Cuando conocí a Acuabé (la que recuerda a la lluvia) me impresionó su mirada penetrante, con ojos negros profundos, pelo lacio igual de oscuro y apenas un metro cincuenta y poco de estatura, su estampa formidable me hizo recordar todo lo que había leído sobre nuestros pueblos originarios, su marido, un uruguayo que hace dos décadas vive en Porto Alegre oficio un poco de traductor pues Acuabé habla mal el portugués y entiende menos el español, su lengua étnica es el charrúa, o una aproximación a lo que sería esa lengua. Es notoriamente diferente en su expresión a los guaraníes y se preocupa de marcar sus diferencias con los hermanos Kaingang.
Nació en San Miguel das Missoes, su antepasado directo es el Cacique Polidoro, uno de los protagonistas de Salsipuedes y como muchos sobrevivientes de la campaña de 1831, más de 300 indios entre mujeres, niños y ancianos y unos 40 lanceros traspasaron el Cuareim y fueron trasladados a Alegrete, las Misiones y Porto Alegre por el General brasilero Bentos Manuel.
Comenzaba así la diáspora Charrúa en Río Grande do Sul, algunos retornarán años después para luchar contra Rivera al mando de Oribe, otros serán lanceros de los farrapos mezclados con los guaraníes.
Acuabé relata su historia de permanente exclusión, con 9 años fue expulsada de las tierras en San Miguel, comenzó la trashumancia en búsqueda de un lugar. La familia era grande, su padre desde temprana edad la preparó para liderar, para ser Cacique y chamán, desde los 17 años pesa sobre sí la responsabilidad de guiar una familia numerosa. Su historia no es diferente de la que nos relatan los Mbyá guaraní hoy asentados en San Miguel en el Tekoa Koenyu (aldea amanecer, “arborecer”). Su historia es muy contemporánea, no le pregunte la edad pero no debe tener más de 40 años.
Hoy viven en Porto Alegre, en un “beco” cuyas fotografías exhibidas en el foro ofenden la dignidad, en un “barranco” se posicionan las precarias construcciones de madera que apenas sirven de vivienda para casi 30 personas, 17 jóvenes y niños que a cada lluvia ven amenazada su existencia.
Las fotos de la ciudad grande y los “barracos”, la falta de higiene, el barro y la precariedad hacen un contraste irónico, nos replantean el concepto de la inclusión, del lugar de los no lugares, de cuán miserable puede ser nuestro mundo globalizado, de cuán extraño y placentero puede resultarle a una persona en pleno siglo XXI una ducha caliente y una cama mullida en un hotel de Rivera.
Acuabé, como miles de pobres y excluidos, no es ignorante, tiene esa vivacidad propia del sufrimiento y de la discriminación acumulada, será por ello que exhibe a todos un certificado de análisis de sangre donde se demuestra genéticamente su condición étnica realizada por una investigadora de la PUC y que le valió una suerte de certificado que nos entregó cuando llegó a la frontera donde la Universidad PUC hace constar que forma parte de la etnia Charrúa. Parece mentira que hemos construido, o tal vez destruido, una sociedad al punto que es necesario exhibir la nota firmada por un cientista social de apellido alemán para asegurar que no se miente.
El chamara sere kare de Acuabé resonó en el club del Empleado la mañana del último domingo (del IV Foro Internacional Kizomba) con lacónico brillo, su sonido grave, casi apagado, producto del golpe de un palo sobre un tronco ahuecado a fuego y pintado en forma multicolor en los bordes, era un nuevo llamado de la tierra, un llamado triste pero lleno de esperanza, un llamado que obliga a observar alrededor para ver lo que no hemos querido ver, para sentir sin romanticismo o falsas emociones la exigencia de una etnia que se apaga de a poco y que lucha por sobrevivir más allá de la memoria.
El tambor de Acuabé es también el de los Mocobíes, de los Mbyá guaraníes, de los Kaigang, de los lanceros de Kamba Cuá, de los otros lanceros degollados en Porongos, el lamento de los pueblos afroindoamericanos que reclaman un lugar bajo el sol, el derecho a la memoria, a una vida digna, a ser incluidos y reconocidos en la historia, a ser reconocidos y respetados en su cultura, a recuperar al menos una parcela de la pacha mama expropiada por la fuerza. Pero el toque del chamara sere kare es el anuncio de la nueva disposición a la lucha, de un nuevo Koenyu