contaba con una tripulación de 14 hombres y trece pasajeros, entre los que se incluían el Señor de Curel, su hijo y los cuatro indígenas. Estos últimos estaban inscritos en el mismo y único ítem del rol de la tripulación, bajo los nombres de Perú, Senaqué, Laureano y Micaela Jougousa (sic); en vista de sus nombres, el rol señalaba: “con un pasaporte de la policía para los cuatro “, y abajo: “los cuatro pasajeros incluidos bajo este puntof han sido enviados con el consentimiento de la autoridad civil, para su destino último”. Firmado: Bar adere, Cónsul de Francia.

Se puede suponer fácilmente lo que pudo ser para los cuatro desterrados la travesía en un barco de esta índole y en mal estado, y cuya salida de Montevideo fue demorada por el Cónsul para realizar una inspección de seguridad material. El viaje duró dos meses y medio, y el 7 de mayo de 1833 el “Phaeton” llegó a St. Malo.

Los nombres anotados en el rol son, en parte, inexactos. Los verdaderos nombres de los tres indios eran: Vaimaca-Perú, Tacuabé y Senaqué; la mujer se llamaba Guyunusa. El Sr. de Curel los condujo directamente a París, y editó enseguida un folleto para anunciar su llegada y presentarlos al público. Este folleto estaba adornado con un grabado en color representando a los cuatro cautivos. Al mismo tiempo, invitó a los miembros dela Academiade Ciencias a visitar a los indígenas, en una carta que fue leída en la sesión del 3 de junio de 1833. Los indígenas eran presentados en los siguientes términos:

“Estos indígenas formaban parte de una quincena de prisioneros conducidos a Montevideo en junio de 1832. El Presidente dela República Orientaldel Uruguay me permitió traer cuatro de ellos a Europa, elegidos por ser los que presentaban mayor interés según los informes fisiológicos”.

“El primero es un cacique temible; el segundo, uno de los por ellos denominado médico, que tiene la pretendida ciencia de la magia médica, añadiendo realmente el conocimiento de ‘simples’ adecuados para curar las heridas. El tercero es un joven y bravio guerrero, reconocido por su destreza para domar caballos salvajes; el cuarto, una mujer, es la compañera del joven guerrero”.

“Estos cuatro individuos ofrecen modelos vivientes de la constitución física y características morales tan bien descritas por el estudioso autor de U histoire naturelle du genere humain. Estos son los verdaderos tipos dela Troi-siémerace d’ hommes, llamada race cuivreuse. Su frente corta y baja, sus ojos vivos y hundidos, sus narinas abiertas, sus cabellos negros, toscos y rectos, su piel de tinte cobre rojizo con escaso vello que arrancan, su estatura baja, sus músculos fuertemente pronunciados, todo en ellos reproduce el marco de las variedades de la especie humana trazado en las obras de viajeros y naturalistas”.

“Los cuatro Charrúas de los que se trata tienen sus vestimentas habituales, sus armas y los pocos utensilios que utilizan en sus habitaciones nómadas. Un toldo (choza de juncos) fabricado por ellos será erigido dentro del predio en el que residen para servirles de alojamiento”.

“Los Charrúas comprenden bastante bien el español. Un joven que estuvo viviendo entre los indios servirá de intérprete para las personas que, no sabiendo ese idioma, quieran igualmente interrogar por sí mismos a los cuatro individuos ofrecidos a su curiosidad”.

La exhibición

 

El Sr. de Curel ofreció la entrada gratuita a los académicos, todos los días desde el mediodía hasta las 16 hs., con la sola presentación de la medalla dela Academia. Propusopara la primera visita el jueves siguiente, 6 de junio, a las 11 hs. de la mañana. En realidad, la visita no tuvo lugar hasta la mañana del sábado 8. Le Temps del sábado 8 de junio, no. 1329, daba cuenta del hecho en estos términos:

“Estos hombres, de una raza extraña a nuestra región y a nuestras costumbres, tienen la piel de un tono cobre rojizo, la cabeza casi redonda y los cabellos de un negro muy oscuro. El Cacique Perú, de 50 años de edad, tiene en el cuerpo la cicatriz de un golpe de sable, que recibió combatiendo. A pesar de su aire grave y su cara ruda, lo hemos visto sonreír ante el aspecto de alguna de las jóvenes damas que formaban parte de la reunión”.

“Tacuabé, el más joven de los tres hombres, tiene un aspecto muy agradable. En su país era conocido por su talento para domar caballos salvajes y toros. Dio, delante de la sociedad parisina, un ejemplo de su fuerza y de su destreza para tirar la boleadora y el lazo, de los que ellos se sirven para agarrar a sus enemigos”.

“La joven mujer se llama Guyunusa, y aunque no es bonita, no tiene sin embargo el tinte tan cobrizo que poseen los otros; se hizo compañera de Tacuabé quien, al igual que ella, no tiene más de veinte años, luego de haber pertenecido al Cacique Perú. Eso está permitido por sus costumbres: se toman, y cuando ya no se convienen, se dejan; no hay otra formalidad para el casamiento”.

“El cuarto Charrúa se llama Senaqué. Constante y fiel compañero del cacique en la guerra contra el Brasil, se lo mencionaba por su bravura. Fue herido en el pecho por un corte de lanza, del que se ve la marca”.

“Los salvajes están casi desnudos. Se encuentran agrupados alrededor de un fogón en el que asan la carne fresca que se les sirve de alimento. Parecían estar algo recelosos por la presencia de quince a veinte extranjeros. Sin embargo, ellos se fueron familiarizando rápidamente, y como hablan bastante bien el español y el portugués, pudieron responder a las preguntas que les hicieron algunos visitantes “.

En la sesión del 10 de junio,la Academiade Ciencias recibió una nueva carta del Sr. de Curel, pidiendo: “que sean nombrados delegados, a quienesla Academiapueda encargar el hacer observaciones sobre los salvajes Charrúas”. Al mismo tiempo, se recibió del Sr. Virey, que había ido a visitar a los indígenas el 7 de junio (artículo de Le Temps citado más arriba), una carta donde consignaba sus primeras observaciones y declaraba que el nombramiento de delegados le parecía inútil. Sin tomar en cuenta su deseo,la Academiadesignó a los Sres. Geoffroy St-Hilaire, Serres, Larrey y Flourens, pidiendo que se agregara el Sr. Edwards, dela Academiade Ciencias Morales y Políticas que nombrara por su parte una comisión para el mismo propósito. Ésta, designó en su sesión del 15 de junio, a los Sres. Mignet, Broussais y Villermé(28), y el mismo día dio aviso ala Academiade Ciencias, que tomó conocimiento de esta elección en su sesión del 17.

Por otra parte, la gran prensa y la prensa científica también se pusieron en movimiento. Ya mencioné el artículo de Le Temps del 8 de junio. La noticia del arribo de los Charrúas, con un resumen de las observaciones de J. J. Virey, aparecieron enla Revue Encyclopédiquey en el Memorial encyclopédique et progressif des connaissan-ces humaines. Posteriormente, Virey publicó en L’Euro-pe littéraire un estudio más extendido, reproducido textualmente en Le Temps del viernes 28 de junio, no. 1349. En fin, bajo la firma de L.P., Le National publicó, los días 4 y 12 de julio, dos artículos escritos por un observador que declaraba no sin ironía:

“Esta colonia, formada por tres hombres y una mujer.. ha tenido el honor de recibir la visita, hace algunos días, de una doble delegación dela Academiade Ciencias Morales y Políticas y dela Academiade Ciencias, presidida por el Sr. Geoffroy St-Hilaire y que, sin duda, realizará un informe sobre estos salvajes; pero, en virtud de que estos señores han establecido una metodología, el público estará satisfecho de encontrar aquí algunos hechos…”

De hecho, no parece que la doble comisión académica haya realizado una investigación seria. No se puede más que sonreír leyendo en Le National del domingo 14 de julio (4o año, no. 195), el relato de una de esas visitas a los “salvajes”:

“Los señores delegados nombrados porla Academiade Ciencias y la de Ciencias Morales, decidieron juzgar el efecto que la música producía sobre los indios Charrúas, en su visita a los salvajes del miércoles pasado. El Sr. Ber-ton llevó con él a varios profesores de las orquestas dela Academiade Música y del Conservatorio, entre los cuales debemos citar a los Sres. Tulou y Meifred”.

“Se ejecutaron para ese fin, fuera de la presencia de los salvajes, un quinteto para trompas y trompetas que los sorprendió, ya que no entendían la armonía, pero que parecía causarles una impresión muy viva, al menos al Cacique Perú y al joven Tacuabé; Guyunusa y el viejo guerrero Senaqué mostraron en sus fisonomías algunas marcas de sensibilidad, particularmente este último, por lo general muy impasible”.

“Enseguida los ejecutantes se acercaron y tocaron, en presencia de los indígenas, fragmentos de un estilo más alegre y de un movimiento más vivo que el de comienzo; entonces, los auditores parecieron mucho más animados, siendo especialmente sensibles a algunos solos de flauta y de trompeta que les hicieron oír el Sr. Tulou y uno de los profesores que lo acompañaban”.

“La distinguida sociedad, compuesta por los miembros del Instituto, otros sabios y damas, que asistió a esta prueba siguió las diversas circunstancias con vivo interés. Lamentamos fundamentalmente que el Sr. Chérubini y su familia hubieran llegado un poco tarde como para poder disfrutar del espectáculo, por otra parte tan curioso que no era de naturaleza tal como para ser repetido”

Nos sumamos a la pena del redactor de Le Temps. Mientras que los miembros del Instituto estaban interesados de un modo muy particular en las reacciones estéticas de los Charrúas, el Sr. Chérubini podría, quizás, haber pensado en recoger algunos datos etnográficos, antropológicos o lingüísticos.

De todos los miembros de la doble comisión nombrada por el Instituto, sólo Larrey publicó algunas observaciones anatómicas recogidas en el transcurso de su vista.

Es realmente triste y desconcertante que la ciencia oficial no haya aprovechado mejor la oportunidad que se le ofreció de recolectar datos sobre los últimos sobrevivientes de una tribu tan interesante.

Es probable que el suceso provocado por el Sr. de Curel con esta lastimosa exhibición no respondiera a sus expectativas.

La exhibición

 

El Sr. de Curel ofreció la entrada gratuita a los académicos, todos los días desde el mediodía hasta las 16 hs., con la sola presentación de la medalla dela Academia. Propusopara la primera visita el jueves siguiente, 6 de junio, a las 11 hs. de la mañana. En realidad, la visita no tuvo lugar hasta la mañana del sábado 8. Le Temps del sábado 8 de junio, no. 1329, daba cuenta del hecho en estos términos:

“Estos hombres, de una raza extraña a nuestra región y a nuestras costumbres, tienen la piel de un tono cobre rojizo, la cabeza casi redonda y los cabellos de un negro muy oscuro. El Cacique Perú, de 50 años de edad, tiene en el cuerpo la cicatriz de un golpe de sable, que recibió combatiendo. A pesar de su aire grave y su cara ruda, lo hemos visto sonreír ante el aspecto de alguna de las jóvenes damas que formaban parte de la reunión”.

“Tacuabé, el más joven de los tres hombres, tiene un aspecto muy agradable. En su país era conocido por su talento para domar caballos salvajes y toros. Dio, delante de la sociedad parisina, un ejemplo de su fuerza y de su destreza para tirar la boleadora y el lazo, de los que ellos se sirven para agarrar a sus enemigos”.

“La joven mujer se llama Guyunusa, y aunque no es bonita, no tiene sin embargo el tinte tan cobrizo que poseen los otros; se hizo compañera de Tacuabé quien, al igual que ella, no tiene más de veinte años, luego de haber pertenecido al Cacique Perú. Eso está permitido por sus costumbres: se toman, y cuando ya no se convienen, se dejan; no hay otra formalidad para el casamiento”.

“El cuarto Charrúa se llama Senaqué. Constante y fiel compañero del cacique en la guerra contra el Brasil, se lo mencionaba por su bravura. Fue herido en el pecho por un corte de lanza, del que se ve la marca”.

“Los salvajes están casi desnudos. Se encuentran agrupados alrededor de un fogón en el que asan la carne fresca que se les sirve de alimento. Parecían estar algo recelosos por la presencia de quince a veinte extranjeros. Sin embargo, ellos se fueron familiarizando rápidamente, y como hablan bastante bien el español y el portugués, pudieron responder a las preguntas que les hicieron algunos visitantes “.

En la sesión del 10 de junio,la Academiade Ciencias recibió una nueva carta del Sr. de Curel, pidiendo: “que sean nombrados delegados, a quienesla Academiapueda encargar el hacer observaciones sobre los salvajes Charrúas”. Al mismo tiempo, se recibió del Sr. Virey, que había ido a visitar a los indígenas el 7 de junio (artículo de Le Temps citado más arriba), una carta donde consignaba sus primeras observaciones y declaraba que el nombramiento de delegados le parecía inútil. Sin tomar en cuenta su deseo,la Academiadesignó a los Sres. Geoffroy St-Hilaire, Serres, Larrey y Flourens, pidiendo que se agregara el Sr. Edwards, dela Academiade Ciencias Morales y Políticas que nombrara por su parte una comisión para el mismo propósito. Ésta, designó en su sesión del 15 de junio, a los Sres. Mignet, Broussais y Villermé(28), y el mismo día dio aviso ala Academiade Ciencias, que tomó conocimiento de esta elección en su sesión del 17.

Por otra parte, la gran prensa y la prensa científica también se pusieron en movimiento. Ya mencioné el artículo de Le Temps del 8 de junio. La noticia del arribo de los Charrúas, con un resumen de las observaciones de J. J. Virey, aparecieron enla Revue Encyclopédiquey en el Memorial encyclopédique et progressif des connaissan-ces humaines. Posteriormente, Virey publicó en L’Euro-pe littéraire un estudio más extendido, reproducido textualmente en Le Temps del viernes 28 de junio, no. 1349. En fin, bajo la firma de L.P., Le National publicó, los días 4 y 12 de julio, dos artículos escritos por un observador que declaraba no sin ironía:

“Esta colonia, formada por tres hombres y una mujer.. ha tenido el honor de recibir la visita, hace algunos días, de una doble delegación dela Academiade Ciencias Morales y Políticas y dela Academiade Ciencias, presidida por el Sr. Geoffroy St-Hilaire y que, sin duda, realizará un informe sobre estos salvajes; pero, en virtud de que estos señores han establecido una metodología, el público estará satisfecho de encontrar aquí algunos hechos…”

De hecho, no parece que la doble comisión académica haya realizado una investigación seria. No se puede más que sonreír leyendo en Le National del domingo 14 de julio (4o año, no. 195), el relato de una de esas visitas a los “salvajes”:

“Los señores delegados nombrados porla Academiade Ciencias y la de Ciencias Morales, decidieron juzgar el efecto que la música producía sobre los indios Charrúas, en su visita a los salvajes del miércoles pasado. El Sr. Ber-ton llevó con él a varios profesores de las orquestas dela Academiade Música y del Conservatorio, entre los cuales debemos citar a los Sres. Tulou y Meifred”.

“Se ejecutaron para ese fin, fuera de la presencia de los salvajes, un quinteto para trompas y trompetas que los sorprendió, ya que no entendían la armonía, pero que parecía causarles una impresión muy viva, al menos al Cacique Perú y al joven Tacuabé; Guyunusa y el viejo guerrero Senaqué mostraron en sus fisonomías algunas marcas de sensibilidad, particularmente este último, por lo general muy impasible”.

“Enseguida los ejecutantes se acercaron y tocaron, en presencia de los indígenas, fragmentos de un estilo más alegre y de un movimiento más vivo que el de comienzo; entonces, los auditores parecieron mucho más animados, siendo especialmente sensibles a algunos solos de flauta y de trompeta que les hicieron oír el Sr. Tulou y uno de los profesores que lo acompañaban “.

“La distinguida sociedad, compuesta por los miembros del Instituto, otros sabios y damas, que asistió a esta prueba siguió las diversas circunstancias con vivo interés. Lamentamos fundamentalmente que el Sr. Chérubini y su familia hubieran llegado un poco tarde como para poder disfrutar del espectáculo, por otra parte tan curioso que no era de naturaleza tal como para ser repetido”

Nos sumamos a la pena del redactor de Le Temps. Mientras que los miembros del Instituto estaban interesados de un modo muy particular en las reacciones estéticas de los Charrúas, el Sr. Chérubini podría, quizás, haber pensado en recoger algunos datos etnográficos, antropológicos o lingüísticos.

De todos los miembros de la doble comisión nombrada por el Instituto, sólo Larrey publicó algunas observaciones anatómicas recogidas en el transcurso de su vista.

Es realmente triste y desconcertante que la ciencia oficial no haya aprovechado mejor la oportunidad que se le ofreció de recolectar datos sobre los últimos sobrevivientes de una tribu tan interesante.

Es probable que el suceso provocado por el Sr. de Curel con esta lastimosa exhibición no respondiera a sus expectativas.

http://pueblosoriginarios.com/textos/charruas/charrua1.html


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