DE LOS RITUALES FUNERARIOS CHARRÚAS


Salió publicado en la última edición de “Búsqueda”. En ADENCH estamos redactando una carta y preveemos una ronda de entrevistas para manifestar nuestra preocupación y pedir que se detenga la destrucción de los cerritos.
Salió publicado en la última edición de "Búsqueda". En ADENCH estamos redactando una carta y preveemos una ronda de entrevistas para manifestar nuestra preocupación y pedir que se detenga la destrucción de los cerritos.

Investigación de Eduardo Picerno

Son conocidos los rituales que observaban los Charrúas en señal de duelo ante la muerte de sus familiares. Los muertos generalmente eran enterrados en lugares altos no muy alejados de las tolderías y cubiertos con piedras de los alrededores.

Muchas veces se colocaba sobre el cuerpo las boleadoras que le habían pertenecido, a un costado su lanza, y a veces al otro costado se dejaba atado su caballo. Esto nos indica que habría existido una creencia en otra vida, una especie de viaje o de regreso para lo cual dejaban el caballo. Precisamente estando en París cuando le comunican la muerte de Senaqué a Vaimaca éste habría murmurado resignadamente: “¡ah, regresó al país. Volverá otra vez.”

Volviendo a nuestro territorio el ceremonial fúnebre era riguroso. Antes del siglo XIX  las descripciones nos dicen que después del entierro era tanto el sufrimiento moral, que se atravesaban pequeñas varillas de madera o caña principalmente en la piel de los brazos, luego el deudo se iba solo al bosque o a un cerro llevando un palo puntiagudo para hacer un pozo suficientemente profundo y se lo introducía llegándole hasta el hueso. Pasaba el resto de la noche de pie y a la mañana se iba a un toldo ya preparado para los dolientes donde se quedaba dos días sin comer ni beber. Aún por varios días permanecía en esa situación pero entonces  sus compañeros de la tribu le alcanzaban algunos alimentos. Yendo a los documentos históricos bastante conocidos, se relata que las mujeres, principalmente, se cortaban falanges de sus dedos en honor al fallecido, o para participar en su desgracia, autoflagelándose.

Muchos de estos rituales son semejantes en otros indios de América, e incluso otras partes del mundo en determinadas épocas.

Si observamos el dibujo de Guyunusa hecho en Francia con el grupo de los Charrúas, apreciaremos en su brazo cicatrices de incisiones seguramente practicadas en rituales de duelo por la muerte de algún  familiar cercano.

Este breve apunte nos indica que los Charrúas tomaban con  mucha solemnidad y respeto  la tradición funeraria la muerte de cualquiera de ellos. Sentían un sufrimiento moral muy intenso y lo acompañaban con ayunos y sufrimiento de orden físico.

También pensaban que el muerto regresaría a este mundo en algún momento y de allí la explicación de que dejaran un caballo cerca de la fosa. El sentido del viaje lo expresa Vaimaca claramente en Francia y también  vemos algo similar en el momento de la muerte de Artigas, que había convivido desde los 16 años con los Charrúas y conocía sus costumbres, cuando sus últimas palabras son: “tráiganme mi caballo” .

De modo, pues, que existía un respeto y un verdadero duelo (dolor moral y físico) ante la muerte. Nunca se observó en estas circunstancias manifestaciones de alegría o festejos o exhibiciones de los cuerpos. No se acostumbraba a manifestar con palabras u oraciones ante el difunto los sentimientos que los poseían. El duelo era un acto sencillo auténticamente sentido con tristeza y respetando los restos mortales dándoles la debida sepultura, según su tradición y posibilidades prácticas.

ENTERRAMIENTO DE LOS CHARRÚAS DE LA BANDA ORIENTAL

Será interesante el tratamiento de este tema en razón de las diversas ideas que ha suscitado la inhumación del esqueleto del Cacique Charrúa Vaimaca Perú, a partir de una disposición de la ley Nº 17. 256.

En la misma se establece que los restos mortales serán inhumados en el Panteón Nacional.

Esta determinación ya existía desde la primera redacción de la ley en 1990 y durante los doce años que transcurrieron hasta la repatriación del Cacique desde Francia el 17 de julio del 2002, ninguna persona o institución realizó algún planteamiento diferente para cambiar el destino final de dichos restos. Durante el proceso del Proyecto de Ley se hicieron modificaciones al texto original de modo que quienes pensaban distinto pudieron apersonarse al Parlamento para solicitar modificaciones en dicho Proyecto. El destino “Panteón Nacional” se mantuvo siempre, porque se entendió que se trataba de los restos de un Héroe Nacional, capitán de Artigas y de Rivera siendo cacique de Charrúas, en las luchas por nuestra Independencia.

Entonces ha resultado algo sorprendente que después de doce años surgieran propuestas, y algunas muy enérgicas, de las cuales enumeraremos cuatro:

Colocar la urna funeraria en el Mausoleo junto a la de Artigas

Trasladar dichos restos a una estancia particular situada en Arerunguá

Trasladarlo a un cementerio de alguno de los departamentos del interior de la República.

Retirarlo del Cementerio Central por estimar incompatible la presencia de los restos de un indio en el Panteón Nacional (por más que fuera declarado Héroe Nacional), y sepultar el esqueleto en un lugar que no fuera cementerio, y que dicho enterramiento se realizara directamente en la tierra. Esta condición de ser sepultado (sus huesos) directamente en la tierra se acredita con el argumento de que los charrúas realizaban tradicionalmente ese tipo de sepultura. (Ya veremos que este argumento es totalmente inexacto, históricamente documentado, por lo menos referido a los charrúas orientales).

Cualquiera de estas ideas tendría que pasar necesariamente por una modificación sustancial del espíritu de la ley que guió a los legisladores a brindarle un homenaje no solo a Vaimaca Perú sino a la etnia charrúa representada por estos únicos restos.

Creemos muy conveniente realizar un chequeo de la documentación y crónicas existentes respecto a las costumbres de los charrúas de la Banda Oriental y luego otros ejemplos de indígenas de otras zonas de América.

FUNERALES CHARRUAS


Los historiadores primitivos del Uruguay, al describir las costumbres funerarias de los charrúas manifiestan que dichas gentes sepultaban a sus muertos con sus armas en el cementerio común que tenían en un cerrito, y, una vez que tuvieron animales domésticos, los parientes o amigos sacrificaban el caballo de combate del difunto ( Azara. Historia del Paraguay y del Río de la Plata. Madrid 1847, Vol. I pág. 157).

El General Antonio Díaz informa sobre los charrúas que “en sus duelos y funerales practicaban una costumbre realmente digna de su condición salvaje. Las mujeres casadas estaban obligadas a cortarse una falange de los dedos de las manos cuando morían sus maridos y esta operación era repetida tantas veces cuantas ellas enviudaban. “Yo vi en la toldería que por algunos días tuvieron en la costa del Santa Lucía Grande del año 1812, a una india anciana que hacía entre ellos el oficio de médica la cual había sido siete veces mutilada. Sus ceremonias fúnebres traían siempre aparejadas mutilaciones entre los sobrevivientes”.

Debemos comentar acerca de lo anterior que quizás para el año 1812 dicha costumbre estaría en desuso entre los indios más jóvenes ya que necesitaban de su integridad física y de sus manos para el manejo de las boleadoras, flechas y todo elemento de caza.

Continúa el testimonio del General Antonio Díaz:

“Enterraban a los muertos en las inmediaciones de algún cerro, si lo había cerca, haciendo una excavación de poca profundidad en que ponían el cadáver cubriéndolo preferentemente con piedras, si las había a no muy larga distancia; si no con ramas y tierra. Ponían las boleadoras encima clavando su lanza a un lado de la sepultura y al otro lado dejaban el caballo atado a una estaca. Decían ellos que era para el viaje que debía emprender el difunto. Los varones parientes cercanos del muerto, en señal de duelo se atravesaban los brazos unos, y otros los muslos, con una vara de guayabo u otra madera, a falta de esta, del largo de una tercia, levantándose con fuerza la piel y encajándola lo más cerca posible del hueso”.

Casi todos los autores están de acuerdo en afirmar que los charrúas no adoraban ninguna divinidad ni tenían ninguna religión.

El General Antonio Díaz también asegura que los charrúas carecían de religión, como tuvo ocasión de observarlo cuando visitó sus toldos en 1812, y según las noticias que según ellos mismos recibió, pero que eran supersticiosos. “Los que yo conocí y examiné por primera vez en el año XII suponían la existencia de un espíritu maléfico, al que atribuían todas sus desgracias, enfermedades o desastres: este genio malhechor se llamaba Gualiche”.

El vocablo Gualiche era también utilizado por los indios pampas para designar su genio maléfico y, a su vez, derivaba de una palabra araucana similar.

“Casi todos los historiadores están de acuerdo en que los charrúas no adoraban ninguna divinidad ni tenían religión, sin embargo los ritos funerarios y demás prácticas que observaban así como el modo de asistir a los enfermos demuestran que existía en ellos la idea, aunque vaga, la idea de fuerzas sobrenaturales.

En efecto, ¿qué significación tienen las ofrendas funerarias en la evolución de las sociedades, si no es la creencia en que el muerto, después de la tumba, llevará una existencia semejante a la que tuviera durante toda su vida?” (Tomado de José Enriques Figueira “Los primitivos habitantes del Uruguay”).

Refiriéndose a otra práctica funeraria, al visitar un cementerio chaná-beguá en Solís Grande, menciona también Lope de Sousa que las sepulturas estaban protegidas por un cerco de palos clavados y redes. Y todas las pertenencias de los muertos, colocadas sobre sus tumbas: las pieles con que andaban cubiertos, las mazas de palos (macanas) y azagayas de palo tostado, las redes de pescar y cazar. Todo estaba en torno de cada sepultura, en un total de una treintena de tumbas”. (Barrios Pintos “Los aborígenes del Uruguay”).

Según el Padre Lozano “al morir un individuo… lo enterraban con sus elementos de combate y otras pertenencias,  quizás por no conservar prendas del extinto como los tobas. Practicaban un hueco como para que cupiera el cuerpo, metían a este allí y, si hallaban piedras a mano, lo cubrían con ellas, si no, lo hacían con la tierra acopiada del hueco. Si los finados eran varios, los enterraban a unos cerca de otros y cercaban el lugar con estacas. Si el paraje no los conformaba para enterrar, cargaban con los difuntos y andaban aunque fueran días hasta dar con uno que les gustara. En las sepulturas de lo machos, últimamente, le dejaban el caballo predilecto atado a corto trecho” (tomado de Dardo E. Clare, “El retablo charrúa”)

Comentario: Es de hacer notar que en la documentación existente no se expresa en forma explícita que a los charrúas fallecidos se les enterrara en una fosa abierta en la tierra. Sí es frecuente encontrar en los documentos que preferían colocarlos en las cimas de algún cerro, quitar unos centímetros de tierra para acomodar el cuerpo y luego cubrirlo con piedras (quizás para evitar que fueran devorados por animales).

Una prueba inequívoca la da Lozano cuando dice que llevaban a cuestas aunque fueran varios días al difunto hasta dar con el lugar adecuado. Si la costumbre hubiera sido colocarlos en una fosa en la tierra, lo habrían sepultado de inmediato, ya que tierra se encuentra en todo lugar. Posiblemente buscaran un cerro,-y no demasiado alto- donde cubrirlo posteriormente con piedras como se ha dicho. Sería la explicación más coherente con el contenido de estas conocidas crónicas.

Además tenemos localizados algunos de esos cerros, incluso con las piedras retiradas y profanadas las  tumbas por buscadores de oro, joyas y piedras preciosas que imaginaban acompañarían al difunto. Hay otros cerros donde las tumbas están intactas y siempre con gran cantidad de piedras por encima. Parecería que la intención hubiera sido evitar la depredación del cuerpo por animales a la vez que colocarlos en un lugar elevado, más cercano a los cuerpos celestes, al sol, la luna y estrellas.

Aparte de que no hay ninguna referencia a enterramiento en fosas de tierra, se ha argumentado que los charrúas no aceptarían un Panteón porque sus costumbres eran otras. Pues bien, tenemos que ubicarnos en la vida, la mente y la época de ellos. No tenían otra cosa que elementos naturales. Su propia vivienda era de materiales perecederos. Cómo podrían pensar entonces en tumbas de mármoles o ladrillos si no tenían ni utilizaban esos materiales. No hicieron ni una sola vivienda de material pétreo, pero sí en sus tumbas de los cerros usaron piedras, para mantener al cuerpo para siempre allí, porque evidentemente deseaban  su conservación. De lo contrario los arrojarían a un río o los enterrarían en la tierra. Todo esto surge de documentos históricos y su lógica interpretación.

En los cerritos de indios el procedimiento es diferente, aunque debemos dejar bien en claro que no se trataba de indios charrúas. Los cuerpos se sepultaban junto con otros objetos en la tierra pero en algunos casos habían enterramientos secundarios, que consistían en retirar los huesos principales del difunto, empaquetarlos en cuero y volver a sepultarlos en un lugar diferente.

SIMILITUDES Y DIFERENCIAS CON OTROS RITUALES

La misma polivalencia tienen las costumbres de duelo que encontramos en otras culturas, prácticamente en todas. Una de las más extendidas es la de raparse el pelo o la prohibición a los hijos del difunto de afeitarse durante el tiempo que dura el duelo. A ello se une, a veces, y la Biblia nos da de ello numerosos ejemplos en todo el Medio Oriente antiguo, la costumbre de practicarse incisiones en el cuerpo o en la lengua hasta derramar sangre: costumbre que encontramos también entre los lejanos aztecas, que durante el: luto se punzaban la lengua con una espina de maguey. Podríamos aportar otros testimonios, hasta casi el infinito, de la Grecia clásica y moderna, de Egipto (testimoniados en las pinturas de sus pirámides), de Irán o Australia, de África y del mundo árabe.

RITOS FUNERARIOS DE LOS TORADJAS (Célebes Centrales)

Celebraban dos funerales. En el primero se depositaban los cadáveres en chozas provisionales fuera de la aldea; en el segundo se llevaban y recogían los huesos para enterrarlos.

El cadáver es amortajado inmediatamente después de la muerte, a poder ser por la misma persona que se ocupará luego de recoger sus huesos. No se lava, ni se quitan los vestidos ordinarios, se colocan encima ropas nuevas y hermosas. En su boca se introduce polvo de oro o unas cuentas blancas que se suponen son el alimento de su espíritu. A veces también se colocan cuentas sobre los ojos, un espejo sobre el pecho y monedas en las mejillas y frente. Se corta un mechón de cabello al muerto, también las uñas y junto con el cuchillo empleado se envuelven en un paquete que se guarda en la casa, sirviendo durante el primer funeral como sustituto del muerto. Una vez amortajado, el cadáver se exponía en la casa, sobre él se levantaba una especie de baldaquino con postes de bambú y telas (batuwali). En torno a éste se trazaba un círculo que no podía traspasarse para proteger al muerto contra los hechiceros y las otras almas. El fuego debía permanecer encendido y los que velaban al muerto no podían dormirse so pena de producirle perjuicios. El ataúd era a modo de un bote y antes de retirarlo una hechicera celebraba un rito chamánico para evitar que las almas de los parientes siguieran al muerto. Al trasladarse el ataúd a su nuevo lugar, se tomaban todo tipo de precauciones para que el alma del muerto no encontrara el camino de regreso. Con este objeto era sacado por la ventana o se derribaba una pared. La choza que servía de refugio provisional al muerto era situada al norte, sur u oeste del poblado para que no volviera; no tenía paredes y sí un techo muy bajo. El ataúd se depositaba con los pies hacia el oeste y antes de cerrarse la cubierta, con nueve vueltas para el varón y ocho para la mujer, se insertaba una caña hueca de bambú para dar salida a los humores de la descomposición. Además se colgaban del techo algunos objetos del muerto y alimentos. Al terminarse con todo ello se despedían del muerto, instándole a que permaneciera allí con los espíritus parientes y que no regresara.

Para acompañar el ritmo de los cantos no se puede utilizar el tan-tan, salvo cuando el fallecido es un otjimbanda, cuyo funeral requiere de lamentos más espectaculares. Actualmente se entierra al muerto en posición de decúbito supino envuelto en la piel (otjinguma) de su buey favorito (ohivirikua). Antiguamente se enterraba el cuerpo en posición sentada con las piernas juntas. A distancia del poblado se encuentra el cementerio (oma-langalo), que puede estar señalado por unas estacas de madera. Sobre las tumbas se colocan losas de piedra.

Aztecas: A los ochenta días lo quemaban, y lo mismo hacían al cabo del año, y a los dos años, y a los tres, y a los cuatro años; entonces se acababan y cumplían las obsequias, según tenían costumbre, porque decían que todas las ofrendas que hacían por los difuntos de este mundo.

http://www.internet.com.uy/charruas/html/funerales_de_charruas_oriental.html


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3 Respuestas a “DE LOS RITUALES FUNERARIOS CHARRÚAS

  1. Azara sobre los charrúas
    (Última parte del libro “El Genocidio de la Población Charrúa)
    VALORES:
    VALENTÍA, DEFENSA DE SU TIERRA, RESISTENCIA A LA COLONIZACIÓN, COMPASIÓN.
    Esto lo escribe Azara por 1801, digamos que tuvo conversaciones con Artigas , además. Lo puse en el final de mi libro, léanlo lo dice un “español”.
    —————————————————————————————————————————————————————–

    No sería ecuánime terminar esta investigación sobre los charrúas, dejando una visión tan penosa de su agonía final, cuando su historia de tres siglos muestra que habían sido los admirables guerreros que conmovieron a la misma estructura de la conquista en estas tierras.
    Siempre luchando con bravura, por sus valores y sus tierras, por su cultura, entregando su vida, en suma, por su honor, y venciendo a contingentes siempre más numerosos, ha quedado su epopeya en las memorias de los pueblos.
    Es así que aún se continúa citando a los uruguayos con el apodo de “charrúas” y empleando la expresión “garra charrúa”, para significar la intrepidez de unos pocos que pueden vencer a muchos.
    Qué mejor, entonces que citar a un propio español, para plasmar algunas de sus observaciones. Nos referimos al naturalista Félix de Azara, conocido por sus viajes y sus crónicas sobre los pueblos indígenas de América del Sur y el Río de la Plata.
    Azara no alcanzaba a comprender como era posible que un número pequeño de guerreros venciera casi siempre a los profesionales ejércitos y milicias españolas, formados en Europa, marcando una diferencia con las fáciles victorias que obtenían los conquistadores sobre otros grupos nativos.
    Véase un fragmento:

    “Los exploradores, [los bomberos, indios observadores del campo], después de tomar los datos necesarios, parten a galope para avisar a los suyos; pero si han sido vistos, huyen en dirección contraria a la de su tropa y no hay que pensar siquiera en alcanzarlos, porque sus caballos son mucho más ligeros que los nuestros. Cuando, por el contrario, esperan tener ventaja, después de recibir las noticias se distribuyen en los puntos escogidos para el ataque y marchan lentamente. Tan pronto como están cerca, profieren grandes gritos, se dan sobre la boca golpes redoblados, se precipitan sobre el enemigo como el rayo y matan a todo el que encuentran, no conservando más que las mujeres y los niños menores de doce años. Estos prisioneros los llevan consigo y los dejan en libertad entre ellos. La mayoría se casan y se acostumbran a su género de vida, siendo raro que quieran dejarlo para volver entre sus compatriotas. Estas expediciones las hacen siempre antes de amanecer, pero atacan también en pleno día si notan que el jefe enemigo tiene miedo o que hay desorden en su tropa. Además saben amagar falsos ataques, hacen fugas simuladas y preparan emboscadas; siendo cosa segura que ninguno de los que salen huyendo se les escapa, a causa de la superioridad de sus caballos y de la destreza con que los manejan. Felizmente, se contentan con una sola victoria, como el jaguareté, y no se les ocurre aprovecharse de sus ventajas; sin esto acaso los españoles no hubieran podido extender su población por las llanuras de Montevideo. Cada uno se aprovecha del botín que hace personalmente, porque no efectúan reparto.
    Cuando se piensa que los charrúas han dado más que trabajar a los españoles y les han hecho derramar más sangre que los ejércitos de los incas y de Moctezuma, se creerá sin duda que estos salvajes forman una nación muy numerosa. Debe saberse, sin embargo, que los que existen actualmente, y que nos hacen tan cruel guerra, no forman hoy, seguramente más que un cuerpo de unos cuatrocientos guerreros. Para someterlos se han enviado con frecuencia contra ellos más de mil veteranos, ya en masa, ya en diferentes cuerpos, para envolverlos, y se les han dado golpes terribles; pero, en fin, el caso es que ellos subsisten y nos han matado mucha gente. Se ha observado que cuando atacan conviene echar pie a tierra y esperarlos en fila, contentándose con hacer algunos disparos unos después de otros; esta es la única manera de hacer que las armas de fuego les infundan algún respeto. Entonces se van, luego de haber caracoleado con sus caballos sin acercarse mucho. Si se les hace una descarga general todo está perdido.”

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