Según Kalipedia de puerto rico
Los charrúas habitaron una extensa región pampeano-patagónica y llegaron a ocupar la Mesopotamia argentina y la zona central del Uruguay actual. Eran cazadores de llanura de extraordinaria movilidad y en menor grado pescadores y recolectores. Su lengua no pertenecía a la familia tupí-guaraní sino tal vez al núcleo de las chaqueñas, que no han dejado vestigios. Formaban tribus reducidas que se conjuntaban o disgregaban según las necesidades.
Generalmente se ha asociado a los charrúas con otros grupos, como los guenoas, los yaros, los bohanes y los minuanes, formando parte de una “macro-etnia”. A mediados del siglo XVII se los podía encontrar alternando en diversas partes del presente territorio uruguayo, probablemente debido a que las razzias de los bandeirantes en las costas rochenses y el traslado de grupos guaraníes para el poblamiento de Asunción, habían reducido sensiblemente el establecimiento de otros pueblos en la región.
Entre sus rasgos más notables puede señalarse la rapidez con que adoptaron el caballo y la lanza traídos por el español. Del mismo modo incorporaron el vacuno, al que primero cazaron y luego pastorearon, integrándose a las partidas de las primeras vaquerías.
Nuestros abuelos indios
Durante años se afirmó la escasa -o nula- existencia de descendientes indígenas en Uruguay, pero las recientes investigaciones dan por tierra con tal afirmación. La antropología genética ha aportado datos sorprendentes.
Estudios realizados a partir del ADN mitocondrial, cuya transmisión se realiza solo por vía materna, muestran que el 62% de la población de Tacuarembó tiene un ancestro indígena. Para Cerro Largo el porcentaje es del 30% y para Montevideo, de un 20%.
Otra línea ha seguido la incidencia del aporte amerindio a través de los grupos sanguíneos. En este caso, Tacuarembó presenta un 20% de este aporte y el promedio para el país es de un 10%; lo que implica que cada uruguayo tendría -al menos matemáticamente hablando- un bisabuelo indígena. La diferencia entre ambos resultados se debe a que en el primer caso se trata de herencia materna, y es explicable en tanto la mayor cantidad de uniones se dieron entre hombres blancos y mujeres indias y no a la inversa. Si el estudio se hace solo a través de la herencia paterna, los porcentajes de ascendencia indígena para todo el país están entre 0% y 5%, y las cifras más altas no superan el 10%.
En vista de estos resultados, es preciso repensar muchas afirmaciones hechas en el pasado.
La “carga a la charrúa”
“Carga a la charrúa”: así se denomina hoy todavía en Entre Ríos a una forma de montar en que el indio se protege de costado con el cuerpo del animal. Monta sin silla ni estribo, agarrado de las crines y maneja la lanza con la diestra. Si se le observa de lejos, solo se ve el caballo.
Los pioneros
Instrumentos líticos para la caza y la pesca
Los antiguos pobladores de ese mundo lejano procedieron, probablemente, de un centro de difusión ubicado en alguna parte de la selva amazónica. Durante miles de años se habrían dispersado por el continente y en el caso de la cuenca platense, habrían bajado por los grandes cauces del Paraná y el Uruguay, donde se encontraron las huellas arqueológicas más antiguas. Ellas muestran el uso de instrumentos de piedra tallada y pulida, para la caza y procesamiento de venados, carpinchos o ñandúes, y otros útiles de piedra o hueso para la pesca en ríos y lagunas. También fueron halladas armas arrojadizas, como boleadoras, proyectiles y puntas de lanza, así como morteros y mazos “rompecabezas”. Ha sido posible distinguir áreas especializadas en sus asentamientos dedicadas al trabajo de la piedra, la cocción de alimentos o la producción de fuego. Petroglifos de unos cuatro mil años de antigüedad y pictoglifos de unos dos mil, han sido atribuidos a estos grupos y abundan en el interior del país.
Los constructores de “cerritos”
Cerritos de indios de Isla Larga, Rocha
Una amplia región que comprende el sur de Brasil, el litoral atlántico del Uruguay y cercanías de la pampa argentina, presenta una constelación de curiosas construcciones que han sido denominadas “cerritos de indios”. Corresponden a poblaciones semi sedentarias. Dichos cerritos no son otra cosa que tumbas, montículos artificiales en los que se enterraba en sucesivas capas a los muertos, frecuentemente rodeados de sus enseres. En ellos se han encontrado esqueletos fósiles de entre 800 y 3.000 años de antigüedad.
La pradera oriental
-Medio siglo de equívocos en torno a la región platense solo había logrado implantar unos pocos poblados en aquella naturaleza desolada. La zona fue relegada frente al protagonismo de México y Perú.
Hombres y ganados
La franja colonizada se extendía a lo largo de los ríos Paraná y Paraguay; fuera de esta región, permanecía el dominio absoluto del indio. En cuanto a la ribera este del río Uruguay, escenario de algunas fieras escaramuzas con los nativos, había sido ignorada por las expediciones.
Hubo, sin embargo, un hombre atento a la riqueza de las pasturas naturales de la banda oriental del Uruguay. Era hijo de uno de los soldados de Álvar Núñez, pero había nacido en América. Cuando Torres de Vera y Aragón, designado cuarto adelantado del Río de la Plata, renunció a su cargo, Hernando Arias de Saavedra -conocido como Hernandarias- fue electo gobernador por los pobladores de Asunción, su ciudad natal. A lo largo de tres períodos -1591-1594; 1600-1609 y 1615-1618-, el primer gobernador criollo del Río de la Plata mostró su preocupación por notificar al rey las posibilidades de la pradera oriental. Con carretas y canoas indias vadeó el río a la altura de Salto y siguió explorando hasta las costas de Soriano y Colonia. En dicha zona, entre 1611 y 1617 introdujo unos pocos cientos de vacunos y caballares, que se esparcieron y multiplicaron rápidamente al sur del río Negro, hasta la costa atlántica.
La historiografía ha insistido en otorgarle a Hernandarias el mérito de la introducción de la ganadería en la Banda Oriental, pero es altamente probable que con anterioridad lo hubieran hecho los indígenas o los “bandeirantes”. De cualquier forma es cierto, como se ha dicho tantas veces, que en la Banda Oriental el ganado precedió al colono.
Tesoros perdidos
La arqueología ha perdido valiosos tesoros que aportarían muchos datos acerca de las civilizaciones americanas por la costumbre de los conquistadores de hacer fundir “los botines”, en muchas ocasiones manifestaciones culturales de pueblos ancestrales, y transportarlos en forma de lingotes hacia el continente europeo.
De la vaquería a la edad del cuero
Los indios adoptaron prontamente el caballo y se convirtieron en excelentes jinetes, haciendo de los vacunos presa de sus correrías. De aquellas bravías expediciones de caza extraían abundante carne y cueros para sus tolderías y enseres.
Al indio siguió el criollo, por lo general, mestizo. Poco después de la introducción de las primeras reses, hombres de Santa Fe y Buenos Aires comenzaron a organizar expediciones de cacería en la Banda Oriental, al sur del Río Negro, para repoblar sus campos arreando ganado en pie o para llevarse cueros y sebos dejando la carnaza a los perros salvajes. Estos “accioneros”, “faeneros” y “corambreros” de la margen occidental incorporan a estas “vaquerías” a indios y hombres sueltos, en partidas que encerraban a los animales en las rinconadas de los abundantes ríos y arroyos.
En estas vastedades donde pastaba el ganado salvaje, apenas se divisaban algunos rancheríos. La suerte de hombres y animales era por igual errante. A contrapelo de esta suerte, fueron surgiendo los primeros asentamientos a orillas del Uruguay a la espera de que las aguas bajaran para trasladar en pie los animales destinados a repoblar las estancias de Santa Fe.
Este contexto encontró el hombre que sabría comprenderlo: el gaucho.
