“Tú dices digo y yo digo diego”, dice el refrán. La diferencia es sutil. Y sin embargo, en todo el mundo, de la Amazonia al Ártico, los pueblos indígenas dicen las cosas de 4.000 maneras distintas.
Tristemente, ya nadie dice “digo” en eyak, una lengua del Golfo de Alaska, ya que la última persona que la hablaba con fluidez murió en 2008. Tampoco en bo, una lengua de las islas Andamán, tras la muerte de su última hablante, Boa Sr, en 2010. Casi 55.000 años de pensamientos e ideas, la memoria colectiva de un pueblo entero, murieron con ella.
La mayoría de lenguas indígenas están desapareciendo a un ritmo mucho mayor del que pueden ser registradas. Los lingüistas del Living Tongues Institute for Endangered Languages creen que, de media, desaparece una lengua cada dos semanas. Para el año 2100 podrían haber desaparecido más de la mitad de las 7.000 lenguas que se hablan en el planeta, de las cuales la mayoría aún no han sido registradas. Su ritmo de desaparición es mayor incluso que el de la extinción de especies.

Hombre piraha en el río al atardecer.
© © Clive W. Dennis/Survival
La mayoría de las lenguas indígenas, sin embargo, no se encuentran en los libros. Ni en Internet. Ni, de hecho, en ninguna documentación, ya que la mayoría de ellas se han transmitido de manera oral. Pero esto, por supuesto, no las hace menos válidas, o relevantes. Las lenguas orales también graban su historia paralela. “La verdadera historia de Australia nunca se lee”, escribió un poeta aborigen. “Pero el hombre negro la guarda en su cabeza”, un pensamiento que encuentra ecos en la simple afirmación de la mujer bosquimana Dicao Oma: “Tenemos nuestra propia habla”.
De la misma forma, los kallawayas de Bolivia, sanadores itinerantes de los que se cree fueron los curanderos naturópatas de los reyes incas, y que aún viajan a través de los valles andinos y las altas mesetas en busca de hierbas tradicionales, también tienen su propia “habla”: una lengua familiar secreta que se ha pasado de padre a hijo, de abuelo a nieto. Algunas personas creen que esta lengua, llamada machaj juyai o “lengua del pueblo”, era el idioma secreto de los reyes incas, y que está enlazado con las lenguas de la selva amazónica, a la que los kallawayas solían viajar para encontrar materiales para sus tratamientos.
En la era de la tecnología, hay alguna esperanza de revivir el kallawaya y otras lenguas que se desvanecen en el mundo. Un buen ejemplo es el quechua, la lengua indígena más hablada en Sudamérica. Lleva mucho tiempo en un lento declive, pero ahora está reviviendo después de que Google lanzara un buscador en quechua, Microsoft produjera versiones de Windows y Office en el idioma y que el estudioso Demetrio Túpac Yupanqui tradujera el Quijote a su lengua materna. Documentar y salvar lenguas antiguas es completamente posible, y de hecho es más fácil con las nuevas tecnologías de la comunicación: mensajes de texto, redes sociales y aplicaciones de iPhone.
Al fin y al cabo, la muerte de las lenguas indígenas no es importante sólo para la identidad de sus hablantes (como dijo el lingüista Noam Chomsky, una lengua es “un espejo de la mente”), sino también para todos nosotros, para nuestra humanidad compartida. Las lenguas indígenas son lenguas de la tierra, llenas de información geográfica, ecológica y climática compleja que, aunque está basada en el ámbito local, es universalmente significativa. Por ejemplo, el hecho de que los inuits de Canadá no tengan solo una palabra para “nieve”, sino muchas, demuestra cuán en sintonía están con su medio ambiente, y por tanto con los posibles cambios en él. Una habilidad que, probablemente, hayan perdido muchas personas “urbanizadas”, por su alejamiento del mundo natural.
GRACIAS, EN MI NOMBRE Y EN NOMBRE DE MIS ALUMNOS DEL JARDÍN DE INFANTES DE NUEVO PARÍS NORTE Y DE TOD@S LOS NIÑOS QUE VENDRAN; USARÉ ESTA INFO PARA APRENDER Y POCO A POCO ENSEÑARLES A ELLOS…
Gracias a vos es un honor, saludos…