Según Don Félix de Azara.

“Es una nación de indios que tiene una lengua particular, diferente de todas las demás y tan gutural que nuestro alfabeto no podría dar el sonido de las sílabas. Los charrúas mataron a Juan Díaz de Solis, que fue el primer descubridor del Río de la Plata.

 

Su muerte inicia la época de una sangrienta guerra, que dura aún hoy, y que ha hecho derramar mucha sangre. Desde luego los españoles trataron de fijarse en el país de los charrúas y levantaron algunos edificios en la Colonia del Sacramento, un pequeño fuerte y luego una ciudad en la embocadura del río San Juan y otra en la confluencia del San Salvador y el Uruguay. Pero los charrúas lo destruyeron todo y no dejaron a nadie establecerse en su territorio, hasta que los españoles, que fundaron en 1724 la ciudad de Montevideo, fueron rechazando insensiblemente estos salvajes hacia el Norte, alejándolos de la costa, operación que ha costado un grandísimo número de combates sangrientos.

 

Por ese tiempo los charrúas habían atacado y exterminado las naciones indias llamadas yaros y bohanes; pero se aliaron y contrajeron un íntima amistad con los minuanes para sostenerse mutuamente contra los españoles. Estos, cuyo número aumentó considerablemente en Montevideo, ganaron continuamente terreno hacia el Norte a fuerza de batallas y empezaron a establecer puestos para sus ganados. En fin, los españoles consiguieron su objeto de forzar a una parte de los charrúas y de los minuanes a incorporarse a las partes meridionales de las misiones de los jesuitas sobre el Uruguay; otros han sido forzados a venir a habitar a Buenos Aires, y se ha reducido a algunos a vivir tranquilos y sometidos en Cayastá, cerca de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz. Pero queda aún una parte de esta nación que, aunque errante, habita ordinariamente al este del río Uruguay, hacia los 31 o 32 grados de latitud. Esta continúa la guerra a sangre y fuego, sin consentir que se hable de paz, y ataca también a los portugueses. Cuando yo viajaba por este país, para reconocerlo, estos indios atacaron con frecuencia a mis exploradores, que eran en número de cincuenta o cien, y maltrataron a varios.

 

Su talla media me parece pasar de una pulgada la de los españoles, pero es más igual. Son más ágiles, derechos y bien proporcionados, y no se encuentra uno solo que sea demasiado grueso, demasiado delgado o contrahecho. Tiene la cabeza levantada, la frente y la fisonomía abiertas, signos de su orgullo y aún de su ferocidad. Su color se aproxima más al negro que al blanco, casi sin mezcla alguna de rojo. Los trazos de su cara son muy regulares, aunque su nariz me parece un poco más estrecha y hundida entre los ojos. Estos ojos son un poco pequeños, brillantes, siempre negros, nunca azules, y jamás se les caen naturalmente. Sus cejas son escasas; no tienen barba y escaso pelo en las axilas y en el pubis. Tienen cabellos espesos, muy largos, gruesos, brillantes, negros y nunca rubios. Nunca se les caen, ni se llegan a poner más que medio grises, hacia la edad de ochenta años. Sus manos y sus pies son más pequeños y mejor formados que en Europa, y la garganta de sus mujeres me parece que sea menor que la de las otras naciones indias.

 

Nunca se cortan los cabellos. Las mujeres los llevan colgando; pero los hombres se los amarran y los adultos se ponen sobre el nudo que los reúne, plumas blancas colocadas verticalmente. Si pueden procurarse algún peine, lo usan, pero ordinariamente se peinan con los dedos. Tienen muchos piojos, que las mujeres buscan con gusto, para procurarse la satisfacción de tenerlos durante algún tiempo en la punta de la lengua, que sacan al efecto, para crugirlos con los dientes y comerlos enseguida. Esta costumbre asquerosa existe entre todas las indias y entre las mulatas y los pobres del Paraguay. Otro tanto hacen con las pulgas. Las mujeres no tienen alhajas ni otros adornos parecidos y los hombres no se pintan el cuerpo. Pero el día de la primera menstruación de las muchachas, se les pintan en la cara tres rayas azules que caen verticalmente sobre la frente, desde el nacimientos del pelo, hasta el nacimiento de la nariz, siguiendo la línea media, y se les trazan otras dos que les cruzan las mejillas. Se señalan estas rayas picando la piel, y por consecuencia son indelebles; son signos característicos del sexo femenino. La menstruación de estas mujeres, así como la de todas las indias es menos considerable que la de las españolas. El sexo masculino se distingue por el barbote. Voy a explicar lo que es. Pocos días después del nacimiento de un muchacho, la madre perfora la parte del labio inferior, en la raíz de los dientes, e introduce en el agujero el barbote. Es este un pequeño pedazo de madera de cuatro o cinco pulgadas de largo y de dos líneas de diámetro. No se lo quitan en toda su vida, ni aún para dormir, a menos que se trate de reemplazarlo por otro, cuando se rompe. Para impedirle caerse, se hace de dos piezas, una ancha y plana en uno de sus extremos, a fin de que no pueda entrar en el agujero, donde se coloca de modo que la parte ancha se encuentra en la raíz de los dientes; el otro extremo de la pieza sale apenas del labio, y está perforado para sujetar otro pedazo de madera, que es más largo y que se hace entrar a la fuerza.

 

Ignoro cuales eran sus habitaciones cuando no tenían pieles de vaca ni de caballos. Las que tienen hoy no les cuesta mucho trabajo construirlas. Cortan de cualquier árbol tres o cuatro ramas verdes y las encorvan hasta clavar los dos extremos en tierra. Sobre los tres o cuatro arcos formados por estas ramas, y un poco alejados los unos de los otros, extienden una piel de vaca, y he aquí una casa suficiente para el marido, la mujer y algunos niños. Si es muy pequeña se construye otra al lado, y cada familia hace otro tanto. Se comprende bien que no puedan entrar más que como conejos en su agujero. Se acuestan sobre una piel y duermen siempre sobre la espalda, como los indios salvajes. Es inútil advertir que no tiene sillas, bancos y mesas y que sus muebles se reducen a casi nada.

 

No se nada tampoco de su antiguo traje. Hoy los hombre no llevan gorro ni sombrero, le usan cuando hace frío. Por esta misma razón algunos de ellos hacen con pieles suaves y aún con la de jaguareté, una camiseta muy estrecha, sin cuello ni mangas, que les cubre apenas las partes y esto no siempre. El poncho es un pedazo de tela, muy basta, de siete palmos de ancho por doce de largo, con una hendedura en medio para pasar la cabeza. Las mujeres se cubren con un poncho o llevan una camiseta de algodón, sin mangas, cuando sus padres o maridos han podido procurarse o robar una. Pero no lavan nunca sus vestidos ni sus manos, ni su cara, ni su cuerpo, como no sea a veces en los grandes calores, cuando se bañan; de manera que no se puede encontrar nada más sucio ni, por consecuencia oler nada más apestoso. Tampoco barren jamás sus habitaciones, y no cosen ni hilan, acaso porque en su país no hay algodón ni se crían carneros.

 

Yo creo que nunca han cultivado la tierra, al menos no lo hacen hoy, y se alimentan de la carne de vacas salvajes, que abundan en su distrito. Las mujeres guisan, pero todos sus guisos se reducen al asado sin sal. Atraviesan la carne con un palo aguzado, y clavan la punta en la tierra; encienden fuego al lado y le da vuelta a aquella una sola vez para hacerla asar por igual. Ponen a la vez varios palos con carne, y cuando uno está despojado ya de ella, se le sustituye por otro. A cualquier hora que sea, el que tienen hambre coge uno de esos palos, lo coloca ante sí, y sentado sobre los talones come lo que le parece, sin prevenir a nadie ni decir una palabra, hasta cuando marido, mujer e hijos, comen del mismo pedazo, y no beben más que después de haber concluido de comer.

 

No conocen ni juegos, ni bailes, ni canciones, ni instrumentos de música, ni sociedades o conversaciones ociosas. Su aire es tan grave que no se puede conocer en ellos las pasiones. Su risa se reduce a entreabrir ligeramente la comisura de los labios, sin lanzar jamás una carcajada. Nunca levantan la voz, y hablan siempre muy bajo, sin gritar ni aún para quejarse, cuando se les mata. Esto llega hasta el punto de que si tienen que tratar algo con alguno que vaya diez pasos por adelante, no le llaman, y prefieren andar hasta alcanzarlo. No adoran ninguna divinidad, ni tienen ninguna religión: se encuentran, por consecuencia, en un estado más atrasado que el del primer hombre descrito por algunos sabios, pues que les dan una religión. No se observa entre ellos ni acción ni palabra que tenga la menor relación con las atenciones de respeto y cortesía. No tienen, igualmente, ni leyes ni costumbre obligatorias, ni recompensas ni castigos, ni jefes para mandarlos. Tenían otras veces caciques, que en realidad no ejercían ninguna autoridad sobre ellos y que desempeñaba allí el mismo papel que en otras naciones de que hablaremos. Todos son iguales; ninguno está al servicio de otro, a no ser alguna mujer vieja que, por carecer de recursos, se reúne a una familia o se encarga de amortajar y enterrar los muertos.

 

Los jefes de familia se reúnen a la entrada de la noche para convenir entre ellos cuales deben pasarla de centinelas y los puestos que deben ocupar; son tan astutos y previsores, que no olvidan nunca esta precaución. Si alguien a formado algún proyecto de ataque o defensa, lo comunica a esta asamblea, que lo ejecuta si lo aprueba. Se colocan todos en círculo sentados sobre los talones. Pero a pesar de esta aprobación, ninguno está obligado a concurrir a la ejecución, ni aún el mismo que ha propuesto el asunto, y no hay ninguna pena que imponer a los que faltan. Son las partes mismas las que arreglan sus diferencias particulares; si no están de acuerdo, se pelean a puñetazos hasta que uno vuelva la espalda y abandona al otro, sin que se vuelva a hablar del asunto. En estos duelos jamás hacen uso de armas, y nunca he oído decir que hubiera algún muerto. No obstante, con frecuencia se derrama sangre porque se aplastan las narices, y aún a veces se parten algún diente.

 

Tienen caballos y yeguas. La mayoría poseen bridas guarnecidas de hierro, que los portugueses, cuando están en paz con ellos, les dan a cambio de los caballos que reciben. Los hombres montan generalmente en pelo, y las mujeres en una especia de gualdrapa muy sencilla. Si alguno de ellos pierde sus caballos en la guerra, no debe esperar que sus compañeros le presten otros. Si sólo queda uno, monta el marido, mientras su mujer y la familia lo siguen a pie cargados con el resto del equipaje. La mayoría no tienen por toda arma más que una lanza de once pies, armada de un hierro muy largo, que le facilitan los portugueses, y los que no las tienen se sirven de flechas muy cortas, que llevan su arxaj suspendido del hombro.

 

Cuando han resuelto hacer alguna expedición militar ocultan sus familias en sus bosques, y envían a la descubierta, cuando menos seis leguas por delante, exploradores bien montados. Estos avanzan con las mayores precauciones, tendidos a lo largo sobre los caballos. Van lentamente y se detienen de tiempo en tiempo para dejarlos pacer. A causa de esto no les ponen brida, y se contentan con amarrarles a la mandíbula inferior una pequeña correa, a la cual unen otras dos que les sirven de riendas. Añadid a estas precauciones la ventaja de ver antes de ser vistos en estas inmensas llanuras, porque su vista es muy superior a la nuestra. Cuando están muy cerca, es decir, a distancia de una o dos leguas, se detienen. A la puesta del sol, traban sus caballos y se aproximan a pie, encorvándose en las hierbas, hasta haber reconocido bien la situación del campo enemigo o de la cosa que quieren atacar, así como de sus puestos avanzados, de sus centinelas y de su caballería. Aún cuando no tengan intención de atacar, sus exploradores siguen siempre a las tropas españolas que atraviesan el país; de modo que aunque no se ve un solo indio, el comandante debe suponer que se siguen todos sus pasos y que será infaliblemente atacado si no se toman todas las precauciones necesarias. Por tanto, debe estar constantemente acampado durante el día y no emprender las marchas más que por la noche.

 

Los exploradores, después de tomar los datos necesarios, parten a galope para avisar a los suyos; pero si han sido vistos, huyen en dirección contraria a la de su tropa y no hay que pensar siquiera en alcanzarlos, porque sus caballos son mucho más ligeros que los nuestros. Cuando, por el contrario, esperan tener ventaja, después de recibir las noticias se distribuyen en los puntos escogidos para el ataque y marchan lentamente. Tan pronto como están cerca, profieren grandes gritos, se dan sobre la boca golpes redoblados, se precipitan sobre el enemigo como el rayo y matan a todo el que encuentran, no conservando más que las mujeres y los niños menores de doce años. Estos prisioneros los llevan consigo y los dejan en libertad entre ellos. La mayoría se casan y se acostumbran a su género de vida, siendo raro que quieran dejarlo para volver entre sus compatriotas. Estas expediciones las hacen siempre antes de amanecer, pero atacan también en pleno día si notan que el jefe enemigo tiene miedo o que hay desorden en su tropa. Además deben amagar falsos ataques, hacen fugas simuladas y preparan emboscadas; siendo cosa segura que ninguno de los que salen huyendo se les escapa, a causa de la superioridad de sus caballos y de la destreza con que los manejan. Felizmente, se contentan con una sola victoria, como el jaguareté, y no se les ocurre aprovecharse de sus ventajas; sin esto acaso los españoles no hubieran podido extender su población por las llanuras de Montevideo. Cada uno se aprovecha del botín que hace personalmente, porque no efectúan reparto.

 

Cuando se piensa que los charrúas han dado más que trabajar a los españoles y les han hecho derramar más sangre que los ejércitos de los incas y de Moctezuma, se creerá sin duda que estos salvajes forman una nación muy numerosa. Debe saberse, sin embargo, que los que existen actualmente, y que nos hacen tan cruel guerra, no forman hoy, seguramente más que un cuerpo de unos cuatrocientos guerreros. Para someterlos se han enviado con frecuencia contra ellos más de mil veteranos, ya en masa, ya en diferentes cuerpos, para envolverlos, y se les han dado golpes terribles; pero, en fin, el caso es que ellos subsisten y nos han matado mucha gente. Se ha observado que cuando atacan conviene echar pie a tierra y esperarlos en fila, contentándose con hacer algunos disparos unos después de otros; esta es la única manera de hacer que las armas de fuego les infundan algún respeto. Entonces se van, luego de haber caracoleado con sus caballos sin acercarse mucho. Si se les hace una descarga general todo está perdido.

 

Jamás permanecen en el celibato, y se casan en cuanto sienten necesidad de esta unión. Nunca he oído que se casen entre hermanos. Les he preguntado la razón, y no me la han sabido dar; pero como no tienen ninguna ley que lo prohíba, se debe presumir que si tales alianzas no se verifican, es porque cuando la hermana es mayor no espera a que el hermano llegue a la edad necesaria, y se casa con el primero que se presenta, y en el caso contrario el hermano hace otro tanto. Como son naturalmente taciturnos y serios y no conocen ni el lujo, ni diferencias jerárquicas, ni adornos, ni juegos, etc., cosas que son el principal fundamento de la galantería, el casamiento, este asunto tan grave y que se impone de un modo tan intenso por la Naturaleza, se concierta entre estos salvajes con tanta sangre fría como nosotros cuando se trata de un espectáculo cualquiera. Todo se reduce a pedir la hija a los padres y llevársela, si éstos lo permiten. La mujer no se niega nunca y se casa con el primero que llega, aunque sea viejo y feo.

 

Desde que el hombre se casa forma una familia aparte y trabaja para alimentarla, porque hasta entonces ha vivido a expensas de sus padres, sin hacer nada, sin ir a la guerra y sin asistir a las asambleas. La poligamia es permitida, pero una sola mujer nunca tiene dos maridos; y aún más, cuando un hombre tiene muchas mujeres, estas lo abandonan en cuanto encuentran otro del que puedan ser únicas esposas. El divorcio es igualmente libre para los dos sexos; pero es raro que se separen cuando tienen hijos. El adulterio no tiene otras consecuencias que algunos puñetazos que la parte ofendida administra a los dos cómplices, y esto solamente si los coge infragante. No enseñan ni prohíben nada a sus hijos, y estos no tienen respeto alguno a sus padres; siguiendo esto su principio universal de hacer cada uno lo que le parece, sin estar limitado por ningún miramiento ni ninguna autoridad. Si los niños quedan huérfanos, se encarga de ellos algún pariente.

 

Los jefes de familia, pero no sus mujeres ni sus hijos, se emborrachan lo más frecuentemente que pueden con aguardiente, y a falta de este licor, con chicha, que preparan diluyendo en agua miel salvaje y dejándola que fermente. Yo no he advertido que estuvieran sujetos al mal venéreo ni a ninguna otra enfermedad particular, y su vida me parece más larga que la nuestra. Pero no obstante, como a veces se ponen malos, tienen sus médicos. Estos no conocen más que un remedio universal para todos los males, que se reduce a chupar con mucha fuerza el estómago del paciente para extraer el mal; tal cosa han sabido hacer creer estos médicos para procurarse gratificaciones.

 

Tan pronto como muere un indio, transportan su cadáver a un sitio determinado, que es hoy una pequeña montaña, y lo entierran con sus armas, sus trajes y todas las alhajas y objetos. Algunos disponen que se mate sobre sus tumbas el caballo que más querían, cosa que se ejecutaba por algún amigo o pariente. La familia y los parientes lloran mucho al muerto y su duelo es muy singular y muy cruel. Cuando el muerto es un padre, un marido o un adulto, las hijas y las hermanas ya mujeres se cortan así como la esposa, una de las articulaciones de los dedos por cada muerto, empezando esta operación por el dedo meñique. Además se clavan varias veces el cuchillo o la lanza del difunto, de parte a parte, en los brazos, el seno y los costados, de la cintura para arriba, yo lo he visto. Añadid a esto que pasan dos lunas metidos en sus chozas, donde no hacen más que llorar y tomar poquísimo alimento. Yo no he visto una sola mujer adulta que tuviese los dedos completos y que no llevara cicatrices de heridas de lanza.

 

El marido no hace duelo por la muerte de su mujer ni el padre por la de los hijos; pero cuando éstos son adultos, a la muerte de su padre se ocultan dos días, completamente desnudos, en su choza, sin tomar casi alimento, y este solamente puede consistir en carne o huevos de perdiz. Después, por la noche, se dirigen a otro indio para que les haga la siguiente operación: coge al paciente un gran pellizco por la carne del brazo y la atraviesa por distintas partes con pedazos de caña de un palmo de largo, de manera que los extremos salen por los dos lados. El primer pedazo se clava en el puño, y los otros, sucesivamente, de pulgada en pulgada, sobre toda la parte exterior del brazo, hasta el hombro, y aún sobre él. No se crea que estos pedazos de caña son del grueso de un alfiler, sino que son astillas cortantes de dos a cuatro líneas de ancho y cuyo grueso es igual por todas partes. Con este triste y espantoso aparato sale el salvaje que está de duelo y se va solo y desnudo a un bosque o a cualquier prado, sin temer al jaguareté ni a otros animales feroces que están persuadidos de que huirán viéndolos ataviados de tal modo. Lleva en la mano un palo armado de una punta de hierro, y se sirve de él para cavar, con ayuda de sus manos , un hoyo donde se mete hasta el pecho y donde pasa la noche en él. Por la mañana sale para ir a una cabaña, semejante a las ya descritas y que está siempre preparada para los que están de duelo. Allí se quita las cañas, se acuesta para descansar y pasa dos días sin comer ni beber. Por la mañana y los días siguientes los niños de la tribu le llevan agua y algunas perdices, o sus huevos, en muy pequeña cantidad; los dejan a su alcance y se retiran corriendo, sin decir una palabra. Esto dura diez o doce días, al cabo de los cuales el doliente va a buscar a los otros. Nadie está obligado a estas bárbaras ceremonias; pero, no obstante, es muy raro que dejen de realizarse, porque el que no se conforma exactamente a ellas es considerado como débil; este concepto es su único castigo; y aún no le daña en la sociedad a que pertenece.

 Los que crean que el hombre no obra nunca sin motivo y que pretenden descubrir la causa de todo podrían ejercer su curiosidad en buscar el origen de un duelo tan extravagante entre esta nación de indios.”

 

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